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Full text of "Fray Bartolomé de las Casas, sus tiempos y su apostolado, por Cárlos Gutierrez, con un prólogo de Emilio Castelar"

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PUBLISHED IN SPAIN 



FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS 

sus TIEMPOS Y SU APOSTOLADO 



FRAY BARTOLOMÉ 



DE 



LAS GASAS 

SUS TIEMPOS Y SU APOSTOLADO 

POR 

CARLOS OUTIERRKZ 

CON UN PRÓLOGO DE 

EMILIO GASTELAR 



MADRID 

IMPRENTA DE FORTANET 

29 — CALLE DE LA LIDEUTAD — 29 

1878 



ES PROPIEDAD. 



tiift cf é. C. Qebüa^ 






Índice 



Págs. 

Nota preliminar xv 

Prólogo, por el Excmo. Sr. D. Emilio Castelar xvii 

Introducción 1 

Capítulo I. — Nacimiento de Las Casas. — Sus progenito- 
res. — Sus estudios. —Primer viaje á la Española.— Ob- 
serva la triste suerte de los indios. — Encomiendas de 
indios y su distribución. — Consecuencias. — Las Casas 
se ordena de presbítero. — Misa nueva celebrada sin 
vino. — Diego Velazquez con Las Casas pasan á Cuba. 
— Esclavos negros enviados á América por el rey don 
Fernando. — Expedición deplorable de Panfilo Narvaez. 

— Las Casas pasa al Camagüey.— Acompaña á Narvaez 
á Caonao. — Carnicería horrible ejecutada por los caste- 
llanos. — La presencia impasible Panfilo Narvaez. — Las 
Casas se inflama de indignación. — Escenas desgarrado- 
ras. — Terror en la comarca. — El viejo indio Camacho. 
— Vuelta de muchos indios huidos.— Trabajos de Las 
Casas en su favor.— Sumisión de diez y ocho caciques. 

— Conducta infame de Panfilo Narvaez.— Súphcas y es- 
fuerzos de Las Casas. — Sobresaltos y sufrimientos. 
— Pedro de Rentería.— Su gran amistad con Las Casas. 

— Parceria de ambos en los negocios temporales. 
— Versículos del eclesiástico. — Trasformacion subhme. 
— Resolución heroica. — Las Casas se convierte en 
Apóstol 33 



P^ #\ ÍA rf^ .Wl /— \ 



VI 

Pógg. 

Capítulo II. — Decide Las Casas libertar sus esclavos. — Un 
sermón. — Determina retornar á España. — Rentería 
aprueba sus propósitos. — Parte Las Casas de Cuba. 
— Llega á Santo Domingo. — Nuevas predicaciones. 
— Llega á España y conferencia con el monarca. — El 
Confesor del rey , el ministro Gonchillos y el obispo de 
Burgos. — Muere D. Fernando V. — Nuevos planes 
de Las Casas.— Cisneros y Adriano de Utrecht.— Es- 
cribe Las Casas una relación en latin de los sufrimien- 
tos de los indios. — La entrega á Adriano y produce 
gran efecto. — Junta nombrada por Cisneros. — Comisa- 
rios regios. — Jerónimos, dominicos y franciscos.— Tí- 
tulo á favor de Las Casas de protector universal de to- 
dos los indios. — Preámbulo de las instrucciones para 
los tres comisarios.— Declaración notable del gran Gis • 
ñeros de que los indios son hombres libres. — Instruc- 
ciones extensas respecto á los indios. — Instrucciones 
respecto á los españoles residentes. — Instrucciones adi- 
cionales modificando las leyes hechas en Burgos res- 
pecto á los indios. —Cédula en favor de Las Casas. 
— Poderes conferidos al licenciado Alonso de Zuazo. . 59 

Capítulo III.— Las Casas se despide de Cisneros.- Su alo- 
cución. — Los Jerónimos se embarcan. — Sigúelos Las 
Casas. — Alonso de Zuazo.— Informaciones de los Jeró- 
nimos y residencia de las autoridades por Zuazo.— Des- 
contento de Las Casas.— Informes de los frailes domi- 
nicos. — Las Casas trata de volver á España.— Llega 
en Julio de 1517 á Aranda del Duero. — Muere el car- 
denal Cisneros. — Llega D. Garlos á Tordesillas. —Los 
privados del Rey. — El gran canciller Juan Selvagio. 
— Su amistad con Las Casas. — La cesión del Yucatán. 
— Expedición de labradores flamencos. — Fernando de 
Magallanes. — Su viaje y su muerte.— Memoriales de 
Las Casas. — Su proyecto de introducir negros en Amé- 
rica.— Privilegio de llevar esclavos negros y venta del 
privilegio. — Se enferma y muere el gran Canciller. 
— Nueva orfandad de Las Casas.— Proyecto de colonos 
labradores. — Empieza la propaganda para contratar- 
los. — La traición de un paje. — Una expedición de coló- 



VII 

Págs. 

nos.— Su fin trágico.— Denuncia Las Casas el motivo. 
— Abandona el proyecto de labradores colonos.— Otro 
proyecto. — Sus detalles. — Apoyo de los predicadores 
dominicos. — El Doctor de la Fuente al obispo de Bur- 
gos. — Algunas observaciones. — Lo que fué Gisneros. 
— El historiador Solís. — Enfermedad de Las Casas. 
— El obispo del Darién. — Su choque con Las Casas. 
— Lo que prueban unos granos de trigo. — Discurso del 
obispo del Darién 05 

Capítulo IV.— Discursos de Las Casas al Rey. — Lo que 
dijo el franciscano. — Habla luego el Almirante.— Se ter- 
mina la sesión. — Memoriales del obispo del Darién. 
— Su repentina muerte. — Retornan los Jerónimos. — El 
Rey no los recibe. — La Corte en la Coruña. — Dispo- 
siciones respecto á las Indias. — Nuevos esfuerzos de 
Las Casas. — Su proyecto en Tierra Firme. — El Licen- 
ciado Aguirre. — Las Casas vuelve á América.— Un 
Alonso de Ojeda.— Sus rapiñas de indios.— Venganza 
de éstos. — Asesinan á Ojeda, á sus compañeros y á 
los frailes. — Expedición armada contra los indios. 
— Arriba Las Casas con sus colonos.— Sus imprevistas 
dificultades.— Va Las Gasas á la Española. — Nuevos 
contratiempos. — Gonzalo de Ocampo en Maracapana. 
— Sus atropellos para vengarse. — Las Casas amenaza 
volver á España. — Consigue el auxilio sohcitado.— Va 
Las Casas á Puerto-Rico.— No encuentra sus labrado- 
res. —Pasa á Tierra Firme.— Encuentra á Gonzalo de 
Ocampo.— Retorna éste á la Española con su gente. 
— Queda Las Casas abandonado en Tierra Firme 182 

Capítulo V. — Penosa situación de Las Gasas.— Piensa en 
los franciscanos de Cumaná.— Lo reciben cantando. 
—Disposiciones de Las Casas. — Los de Gubagua. 
—Nueva resolución de volver á España.— Planes de de- 
fensa. — Francisco de Soto.— Proyecto de los indios. 
— Doña María — Fatalidad del destino.— ¡La pólvora! 
— A sangre y fuego.— Francisco de Soto herido. — Fray 
Dionisio. — Los que escaparon. — Saña de los indios. — 
Las Casas navegando. — Una siesta interrumpida. 
—Desengaños.— Se hace fraile Las Casas. — Digresio- 



VIII 

Págs. 

nes. — Lo que dice Arthur Helps. — Escribe al Rey el 
nuevo fraile.— Desmayo moral.— La historia de las In- 
dias.— El cacique D. Enrique Valenzuela y sus hechos. 
— D. Enrique ultrajado.— Su venganza. — Se hace temi- 
ble el cacique.— Fray Remigio. — Proyectos para sojuz- 
garlo,— Interviene Las Gasas. — Entrevista. — Lo que 
dice Quintana 451 

Capítulo YI. — Reflexiones. — Un episodio á propósito. 
—Acontecimientos de trascendencia. — Nuevos viajes 
de Las Casas. — Pasa á su convento en Méjico. — Llega á 
Guatemala. — El prior lo envia al Perú. — Intima á don 
Francisco Pizarro y á Diego de Almagro las Cédulas rea- 
les.— Retorna á Panamá y á Realejo. — Es llamado á la 
Española por el licenciado Cerrato. — Se pone en viaje. 
—Lo ponen de mediador con el rebelde cacique don 
Enrique.— Parte en busca del cacique. — Entrevista. 
— Cede don Enrique y se somete. — Se presenta con Las 
Casas en la Audiencia.— Vuelve á Nicaragua . —Atroci- 
dades que refiere Las Casas.— Se dirige á Guate- 
mala. — Publica su tratado De único vocaiionis modo. 
— La Tierra de Tuzulutlan ó «Tierra de guerra.» — 
Ofrece Las Casas sojuzgarla.— Sistema curioso de 
conquista. — Sus efectos. — Bautismo del cacique. — 
Predicaciones. — Paulo III y su bula Euntes docete 
omnes gentes. — Breve para el arzobispo de Toledo. 
— Júbilo de Las Casas. — Ideas liberales del apóstol. 
—Funda un pueblo.— Retorna á Guatemala 177 

Capítulo VIL— El cacique don Juan va á Guatemala. — Es 
presentado á Pedro de Alvarado. — Obsequios que recibe. 
—Necesidad de más frailes.— Comisionan á Las Casas 
para volver á España. — Cartas reales para varios caci- 
ques. — Franciscanos y dominicos destinados á América. 
— Llegan los franciscanos á Veracruz. — Muere Pedro de 
Alvarado — Escribe Las Casas su libro La destrucción 
de las Indias. — Estruendo que sus revelaciones causa- 
ron en el mundo. — Algunos extractos. — Lo que dice de 
la Española. — Descripción de las matanzas.— Cómo tra- 
taban los españoles á los caciques. — Guarionax^ rey de 
Gibao. — Higuei^ en la Española.— Bestias de carga. 



IX 

Pá?s. 

— En Jamaica y en San Juan. — Lo acontecido en Cuba. 
Cierto gobernador.— Algo de loque pasó en Nueva Espa- 
ña. — Un capitán español comparándose á Nerón. — Hor- 
rores en Venezuela. — Bastan ya los citados episodios.. . 197 

Capítulo YIII. — Exterminio de aborígenes. — Sistema cruel. 
— El rey Guarionax. — El rey Guacanagary. — El rey 
Caonavo. — La reina Anacaona. — La reina Higuana- 
ma. — Hatuey en la hoguera. — Los caciques en Jamaica, 
Tierra Firme y Nicaragua. — El inca Atabaliha. — Otros 
grandes señores de los indios. — Fin desastroso de los 
conquistadores. — Los primeros pobladores. — Buques á 
pique. — Mueren muchos españoles. — Cristóbal Colon. 
—Juan de la Cosa.— Diego de Nicuesa. — Vengan los in- 
dios al cacique Agueihana. — Españoles que mueren 
trágicamente desde 1513 hasta 1525. — La flota de 
Loasia y de Elcano en 1526. — Personajes españoles 
que perecen en América hasta 1536. — Luchas de los 
dos Alvarados y españoles muertos. — Pizarros y Alma- 
gros. — Pedro de Alvarado y su esposa. — Asesinatos y 
ejecuciones de españoles hasta 1549. — Pedro de Valdi- 
via. — Ejecuciones en 1553. — Diego Alvarado y Hernán- 
dez Girón. — Don Diego de Colon y su epitafio.— Extra- 
ordinaria muerte del cacique D. Juan de Chiapa.— El 
primer marinero que cantó tierra en el Nuevo mundo 
muere mahometano. — La mano oculta de la Provi- 
dencia 219 

Capítulo IX. — Se repiten las escenas de sangre en Améri- 
ca en el presente siglo.— Caudillos de la independen- 
cia y prohombres de las repúblicas. — Triste fin de mu- 
chos de ellos. — Un doctor y sus teorías revolucionarias. 
—Documento notable de Fernando VIL — Primeras 
víctimas de la independencia. — Aventureros extranjeros. 
— Castelli y su muerte. — Benavides y su cruel ejecu- 
ción. — Fusilamientos en Cundinamarca. — La guerra de 
la independencia, sugun tuvo lugar en los diversos 
territorios hispano-americanos.— Desde la independen- 
cia hasta nuestros días. — Itúrbide y Bolívar. — Los her- 
manos Carreras. — Morazan y sus jefes. — Brauho Car- 
rillo.— General Malespin , los Herreras, Rivera Muñoz 



PáR-s. 

y Guardiola. — José María Gutiérrez. — El aventurero 
Walker. —Maximiliano de Austria. — La emperatriz 
Carlota. — Querétaro. — Miramon y Megia. — Trabazón 
siniestra. — Páginas enlutadas y sangrientas contiendas 
que no es tiempo de referir. — Lugar adecuado en la 
historia. — Serán conocidos los culpables 256 

Capítulo X. — Veinte razones. — Su síntesis. — Nuevas le- 
yes de Indias en 1543.— Nombramiento de Las Casas 
para obispo del Cuzco , y su renuncia. — Es nombrado 
obispo de Chiapa. — Audiencia de los confines. — Consa- 
gración de Las Casas en 4544. — Parte el obispo de 
Chiapa para las Indias. — Lo reciben mal en Santo Do- 
mingo. — Notifica á la Audiencia las provisiones reales. 
— Consternación. — Costumbres de Las Casas siendo 
obispo. — Viaje al Yucatán. — Tempestad en el mar. — Lle- 
gada á Campeche. — Te-Deum. — El alojamiento. — Pre- 
dicaciqnes y sus efectos. — Apuros monetarios de Las 
Casas.— Viaje á Tabasco.— Llegada á Chiapa. — Contra- 
riedades y privaciones. — Diálogo histórico entre Xime- 
nez y Zamora.— Llegan los frailes á Chiapa. — Predica 
Las Casas contra la esclavitud de los indios. — Sus- 
pende la absolución á los que tienen esclavos. — Ame- 
nazas de los vecinos. — Razones del Obispo. — Insultos 
á Las Casas. — Cuestión entre el deán y el obispo, 
y sus consecuencias. — Alboroto popular. — Entereza 
evangélica. — Un hombre herido. — Odio del pueblo con- 
tra los frailes.— Abandonan la ciudad 280 

Capítulo XI.— Las Casas pasa á Honduras.— Se presenta 
á la Audiencia. — Alonso Maldonado y sus palabras al 
obispo. — La contestación de éste. — Lo que consigue 
Las Casas y cómo se preparan los vecinos de Ciudad- 
Real. — Lo que le sucede en su viaje de retorno.— Ata- 
layas y centinelas.— Los sorprende el obispo y los 
amarra.— Terremoto. — Entra Las Casas en Ciudad-Real. 
— Llama á los alcaldes y regidores. — Discursos y mani- 
festaciones. — La cuestión de confesores. — Un consejo 
estemporáneo y sus consecuencias. — Se refugia Las 
Casas en el convento. — Nuevo alboroto popular.— Nue- 
vos disgustos del obispo de Chiapa.— Cómo concluyen. 



XI 

Páp-s. 

— Revocación de las nuevas leyes de Indias. — Perple- 
jidades de Las Gasas. — El visitador de provincia. 
— Sus buenas disposiciones. — Las Casas en Méjico. 
—Una Junta de obispos y sus deliberaciones.— Descon- 
tento Las Casas, reúne él mismo otra Junta. — Pro- 
posición que establece esta Junta.— Otro trozo de una 
carta de Las Casas al principe D. Felipe. — Se resuelve 
á no volver á su obispado. — Instrucciones á su clero y 
su opúsculo Co7ifesonario. — Quiénes lo habian revi- 
sado en España. — Sale de Méjico Las Casas y llega á 
la Península 305 

Capítulo XII.— Denuncias contra Las Casas. — Su renuncia 
del obispado de Chiapa y su sucesor.— El fruto de sus 
viajes.— Comparece al Consejo de Indias.— Sus treinta 
proposiciones defendiendo el Confesonario. — Funda- 
mento de esas proposiciones. — Son insostenibles en 
los tiempos modernos.— Tenía Las Casas que admitir 
la doctrina de sus tiempos —El Consejo de Indias satis- 
fecho. — Juan Ginés de Sepúlveda.— Demócraíes segun- 
do. — Conclusiones principales. — Niégase el permiso de 
la impresión de esa obra. — Se imprime el Bemócrates 
en Roma.— Se recoge la edición en España. — Congre- 
gación vallisoletana. — Lo que dijeron Sepúlveda y Las 
Casas.— El resumen de fray Domingo de Soto.— Prue- 
bas y argumentos. — Termina el sumario de la contienda. 
— Doce objeciones de Sepúlveda.— Doce réplicas de Las 
Casas. — Citas y observaciones. — Algunos comentarios. 
— Profecías 324 

Capítulo XIII.— Residencia de Las Casas en San Gregorio 
de Valladolid. — Carta del principe D. Felipe á los Pa- 
dres. — Una Memoria titulada: De la libertad de los In- 
dios que han sido reducidos á esclavitud. — Sus tres 
capítulos. — Algunas digresiones. — Síntesis del primer 
capitulo. — Tres proposiciones. — Principios de derecho 
público.— Lo que hacían los gobernadores y conquista- 
dores.— Los diablos opresores de los indios. — Varios 
informes. — Ultrajes contra la raza humana. — Aquellos 
tiempos y los modernos. — Emancipados. — Abu- 
sos extraordinarios. — Anécdota histórica. — Suplan- 



XII 

PAgs. 

tacion de vivos por muertos y al contrario. —Sínte- 
sis del segundo capítulo. — Razón primera. — Profecía 
cumplida. — Reflexiones respecto á ella. — Razón segun- 
da. — La virtud es la base de una buena administración. 
— Razón tercera. — Deberes de los reyes cristianos con 
respecto á la religión y culto. — Síntesis del tercer capí- 
tulo. — Citas doctísimas de la Biblia y Santos Padres. 
— Termina la citada Memoria 353 

Capítulo XIN.— Derecho público.Sví título original en 
latín. — Publícase la obra en Spira. — Dedicatoria. 
— Diversas ediciones.— Observaciones de Llórente. — El 
exordio de la obra. — Libertad natural del hombre. 
—Opinión notable respecto al juramento de fidelidad. 
—Una nota con tal motivo. — La libertad original de las 
cosas. — Algunos comentarios. — Derecho de los reyes en 
cuanto á las tierras propias de personas particulares. 
— Pacto constitucional sobre contribuciones. — Nulidad 
de las Ordenanzas reales gravosas al pueblo. — Sujeción 
del Rey á las leyes. — De lo que se trata en los párra- 
fos siguientes. — Juicio imparcial del conjunto de la 
obra 374 

Capítulo XV.— Las Casas escribe á D.Bartolomé Carranza 
de Miranda. — Lo que le recomienda en dicha carta. 
— Libro de Las Casas respecto á los asuntos del 
Perú. — Revocación del decreto de venta perpetua de en- 
comiendas. — Consigue Las Casas restituir la Audiencia 
de los confrties. — Gran enfermedad de Las Casas. — Su 
muerte en Julio de 4566 á la edad de 92 años.— Otros 
amigos y protectores de los indios que secundaron á 
Las Gasas. — Concilios y sínodos en Méjico y Lima. 
— Cuatro reinados, — Enemigos del Apóstol. — Su verda- 
dero carácter. — Una acusación respecto á la tentativa 
de colonizar la costa de Gumaná. — Otra acusación res- 
pecto á la esclavitud africana en América — Inocencia 
de Las Casas. — El ciudadano Grégoire. — Datos curio- 
sos.— El Doctor D. Servando Mier. — Lo que dice respecto 
al historiador Pau. — Principales acontecimientos en la 
vida de Las Casas.— La Destrucción de las Indias y 
sus traducciones,— El napolitano RoseUi.— Conclusión, 391 



XIII 

Apéndice A, Bula de S. S. Paulo III en favor de los indios. 
— B, Provisión obtenida por Las Casas para impedir 
que entrasen los españoles en la Tierra de Guerra. — C, 
Cédula real para que se castiguen las personas que no 
guarden las varias cédulas á favor de los indios.— D, 
Carta de Garlos V al cacique D. Jorge deTegpanatitan. 
— E, Cédula de Carlos V al Provincial de la orden de 
San Francisco en la Nueva España. — F, Carta de Car- 
los V al virey D. Antonio de Mendoza. — G, Carta de 
Carlos V al gobernador de la provincia de Guatemala. 
— H, Carta del principe D. Felipe á los religiosos de 
Santo Domingo en Chiapa. — I, Carta del príncipe Don 
Felipe á D. Pedro, cacique de Chiapa. — J, Carta del 
príncipe D. Felipe á D. Miguel y otros caciques de 
Tuzulutlan — K, Extractos de una representación iné- 
dita contra Las Casas, por Motolina. — L, Apuntes re- 
ferentes al asesinato del general Guardiola. — M, Obras 
escritas por Las Casas, publicadas é inéditas 423 



iNOTA PRELIMINAR, 



Al dar á la estampa el presente trabajo , débil 
muestra de la admiración que me inspira el va- 
ron ilustre, cuyo nombre va al frente de estas 
páginas , cúmpleme tributar la expresión sincera 
de mi agradecimiento á mi querido amigo y se- 
cretario, D. Ramón de Silva Ferro, por el in- 
teligente auxilio que me ha prestado desde el 
principio hasta la terminación de esta obra , en 
difíciles circunstancias comenzada y por causa de 
mis padecimientos interrumpida. 

Agobiado bajo el peso de apremiantes deberes 
oficiales, y enfermo de grave afección á la vista, 
que me impedia consagrar largos ratos á la lec- 
tura , imposible me hubiese sido examinar mul- 
titud de libros y documentos , por mí colecciona- 
dos durante los ocho años últimos, sin el con- 
curso del Sr. Silva Ferro, á quien desde aquí 
envió el testimonio de mi reconocimiento pro- 
fundo. 



XVI 



Gratitud debo también^ y no he de terminar 
esta página sin consagrarle mi recuerdo, á mi 
querido y distinguido amigo el Sr. D. José Car- 
rera, quien bondadosamente me ha procurado 
algunos de los interesantes documentos que en el 
Apéndice de esta obra figuran. 

Carlos Gutiérrez. 



San Sebastian 28 de Octubre 1878. 



PROLOGO. 



FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS. 



El tiempo que abraza la vida de este sacerdote 
extraordinario es un tiempo creador. La última 
mitad del siglo decimoquinto y la primera mitad 
del siglo decimosexto tienen virtud tal para pro- 
ducir grandes hombres, que parece el género hu- 
mano otra estirpe superior y semejante á las es- 
tirpes angélicas. Jamás han visto los celajes del 
tiempo estrellas de primera magnitud como las 
aparecidas en esta edad deslumbradora. Diríase 
que el espíritu moderno, al formarse, despedía 
de sí, como mágicos chispazos, almas iluminadas 
y enardecidas en las inspiraciones divinas. Todo 
crece en tales dias, desde la tierra material que 
hollamos con nuestros pies de barro hasta el es- 
píritu impalpable cuyas facultades nos unen á 
Dios con sus ideas de luz. Quién nos diera ver 
aquel crepúsculo en que el gótico florece para 



XVIII 



morir y los arcos triunfales del Renacimiento se 
elevan para aguardar la libertad; en que legiones 
de estatuas, animadas por soplo de nueva vida y 
hermoseadas por líneas de nuevas formas se des- 
tacan de los rosetones ojivales, cuyo brillo se- 
meja al brillo del sol próximo á su ocaso; en que 
la antigüedad clásica trasmite por el advenimiento 
de los helenos á nuestro mundo occidental todo 
el tesoro de sus ciencias, y por las excavaciones 
romanas entreabre todo el tesoro de sus artes; en 
que los pintores de celeste inspiración ponen la 
idea cristiana con todo su misticismo en la be- 
lleza griega con toda su armonía; en que el Pon- 
tificado mismo evoca los dioses desde las alturas 
del Vaticano, conjurándolos á resucitar en su an- 
tiguo esplendor la naturaleza, y los reformadores 
audaces elevan sobre este paganismo exuberante 
de vida el disco de la humana conciencia y su in- 
maculada pureza; en que, allá, en el cielo, se fija 
el sol, antes tenido por satélite de la tierra, como 
centro de los planetas, y aquí, en el bajo suelo, se 
descubre un Nuevo Mundo tan hermoso que pa- 
rece ofrecer al género humano , reivindicador de 
su libertad, un paraíso inmaculado para exten- 
derla y para gozarla. 

Estos dias vieron a Vives , á Vinci , á Rafael , á 
Miguel Ángel, á Gonzalo de Córdoba, á Colon, á 
Lulero, á Copérnico, á Bramante, á Savonarola, 



XIX 



á Maquiavelo , á Garlos V^ al Ticiano , á los hom- 
bres mayores quizás de los modernos tiempos. 
Mucho brillo debia tener quien brillara en aque- 
llos cielos y esferas. Pues brilló con verdaderos 
resplandores Fray Bartolomé de las Casas, obte- 
niendo que su voz se oyera en semejante coro de 
divinas voces y que su figura se destacara en se- 
mejante legión de gigantescas figuras. Bien es 
verdad que, para alcanzar esto, nació con dos 
virtudes esplendentes: la virtud de creer y la 
virtud de sentir lo que creia. En el alma, la inte- " 
ligencia es como la ethérea luz que esclarece y la 
sensibilidad como el vivido calor que fecunda. Sin 
una idea sois como ciego y sin un sentimiento 
estáis como muerto. Pensar, ejercicio del espíritu 
tan divino que excede á los límites de nuestra na- 
turaleza, y sentir lo pensado y difundirlo y encar- 
narlo en la viviente realidad, ministerio humano 
por excelencia. Así la gratitud universal se aleja 
de esos pensadores solitarios que aparecen rígi- 
dos como estatuas con una estrella pálida sobre su 
frente allá en regiones inaccesibles, mientras se 
rinde de hinojos ante el que ha sabido luchar con 
fortaleza y morir en el sacrificio, dando pedazos 
de su corazón á las gentes. Platón tendrá discípu- V 
los y Sócrates adoradores; porque si el uno supo 
pensar, el otro supo morir. Las Casas pensaba ' 
como los solitarios de su tiempo, dados á la re- 



XX 



ligion y á la ciencia; y luego sentia con vivo sen- 
timiento lo mismo que pensaba. Este ejercicio de 
la sensibilidad y de la inteligencia, esta armonía 
^ de la idea y de la acción, estas vocaciones múlti- 
ples que hacian de él un apóstol y un guerrero, 
un filósofo y un mártir; todas estas cualidades le 
daban esos caracteres verdaderamente extraordi- 
narios que se elevan á ser como un ideal en la 
. historia. 

Las Gasas no fijó su inclinación desde los dos 
primeros de su vida. Al contrario, en los co- 
mienzos parecía tener vocaciones bien opues- 
tas á las que luego fueran su tormento y su glo- 
ria. Originario de aquellos cruzados franceses que 
así venian á Occidente en busca de Toledo y Se- 
villa, como iban á Oriente en busca de Jesusalen 
y Gonstantinopla, su sangre heredaba el ardor, 
sus nervios la inquietud, su complexión la fuerza, 
sus músculos la energía, su natural todo el atre- 
vimiento congénito á los destinados en estos con- 
tinuos dramas de la historia, por una designación 
providencial, como á vivir y morir peleando. 
Hijo de un navegante que acompañara al descu- 
bridor del Nuevo Mundo en sus primeros viajes, 
tentábanle las aventuras, las navegaciones, las 
porfías con el furor de los elementos y la cólera 
de los hombres, las empresas maravillosas, la vic- 
toria sobre los mayores imposibles , creyendo 



XXI 



granjearse poder y renombre. Quien habia visto al 
autor de sus dias perderse en el Océano inexplo- 
rado y traer una nueva creación del abismo in- 
menso donde sólo parecían reinar el silencio y 
la muerte, bien podia creer borradas todas las 
fronteras que separan el deseo de su objeto, la 
esperanza de su cumplimiento, la idea de su rea- 
lización, y la fantasía exaltada de las tristes rea- 
lidades sociales. El hijo de uno de los descubri- 
dores del Nuevo Mundo, con harta razón podia 
creerse redentor nato de los habitantes de ese 
Mundo. Luego la ciudad de Sevilla, su cuna, como 
que mueve á la imaginación de atrevidas creen- 
cias y al intento de arriesgadas empresas. Aquel 
cielo deslumbrador, de arreboles tan varios, eleva 
el cerebro á otro cielo espiritual de ideas bien 
múltiples. Aquel rio con cuyas aguas perfumadas 
soñaron los primeros poetas del mundo, susurra 
como el acompañamiento eterno á los cánticos de 
una eterna epopeya. Las torres, por cuyas cimas 
todavía veis discurrir las blancas figuras de los 
astrónomos árabes; los jardines, entre cuyos ali- 
catados suenan los ecos de las guzlas y de los ro- 
mances confundidos con la vibración de las ar- 
mas; los naranjales, que os embriagan y exaltan 
con sus aromas; desde la vela flotante por el 
Guadalquivir hasta la palma meciéndose en la 
floresta; desde los luceros sembrados en sus no- 



XXII 



ches hasta los ojos relampagueantes de sus muje- 
res^ todo provoca^ no solo á la concepción de mu- 
chas ideas y al fantaseo de muchos ensueños, sino 
á su realización y cumplimiento. Para ver cómo 
eran los hombres de aquellas edades, no hay sino 
entrar en la nave de la Catedral, erigida adrede 
tan grande, para que los venideros tomaran á sus 
constructores por locos, y bajo cuyas bóvedas 
creéis bogar impulsados de una brisa celestial en 
los espacios incomensurables y en los abismos 
cerúleos del divino éther. ¿No os parece que raza, 
origen, sangre, cuna, educación, todo cuanto le 
pertenecía y aun todo cuanto le rodeaba, movia 
al Padre Las Gasas hacia las mayores empresas? 
Y sin embrgo, como antes he dicho, fijó tarde, 
muy tarde, una vocación, la cual, según su fir- 
meza y su intensidad , diríase congénita al calor 
de su vida y movida por el primer movimiento 
de su voluntad y de su ánimo. Ejemplos de esto 
hay en la historia. Nadie descubriera al primer 
escritor del siglo decimoctavo, á Rousseau, en 
el músico que anotaba sinfonías inacordes y com- 
ponia óperas medianas, como nadie descubriera 
al redentor que renovara las llagas de Cristo , á 
Francisco de Asís, en el joven coronado de flo- 
res, rey de festines, cantor de jácaras, que daba 
serenatas por las oscuras noches y requería de 
amores en exaltados coloquios á todas las mucha- 



XXIII 



chas de su pueblo. Y no cabe dudarlo^ no; estas 
vocaciones tardías suelen ser vocaciones decisi- 
vas. No está en nuestra complexión nacional ni 
en nuestros hábitos escribir memorias. El pudor 
que oculta las buenas acciones tiene tanta fuerza 
como la vergüenza que oculta las malas. Creemos 
que no importan á los demás ni nuestras virtudes 
ni nuestros vicios . Cierta soberbia nativa, cierta 
suficiencia orgullosa, cierta apelación continua 
á nuestro fuero interno, cierto individualismo un 
tanto excesivo nos arrastran á tal indiferencia por 
el ajeno juicio, aunque tenga la universalidad y 
la importancia de los juicios históricos, que jamás 
llegarán á comprenderlo aquellos pueblos, como 
el pueblo francés, por ejemplo, eminentemente 
sociable, y por lo mismo fácil de atemorizarse 
ante el tribunal de la historia, por lo cual aspiran 
sus naturales con defensas, alegatos, relaciones, 
autobiografías, á merecer bien de sus contem- 
poráneos y bien de la posteridad. Nosotros, 
por el contrario, júzgamenos bastante pagados 
con parecemos bien á nosotros mismos. Así no 
existe en toda la literatura española un libro como 
las confesiones de San Agustín ó como las confe- 
siones de Rousseau. Y por este achaque ó virtud 
ignoramos particularidades de la vida privada de 
nuestros prohombres, que acaso nos explicaran 
fases enteras de su vida pública. Respecto á las 



XXIV 



mocedades de Las Gasas, debemos decir que este 
teólogo dominicano, orden llamada Jauría de 
Dios, profesóla jurisprudencia; que este defensor 
acérrimo de los indios tuvo por esclavo un indio 
en Salamanca; que este reformador, cuyas invecti- 
vas atacaban la apropiación de los hombres, em- 
pezó su vida en aquel Nuevo Mundo con ranchos 
y repartimientos; que este obispo, calzado de 
sandalias, vestido de sayal, con su crucifijo en 
las manos y el ardor místico en los ojos, abordó 
á las playas de América como los más vulgares 
aventureros, aguijoneado por el apetito más or- 
dinario, por la sed de oro. ¿Cómo, por qué causa, 
por qué motivo de la voluntad, por qué impulso 
de la inteligencia, por qué afecto cambió súbita- 
mente su vocación? Misterios de la historia. Lo 
cierto es que el abogado de Sevilla, el propieta- 
rio de un pobre indio, el rebuscador de lucros se 
convirtió en misionero, en redentor de esclavos, 
en sacerdote de Dios y de la libertad. 

Llegado fray Bartolomé de las Gasas á cierto 
período de su vida, un pensamiento evangélico 
le poseyó por completo, el pensamiento de la na- 
tural igualdad entre los hombres. Y el pensa- 
miento obra sobre la voluntad como el motor in- 
móvil de Aristóteles sobre el movimiento univer- 
sal. Gomo en toda fuerza aplicada hay algo de la 
fuerza cósmica, en toda acción concreta hay mo- 



XXV 



ti vos generales y en todo motivo general ó par- 
ticular^ hay ideas puras. El alma del alma de Las 
Gasas estaba en su pensamiento de igualdad na- 
tural y el móvil de los móviles en su amistad á los 
indios. Casi todas las inclinaciones naturales de 
la humanidad se encuentran reunidas en cada 
individuo fundamentalmente. La causa genera- 
dora del genio en el desequilibrio;, que da á unas 
facultades exclusivo predominio sobre el conjunto 
de todas las demás y con este predominio aptitu- 
des sobresalientes merecedoras de soJ)resaliente 
gloria. Pasa con los móviles humanos lo que pasa 
con los gustos. El alimento que unos paladean con 
placer produce náuseas en otros; la melodía que 
halaga un oido fino se estrella en duro oido; el 
móvil que mueve á unos hacia el bien y el amor 
de su prójimo, mueve á otros hacia el mal, y á 
veces hacia el suicidio, hacia la destrucción de sí 
mismo. El límite con que los hechos exteriores 
refrenan toda acción desconcierta á los débiles y 
acera á los fuertes. Fray Bartolomé de Las Casas 
no luchara con tanto ahinco si no hubiera trope- 
zado en su camino con tantas y tan diversas opo- 
siciones. En el mundo se repiten siempre los 
mismos fenómenos históricos. Todo redentor 
pasa por una pasión. Las dudas le asaltan, los do- 
lores le acongojan, los amigos le venden, el error 
ó el mal amenazador le calumnian, los discípulos 



XXVI 



más queridos le abandonan, hasta que llega el 
dia de la hoguera, de la cicuta, de la crucifixión, 
de la muerte en el desengaño y en la tristeza. 
Pero así como en la naturaleza reina la fatalidad, 
en la historia reina la libertad. Así como á la pie- 
dra no le pedís cuenta de su caida, se la pedís al 
hombre. El fatalismo de la materia bruta nada 
tiene que ver con la moralidad, y nuestras accio- 
nes son esencialmente morales. Por eso el bien, 
una idea verdadera, una acción recta, una obra 
de caridad, el esfuerzo por los oprimidos, la luz 
llevada á la conciencia de los ignorantes, la pugna 
por el derecho y la justicia pueden transitoria- 
mente malograrse; pero en el movimiento general 
de la humanidad les toca, tarde ó temprano, se- 
guramente, una grande y definitiva victoria. Los 
defendidos por tanto ahinco por Las Gasas habi- 
tan hoy el continente de la democracia, de la 
libertad y de la República. 

El Nuevo Mundo se descubrió al terminar la 
Edad-media, pero bajo ideas de ].a Edad-media. 
Aunque su aparición debia, dilatando el planeta, 
dilatar también el espíritu, desconociéronse los 
efectos de revolución tan súbita hasta que brota- 
ron á impulsos de los siglos y por el desarrollo 
natural de los acontecimientos. Los descubrido- 
res iban guiados por la antigua idea de que todo 
vencido es naturalmente cautivo, y de que todo 



XXVII 



cautivo es naturalmente esclavo. La apropiación 
del hombre por el hombre reinaba todavía en el 
espacio, porque la idea de la desigualdad humana 
todavía reinaba en la conciencia. El mismo Co- 
lon, aquel profeta de la naturaleza, aquel revela- 
dor de la tierra, aquel mártir de su propio genio, 
inmortal como todos los redentores por sus ideas 
y por sus desgracias, trajo de regalo, al tornar 
del primer viaje, entre productos del campo y 
riquezas del suelo, varios grupos de indios como 
pudiera traer varios hatos de ganado. Uno de es- 
tos indios le tocó en suerte á Las Casas que, en la 
irreflexión de su juventud, lo reservó para su ho- 
gar y lo esclavizó á su servicio hasta que vino á 
despojarle de tamaña propiedad un regio res- 
cripto. 

Sin duda algún movimiento de su corazón, 
como aquel de Pablo en el camino de Damasco; 
alguna revelación de su conciencia, como aquella 
de Loyola en su lecho de dolor, trastocaron el na- 
tural artificioso, por la educación ó por las cos- 
tumbres sobrepuesto á su natural índole, y le 
movieron á buscar, sumergiéndose dentro de sí 
mismo, en los abismos insondables que cada 
alma guarda, aquellos tesoros de piedad, aquellos 
arrebatos de pasión, aquellas ideas de derecho 
que le alzaron á inmensa altura entre los con- 
quistadores y los conquistados, para defender 



XXVIII 



con pleno sacrificio de su tranquilidad y riesgo 
continuo de su vida la inocencia, desarrollando 
pasiones semejantes á una espada de fuego que 
flameara en sus manos, é ideas semejantes á ver- 
bos de redención que cayeran como henchidas 
del espíritu divino sobre las tristes llagas de la 
miseria. Lo cierto es que en aquella sociedad re- 
cien sujeta á la coyunda del absolutismo, donde 
predominaba la conquista, vio Las Casas en los 
vencidos hermanos de los vencedores; en aquella 
intolerancia universal, cuando los Reyes Católicos 
expulsaban á los judíos, cuando Torquemada 
traia el fuego de la Inquisición, cuando Cisneros 
derramaba el agua bendita sobre las carnes de los 
moriscos que gritaban cual si recibieran gotas de 
plomo fundido, quiso Las Casas llamar los idóla- 
tras al seno de la Iglesia por la caridad y no com- 
pelerles por la violencia ; en aquella perversión 
del sentido, que lanzaba desde el pulpito apoteg- 
mas aristotélicos sobre el destino natural de unos 
hombres al vasallaje y el destino natural de otros 
hombres á la dominación y al imperio, sentía 
Las Casas como la adivinación del derecho mo- 
derno basado sobre los fundamentos de la igual- 
dad humana; frente á frente de los poderosos, 
cada dia más ensoberbecidos con su autoridad y 
más tentados de confundirse con Dios, sostuvo 
Las Casas que no puede disponerse de los hom- 



XXIX 

bres contra su albedrío, ni gobernarse á los pue- 
blos contra su soberana voluntad. 

No desconozcamos, porque seríamos ciegos, 
que en esta obra lo inflamaron, le sostuvieron, 
le arrastraron exaltadísimos afectos. Las Casas, 
antes que todo, es desde el principio al fin de su 
vida un hombre de pasión, y por apasionado, su- 
jeto á violencias en su proceder y á brusqueda- 
des en su lenguaje. Sin esa pasión, que todo lo 
creia posible, no luchara como luchó, ni pade- 
ciera como padeció; pero tampoco se agrandara 
como se agrandó en el concepto de la humani- 
dad y en el agradecimiento de la historia. Yendo 
toda sobresaliente cualidad acompañada de ex- 
traordinarios defectos, cuanto tenía su natural 
de apasionado, otro tanto tenía también de irre- 
flexivo y poco cauto. Pero ¿cómo querer que 
brille el genio sin el desequilibrio de las faculta- 
des y de las aptitudes? No podéis poner en el 
apóstol esa fria razón del estadista ; ni en el pro- 
feta ese cálculo seguro del matemático ; ni en el 
mártir los instintos de conservación que hacen 
vivir y envejecerse al egoísta. La generosidad de 
Las Casas podrá resultar nativa ó adquirida , ori- 
ginaria de los impulsos de su corazón ó de los 
hábitos de su existencia, pero tenía caracteres 
verdaderamente maravillosos y una fecundidad 
increíble en acciones heroicas. Así, al deseo vi- 



XXX 

vísimo del bien se juntaba la esperanza segura 
de realizarlo y de cumplirlo. El acicate de esta 
esperanza le empujó á la acción y le libertó de 
las irresoluciones, porque ni su entendimiento 
admitía dudas, ni su voluntad debilidades ó des- 
mayos. Dotado de verdadero valor acometía em- 
presas arriesgadas, aunque cayese muchas veces 
en la temeridad que quiere tocar en lo imposi- 
ble. Sano de cuerpo y alma, no le tentaba la iro- 
nía que suele tentar á los contrahechos y á los 
enfermos; robusto de voluntad y de fuerzas, no 
le aquejaba el desaliento que suele aquejar á los 
débiles y á los cobardes; piadoso de complexión, 
padecía con todos los que padecían y lloraba con 
todos los que lloraban; capaz de grandes indig- 
naciones, aborrecía á los opresores al igual que 
amaba á los oprimidos; sujeto á la fiebre de una 
exaltación continua, tocaba como en el fanatis- 
mo, en la cólera, pero cólera de aquellas que 
el filósofo denominaba encendidas como el entu- 
siasmo y no pálidas ó verdosas como la envidia. 
Así tuvo en sus amarguras el mayor de los con- 
suelos internos, la seguridad de haber obrado 
bien, y contra los denuestos y maldiciones el 
más seguro de todos los refugios, la satisfacción 
y hasta el contento de sí mismo, reuniendo en 
verdad, como pocos hombres, el pensamiento á 
la acción. 



XXXI 

Durante cierto tiempo de su vida, dejóse lle- 
var por las ideas vulgares , como el cuerpo inerte 
por la corriente; y calculó, y comerció y lucró 
con la apropiación de sus semejantes; horror que 
tan amarga pena debia inspirar más tarde á su 
corazón arrepentido. La fuerza de sus remordi- 
mientos dominó la conciencia de suerte que res- 
catara todas sus culpas, y la vista de una ma- 
tanza de indios conmovió sus entrañas hasta el 
punto de concentrar todas sus facultades á una 
en aquel propósito avasallador de consagrarse 
exclusivamente á la redención y cura de tanta y 
tan terrible miseria. Para cumplir mejor esa vo- 
cación abrazó el sacerdocio. En efecto, la renun- 
cia á toda familia que no fueran los deshereda- 
dos y los oprimidos; el amor exclusivo y el ma- 
trimonio eterno con su idea de justicia; el templo 
por hogar; los altares del sacrificio por ara donde 
ardiera la vida; la comunicación diaria con el 
cielo por los sacramentos; el socorro á toda 
aflicción y el consuelo á toda pena ofrecidos como 
estricta observancia de los más rudimentarios 
deberes; el auxilio al moribundo y la oración al 
muerto; todos estos ejercicios, al par que le acer- 
caban á Dios, le movian también á servir y á 
honrar la humanidad. Rodeado de indios recien 
convertidos á la religión y de conquistadores que 
se proponía convertir á la caridad; en presencia 



XXXII 



de aquellos mares apenas desflorados por nues- 
tras quillas; á la sombra de aquellas selvas gigan- 
tescas por cuyas ramas corría aún el soplo vivifi- 
cador de la creación, dijo la primera misa, en la 
cual ni siquiera tuvo vino, como si los empeños 
del acaso hubieran querido que del Nuevo 
Mundo fueran todas las ofrendas cual debian al 
Nuevo Mundo dirigirse todos los pensamien- 
tos del exaltado Sacerdote. Y desde este punto 
empieza su empresa tan rica en varios inci- 
dentes: emancipación de los propios esclavos, 
malogrando cuantiosísima fortuna; predicaciones 
al aire libre con celo evangélico por la libertad 
de los reducidos á servidumbre; viajes peligrosos 
de Santo Domingo á Cuba y de Cuba á España 
en pos del cumplimiento y realización de su 
ideal; oraciones continuas, de rodillas sobre las 
tablas de su nave, en presencia de lo infinito, 
para que el espíritu divino le asistiese y le con- 
solase en su empresa; conferencias con el astuto 
Rey Católico, y con el ardentísimo Cardenal Cis- 
neros, y con el piadoso Adriano de Utrech, y con 
los ministros de Carlos V; porfías empeñadas y 
aun batallas reñidas con el avariento prelado de 
Burgos y los codiciosos frailes de San Jerónimo; 
amarguras devoradas con resignación, pero sin 
desaliento, por las ingratitudes y traiciones de 
los mismos á quienes confiara su empresa y en- 



XXXIII 



tregara su representación y su nombre; residen- 
cias intentadas á los jueces prevaricadores que 
recibian leyes benéficas y excusaban su debido 
cumplimiento; debates ruidosísimos en la Cá- 
mara real y á presencia de los altos consejos de 
la monarquía; navegaciones procelosas; propósi- 
tos benéficos completamente frustrados por las 
intrigas cortesanas; intercesión arriesgadísima 
entre los españoles y los indios; soledad en los 
desiertos del Nuevo Mundo bajo las dobles ase- 
chanzas de los elementos y de los salvajes; con- 
tratiempos increíbles con los colonos llevados 
de España para ayudar en sus trabajos á los na- 
turales de América; intensísimas angustias^ así 
por las matanzas de indios como por las matan- 
zas de españoles; negativa de absolución á los 
que poseyeran y se apropiaran sus hermanos en 
Dios, sus iguales en naturaleza y en derechos; mi- 
siones, semejantes á los viajes apostólicos, desde 
las Antillas á Méjico, á Guatemala, al Perú, á 
Nicaragua, á España, desafiando todos los emba- 
tes de la Naturaleza y todas las iras de los hom- 
bres; luchas, como un guerrero, con los fieles de 
su propio Obispado movidos á rebelión por su 
entereza en sostener sus excomuniones contra 
los crueles y los tiranos; renuncia á su ministerio 
de Obispo y reclusión en los conventos de Espa- 
ña; y por término de todo, influjo poderosísimo 



XXXIV 



en las máximas y en las disposiciones más hu- 
manas de las leyes de Indias como recompensa 
debida ciertamente al fervor de su creencia y á 
la exaltación de su celo. 
x" Dos acusaciones graves se han dirigido al Pa- 
^ dre Las Casas: la primera^ que en su entusiasmo 
por la emancipación de los indios contribuyó á 
la esclavitud de los negros; y la segunda, que en 
su celo por las razas nativas del Nuevo Mundo, 
llegó, si no á negar los títulos de nuestra domi- 
nación necesaria en el momento de su aposto- 
lado , á tacharla de más cruel que ninguna otra 
entre las conseguidas por los procedimientos de 
conquista. La primera acusación paréceme victo- 
^, riosamente refutada y aun desvanecida, con aten- 

der tan sólo á que las expediciones de negros 
resultan muy anteriores á la predicación de Las 
Casas, é intentadas y promovidas más bien por 
la tendencia general del tiempo que por el con- 
sejo particular de nuestro apóstoL En cuanto á la 
segunda acusación, paréceme mucho más difícil 
de excusar, aunque fácil de comprender y de ex- 
plicar por el ardentísimo fuego de los combates, 
y el vehemente amor al bien, y la indignación 
contra la violencia, y la fuerza dada al argu- 
mento, y la ceguera natural entre el humo espe- 
sísimo de una guerra que, no por espiritual, deja 
de ser dolorosísima siempre, y á veces hasta cruel 



ly 



XXXV 



y sangrienta. Y no cabe dudarlo; el sentido his- 
tórico ha 'considerado por mucho tiempo la con- 
quista de América como la más cruel de las 
conquistas. Y este sentido ha pasado de tal suerte 
á la opinión general, que lo han adoptado uná- 
nimes los mismos descendientes de los descubri- 
dores, sin comprender cómo, insultando á sus pa- 
dres, se insultaban á sí mismos y desconocían á 
la faz del mundo ¡suicidas! los timbres más glo- 
riosos de su raza. No excuso los crímenes come- 
tidos en América por cariño á mi patria , como no 
excuso los crímenes cometidos en el terror, no, 
por cariño á mi libertad. Mas declaro que Amé- 
rica ha obtenido la civilización moderna, segu- 
ramente á mucho menos precio que Europa. To- 
dos los pueblos guardan el recuerdo de una do- 
lorosísima salida del Paraíso, en apariencia tra- 
dición religiosa, en realidad poética enseñanza 
del cambio de la inocencia y de la vida en el seno 
de la Naturaleza por los horrores del combate y 
las penas del trabajo, que acongojan, que afligen, 
que desesperan, mas que también preparan al 
hombre para los grandes progresos y para el do- 
minio sobre el planeta y la fundación de una so- 
ciedad basada en leyes de justicia. No ha roto 
ninguna raza este cendal de la Naturaleza sin 
desgarrarla tierra que la contiene, como no ha • 
salido ningún feto á la luz y al aire sin desgarrar 



XXXVI 



las entrañas que lo llevan. La culpa de saber, la 
fatiga de andar, el esfuerzo de inquirir, el tra- 
bajo en todas sus fases y todos sus aspectos no se 
inicia en las sociedades humanas sino mediante 
/dolorosísimos y continuos sacrificios. La civiliza- 
ción que nosotros llevamos al Nuevo Mundo no 
la adquirimos á poco precio. La tierra patria está 
empapada de sangre, cubierta de huesos, con- 
vertida en vasto cementerio de conquistadores y 
conquistados, de vencedores y vencidos. Las ir- 
rupciones célticas, fenicias, griegas, cartagine- 
sas, latinas, bárbaras, árabes, africanas, fueron 
mucho más crueles que la irrupción española en 
el Nuevo Mundo. Sobre aquella tierra que estaba 
fuertemente apegada á la Naturaleza , vertimos 
la religión del espíritu. Enseñámosle una de las 
maravillas del mundo, la más rica y más armo- 
niosa de las lenguas que han hablado los hom- 
bres en los tiempos modernos. Dímosles unas 
artes que resplandecían al igual casi de las artes 
italianas. Fundámosle ciudades superiores á las 
, ciudades de la Península. En vez de exterminar 
á los indios ó lanzarlos á las selvas como hicieran 
nuestros orgullosos rivales sajones, les admiti- 
mos en nuestra sociedad. Las leyes, tanto civiles 
como eclesiásticas , sobrepujaron á las leyes mis- 
mas por que nos regíamos nosotros. Y al separar- 
nos de América para dejar tantas Repúblicas in- 



XXXVII 



dependientes, destinadas á brillar en la tierra 
como las estrellas en el cielo, si les dejamos po- 
cos hábitos del gobierno de sí mismas porque los 
imposibilitaba el absolutisrho en que unos y otros 
habíamos caido, en cambio, les pudimos legar un 
estado social tan progresivo que les permitía abo- 
lir la esclavitud sin pasar por la tremenda guerra 
en que estaba á punto de hundirse la maravillosa 
República del Norte. Para maldecirnos, necesitan 
nuestros hijos maldecir al sublime descubridor 
que les adivinó cuando estaban ocultos en su in- 
móvil inocencia; y á los exploradores que ven- 
cieron los misterios de sus selvas y escalaron las 
cimas de sus Andes y recorrieron sus costas y sus 
ríos; y á los misioneros que les mostraron la re- 
ligión del espíritu, la religión de la libertad; y á 
los legisladores que les dieron leyes é institucio- 
nes bajo las cuales todavía viven y progresan. Más 
justos los Estados-Unidos del Norte, han puesto 
en el Capitolio de Washington, al lado de los 
nombres y de las efigies de los apóstoles de su 
República los nombres y las efigies de los espa- 
ñoles que han descubierto los bosques más be- 
llos y han recorrido por vez primera los rios 
más caudalosos de su inmenso territorio. 

No debemos dirigir igual inculpación al eru- 
dito autor de este libro, en quien el apego al 
Nuevo continente, donde ha nacido, no excluye 



XXXVIII 



el apego á la sagrada y vieja tierra donde nacie- 
ron sus padres. Historiando una vida tan proce- 
losa como la vida de Las Casas^ nunca maldice á 
la nación que engendró un alma tan grande como 
el alma de nuestro apóstol. Su relato desde el 
principio al fin está escrito con la mayor severi- 
dad de juicio, unida estrechamente á la mayor 
severidad de estilo. Claro, correcto, concienzudo, 
este trabajo se inspira al par en el espíritu de 
nuestra patria y en el espíritu de nuestra Amé- 
rica. La sobriedad en el decir se hermana admi- 
rablemente con la elevación en el pensar y en 
ciertos sentimientos que, no por concisos en sus 
manifestaciones, dejan de ser íntimos y verdade- 
ros en su fondo. Guiado por tales afectos é ideas, 
el Sr. Gutiérrez ha escrito la vida de su héroe bajo 
el influjo de dos sentimientos muy parecidos á los 
que animaban á Las Gasas; el sentimiento reli- 
gioso y el sentimiento liberal. Así es que, leyén- 
dole, asistís á los tiempos del apostolado y cono- 
céis la vida del apóstol. Hay algunos puntos tra- 
tados con profundidad verdadera, como la con- 
versión de una vida donde predominaba grande 
desasosiego por el lucro, á una vida donde pre- 
dominan la caridad y el sacrificio. Luego el aná- 
lisis de las obras se funda en la doble apreciación 
de su mérito intrínseco y del mérito que le pres- 
tan las circunstancias propias de su publicación. 



XXXIX 



Y en este análisis hecho á maravilla, resalta 
que Las Gasas tuvo con cierto presentimiento 
de los derechos naturales cierta convicción pro- 
funda de la soberanía social. Nada más propio en 
quien, de un lado, reconocía la igualdad hu- 
mana, y de otro lado el derecho de los pueblos á 
gobernarse á sí mismos y á intervenir en el voto 
y en la percepción de los impuestos. Sería digno 
de estudio el ver cómo la corriente democrática 
que las órdenes monásticas trajeron consigo y 
que produjo á Francisco de Asís en Umbría , á 
Jerónimo Savonarola en Toscana, á Bartolomé 
Las Casas en América, no se detuvo hasta que 
vino á interrumpirla en mal hora el predominio 
de la reacción jesuística. 

Concluyamos: quien leyere con detenimiento 
esta historia, encontrará una serie de ideas siste- 
matizadas con rigor, otra serie de noticias dis- 
puesta con lógica, consideraciones profundas 
dichas en estilo terso ; y se felicitará de que su 
autor haya enriquecido con una obra de este mé- 
rito los anales de la literatura, tanto en España 
como en América. 

Emilio Castelar. 



raTRODUCCION. 



Nos proponemos en este pequeño libro descri- 
bir la vida y hechos sobresalientes de uno de 
los varones más ilustres que España ha produci- 
do en el siglo xvi , y presentar algunas conside- 
raciones respecto á la poderosa influencia que 
pudo ejercer en sus tiempos, y á la extraordina- 
ria agitación que supo promover en favor de una 
causa tan justa como desamparada: la causa de 
la protección y libertad de los indios ; agitación 
que continuó durante los siglos que nos separan 
de aquella época^ y que subsiste aún en nuestros 
dias, si bien con ciertas y determinadas modifi- 
caciones y con distintos objetos y ramificaciones. 

En la convicción de que una investigación 
concienzudamente conducida respecto á la vida, 



carácter y espíritu de Fray Bartolomé de las 
Casas, aun cuando sea tan concisa como la pre- 
sente, puede tener un interés de actualidad nada 
secundario para las Repúblicas de la América 
latina, y aun para España que les dio el ser y 
conserva provincias en el Nuevo mundo que ha 
descubierto, y un dilatado y riquísimo archipié- 
lago en los mares de China, poblado de una pri- 
vilegiada raza de indios asiáticos, no hemos titu- 
beado en consagrar los pocos momentos de tran- 
quilidad que otras atenciones nos permiten, á 
una tarea que nos ha ofrecido en combinación los 
atractivos de un vivo y constante interés, los go- 
ces de un ameno estudio, y el no menos podero- 
so aliciente de prestar un servicio , siquiera muy 
modesto, á la literatura histórica de la América 
hispana, llamando nuevamente la atención hacia 
un asunto que tanto le interesa. 

No nos faltará ocasión de observar que los 
males de que con tan heroico arrojo,, tan enérgi- 
ca vehemencia y tan desconsoladora amargura 
se quejaba Las Casas, no eran nada exagerados 
por su celo ferviente; que consiguieron empañar 
en parte la gloria que adquiriera España en su 
portentoso descubrimiento y conquista de la Amé- 
rica, y que en plena civilización del siglo xix 



están esos mismos males clamando por remedio 
en los dilatados territorios que fueron silenciosos 
testigos, tanto de las homéricas hazañas como de 
las sevicias ferinas de los conquistadores. 

Podremos convencernos de que los excesos y 
crueldades que hacian derramar lágrimas de 
dolor y gritos de espanto é indignación al virtuoso 
Las Casas , no dimanaban por cierto de los mo- 
narcas y gobiernos de España, siempre deseosos 
de proteger, amparar y defender á los desventu- 
rados indios. 

Veremos constantes é irrefragables pruebas 
de la cariñosa solicitud de la metrópoli en favor 
de los indígenas del Nuevo mundo ; y cesará de 
sorprendernos el que sus órdenes y disposiciones 
fuesen la mayor parte de las veces descuidadas ó 
desatendidas en la práctica, cuando consideremos 
la enorme distancia que separa á la madre patria 
de las que eran sus colonias; la larga y penosa 
navegación que se hacía en aquellos tiempos, ne- 
cesaria para salvarla ; las excesivas dificultades y 
entorpecimientos en las comunicaciones terrestres 
por países erizados de serranías, cordilleras y 
bosques seculares; y finalmente, la falta de acier- 
to en la elección de algunos gobernadores y de 
multitud de funcionarios subalternos , los cuales, 



devorados por la ambición y la codicia insaciable 
de oro, salian de España para tomar posesión de 
sus pingües destinos con todas las muestras y 
propósitos aparentes de gobernar las cosas de 
América según les era encomendado y ordenado, 
perO; apenas llegaban á pisar el territorio del 
Nuevo mundo, se trasformaban en dominadores 
usureros, en prevaricadores escandalosos sedien- 
tos de riquezas y totalmente exentos de escrúpu- 
los respecto á los medios de adquirirlas. 

Esos males, aunque en diversa forma, subsis- 
ten en el dia , según llevamos indicado ; y esta 
circunstancia contribuye poderosamente a rodear 
á Las Gasas y todo lo que á el concierne, de un 
interés tan vivo cuya actualidad es de todo punto 
evidente. Nos parece innegable que hoy mismo 
la raza indígena en América es una raza infeliz y 
perseguida. La legislación de las Repúblicas la- 
tinas, dándoles derechos de ciudadanía y decla- 
rándolos al mismo nivel que á los descendientes 
de los españoles, no les ha suministrado al mismo 
tiempo los medios y elementos indispensables para 
que sus derechos políticos tengan para ellos una 
utilidad tangible y práctica, viniendo á ser, en 
consecuencia, tan solamente ciegos instrumentos 
para el desarrollo y triunfo de las pasiones poli- 



ticas y de las mezquinas ambiciones que allí se 
agitan. 

En esa misma República que se considera 
como un modelo de gobierno,^ sobre todo para 
los que la ven desde muy lejos, y jamás han \i-r 
vido en ella ni han podido observar de cerca los 
grandes lunares que pueden descubrirse en su or- 
ganismo político y social; en esa República po- 
blada en su mayor parte por la raza anglo-sa- 
jona^ por los puritanos, metodistas y anabaptis- 
tas que tantos alardes tienen hechos para mani- 
festar al mundo sus sentimientos de humanidad 
y filantropía; en esa misma República, y en el 
ocaso del siglo xix, esto es, 30(T años después de 
los excesos que censuraba Las Casas, se cometen 
idénticos atropellos, los mismos crímenes con los 
pobres indios , cazándolos algunas veces en los 
bosques, en los montes y en las llanuras cual si 
fuesen fieras, á pesar de los buenos deseos y 
estrictos mandatos del Gobierno de Washington, 
y arrojándolos de todo territorio á donde llega á 
pisar la planta del colono norte-americano. 

No son mucho más afortunados con sus domi- 
nadores los aborígenes del gran continente de 
Australia, los de Tasmania y Nueva, Zelanda. 
Unos y otros, refractarios á la actividad europea; 



invadidos en sus tranquilas moradas y en sus 
campos por una raza superior que dispone de 
elementos para ellos desconocidos; humillados con 
la servidumbre y el trabajo que se les exige, y 
convencidos de la inutilidad de toda resistencia, 
han ido abandonando las costas y retirándose á 
lo interior á países y climas para ellos mismos 
desconocidos, debilitándose físicamente en esta 
emigración continua, y extinguiéndose con rapi- 
dez á causa de las fatigas, las miserias, las en- 
fermedades y el decaimiento físico y moral que 
los ataca en su huida. 

Los gobiernos españoles habían comprendido 
mejor sus especiales deberes para con aquellos 
nuevos subditos y vasallos suyos. Sin adornarlos 
con títulos tan pomposos como es el de ciudadanos, 
habían mirado por sus intereses reales en medio 
de las extraordinarias circunstancias en que se 
hallaban colocados ; pero hoy los descendientes, 
bien reducidos en número, de los prinitivos ha- 
bitantes del continente americano , tienen des- 
graciadamente pocos motivos para congratularse 
de los cambios sobrevenidos durante la primera 
parte del presente siglo , en el sistema político y 
gubernativo de la raza dominadora. 

Cataclismos y acontecimientos como la moderna 



revolución de Cuba, que tanta sangre, tanto oro 
y tantos sacrificios ha costado á España para 
vencerla, pueden sin injusticia y sin importuni- 
dad achacarse á la deplorable perversión de re- 
gulaciones saludables en la administración de 
aquellas provincias españolas. Intempestiva y 
antipática como á todo pensador juicioso y hu- 
manitario debe haber aparecido la insurrección 
cubana, tanto en los absurdos fines que ilusoria- 
mente se habia propuesto , como en los extraor- 
dinarios medios de que se han valido para soste- 
nerla; no puede menos de descubrirse, que para 
esa misma agitación revolucionaria tan funesta y 
con tal pertinacia sostenida, ha existido una 
causa radical, un fondo, una razón de queja justa 
y legítima, en la cual se han apoyado los cubanos 
insurrectos para levantarse en armas y cometer 
toda clase de tropelías. Ese fondo, esa causa, esa 
razón de queja son hijas de aquéllas que origi- 
naron el apostolado de Las CXsas; son las mismas, 
en forma modificada por los tiempos y las cir- 
cunstancias. 

Una acusación gravísima ha sido lanzada contra 
el varón esclarecido de que vamos á ocuparnos. 
Como contrapeso á la abnegación desplegada por 
él en pro de los mismos indios, se le ha culpado. 



no sin acrimonia , ele haber contribuido fuerte- 
mente á introducir la esclavitud de los negros en 
América. Sin embargo, en nuestro concepto, esta 
acusación pierde su virulencia y no compromete 
de ninguna manera la bien merecida y sólida- 
mente fundada fama del Apóstol sevillano. Para 
esto es bastante recordar cuánto más apto é idó- 
neo es el africano para la vida laboriosa bajo un 
clima tropical y muy particularmente en ciertas 
regiones deletéreas y mortíferas, en las que se 
hace dificultoso para el europeo el subsistir y 
mucho más el poder trabajar, dificultades que 
amagan todavía con más inminente riesgo de su- 
cumbir en la vida laboriosa al indio, que es por 
naturaleza blando y afeminado. 

Pero además, es necesario tener presente, 
aunque sólo sea á grandes rasgos, la historia de 
la esclavitud en el mundo, no solamente hasta los 
tiempos anteriores de Las Casas , sino también 
desde entonces á nuestros dias. 

La esclavitud ha existido desde los más remo- 
tos tiempos. El tráfico de hombres vino de la 
Caldea al Egipto y á la Arabia, extendiéndose por 
todo el Oriente., En Grecia, en el tiempo de Ho- 
mero, todos los prisioneros eran tratados como 
esclavos. A los jóvenes lacedemonios, educadosen 



ia práctica ele engañar y sacrificar esclavos, se 
les permitía de tiempo en tiempo caer sobre ellos 
para dar pruebas de sus aptitudes; y una vez, 
por vía de diversión solamente, asesinaron, se 
dice, 3.000 en una noche. Cuando Alejandro se 
apoderó de Tebas 335 años antes de Cristo, vendió 
como esclavos á todos sus habitantes. Los espar- 
tanos arruinaron la ciudad de Helos, por haber 
rehusado pagarles tributo 883 años antes de 
Cristo, y redujeron los helóles á esclavos, deno- 
minando desde entonces á todos los esclavos y 
prisioneros Heloke. El número de helotes aumentó 
considerablemente con la conquista de Messenia 
668 años antes de Cristo. En Attica había 
400.000 esclavos 317 años antes de Cristo. En 
Roma los esclavos con frecuencia se veían enca- 
denados á los pórticos de las casas de los perso- 
najes distinguidos, por donde tenían que entrar 
los huéspedes invitados á los festines. Por una de 
las leyes de las Doce Tablas, los acreedores podían 
posesionarse de sus deudores insolventes, y con- 
ducirlos como esclavos á sus casas hasta que con 
sus servicios ó trabajos cancelasen sus deudas. 
C. Pollio, por la mas insignificante ofensa, arro- 
jaba sus esclavos á sus viveros de peces para en- 
gordar las lampreas que servía en sus festines. 



10 

Goecilius Isidorus, 12 años antes de Cristo, dejó 
á sus herederos 4.116 esclavos. Esclavos eran 
aquellos gladiadores romanos que luchaban en 
los circos para divertir al pueblo, pronunciando 
antes la triste fórmula «Coesar Imperator^ morí- 
turi te salutant.» Los primeros genízaros, en el 
año de 1329, eran también esclavos cristianos. 
Pasando de estos ligeros recuerdos de la escla- 
vitud en la historia antigua, á la historia de la es- 
clavitud en Inglaterra, veremos que también tiene 
negros antecedentes hasta época muy reciente. 
Las leyes para la venta de esclavos fueron hechas 
por Alfredo. Los aldeanos ingleses eran vendidos 
como esclavos tan comunmente en tiempo de los 
sajones y normandos, que los niños se negociaban 
en el mercado de Bristol para la exportación, lo 
mismo que los carneros. Algunos se enviaban á 
Escocia y otros á Irlanda. En el tiempo de los 
normandos, los vasallos se llamaban villanos, y 
se repartían, cual si fuesen muebles, en los tiem- 
pos feudales. En el reinado de Ricardo II, en 
1377 á 1385, se pasaron estatutos muy severos 
respecto á la esclavitud. La rebelión de Wat 
Tyler, en 1381, fué debida en parte á la crueldad 
de la servidumbre. Un estatuto del tiempo de 
Eduardo VI disponia que cualquier desertor ó 



11 

cimarrón para el trabajo durante tres dias, fuese 
traido delante de dos jueces de paz, marcado con 
una V , con un hierro candente en el pecho , y 
dado en esclavitud por dos años al que lo pre- 
sentase y denunciase. Debia de tomarlo como 
esclavo, darle pan y agua, no darle carne, y 
obligarlo á trabajar con azotes, con cadenas, ó de 
otra manera. Si en ese tiempo se desertase por 
más de catorce dias, sería marcado con un hierro 
candente en la frente ó en el carrillo con una 
S, y quedaria esclavo para siempre. Otra deser- 
ción se consideraba yá como felonía , y era legal 
ponerle una argolla de hierro al cuello, en el 
brazo ó en la pierna. En 1347, un niño colocado 
como aprendiz, si se escapaba, quedaba después 
declarado esclavo de su maestro. La servidumbre 
en Inglaterra quedó extinguida en el año de 1 660, 
y en 1772 se decidió que no debia de existir la 
esclavitud en el Reino-Unido. 

En los Estados-Unidos , antes de la guerra de 
la independencia, existían esclavos en todos sus 
Estados. En 1790 había 697.897; en 1810 había 
1.191.364; en 1820 había 2.009.031; en 1850 
había 3.204.313 y en 1860 había 4.002.996. 

La trata de esclavos del Congo y Angola em- 
pezó por los portugesesen 1 481 . El comercio de 



12 

esclavos se extendió en África sobre una super- 
ficie de 1 o grados á cada lado del Ecuador, ó sea 
sobre una superficie de 4.000.000 de millas; y 
hoQibres y mujeres fueron mantenidos tan sólo 
para venderlos á las naciones cristianas, por un 
espacio de cerca de tres siglos, sosteniéndose 
continuas guerras para hacer prisioneros para el 
mercado para los cristianos. El abate Raynal 
computaba en .1777, que en aquella fecha se 
habían comprado ya por los europeos 9.000.000 
de esclavos. En 1768, los esclavos arrancados de 
su continente, fueron 104.100. En 1786, se sa- 
caban á razón de 100.000 al año. En 1792, se 
ha calculado que los que habían sido vendidos 
hasta entonces para las Antillas ó habían pereci- 
do en el viaje, subian á 3.500.000. 

La trata africana por los ingleses empezó en 
1562, en que Sir John Hawkíns hizo la primera 
expedición con negros de la costa de África para 
venderlos en las Antillas. En 1786, unos 130 bu- 
ques ingleses han trasportado á la América 
42.000 negros esclavos. 

Bastan estos antecedentes respecto á la historia 
de la esclavitud antes de Las Casas y después de 
Las Casas hasta nuestros dias, para que se vea 
lo absurdo de la acusación contra ese varón vir- 



13 

tuoso por la pequeña y accidental parte que tuvo 
en el ensayo de la esclavitud africana para dedi- 
carla al cultivo y minería en América. 

Puede decirse que la esclavitud de la raza 
africana que se extendió ala América durante la 
vida del Apóstol sevillano^ y que fué sustentada 
por las naciones más civilizadas de Europa y 
América , arrojando tan siniestros reflejos sobre la 
historia de los tres últimos siglos, se encuentra 
hoy poco menos que extinguida. 

La Europa se acordó á fines del siglo pasado 
y principios de este siglo, esto es, después de la 
independencia de los Estados-Unidos, que la es- 
clavitud debia ser una institución bárbara y cuya 
pronta supresión venía á ser uno de los deberes 
más imperiosos de la humanidad. Electrizado él 
pueblo inglés con las elocuentes denunciaciones 
de Wilberforce, de Clarkson y de Lord Gray, y, 
nos complacemos en consignarlo aquí , debido en 
gran parte á los filantrópicos esfuerzos del escla- 
recido conde de Russell, uno de los hombres 
de Estado que más honran á la Inglaterra , abo- 
lió definitivamente el 28 de Agosto de 1833, en 
todas sus colonias, esta odiosa institución, dando 
psira ello el Parlamento británico la suma de 
20 millones de libras esterlinas para promo- 



ver la industria entre los esclavos manumitidos, 
y para recompensar á las personas . que hasta 
entonces tenían derechos sobre dichos esclavos, 
rasgo nobilísimo digno de admiración de todo el 
que ama el progreso y la justicia humana. 

Las Repúblicas hispano americanas, á las que 
la metrópoli habia legado esa penosa herencia, 
emanciparon también los suyos apenas se han 
constituido definitivamente como Estados inde- 
pendientes. El Gobierno de los Estados-Unidos 
durante su guerra civil , y recientemente el del 
Brasil, también emanciparon los suyos; y por úl- 
timo, la nación española, impulsada por sus 
magnánimos instintos y á pesar de sus continuas 
discordias civiles y la imposibilidad de emprender 
á costa de su Erario una manumisión equitativa 
para con los que tenian sobre ellos derechos ad- 
quiridos, ha encontrado, sin embargo, tiempo y 
fórmula para darle en sus posesiones ultramari- 
nas el golpe de muerte , sobre todo después de 
vencida la insurrección cubana. 

Pero no se crea que la abolición de la esclavi- 
tud en este siglo fué , aun en la misma Inglaterra, 
un problema fácil de resolver, á pesar de no contar 
apenas con más esclavos que los que tenía en 
Jamaica, esto es, con un total de 770.280. En 



15 

1707, se debatió por primera vez la cuestión de 
aboliría esclavitud africana en América , en el 
Parlamento británico. En 1791, tuvo lugar otro 
debate en favor de la abolición, que duró dos dias, 
y se perdió en votación. En Abril de 1798, se 
perdió nuevamente la moción presentada por el 
entusiasta M. Wilberforce, por 88 votos contra 
83. En 1806, se renovó nuevamente el mismo 
tema bajo los auspicios de los entonces ministros 
LordGranvilleyMr. Fox, logrando solamente que 
fuese abolida la trata africana en 1807. Desde 
entonces hasta la manumisión de los esclavos en 
las colonias inglesas, trascurrieron todavía 26 años. 
El Austria se habia anticipado á abolir la trata 
en 1782, pero no tenía colonias en América, ni 
necesitaba el trabajo de esclavos. La Convención 
francesa abolió la trata en 1794, trece años antes 
que Inglaterra; pero tampoco tenía colonias de 
importancia, pues en Haití los negros habían de- 
gollado el año anterior á todos los franceses. Los 
Estados-Unidos abolieron la trata en 1808. Na- 
poleón I, durante su reinado de los cien dias, 
suprimió también la trata en 1815. En 1817, se 
firmó con España un tratado para suprimirla ; en 
1818 otro con la Holanda, y en 1826 otro con el 
Brasil. 



16 

En im congreso de los Estados-Unidos de Amé- 
rica, el 14 de Diciembre de 1856, se propuso la 
renovación de la trata africana, cuya proposición 
fué perdida por 183 votos contra 58; en vista de 
esto, para asegurar el porvenir, Inglaterra pro- 
puso á los Estados-Unidos un tratado, suprimiendo 
el comercio de esclavos con África , que fué fir- 
mado en Abril y ratificado en Mayo de 1862. El 
Presidente de los Estados-Unidos Abrahan Lin- 
coln , elegido en el Norte por ser anti-esclavista, 
tuvo que sostener una sangrienta guerra con los 
Estados del Sur, fundada en esta misma gravísi- 
ma cuestión ; y solamente después de vencidos y 
sometidos los Estados del Sur, fué finalmente 
abolida la esclavitud en todos los Estados de la 
Union. 

Después de la enunciación de estos desaliña- 
dos datos históricos, que arrojan tanta luz res- 
pecto á la controversia y dificultades habidas para 
suprimir la trata de negros y la esclavitud afri- 
cana en los tiempos más recientes, y que limpian 
de toda sombra de mancha al Padre Las Casas, 
por la pequeña parte que tuvo hace tres siglos 
en que fuesen algunos esclavos africanos á la 
América , no nos detendremos á investigar en 
esta Introducción si alguna que otra de las na- 



• 17 

€Íones que más celosas se mostraron en suprimir 
de su parte la esclavitud y en perseguir y destruir 
el inmoral tráfico de esclavos africanos, fué im- 
pelida á esta propaganda anti-esclavista , única- 
mente por un amor puro y desinteresado á la 
humanidad^ ó si al mismo tiempo se hallarian 
mezcladas con sus arranques filantrópicos algunas 
consideraciones que algo tuviesen que ver con 
otros fines políticos más egoistas é interesados. 
Pues es lo cierto que la filantropía para abolir 
la esclavitud, bajo cualquier forma que se pre- 
sente , debe ejercerse por igual en favor de todos 
los seres afligidos; y la propaganda para la eman- 
cipación de los negros esclavos fué especial y 
aislada en favor de una raza originaria de África 
y trasportada á América para plantear y soste- 
ner un especial, aunque vicioso, sistema de or- 
ganización del trabajo. Cuando con más entu- 
siasmo se trataba de destruir en América la in- 
moral esclavitud de los neo;ros, en el Oriente de 
Europa, en la Circasia y en el Egipto, continuaba 
el tráfico de esclavas blancas y de color para los 
arenes, sin una protesta de los filántropos. En el 
centro de la civilización, en las naciones más 
poderosas, se sostenía una degradación de seres 
humanos mucho más penosa que la esclavitud de 



18 

los negros: nos referimos á esas decenas de mi- 
llares de niños de ambos sexos y de jóvenes 
mujeres que viven y trabajan como animales en 
las proíinididades subterráneas de las minas, 
arrastrando á cuatro patas , por un laberinto de 
galerías tenebrosas de metro y medio de altura, 
y uncidas á un carrito, el carbón de piedra que 
se consume diariamente en todo el mundo y que 
más de una vez habrá alimentado el vapor en las 
calderas de los buques que han perseguido en 
los mares la trata africana. En la China continúa 
hasta el dia admitido el infanticidio de las hem- 
bras como un elemento de equilibrio entre la po- 
blación y la manutención de la especie. En Tur- 
quía nos dicen los cónsules en sus informes y los 
viajeros estudiosos, la organización que tiene la 
práctica del aborto forzado y del infanticidio 
entre los musulmanes; y en algunas partes de 
América los pobres indios son reclutados á palos 
para llevarlos á la guerra, harapientos, descal- 
zos y pereciendo de hambre, ó sufren otras per- 
secuciones todavía más ignominiosas, sin que en 
ninguno de estos casos^ más terribles que la es- 
clavitud para el trabajo, lleguen á consolarlos los 
sentimientos humanitarios que ha despertado la 
raza africana. 



Aplaudimos de todo corazón, sin profundizar- 
las más en su esencia, las demostraciones y todas 
las Qiedidas adoptadas en favor del esclavo afri- 
cano en América, siempre digno, por cierto, de 
consideración y lástima, pero en la mayor parte 
de los casos más feliz aim en su penoso estado 
de esclavo, que en su vida salvaje en Guinea, 
Congo, Angola ó Mozambique; más afortunado 
en América , en cualquier condición que se le 
considere, de lo que lo es esa pobre población de 
la India que perece por millones cada tres ó cua- 
tro años, sufriendo la más espantosa agonía con 
que el hambre y la sed le dan la muerte ; menos 
desgraciado en América durante su forzada escla- 
vitud, de lo que lo son en Europa algunos pro- 
letarios, que con frecuencia no encuentran alivio 
á sus penalidades y sufrimientos ni en la conside- 
ración y recursos que pueda darles el título de 
hombres libres, ni en la civilización que los ro- 
dea, ni en las leyes que los protejan, ni tal vez 
en la conmiseración individual ó caridad pública. 
Pero al mismo tiempo, al simpatizar con la 
abolición de la esclavitud africana en América, á 
pesar de que quedan seres mucho más desgra- 
ciados que proteger y emancipar en el mundo, 
lio nos dejaremos cegar hasta tal punto que de- 



20 

jemos de reconocer la injusticia de los inculpado- 
res de Las Casas, porque haya contribuido poco 
ó mucho á introducir en América la esclavitud 
africana ; pues no queremos ni podemos perder 
de vista la índole y costumbres de la época en 
que vivia, las sanas intenciones del Apóstol, no 
siempre quizás puestas en práctica con toda per- 
fección, pues harto sabemos que ésta en la hu- 
manidad no es dado encontrarla; y, concediendo 
que la esclavitud era una institución tenida por 
legitima y necesaria en aquellos dias, la sustitu- 
ción que apoyó Las Casas de emplear en los pe- 
nosos trabajos de labranza y minería al robusto 
y sufrido africano en lugar del indio endeble y 
enervado^ fué altamente preferible y hasta equi- 
tativa. 

Empero, el insigne Las Casas, como todo el 
que tiene su ideal en los grandes progresos de la 
humanidad^ no solamente se habia declarado el 
enérgico protector de los indios, sino que aspira- 
ba á la abolición de toda esclavitud personal, á la 
ampliación de las libertades políticas yá la extin- 
ción de las guerras que tantos males directos é in- 
directos traen sobre los infelices pueblos. Y ya 
que tocamos este ultimo punto, después de la 
enseñanza que nos dan los siglos trascurridos 



21 

desde que murió Las Casas ; nos parece que para 
evitar las guerras no se puede tener mucha fe 
ni confianza en la permanente duración de los 
tratados de paz, ni tampoco en recurrir á combi- 
naciones más ó menos complejas y artificiales 
para la formación de Congresos internacionales y 
tribunales de arbitramiento. Esos medios em- 
píricos jamás, en nuestro concepto, desterrarán 
del mundo tan terrible azote ni asegurarán la paz 
permanente. Empapados en los sublimes escritos 
del Apóstol de los Indios , creemos que aquel 
apetecible bien no se obtendrá sino haciendo que 
las relaciones internacionales, así como las de los 
individuos, se regulen porjas doctrinas del Cris- 
tianismo, por esas inefables y sencillas doctrinas 
que se consignan en el Sermón del monte, y que 
inspiraron á San Pablo en la Colina de Marte, 
para decir á los atenienses : «Yo os revelaré un 
Dios desconocido : el Dios que hizo el mundo y 
todo lo que contiene.» Solamente siguiendo y 
obedeciendo esas sacrosantas prescripciones, y 
no de otra manera, podrán las naciones y su 
posteridad realizarla máxima : «Paz en la tierra 
y concordia entre los hombres de buena volun- 
tad.» 

Esos principios de divino origen no solamente 



22 

son necesarios para desterrar la guerra, sino tam- 
bién para conservar la verdadera civilización 
amenazada hoy por tantos elementos disolventes. 
Recuérdese que no hay civilización eterna; todas 
terminan cuando los interesados en defenderlas 
pierden su viriUdad y amor á la justicia. Los ar- 
queólogos desentierran á cada paso ciudades que 
fueron opulentas y que apenas han dejado débi- 
les recuerdos de sus nombres. Lo acontecido con 
Persépolis y otras muchas, bien puede repetirse 
nuevamente por idénticas ó diversas causas con 
algunas de las más ricas y florecientes capitales 
de Europa. 

El estudio de la vida y carácter de Las Casas y 
el de los tiempos en que vivió, nos revelan el 
sistema seguido por España para con sus colonias. 
Vemos claramente con cuanto afán se desvelaba 
la madre patria por derramar beneficios sobre 
los países que iba descubriendo y poblando. 
Aquel oro de que se mostraba buscadora infati- 
gable, lo sembraba á manos llenas por los terre- 
nos adquiridos, edificando imponentes ciudades 
y enriqueciéndolas con excelentes y solidísimas 
construcciones^ algunas de las cuales en las pri- 
meras capitales de la culta Europa podrian ocu- 
par un lugar distinguido entre las obras maestras 



23 

de arquitectura de su época. Y si no pudo con- 
seguir en el tiempo que dominó en el Nuevo 
mundo establecer una administración perfecta en 
tan dilatados territorios, ni pudo conseguir que 
se aplicasen siempre con equidad y justicia es- 
tricta las sabias leyes y disposiciones que adop- 
taba para el buen gobierno de aquellos países, 
no fué culpa , como dejamos dicho, de la metró- 
poli , sino de aquellos que en tan apartadas re- 
giones estaban encargados de hacerlas observar. 
Infinitas son las consideraciones á que nos po- 
dria llevar en esta introducción un comentaric al 
estudio biográfico, histórico y político que hemos 
emprendido. Creemos^ sin embargo, haberdicholo 
más necesario para inspirar de antemano á nues- 
tros lectores algún interés por el grande hombre 
del que vamos á ocuparnos; por el hombre que 
€n el curso de una existencia de 92 años no cesó 
de abogar en favor de los infelices aborígenes, 
cuyo amparador y padrino se habia declarado 
desde el principio de su carrera ; cuya vida en- 
tera fué una lucha titánica en la cual reveló el 
heroísmo más sublime, la fe más acendrada, la 
más acrisolada paciencia y no pocas veces la más 
estupenda audacia; que en tiempos vecinos de 
la Edad-media, en que vigoraban aún las'tra- 



24 

(liciones del feudalismo, arrojó á la faz de los 
grandes y poderosos de la tierra pensamientos de 
osadía casi increibles, esencialmente revolucio- 
narios y avanzados y envueltos en palabras de 
terrible energía que más bien que palabras pa- 
recían rayos fulminadores ; que en medio de las 
vicisitudes, de los peligros, de las calamidades 
que lo hostigaron sin cesar,, ni una vez desmayó 
en su propósito sublime, ni una vez flaqueó si- 
quiera ; cuya presencia y prestigio personal bas- 
taban para animar y levantar al desfallecido y 
para infundir temor y respeto al soberbio, y que 
á esas altas y fundamentales virtudes y condicio- 
nes de carácter, que la antigüedad hubiese re- 
munerado con un asiento en el panteón de sus 
héroes y semi-dioses, supo unir la doctrina pro- 
funda, la erudición vastísima, la facundia irresis- 
tible del sabio y del orador, á la vida pura, ejem- 
plar y sin mancha del santo. 

Para hacer en todo la debida justicia á los no- 
bles sentimientos del gran protector de los indios, 
no podemos menos de reconocer que nos faltan 
las fuerzas necesarias para describir sus brillan- 
tes capacidades intelectuales, su vasta erudición, 
su inquebrantable actividad y energía y otras 
muchas nobles dotes con que pródigamente lo do- 



25 

tara la naturaleza. Entre la multiplicidad de pre- 
claras cualidades que adornaban su vehemente 
corazón, ninguna resplandecia tanto como su 
amor á la verdad y su profunda veneración por 
la libertad humana. De esto dan inconcusos tes- 
timonios todos los actos de su larga existencia y 
cada una de las páginas de sus luminosos y ex- 
tensos escritos. Causa en verdad admiración ver 
cuánto se ha adelantado á su época y la sensatez 
y buen criterio con que resolvia algunos proble- 
mas políticos y sociales que aún en nuestros tiem- 
pos vienen discutiéndose. Si pudiese tornar á la 
vida , veria que muchos de ellos están resueltos 
según sus propios consejos y otros en vía de una 
favorable solución. 

Si las grandes virtudes que brillaban en Las 
Casas nos colman de veneración y entusiasmo 
hacia el ilustre Sevillano^ no deben inspirarnos 
menos admiración la sagacidad y perspicacia de 
que dio incesantes pruebas en sus palabras , en 
sus escritos, y en el sistema que adoptó para el 
desempeño de sus innumerables misiones y em- 
bajadas. Las Casas, como todos los grandes 
hombres, ya lo hemos indicado, llevaba á su siglo 
una delantera considerable. Pero lo que mayor- 
mente merece fijar nuestra atención , es el sentido 



26 

peculiar, el punto especial en que dejaba tan 
atrás á sus contemporáneos y aun á las genera- 
ciones que les han sucedido. Insistimos preferen- 
temente en este punto, que nos parece ser de 
máxima importancia. 

Muchos hombres públicos modernos, que por 
algunos han sido tachados de revolucionarios pe- 
ligrosos, y ensalzados por otros como genios 
inspirados á causa de sus teorías y predicaciones 
respecto á los derechos y libertades del hombre, 
no alcanzaron sino á interpretar, á ensanchar y 
muchos de ellos á pervertir las ideas altamente 
democráticas del clérigo Las Casas, hijas legíti- 
mas de las que proclamara el Redentor. Los prin- 
cipios democráticos y niveladores de Las Casas, 
tenían por fuente, por guía, por fin, las sacrosantas 
doctrinas del Evangelio ; eran el Cristianismo 
puesto en práctica, la máxima sublime de «amar 
á Dios sobre todas las cosas y al prójimo como á 
nosotros mismos, » puesta en acción, y luego se 
hallaban todas enderezadas á la rehabilitación del 
indio agobiado bajo el peso de la esclavitud y de 
los malos tratos. La religión y la razón que en él 
se unian en tan armonioso consorcio, le indica- 
ban que el indígena humilde tenía los mismos de- 
rechos sociales que el orgulloso conquistador, y 



en esto se mostraba intérprete celoso de los pen- 
samientos y deseos déla gran Reina bajo cuyos 
auspicios llevó á cabo Colon su colosal empresa. 

Los más exagerados é intransigentes délos mo- 
dernos demagogos, tomando de Las Casas sus 
ideas fundamentales, no han hecho otra cosa que 
corromperlas con absurdas añadiduras que no 
están apoyadas en la misma base, ni tienen fines 
análogos, ni siquiera son en tal consorcio prac- 
ticables. Aquellos que á los principios de justicia, 
de libertad y de democracia que predicaba Las 
Casas han querido añadir, disfrazada de cualquier 
manera, la penosísima idea de suprimir á Dios 
entre los hombres, tan sólo han conseguido ini- 
ciar una era de nuevas injusticias y discordias 
humanas , sin esperanza de lograr el fin que se 
proponen, porque les falta la estrella fulgida, la 
lumbrera resplandeciente que iluminaba á Las 
Casas y bañaba la senda por que caminaba en 
torrentes de divina luz. 

Si los gobiernos españoles hubiesen obrado en 
armonía con las exhortaciones del ilustre obis- 
po de Chiapa, y hubiesen dictado disposiciones 
necesarias para hacer efectivos los mejoramien- 
tos por él señalados para la administración y or- 
ganización .del Nuevo mundo, hubiesen compro- 



. 28 

bado manifiestamente su profunda previsión y su 
sabiduría en asuntos temporales. 

No hubiese tal vez cundido algunos siglos más 
tarde la agitación insurreccionaria en Hispano- 
América hasta el punto de establecer violenta- 
mente una independencia prematura para la cual 
muchos de sus pueblos no se hallaban todavía 
preparados. La emancipación hubiera tenido lu- 
gar sin disgustos, sin violencia, por el orden 
natural de las cosas y en beneficio mutuo. En las 
colonias que han permanecido fieles á la madre 
patria no hubiéramos presenciado, en nuestros 
días, males sin cuento, entre los cuales figuran 
la insurrección cubana ya citada y la anterior 
guerra de Santo Domingo; esta última, después 
de una anexión espontánea invocada por los 
mismos dominicanos como único medio de salva- 
ción para librarse de los haitianos, y evitar el 
ver fundidos los restos de su raza europea con 
la raza africana, como llegó á acontecer en Haiti. 

Lo repetimos; los vicios que impugnaba Las 
Casas existen aún, están infiltrados en la masa 
de la sangre de los que ejercen autoridad en los 
países americanos, sea en las colonias de España, 
sea en algunos de los Estados que se constitu- 
yeron independientes. La historia de una gran 



29 

parte de las Repúblicas de Hispano-América nos 
demuestran esta verdad bien claramente ; es pú- 
blico y notorio el triste espectáculo de anarquía 
y caos que algunas de ellas han ofrecido durante 
el último medio siglo; y las causas son perfecta- 
mente conocidas de cuantos se ocupan con interés 
de la suerte y progresos de aquellos países. 

Réstanos hablar también en esta introducción 
sobre un punto que llamó grandemente la aten- 
ción de Las Casas, á saber ^ la controvertida cues- 
tión de si las razas aborígenes de América y las 
de su progenie con los conquistadores españoles, 
son ó nó susceptibles de la alta cultura y levan- 
tada civilización europea. Cuestión es esta que 
ha sido calurosamente debatida por diversos es- 
critores. 

Algunos viajeros , en nuestro humilde concepto 
bien superficiales, han negado á aquellas razas 
las cualidades indispensables para encumbrarse 
á un alto grado de civilización. Semejante dicta- 
men, más que una marcada injusticia, nos pa- 
rece un absurdo demostrado por la experiencia y 
los hechos de una manera incontrovertible. Los 
Estados hispano-americanos . á pesar de su corta 
y agitada existencia y de sus discordias intestinas, 
y habiendo carecido hasta hace muy poco tiempo 



30 

de los elementos más necesarios para una sólida 
instrucción como son las Universidades , los Ate- 
neos, las Politécnicas, los Liceos, las Bibliotecas 
públicas y Museos; siendo todavía actualmente 
muy imperfectos y escasos estos establecimientos, 
han producido ya multitud de hombres célebres 
en la literatura, en las ciencias, en las artes, y, en 
suma, en todos los ramos del saber humano, dig- 
nos por cierto de figurar, como muchos han figu- 
rado, en el primer rango de las filas europeas. 

Desde Méjico hasta Chile, desdólas plácidas y 
risueñas orillas del Plata, hasta el Perú, han na- 
cido y florecido en aquellas espléndidas regiones 
millares de varones ilustres por sus virtudes, por 
los eminentes servicios rendidos á su patria y á 
la causa del progreso y cultura del género huma- 
no, por sus brillantes talentos y erudición vastí- 
sima. 

En gran número se agolpan en nuestra memo- 
ria los ínclitos nombres de hispano-americanos 
que han descollado en la república de las letras 
como profundos filósofos , como imparciales his- 
toriadores, como inspirados poetas y cultos pu- 
blicistas. Pero ¿k qué extendernos sobre este 
punto? ¿Qué persona que tenga un mediano 
conocimiento de la historia de aquel continente 



31 

y ele la espléndida literatura latina-americana 
puede desconocer esta verdad? Sin mencionar 
siquiera la multitud de ilustres varones que han 
producido Méjico, Nueva Granada, Venezuela, 
el Perú, Chile y la República Argentina, y con- 
cretándonos solamente á nuestra inolvidable v 
amada patria centro americana , podemos recor- 
dar con orgullo los nombres de Morazán, Valle, 
Calvez, Barrundia, Marure,Coyena, Saravia, Ba- 
tres, Comez, Milla, Carcía Cranados , Montúfar, 
Barrios, el padre Menendez, Francisco Diaz, UUoa, 
Carrillo, el Doctor Castro, los Herreras, D. León 
Alvarado y centenares de otros que en estos mo- 
mentos evocamos con indecible cariño y entu- 
siasmo. 

El mismo Castelar, el moderno Démostenos, 
con más elocuencia aún de la que pudo brotar de 
los labios del inspirado ateniense , ha hecho ya en 
sus arrebatadores discursos, que revelan su alma 
de fuego, la más amplia y cumplida justicia álos 
insignes méritos de los sabios, de los héroes, de 
los hombres de Estado y escritores de la joven 
América. Si por acaso hubiese alguien que aún 
ponga en duda la exactitud de estos asertos , por 
nuestra parte vivimos persuadidos de que pronto 
brillará el dia en que el Viejo mundo nos hará 



32 

completa justicia y en que lograremos que reco- 
nozca y confiese espontáneamente que no somos 
ni degenerados ni indignos descendientes de la 
nación más viril , más esforzada v caballerosa de 
cuantas pueblan hoy este Antiguo continente. 

Terminaremos esta introducción expresando la 
halagüeña esperanza de que nuestros lectores 
indulgentes sabrán disculpar lo defectuoso que 
pueda ser el desempeño de la tarea que nos 
hemos impuesto, en consideración de lo gran- 
de y utilitario que es su asunto y de la buena in- 
tención con que nos hemos dedicado á tratarlo. 

¡Felices si podemos algún dia lisonjearnos de 
que contribuyeron en algo nuestros débiles esfuer- 
zos á que los gobernantes y gobernados de His- 
pano-América hayan sacado algún provecho de 
las admirables lecciones de Las Casas, y que en 
las constantes predicaciones teóricas y prácticas 
del Apóstol de los Indios hayan aprendido á com- 
binar la dignidad y firmeza con la benevolencia 
y la humanidad , la escrupulosa observancia de 
la religión con el conocimiento liberal é ilustrado 
de los derechos del hombre , y la interpretación 
inteligente de sus deberes con la integridad , la 
buena fa>, y la rigurosa exactitud en el cumpli- 
miento de ellos! 



FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS, 

sus TIEMPOS Y SU APOSTOLADO 



CAPITULO PRIMERO. 



Nacimiento de Las Casas.— Sus progenitores.— Sus estudios.— Primer viaje 
á la Española. — Obsérvala triste suerte de los indios. — Encomiendas 
de indios y su distribución. — Consecuencias. — Las Casas se ordena 
de Presbítero. — Misa nueva celebrada sin vino. — Diego Velazquez con 
Las Casas pasan á Cuba. — Esclavos negros enviados á América por el 
rey D. Fernando. —Expedición deplorable de Panfilo Narvaez. — Las 
Casas pasa al Camagüey. — Acompañad Narvaez á Caonao. — Carni- 
cería horrible ejecutada por los castellanos.— La presencia impasible 
Panfilo Narvaez. — Las Casas se inflama de indignación. — Escenas 
desgarradoras. — Terror en la comarca. — El viejo indio Camacho. — 
Vuelta de muchos indios huidos. — Trabajos de Las Casas en su fa- 
vor. — Sumisión de diez y ocho caciques. — Conducta infame de Panfilo 
Narvaez. — Súplicas y esfuerzos de Las Casas. — Sobresaltos y su- 
frimientos. — Pedro de Rentería. — Su gran amistad con Las Casas. 
— Parcería (le ambos en los negocios temporales. — Versículos del 
Eclesiástico. — Trasformaclon sublime. — Resolución heroica. — Las 
Casas se convierte en Apóstol. 



Don Bartolomé de Las Gasas nació en Sevilla el 
año de 1474. Su padre Antonio de Las Casas era 
soldado de marina y se habia agregado á Cristó- 
bal Colon al salir éste del puerto de Palos en 
1492, con el objeto de descubrir un Nuevo mundo. 
Lo acompañó también en su segundo viaje veri- 



34 

ficado en 1493^ y fué por lo tanto uno de los pri- 
meros descubridores y conquistadores de Amé- 
rica^ volviendo en 1498 á Sevilla con una buena 
fortuna. 

La familia de Las Gasas era originaria de Fran- 
cia, y su verdadero apellido era Casaus, exis- 
tiendo todavía en la ciudad de Galaliorra una 
rama noble de esta familia que conservó- el 
apellido primitivo. Ei progenitor de Las Casas 
vino á Sevilla y sirvió bajo las banderas del rey 
D. Femado III el Santo en las guerras efectua- 
das por este monarca, tan justamente venerado, 
contra los moros andaluces. Supo el guerrero 
francés distinguirse sobremanera en las opera- 
ciones de la conquista de Sevilla, y se granjeó el 
cariño especial del Santo Rey; después, tanto él 
como sus descendientes, se naturalizaron y esta- 
blecieron en su patria adoptiva, gozando deí 
aprecio de los monarcas españoles, así como del 
de sus nuevos conciudadanos, y recibieron los 
lionores de la nobleza, españolizando entonces 
su nombre, mudándolo de Casaus en el de Las 
Casas. 

Desde su edad juvenil se dedicó Bartolomé á 
los estudios, instruyéndose en el latin, dialéctica, 
• lógica, física, metafísica y ética, terminando su 
carrera de Derecho en la Universidad de Sala- 
manca. Él mismo relató después en la Razón 



primera cid octavo remedio, dirigida al emperador 
Garlos I, que, en el año de 1499, el primer almi- 
rante Cristóbal Colon, por señalados servicios 
hechos por algunos en la isla Española á los Re- 
yes Cató heos, al tiempo cpie se quisieron volver 
á España, para satisfacerles en algo, les dio cacada 
uno un indio y licencia para traerlo á España. Bar- 
tolomé de Las Casas llegó también á tener un es- 
clavo de éstos cuando se hallaba todavía en Sa- 
lama'nca. La reina Isabel, en cuanto supo tales 
distribuciones de indios, recibió de ello grande 
enojo, exclamando, según refiere el mismo Las 
Casas: « ¿Qué poder tiene el Almirante mió para 
dar á nadie mis vasallos? » Y mandó inmediata- 
mente pregonar en Granada, donde se hallábala 
Corte á la sazón , que todos los que hablan traido 
esclavos los llevasen ó enviasen al Nuevo mundo, 
sopeña de muerte. El año de 1500 en que hié 
nombrado Gobernador el Comendador Francisco 
de Bobadilla, hieron todos llevados nuevamente 
á su patria, y el de Bartolomé de Las Casas tuvo 
necesariamente igual suerte. 

Las Casas partió para América en compañía de 
Ovando el Comendador, que iba despachado de 
Gobernador á la isla Española en 1502. Ya desde 
1501 el Comendador Francisco de Bobcídilla ha- 
bla autorizado á los españoles para que emplea- 
ran indios en la explotación de las minas, trabajo 



36 

arduo, parala ejecacion del cual carecían de la 
suficiente robustez aquellos naturales. 

No tardó Las Gasas en observar lo que pasaba, 
y en declararse protector decidido de los natura- 
les de aquellas tierras y severo censor de sus 
duros opresores. Dicen algunos que el propósito 
lo liabia hecho ya en Salamanca, en vista de las 
tpstes relaciones que le habia contado el esclavo 
indio que tuvo, confiriñando las horribles esce- 
nas que corrían de boca en boca respecto á los 
conquistadores y sus gentes en el mundo descu- 
bierto. 

En los anos siguientes los Reyes Católicos no 
cesaron de dictar disposiciones para que mejorase 
la suerte de los indios ; pero desgraciadamente 
murió en 1504 la excelente reina Isabel, y con 
ella perdieron su principal amparo y protección. 
Ninguno mejor que Las Gasas para tomar sus in- 
tereses á pecho; pero, si le sobraban el celo y el 
fervor, le faltaban el poder para mudar por sí 
mism'o la triste condición de aquellos indígenas. 

En 1507 el rey D. Fernando Y autorizó el re- 
partimiento de indios en encomiendas, distribu- 
yendo crecido número entré los criados de la 
Real Gasa y varias personas más, cuya mayor 
parte arrendaban á otros sus dichas encomien- 
das. A esta disposición real puede y debe atri- 
buirsá la mavoría de las crueldades v excesos 



37 

cometidos contra los naturales de América, y el 
poco fruto que para atajarlos conseguian Las Ca- 
sas y otros misioneros. Las personas que, resi- 
diendo en la corte, arrendaban sus encomiendas, 
no siendo testigos oculares de los sufrimientos de 
los trabajadores indígenas, y con el pensamiento 
lijo tan solamente en los beneficios que retira- 
ban de sus minas y granjerias, se dejaban fácil- 
mente convencer de que las declamaciones de 
algunos frailes entusiastas no tenían mas funda- 
mento que su imaginación sobreescitada. 

A pesar de todas las órdenes reales en favor de 
los indígenas, se hallaba casi ya despoblada en 
15081a isla de Santo Domingo, y tuvieron que ser 
trasladados á ella, en unos cuatro á cinco años, 
como 40.000 indios de las Lucayas. Pedro Mártir 
hace de ello mención en el capítulo primero de su 
sétima década de esta manera: El quadraginta, 
utriusque sexus, milita in sermtutem ad inexhaus- 
tam auri famen explendam uti infra latius dice- 
mus, ahduxerunt: has una denominatione Jucayas 
apellayit, scüicet ínsulas, et íncolas, jucayas. Aña- 
de el mismo autor que muchos se suicidaban des- 
esperados, y otros se escondían en los montes 
con esperanza de salvarse algún día de sus perse- 
guidores. Jimcaya suis sedibus ah'reptí desperatis 
vivunt animis, dímisere spíiñtus inh^les multi a 
ciUs alorrendo per valles^ in vias et deserta ne~ 



33 

mo7^a rupesque ahs trusas latltctntes\ allí vltam 
exosam finierimt. Sed qui forííore pectore C07is- 
tahant, sub spe recupuranicB líber tatis vivere 
mallebant. Ex his jüeríque non inertioris^ forte 
si fugce locus dabatur^ partes ffispaniolce petebant 
septentrionales^ unde ab corum patria venti fla- 
hant, ac 'j^^'-ospectare arcton licebat: ibi protentis 
lacertis et ore aperto halitus patrios anhelando 
absorvere velle videvantur^ etplerique spiritu de- 
ficiente languidi prce inedia- cor riiebant exani- 
meSy etc. » 

En 1510 Fray Pedro de Córdoba, de la Orden 
de Santo Domingo, hombre lleno de virtudes, de 
muy excelente juicio, prudente y discreto, salió 
de España con algunos frailes para fundar un 
convento en Santo D.)miníJ!;o v abrazar la causa 
de los naturales. En este año es cuando oimos de 
nuevo hacer mención de Las Casas, el cual fué 
ordenado presbítero en dicha isla, y dijo allí su 
primera misa. Fué también suya la primera misa 
nueva que se celebró en las Indias. El coronista 
de Indias Antonio Herrera, dice, hablando de la 
misa de Las Casas en el Nuevo mundo, que « fué 
» muy celebrada del Almirante y de todos los que 
» se hallaban en la ciudad de la Vega, que fueron 
)) gran parte de los vecinos de la Isla, porque fué 
)) un tiempo de fundición, á la cual, por traer cada 
» uno el oro que tenía cogido, á fundirlo se jun- 



39 

» taban^ como á las ferias en Castilla para hacer 
)) pagamentos; y porque no liabia moneda de oro, 
)) tuvieron ciertas piezas como castellanos y duca- 
)) dos contrahechos, que ofrecieron de diversas 
)) hechuras en la misma fandicion; otros hicie- 
)) ron arrieles, según que cada uno queria ó podia; 
)) moneda de reales se usaba ya, y de ésta ofre- 
)) cieron mucha; y todo lo dio el misa-cantano al 
» padrino, si no fueron algunas piezas de oro por 
)) ser bien hechas. Tuvo una calidad notable esta 
)) primera misa nueva, que los clérigos que á ella 
)) se hallaron, no bendecían; conviene á saber, 
y) que no se bebió en toda ella una gota de vino 
aporque no se halló en toda la Isla, por haber 
)) dias que no hablan llegado navios de España. » 

El mismo Las Casas en su ce Historia de In- 
dias,» refiere gráficamente la considerable can- 
tidad de oro que entonces se hacía sacar á los in- 
dios en las ricas minas de aquellas regiones, en 
cuyo trabajo perecían á millares. 

((Cuatro fundiciones, dice, se hicieron á los 
))principÍQs, cada año; dos en el pueblo de la 
)) Buenaventura, ocho leguas desta ciudad, en 
)) la rivera de Hayna, donde se fundía el oro que 
» de las minas nuevas y viejas se sacaba; las otras 
)) dos se hacian en la ciudad de la Vega ó Concep- 
)) cion, y allí se traia á fundir todo el oro que se 
^) sacaba de las minas de Cibao, y de todas aque- 



40 

)) lias partes^ que eran hartas, porque de muchos 
)) rios se sacaba.)) Asegura el historiador que en 
la villa de Buenaventura se fundían de 110.000 
íi 120.000 pesos castellanos de oro; y en las fun- 
diciones de la Yega de 125.000 á 140.000 caste- 
llanos, subiendo á 460.000 castellanos lo que por 
entonces se sacaba anualmente de la Isla. 

Añade también que desde el año 1494, en el 
cual empezó la desventura de los indios en la 
Española, hasta el año de 1508, esto es, en 14 
años, perecieron en las guerras, las minas y otros 
trabajos, unos tres millones de indios. ((p]sto, (ex- 
))clama Las Casas al referirlo), ¡quién lo creerá de 
)) los que en los siglos venideros nacieren ! yo 
)) mismo que lo escribo y vide, y sé lo más dello, 
)) agora me parece que no fué posible. )) 

No mucho tiempo después fi5é nombrado Diego 
Velazquez para gobernar y poblar la isla de Cuba. 
Entre las grandes prendas que reconoce la pos- 
teridad en este jefe, brilla en nada inferior á las 
demás, la sagacidad de que dio pruebas, apre- 
ciando debidamente la virtud y prudencia de Las 
Gasas y llevándolo consigo á la expedición que 
emprendía. Será digno de notarse que en la 
misma época poco más ó menos en que Las Gasas 
se disponía á seguir á Velazquez, esto es, con 
considerable anterioridad al tiempo en que toma á 
pecho su especial apostolado, el rey D. Fernando 



41 

envió 50 esclavos negros para trabajar las minas 
del Nuevo mundo^ que eran por cuenta del real 
Erario. 

Panfilo Narvaez fué despachado á las tierras in- 
teriores de Cuba con objeto de pacificarlas, y 
Diego Yelazquez salió de la isla para contraer tin 
enlace matrimonial, dejando de lugarteniente á 
su sobrino Juan deGrijalva, y con él á Las Casas, 
durante la ausencia de Narvaez; pero tuvo cui- 
dado de ordenar á su sobrino que nada hiciera 
sin conocimiento', aprobación y beneplácito del 
padre. 

Regresó Panfilo Narvaez; su expedición liabia 
tenido resultados deplorables, como era de espe- 
rar del carácter arrogante y destemplado, así 
como de la disposición caprichosa y cruel de su 
jefe. Mandó Diego Yelazquez desde el sitio 
á donde habia ido para recibir á su esposa, que 
Narvaez y Las Casas efectuasen unidos una ex- 
pedición á la tierra llamada del Camagüey, con 
el fin de pacificarla. El mismo Las Casas hace 
una narrativa de esta espedicion; salieron, pues, 
y llegaron á un sitio denominado Ceiba, y desde 
luego se hizo amar de los indios el buen padre y 
supo inspirarles confianza por su extremada 
mansedumbre. Hasta tal punto reverenciaban 
sus órdenes aquellos buenos naturales, que 
cuando les mandaba por mensajero una caña 



con pedazos de papel ensartados en ella, con re- 
cado de que eran mandatos de tal ó cual natura- 
leza, obedecíanlos implícitamente. Según las pa- 
labras del mismo Las Gasas, tales gentes eran 
sencillas, sin iniquidad ni doblez, obedientes y 
fieles (i sus señores naturales y á los cristianos á 
quienes servían; pacientes, pacíficas, quietas, no 
rencillosas, ni alborotadoras, no querellosas, ni 
rencorosas, sin odios ni deseos de venganza. 
Añade que «su complexión es delicada, tierna, 
)) flaca y débil , por lo que no pueden sufrir tra- 
)) bajos grandes ; aun los hijos de labradores son 
)) menos robustos que los europeos hijos de prín- 
)) cipes, criados con lujo y regalo; por eso resis- 
)) ten mucho menos en las enfermedades. » El 
padre Las Gasas se dedicó en la expedición á ar- 
monizar las relaciones entre españoles é indios, 
y en especial á bautizar á los niños de estos úl- 
timos. 

Llegó la expedición á Gaonao, pueblo indígena 
considerable. En este sitio estaba reunida una 
muy gran multitud, la cualhabia acudido á con- 
templar un espectáculo para ella de tanta novedad. 
La vista de los caballos , sobre todo, los llenaba 
de asombro y confusión. En la mañana del dia 
en que Narvaez y Las Casas con los españoles lle- 
garon á Gaonao, se pararon en un arroyo y agu- 
zaron allí sus espadas en unas piedras. Entran 



después en el pueblo^ y los indios los reciben con 
el mismo agasajo que en otras partes. Ofrecen á 
los extranjeros todas las provisiones que pueden; 
los indios eran en número de cerca de tres mil; 
Narvaez se bailaba á alguna distancia á caballo, 
y Las Casas dirigiendo la repartición de raciones. 
Entre los españoles se bailaban unos mil indios 
de servicio. De repente desenvaina la espada un 
castellano; los demás, llevados de un ciego y 
súbito furor imitan su ejemplo y se precipitan 
como fieras sobre los naturales indefensos. Hie- 
ren, degüellan, matan sin compasión; no respe- 
tan ni la edad ni el sexo. En un abrir y cerrar de 
ojos los matadores se ven rodeados de montones 
de muertos y moribundos. Cuanta mayor es la 
carnicería, tanto mayor parece ser la insaciable 
intención de que se sienten poseídos para aumen- 
tarla. Se ceban con rabia frenética en los indios 
atónitos, en las mujeres y en los niños; se dejan 
degollar éstos, sin procurar siquiera defenderse, 
ni valerse en lo más mínimo de su enorme supe- 
rioridad numérica. Algunos que restan, llenos de 
terror al mirar la horrible matanza, se esfuerzan 
por huir despavoridos, pero en vano para la 
mayor parte. Les son cortados los caminos de la 
huida, y los crueles castellanos, aprisionándolos, 
con diabólica risa los hacen pedazos -encima de 
los cadáveres de los demás. ¿Cuál fué el motivo. 



cuál la causa de este acto sin nombre? Ninguno^ 
ni real ni aparente. Los sin ventura indios na 
habian dado ni siquiera un pretexto para tan bár- 
bara acometida. En medio de ella Panfilo Nar-^ 
vaez, el jefe de la tropa española, se mantuvo 
impasible é indiferente, mirando desde el caba- 
llo las atrocidades que se estaban cometiendo. 
¿Pero cómo describir adecuadamente el horror é 
indignación que inflamaron el pecho del clérigo 
Las Casas ? Él corria de un lado á otro frenética- 
mente, ora alzando los br¿izos al cielo, ora pro- 
curando arrancar alguna víctima á su verdugo. 
Suplicaba, lloraba, amenazaba; forcejeaba por 
ponerse entre indios y españoles, y puede consi- 
derarse casi como milagroso el que no recibiera 
él mismo algunos de los golpes destinados á los 
míseros, que en vano se afanaba por proteger y 
salvar. Penetró luego en un vasto bohío, donde 
se habian refugiado gran número de indios. En- 
contró allí en el suelo tendidos diversos cadáve- 
res; y algunos fugitivos que habian trepado por 
los puntales, maderos y vigas, permanecían en 
lo alto pavorosos y aterrados, mientras sonaba en 
el exterior la vocería de la soldadesca matadora,. 
y los ayes desgarradores de los heridos. Las Ca- 
sas se dirige á los escondidos y les habla con su 
voz grave al par que suave y melodiosa: « Bajad, 
)) les dice^ no más matanza, no más: bajad, no 



45 

)) temáis. » Tal era^, sin embargo, el horror y es- 
panto de aquellos desgraciados, que miraban al 
buen padre como asombrados, y temblaban, pero 
no se movian. Las Casas repite su exhortación á 
que bajaran, y su promesa de haber cesado la 
matanza horrenda. Al fin, uno de ellos, mancebo 
de veinticinco años, fiado en las palabras consola- 
doras del padre, después de titubear algunos mo- 
mentos, se resuelve á descender. Pero, al poco 
tiempo, habiendo salido Las Gasas del bohío, un 
castellano se arroja espada en mano en el harto 
confiado indio y se la clava en el pecho. Al grito 
que lanzó la víctima volvió precipitadamente el 
clérigo, y solamente pudo dar al desgraciado los 
últimos ritos de la Iglesia antes que despidiera 
el postrimer suspiro. 

Los efectos de los degüellos de Gaonao, en 
los cuales, según la pintoresca expresión del 
mismo Las Gasas, « no quedó ni piante ni ma- 
mante, )) fueron los que eran de esperar. Difun- 
dióse el terror por toda la comarca. Los indios 
abandonan sus pueblos y las tiei-ras, huyen asom- 
brados de la aproximación de aquellos hombres 
feroces, que no saben sino robar, violentar y ma- 
tar, y que tal destrozo han hecho, y tan sin causa, 
entre sus hermanos de Gaonao. Lo abandonan 
todo y se refugian á las isletas vecinas. La co- 
marca quedó desierta y los castellanos reducidos 



46 

á sus propios y únicos recursos. Sentaron su real 
en una roza; y allí, en medio de la vastísima so- 
ledad, sin mas alimento que el pan cazabe, su- 
friendo grandes privaciones, pudieron entregarse 
á sus meditaciones y reflexionar sobre la natura- 
leza y consecuencias del acto incalificable que 
acababan de practicar. Es de suponer que en el 
seno de aquel descanso forzado, y en medio de 
aquellas privaciones, pudo penetrar en alguno de 
aquellos endurecidos corazones el vengador re- 
mordimiento: y el clérigo Las Casas no dejaría 
por cierto de despertar con sus ardientes recri- 
minaciones algún sentimiento de esta índole en 
aquellas almas que fuesen mtás aptas para ex- 
perimentarlo. 

Entre los indios que servían á Las Casas liabia 
uno viejo, llamado Camaclio, que hacía cerca del 
clérigo las veces de mayordomo. Cierto día un 
indio joven, enviado en observación por los an- 
tiguos moradores de Caonao, llegó hasta la tienda 
ó barraca de Las Casas, y pidió, por interven- 
ción de Camacho, ser admitido en el servjciodel 
clérigo, suplicando también que le dejaran traer 
á un hermano suyo. Accedió Las Casas gustosí- 
simo, y alguna cosa consolado con esto de la pa- 
sada congoja;" y agasajando mucho al indio, á 
quien puso el nombre de Adriánico, le animó 
con las mayores instancias á que hiciese con que 



47 

volvieran tody^s sus compatriotas que él pudiese 
traer al Real de Igs españoles. 

Pocos dias después volvió Adriánico, trayendo 
á su hermano v á más de ciento y ochenta hom- 
bres y mujeres. Abundantes lágrimas derramó el 
/-' clérigo al ver cá estas pobres gentes tan sencillas;, 
tan buenas, volver de nuevo á ponerse en poder 
de los españoles después del terrible escarmiento 
pasado. El mismo Panfilo Narvaez, el crudo cau- 
dillo, el que hubiera podido, si asi lo quisiese, 
impedir la carnicería de Gaonao, enternecióse ó 
. fingió enternecerse. Mostró toda la afabilidad de 
que pudo revestirse su (áspero semblante, y unióse 
con Las Gasas para restaurar la confianza y el so- 
siego á los pechos de los infelices cubanos. Fue- 
ron éstos agasajados y acariciados en el Real 'es- 
pañol, y pudieron volverse á sus abandonadas 
moradas, contando para lo porvenir con la amis- 
tad y el buen trato de los terribles castellanos, y 
haciendo conocer á sus compatricios que no ha- 
blan participado de su arriesgada excursión, tan 
halagüeñas esperanzas. ¡Qué profundamente co- 
nocía Las Gasas la índole de estas gentes, cuando 
tan gráfica y elocuentemente las describia des- 
pués como totalmente exentas de rencillas, ren- 
cores y deseos de venganza ! 

Guando estas favorables noticias se extendieron 
por la tierra, los indios de los demás pueblos se 



48 

fueron volviendo poco á poco á sus moradas y á 
entablar de nuevo pacíficas relaciones con los es- 
pañoles. Ya éstos no escasearon de cosa alguna: 
fueron provistos de bastimentos en abundancia; 
navegaron por la costa de la Isla en las canoas 
indias^ y liacian excursiones por el territorio inte- 
rior. Las Casas aprovechaba infatigablemente este 
período de armonía y paz relativa. No cesaba de 
trabajar por el bienestar y salvación temporal y 
espiritual de aquellas gentes^ para quienes su 
alma sentía una inefable ternura, y de las cuales 
era su misión el ser el protector y el defensor 
constante. Habiendo llegado los españoles á la 
provincia de la Habana se encontraron con que 
los indios, aterrorizados, hablan desamparado la 
tierra y huido. Entonces mandó Las Casas emi- 
sarios á Alarios caciques, que fueron portadores 
de los ya mencionados papeles en blanco, ensar- 
tados en una caña, dando promesa y seguridad 
de paz, amistad y protección. El resultado de esta 
medida verdaderamente pacificadora fué que diez 
y ocho caciques de los principales viniesen á co- 
locarse en poder de los españoles. 

El espíritu del mal pareció de nuevo apode- 
rarse de aquel inconcebiblemente torpe general 
Panfilo Narvaez, el cual mandó prender y aher- 
rojar á los caciques que, de su propia voluntad, 
y fiados en las promesas de Las Casas, venian 



49 

con toda buena fe á entregarse; y no contento 
con esto el Cabo español^, expresó también la de- 
terminación de quemarlos vivos. No se sabe aquí 
de qué maravillarse más; si de la atroz perfidia 
y monstruosa crueldad del jefe de la expedición, 
ó de su ciega inepcia, que le estorbaba proceder 
según la razón y la humanidad mandaban, para 
extender y consolidar verdaderamente la domi- 
nación é influencia española en aquel Nuevo 
mundo, cuyos habitantes, según dice Las Casas, 
eran «pobres, pero contentos con su pobreza, sin 
))volmitad de poseer bienes temporales, y, por 
))lo mismo, humildes, exentos de orgullo, am- 
))bicion y codicia; cuyo entendimiento era vivo, 
» listo y sin preocupaciones, por lo que eran dó- 
))ciles para recibir toda doctrina y capaces de 
)) comprenderla; dotados de buenas costumbres y 
)) aptísimos para recibir la fe católic^L^ tanto y más 
))que cualquiera nación del mundo.» Añade 
también que cuando ya comenzaban á conocer 
algo de la religión, era tal su ansiado saber, que 
llegaban á ser importunos para sus catequistas, 
en tanto grado, que los religiosos necesitaban ser 
bien pacientes para soportar sus instancias. 

¡Y estas eran las gentes contra las cuales Pan- 
filo Narvaez reservaba la hoguera, después de 
haberles prometido solemnemente paz, amistad 
y protección ! El furor del insensato general cas- 



50 

tellano era tan imposible de disculpar como de 
comprender. 

Puede fácilmente concebirse la consternación 
del afligido Las Casas, que era tanta mayor, 
cuanto que aparecía como cómplice en tan abo- 
minable traición. Daba este hecho un golpe mor* 
tal á su, hasta entonces, poderosísima influencia 
entre los indios; y si se ejecutaba el suplicio de 
los caciques, podia desde luego dar por perdido 
el extraordinario prestigio de que gozaba, y lo& 
esfuerzos que de continuo hacía para conservarlo 
y aumentarlo. La elocuencia que en aquel trance 
desplegó en sus súplicas á Narvaez, para que no 
sacrificara á los caciques, puede decirse sin profa- 
nación que fué de inspiración divina. Algo más 
que humano era menester para ablandar un co- 
razón como el de Panfilo, y sobre todo, para 
obligar á su espíritu enloquecido y extraviado á 
que siguiera la senda de la verdad, de la rec- 
titud y de la razón. Ruegos, amenazas, todo 
lo empleó Las Gasas; y su trabajo de aquel dia 
debió , por cierto , inscribirlo en letras de oro el 
ángel que á su cargo tiene el tomar cuenta de 
nuestras acciones buenas ó malas. Se pasó el 
dia sin que nada pudiera conseguirse; pero al si- 
guiente sobrevino un cambio^ en el espíritu del 
capitán, y los indios fueron puestos en libertad, 
menos uno, que era el principal de todos, á 



51 

quien se puso también en libertad más tarde. 

Diego Velazquez mandó después á Narvaez y á 
Las Gasas que volvieran á la costa del Norte. Es- 
tableció la población de Baracoa, hizo los repar- 
timientos de indios y tierras de aquellos sitios, y 
se juntó con Narvaez y las Las Casas en Yagua ó 
Sagua. 

Podemos imaginar cuáles serian las congojas, 
sobresaltos y sufrimientos de Las Casas en las 
peregrinaciones y excursiones en que acompa- 
ñaba como consejero á los férreos capitanes en- 
cargados de poblar y ce pacificar» las ricas islas 
del Nuevo mundo. Podremos imaginar lo que pa- 
saría en su corazón cuando así sentía, en una 
época en que su tendencia para amparar á los in- 
dios y el carillo que les mostraba, tenían por 
principal fundamento su natural bondad y senti- 
miento innato de rectitud y de justicia; pero en 
que no se había dedicado todavía á considerar esa 
tendencia como una misión y apostolado espe- 
cial, que debían ocupar exclusivamente más 
tarde su dilatada existencia. 

Entre los repartimientos que hizo Velazquez en 
el puerto de Sagua y su comarca, donde más 
tarde fundó la villa de la Trinidad, cúpole áLas 
Casas uno de los más aventajados y provechosos, 
y ésta fué la recompensa de su celo y servicios 
en la expedición en 1514. En esta época es 



52 

cuando comenzó á hacerse notable la estrechí- 
sima amistad del clérigo con Pedro de Rentería. 
Este Pedro de Rentería era un tipo acabado del 
completo caballero castellano de aquellos tiem- 
pos. Su honradez era de aquellas que no transi- 
gen con nada, y alcanzan el más elevado ideal 
de lo que puede y debe ser semejante virtud. En 
este punto su carácter era enteramente idéntico 
y simpático con el de su predilecto amigo. Habia 
también disfrutado la gracia, favores y afecto de 
Diego Velazquez, quien merece la admiración y 
gratitud de la posteridad por el homenaje que 
siempre supo rendir al verdadero mérito. Pedro 
de Rentería habia ocupado el importante puesto 
de alcalde ordinario, y á veces el responsabilí- 
simo de teniente del mismo Velazquez. Además 
de su proverbial rectitud y de la eminente consi- 
deración que habia sabido granjearse entre los 
españoles de todas clases, era también notable 
por una benevolencia y dulzura de inclinación, 
bien poco frecuente por cierto en aquellos tiem- 
pos de rudeza y tesón. En sus relaciones con Las 
Casas manifestaba Rentería una especial docili- 
dad, una sumisión latente, un acatamiento tá- 
cito, y un reconocimiento hondamente sincero 
de la superioridad en talentos, genio y energía 
del clérigo en materias temporales. Cada uno de 
los dos amigos tomaba en estas relaciones la po- 



5a 

sicion respectiva que le pertenecía , naturalmente 
y sin esfuerzo alguno. Uno era el complemento 
del otro, y era humanamente imposible que ja- 
más surgiera entre ellos la menor apariencia de 
disc(»rdia. Además de amigos fueron vecinos y so- 
cios , pues á Rentería habia dado el Gobernador 
un repartimiento junto al de Las Gasas, á fin de 
que se ayudasen en sus respectivos tratos, y, se- 
gún sedéela entonces, granjerias. En esta misma 
asociación de intereses puramente materiales ma- 
nifestaban los dos amigos las diferentes y pecu- 
liares prendas que los caracterizaban. Dice Las 
Casas en su Historia de las Indias: (c Dióle á Pe- 
» dro de Rentería indios de repartimiento junta- 
)) mente con el Padre, dando á ambos un buen 
)) pueblo y grande, con los cuales el Padre co- 
)) menzó á entender en hacer granjerias, y en 
» echar parte de ellos en las minas, teniendo 
)) harto más cuidado de ellas que de dar doctrina 
)) á los indios, habiendo de ser, como lo era prin- 
)) cipalmente , aquel su oficio; pero en aquella 
» materia tan ciego estaba por aquel tiempo el 
» buen Padre como los seglares todos que tenia 
» por hijos. )) Las tierras de Las Gasas y Rentería 
se hallaban situadas distantes de Sagua en el rio 
Arimáo. El clérigo desplegaba en la dirección y 
administración de su hacienda una inteligencia 
extraordinaria y una actividad sin igual. Genios 



como e] suyo acostumbran dedicarse á todo lo 
que emprenden , sea de importancia trascenden- 
tal ó meramente secundaria^ con desvelo, con 
ardor y con afán. Las Gasas hacía las veces de 
agricultor, de arquitecto y de minero, como si 
estas hubiesen sido sus únicas ocupaciones y los 
empleos exclusivos de toda su vida. Pero aunque 
ocupaba en tan laboriosas faenas á los indios es- 
clavos que le habian cabido en suerte, se distin- 
guía sobremanera por la mansedumbre y huma- 
nidad con que se habia con ellos, por la bondad 
y suavidad con que les hablaba, por lo mucho 
que procuraba suavizarles lo rigoroso del necesa- 
rio trabajo ; y se hacía notable muy especialmente 
por los abundantes y saludables alimentos que les 
prodigaba y lo mucho que cuidaba de los que 
caian enfermos. Rentería, inclinado á la devo- 
ción, se entregaba á sus lecturas religiosas y ora- 
ciones, dejando á Las Casas, que era más ejer- 
citado in agiMlibus, el cuidado exclusivo de la 
hacienda. El Padre, pues, acostumbraba á go- 
bernarlo y ordenarlo todo durante las largas ho- 
ras que pasaba Rentería en sus místicos ejercicios. 
A todo lo que disponía Las Gasas se conformaba 
de buen grado Rentería, y no tenía más volun- 
tad que la de su fiel y venerado amigo. En medio 
de estas ocupaciones, y á pesar de lo bien que 
trataban á sus indios, no se acordaban todavía de 



55 

que eran infieles ^ y no se curaban más que los 
demás españoles de darles instrucción y ense- 
ñarles las verdades de la fe, para traerlos al seno 
de la Iglesia, así como era su deber y obli- 
gación. 

El propio Las Casas, en su ya citada Historia 
de las Indias , cuenta con sinceridad evangélica 
esto mismo de la siguiente curiosa manera : 

(( Llevando este camino , y cobrando de cada 
)) dia mayor fuerza esta vendimia de gentes, se- 
» gun más crecia la cudicia, y asi más número 
y) deltas pereciendo, el clérigo Bartolomé de Las 
» Casas andaba bien ocupado y muy solícito en 
>) sus granjerias, como los otros, enviando indios 
)) de su repartimiento en las minas á sacar oro y 
» hacer sementeras, y aprovechándose dellos 
)) cuanto más podia , puesto que siempre tuvo 
)) respeto á los mantener, cuanto le era posible, 
» y á tratallos blandamente, y á compadecerse de 
)) sus miserias , pero ningún cuidado tuvo más 
^) que los otros de acordarse que eran hombres 
» infieles, y de la obligación que tenía de dalles 
)) doctrina, y traellos al gremio de la Iglesia de 
)) Cristo. » 

Sin embargo de esta negligencia para' con los 
xiborígenes, y no habiendo después de Baracoa 
clérigo ni fraile alguno sino Las Casas, determinó 
éste por la Pascua de Pentecostés del año de 1514, 



56 

dejar su casa á orillas del rio Arimáo^ é ir á pre- 
dicar y decirles misa á Sagua. 

Estudiando los sermones empezó á considerar 
consigo mismo, entregándose á profundas medi- 
taciones respecto á algunos textos de la Sagrada 
Escritura, y se fijó muy particularmente en los 
versículos 21 y 23 al 27 del libro xxxiv del Ecle- 
siástico , que dicen : 

21. Immolantis ex iniquo oblatio est macit- 
lata.., 

23. Dona iyiiqíiorum non j^Tohat AUissimus, 
nec respicit in ohlationes iniquorum... 

24. Qici offerl sacrifidum ex siíhstantia pau- 
perum^ qnasi qui victimat Jílium in conspectu pa- 
tris sui. 

25. Pañis egentium vita patiperis est: qui de- 
fraudat illum homo sanguinis est. 

26. Qui aufert in sudor e panem, quasi qui 
occidit proximiíM suum . 

27. Qui effundit sanguinem^ et qui fraudem 
facit mercenario^ fratres sum. 

— (( Mancillada es la ofrenda del que hace sa- 
crificio de lo injusto... » 

— « No recibe el Altísimo los dones de los im- 
píos, ni mira á los sacrificios de los malos... » 

— c( El que ofrece sacrificio de la hacienda de 



57 

los pobres^ es como el que degüella á un hijo 
delante de su padre. » 

— (( La vida de los pobres es el pan que nece- 
sitan: aquel que lo defrauda, es hombre san- 
guinario. )) 

— (( Quien quita el pan del sudor, es como el 
que mata á su prójimo. ^) 

—((Quien derrama sangre, y quien defrauda 
al jornalero, hermanos son.» 

Estas grandes y sublimes palabras del Eclesiás- 
tico produjeron en Las Gasas una honda impre- 
sión; meditó larga y profundamente sobre los 
textos sagrados y uri raudal de luz divina iluminó 
súbitamente su imaginación que habia estado 
hasta entonces á oscuras en ciertos puntos tras- 
cendentales. Desapareció y huyó de él para no 
volver jamás , el espíritu emprendedor y activo 
que le habian distinguido en materias mundanas 
y temporales, esto es, en sus tratas, dirección de 
minas y granjerias, aparte de su bondad y huma- 
nidad notorias ; arrojó para siempre al desprecio 
las excitaciones y alicientes de la codicia; se hor- 
rorizó al pensar que se estaba enriqueciendo á 
costa del sudor de los infelices indios á quienes 
ni tan siquiera se habia ocupado en instruir en 
las cosas de la verdadera fe ; se espantó al consi- 
derar cuan ciegamente habian caminado hasta 
allí y cu¿in débiles é insignificantes habian sido 



58 

SUS esfuerzos para amparar y proteger á los indí- 
genas del Nuevo mundo, en comparación de 
lo que le quedaba por hacer de allí en ade- 
lante. 

Una inmensa tristeza cubrió como un negro 
velo su corazón magnánimo, y un dolor profundo 
hizo brotar de sus ojos lágrimas en raudales. Con 
la lectura, cien veces repetida, de los textos del 
Eclesiástico, y con su aplicación á las circunstan- 
cias de entonces, un profundo desaliento empezó 
á devorarlo. Se hallaba criminal, y el remordi- 
miento le hacía sufrir terribles angustias. 

Pero de aquella congoja desgarradora nació la 
resolución heroica que debia de inmortalizar á 
Bartolomé de Las Gasas. Se alzó enérgico y su- 
blime, enjugadas ya las lágrimas y despidiendo 
sus ojos destellos de inspiración suprema; y po- 
seído de una decisión inexorable de hacer olvidar 
su egoísmo de hasta entonces, empezó su carrera, 
nunca después interrumpida, de abnegación 
completa- á favor de los indios. 

Desde aquel momento se cuenta el verdadeío 
apostolado de las Gasas, apostolado sublime que 
terminó solamente con el postrer aliento de su 
vida. 



CAPITULO II. 



Decide L4.S Gasas libertar sus esclavos.— Uu sermón. — Determina retornar 
á España.— Renteria aprueba sus propósitos. — Parte Las Casas de 
Cuba. — Lleg-a á Santo Domingo. — INuevas predicaciones. — Llega á Es- 
paña y conferencia con el monarca. — El confesor del rey , el ministro 
Conchillos y el obispo de Burgos. — Muere D. Fernando V. — Nuevos 
planes de Las Casas. — Cisneros y Adriano de Utrecht. — Escribe Las 
Casas una relación en latin de los sufrimientos de los indios. — La en- 
trega á Adriano y produce gran efecto. — Junta nombrada por Cisne- 
ros. — Comisarios regios. —Jerónimos , dominicos y franciscos. — Título 
á favor de Las Casas de protector universal de todos los indios.— 
Preámbulo de las instrucciones para los tres comisarios. — Declaración 
notable del Gran Cisneros de que los indios son hombres libres. — Ins- 
trucciones extensas respecto á los indios. — Instrucciones respecto á 
los españoles residentes. — 'instrucciones adicionales modificando las 
leyes hechas en Burgos respecto á los indios. — Cédula en favor de Las 
Casas. — Poderes conferidos al licenciado Alonso de Zuazo. 



Decidióse Las Casas á dar libertad á sus escla- 
vos y abandonar el repartimiento , acción verda- 
deramente revolucionaria y casi monstruosa en 
aquel tiempo. Era menester^ empero^ contar con 
Pedro de Rentería^ cuyos intereses estaban ínti- 
mamente ligados con los suyos propios. Rentería 



60 

se hallaba á la sazón en Jamaica^ á donde había 
ido con objeto de zanjar negocios mutuos. De- 
masiado impaciente Las Gasas para aguardar su 
vuelta^, antes de hacer pública la resolución que 
habia tomado^ se dirigió al gobernador Velaz- 
quez y le descubrió su corazón respecto de los 
repartimientos. Habló el clérigo con la entereza 
que acostumbraba á usar cuando era movido por 
su conciencia y por la religión; hizo de la cues- 
tión de repartimientos un asunto de fe y de con- 
ciencia religiosa, y no titubeó en asentar su opi- 
nión sobre el castigo que reservaba Dios á los que 
se obstinaban en tener indios esclavos. Añadió 
Las Casas que intentaba desde luego deshacerse 
de los que poseia, pero manifestando el deseo 
de que esta resolución fuese guardada bajo sigilo 
hasta el regreso de Jamaica de Pedro de Rente- 
r;a, su amigo y socio. Fué grande la admiración 
del gobernador, tanta mayor cuanto que él ha- 
bia tenido á Las Casas por hombre apegado á sus 
intereses materiales y hasta codicioso, tales eran 
la actividad y maña que habia hasta allí desple- 
gado para la adquisición de bienes de fortuna; y 
costóle el creer que el Padre fuese sincero en su 
determinación tan nueva entre aquellos poblado- 
res. El aprecio y cariño que Diego Yelazquez le 
tenía eran grandes; por esto no pudo mépos de 
expresar su sorpresa, y trató de disuadir á Las 



61 

Casas de la prosecución de un proyecto que bien 
podia entonces pasar por locura. Como era de 
esperar;, fueron vanos los consejos deL goberna- 
dor dirigidos, es preciso reconocerlo, con pru- 
dencia y bondad. Pero la réplica de Las Casas, 
aunque respetuosa, mostraba bien á las claras lo 
irrevocable que era su resolución. «Plegué á Dios, 
)) añadió , que cuando venga yo á pediros con lá- 
)) grimas de sangre que me volváis mis indios, y 
)) vos, por amor mió, lo hiciéredes, él sea quien 
)) os castigue este pecado.)) Accedió, pues, Ve- 
lazquez á lo que Las Casas deseaba, y le prome- 
tió también que sería secreta su determinación 
hasta la vuelta de Rentería. En este punto insis- 
tía mucho el buen Padre ^ que no consentía de 
manera alguna que padeciesen los intereses de 
su socio. Velazquez dio en esta ocasión una nue- 
va prueba de la elevación y magnanimidad de su 
carácter, pues, después de esta entrevista, tuvo 
á Las Casas en más alto concepto que nunca, y 
le fué profesando cada vez más respeto y cariño. 
Consuela el ver entre tantos conquistadores fero- 
ces y gobernadores sedientos de oro y sangre, 
una gran figura como la de Velazquez , en que 
con las altas virtudes del valor del guerrero pre- 
claro vemos mezcladas la magnanimidad del ca- 
ballero y la bondad del cristiano. 

El día de la festividad de la Asunción de Núes- 



C-2 

tra Señora predicó Las Casas un sermón en que 
puso (á descubierto sus intenciones respectiva- 
mente á su repartimiento de los indios, exhor- 
tando con la mayor vehemencia á los que forma- 
ban su auditorio á que hicieran otro tanto. Es 
fácil concebir el efecto que producirían las pala- 
l)ras del sacerdote. La sorpresa en los oyentes 
fué tal que algunos dudaron de que aquellas 
exhortaciones las dijese el padre Las Casas. En 
algunos, sin embargo, hicieron buen efecto las 
palabras, rebosando de ardiente elocuencia, del 
orador sagrado, y llegaron muchos á compun- 
girse. Para la mayor parte, no obstante, el éxito 
fué nulo, pues no podian convencerse que fuese 
pecado mortal tener indios en su servicio, como 
no lo era hacer uso de acémilas y bestias del 
campo. 

Viendo que sus sermones , así como sus exhor- 
taciones privadas sobre los repartimientos, obte- 
nían poco ó ningún resultado de sus oyentes, 
resolvió dar lin paso capital y hacer un gran es- 
fuerzo, que, según él creia y pensaba, ao podia 
menos de dar el fruto que esperaba. Se decidió á 
ir á Castilla y presentarse al rey. 

A la sazón volvió Rentería de Jamaica, sabe- 
dor ya de las resoluciones de Las Casas, por car- 
tas que le habia escrito el clérigo. Rentería apro- 
bó desde luego el modo de proceder de su amigo 



63 

venerado; simpatizó con él desde el fondo de su 
corazón, y con su docilidad acostumbrada, doci- 
lidad hija del tierno afecto que le unia ¿i Las Ca- 
sas, expresó su ardiente deseo de seguir en todo 
el mismo camino y obedecerle. Ofreció también 
acompañar á Las Gasas en su proyectado viaje á 
España y servirle en todo lo que pudiese y su- 
piese. Después de largas y amistosísimas confe- 
rencias, convinieron en que era preferible que 
Las Casas efectuase el viaje primero á Santo Do- 
mingo y posteriormente ú España, pues su po- 
sición notoria y su carácter sacerdotal lo hacian 
más á propósito para el cabal desempeño de su 
misión. Fué vendido el cargamento de mutua 
propiedad traido de Jamaica, y el clérigo Las Ca- 
sas, provisto de los necesarios. fondos, se dispuso 
á emprender el viaje para Santo Domingo. 'Es de 
sentir que la historia no haya vuelto á hacer 
mención del virtuoso Pedro de Rentería, desde el 
momento que hubo de separarse de Las Casas. 
En esta época Pedro de Córdoba, prelado de 
los dominicos en el Nuevo mundo, habia man- 
dado cuatro hermanos de su orden desde la isla 
Española á la de Cuba. Estos tuvieron conferen- 
cias con Las Casas y se animaron de su mismo 
espíritu. Predicaron con el mismo fervor, con el 
mismo celo sobre el repartimiento de indios, 
pero sin alcanzar más resultado. 



6i 

Fué entonces despachado Gutierre de Ampu- 
dia de nuevo á la isla Española para informar á 
Pedro de Córdoba de lo que pasaba en Cuba, y 
en compañía de Gutierre de Ampudia salió Las 
Casas de Cuba^ dando á entender que se dirigía á 
la Universidad de París. Llegó el buque al puerto 
de Hanaguana, en la isla Española. El padre Gu- 
tierre habia caido enfermo y muerto en el cami- 
no ;, pero Las Casas llegó sin trastorno á Santo 
Domingo. El prelado de los dominicos se hallaba 
ausente, habiendo salido para Tierra-Firme con 
algunos frailes de su Orden con el propósito de 
fundar allí monasterios. Por una tormenta que 
repentinamente sobrevino, vióse el prelado obli- 
gado á volver al puerto, donde pudo Las Casas 
tener una entrevista con él. Pedro de Córdoba 
acogió al clérigo como era de suponer, esto es, 
con la más cariñosa afabilidad; pero le dio pocas 
esperanzas de buen éxito en la misión con que se 
proponía pasar á España, anunciándole que ha- 
llarla una porción de la Corte poco inclinada á la 
abolición de los repartimientos , puesto que algu- 
nos de los personajes más validos é influyentes 
cerca del rey, como el obispo de Burgos y el se- 
cretario Lope Conchillos , poseían un gran núme- 
ro de esclavos indios. Afligióse Las Casas al oir 
esto, mas no por ello perdió su energía. 

Antes de embarcarse para España hizo diligen- 



65 

cias para inclinar los ánimos hacia el fin que se 
proponia alcanzar, así como lo habia hecho en 
Cuba. En público y en secreto aconsejó y predicó 
sin cesar; ningún obstáculo pudo entibiar su celo 
ni contener sus esfuerzos. Todo era inútil para 
aquella gente. De todas partes acudían á oir los 
sermones de Las Casas; pero la elocuencia no 
hacía sino una pasajera impresión, y el fruto que 
retiraba de sus exhortaciones era nulo, ni daban 
otro resultado sus pláticas que ofender á los po- 
bladores y á los oficiales públicos. 

En consecuencia de la inutilidad de tan repe« 
tidos esfuerzos , se embarcaron en Santo Domin- 
go para España Antonio Montesino, fraile domi- 
nico y otro monje. El primero iba en compañía 
de Las Gasas, enviado por Pedro de Córdoba con 
objeto de solicitar del rey socorros para comple- 
tar el edificio del monasterio, el cual se hallaba 
en mal estado, y además algunos recursos para 
la Orden. 

Sin hacer parada de consideración en Sevilla, 
Las Casas se dirigió á la Corte para conferenciar 
con el rey sobre el negocio que traia. El Rey Ca- 
tólico se hallaba en Plasencia. Llegó allí Las 
Casas, pocos dias antes de Navidad del año 1515, 
pero en tal ocasión no le desamparó la sagacidad 
que le era característica. Habia sido advertido á 
tiempo por el sabio y virtuoso Pedro de Córdoba 



66 

que al lado del rey dominaban dos influencias 
poderosas y contrarias: eran los ministros Lope 
de Conchillos y el obispo de Burgos. Pero con su 
firmeza habitual se preparó mentalmente de an- 
temano y se armó con todo su valor para el en- 
cuentro que le esperaba. Sin embargo^ quiso pos- 
poner la contienda lo más posible y evitar el fa- 
tal encuentro hasta después de obtenida una au- 
diencia del rey. Consiguió lo que deseaba: tuvo 
una larga entrevista con el monarca, y le habló 
dilatadamente del asunto que le traia á España. 
Hízole una pintura de los males que sufrian los 
indios y del deplorable estado de cosas en el 
Nuevo mundo. No queriendo aquel dia cansar 
más al anciano monarca, que se hallaba á la sa- 
zón doliente, le suplicó se dignase- concederle 
una segunda audiencia. El rey se la otorgó con 
agrado, ofreciéndole oirlo un dia de aquella 
Pascua. 

Las Casas se dirigió luego á fray Tomás de Ma- 
tienzo, confesor del rey y de la Orden de Santo 
Domingo, y supo desde la primera entrevista ga- 
nar su confianza y favor. Le contó la tiranía y 
opresión que sufrian los indios, los males ó in- 
justicig^s que se perpetraban en aquellas islas y la 
mortandad que habia de indios, ocasionada por 
las crueldades que sufrian. El confesor puso en 
conocimiento del rey lo que Las Casas afirmaba, 



67 

y dijo el rey al confesor que se fuese Las Casas á 
Sevilla y allí le oiria despacio y pondría remedio 
á tantos agravios y males. 

No quiso Las Gasas dejar de ver á los ministros 
Gonchillos y al obispo de Burgos^ tanto más 
cuanto el mismo confesor del rey se lo aconsejó. 
Del rey y de su confesor habia tenido una favo- 
rable acogida y producido en ambos la primera y 
más importante impresión; además de la prome- 
sa de una larga audiencia en Sevilla , en la cual 
S3 proponía terminar sus revelaciones y decidir 
al rey á que diese las disposiciones necesarias 
que asegurasen el triunfo de la causa que habia 
abrazado. Podia, pues^ arrostrar impávidamente 
las dos influencias enemigas. 

Lope de Conchillos recibió al clérigo con bon- 
dad; le prestó benévola atención y se mostró en 
cierta manera conmovido por sus narrativas. Las 
Casas se felicitó á sí propio por este recibimiento, 
que aunque no'creia que fuese del todo sincero, 
los vaticinios de Pedro de Córdoba no le habian 
dado lugar á esperarlo. 

Infelizmente no sucedió otro tanto con el obis- 
po de Burgos: era este prelado un eclesiástico 
audaz y hábil que gozaba del favor del rey; ha- 
bia sido archidiácono en Sevilla, obispo de Bada- 
joz, Córdoba y Patencia y además capellán ma- 
yor de la reina Isabel y después de D. Fernán- 



68 

do V. Era de genio soberbio y dominador, duro 
y áspero de palabras y modales, y poseiaun nú- 
mero considerable de indios de repartimiento. 

Refirióle Las Gasas en la entrevista , por me- 
dio de una Memoria que llevaba escrita, algunas 
de las crueldades que habia presenciado en la 
isla de Cuba, entre ellas la muerte de 7.000 ni- 
ños indios en tres meses; y agravando el clérigo 
la muerte cruel de aquellos inocentes, respondió 
el duro obispo: — «Mirad que donoso necio; ¿qué 
se me da á mi y qué se le da al rey?» Las Gasas 
alzando la voz le contestó: — «¿Que ni á vuestra 
señoría ni al rey que mueran aquellas ánimas no 
se da nada? ¡Oh, gran Dios eterno! y ¿á quién 
se le ha de dar algo?» Y diciendo esto salió de su 
presencia. El obispo de Burgos habia recibido al 
buen Padre con desabrimiento; interrumpía sus 
razones á cada instante con exclamaciones de im- 
paciencia, y al despedirlo lo hizo bruscamente. 

Las Gasas pocos dias después salió para Sevilla 
según se le habia ordenado , para tener la entre- 
vista con el rey. Se preparaba para informar al 
arzobispo de Sevilla lo ocurrido á fin de que lo 
apoyase y suplicase al rey lo escuchase con toda 
calma; pero apenas llegó á aquella ciudad supo 
que el rey D. Fernando V habia fallecido en Ma- 
drigalejos el dia 23 de Enero de 1516. Este acon- 
tecimiento obhgó á Las Gasas á formar nuevos y 



69 

diferentes planes para conseguir sus deseos. Se 
dispuso entonces á pasar á Flandes con el intento 
de avistarse con el nuevo monarca Carlos I, pero 
se detuvo en Madrid con el fin de conferenciar 
con el gran cardenal Cisneros. 

Con la muerte del rey D. Fernando el Católico, 
habia tomado las riendas del gobierno de Castilla 
y Ai"agon el egregio cardenal Francisco Jiménez 
de Cisneros, fraile de la Orden de San Francisco, 
en tanto no llegaba á España el nuevo rey don 
Carlos. Hallábase también en Madrid el deán de 
la Universidad de Lobayna, Adriano de Utrecht, 
que antes de la muerte de D. Fernando el Católico 
habia sido enviado como embajador del príncipe 
D. Carlos cerca del rey su tio, con poder secreto 
de gobernar los reinos en compañía de Cisneros 
si el rey moria, y en tanto el príncipe no viniese 
á tomar posesión . En efecto, después de la muerte 
del rey, si bien gobernaba el Cardenal, firmaba 
también Adriano los documentos de la regencia, 
y era por lo tanto un hombre de gran represen- 
tación y conveniencia para Las Casas. 

Como el embajador Adriano no entendía el es- 
pañol, preparó Las Casas en latin, para entregar- 
le una relación de todo lo que en las Antillas 
acontecía con los 'indios; y preparó otra relación 
semejante en castellano para el Cardenal. Pre- 
sentó nnestro Padre á Adriano la relación prepa- 



70 

rada^ quedando éste espantado de lo que en ella 
se referia. Fué éste luego á ver al Cardenal y á 
preguntarle si era posible que tales crueldades 
se perpetrasen en Indias^ y Cisneros^ que sabía 
de antemano lo que allí ocurría , respondió que 
sí^ y otras muchas que no referia Las Gasas. Desde 
entonces ofreció el Cardenal poner á todo reme- 
dio, y formó una Junta para tratar del asunto^, com- 
puesta de Adriano, el licenciado Zapata, el doctor 
Carvajal, el doctor Palacios Rubios y el propio Las 
Casas, y presenciaba las sesiones también el 
obispo de Ávila, fraile de San Francisco y com- 
pañero del Cardenal. Varias veces habló Las Casas 
en presencia de estos personajes importantes, 
que eran los hombres más prácticos en los nego- 
cios de Indias, hasta que el doctor Palacios Ru- 
bios recibió la orden de extender un plan con el 
auxilio y cooperación de Las Casas para el go- 
bierno de los indios. 

El mismo Palacios Rubios encomendó el re- 
dactar aquel plan á Las Casas, el cual lo hizo á 
medida de su deseo, aprobándolo con rJgunas 
enmiendas el primero y presentándolo al Carde- 
nal y á Adriano. Examinado por el Cardenal y 
su consejo el plan propuesto por los dos comi- 
sionados, y visto que era bueno, nombró el Car- 
denal tres frailes Jerónimos de gran virtud y 
ciencia llamados fray Luis de Figueroa, fray Ber- 



71 

nardino Manzanedo y fray Alonso de Santo Do- 
mingo, para que con el carácter de comisarios 
regios pasasen á las Indias á ponerlo en práctica 
acompañados de Las Casas. 

Podrá admirarnos el que la elección de Cisne- 
ros para la investigación de las cosas del Nuevo 
mundo recayese en tres pobres reclusos^ monjes 
Jerónimos, necesariamente ignorantes de asun- 
tos mundanales y dedicados á la contemplación 
y á la vida cenobítica. Resistíase primero la reli- 
gión jerónima á aceptar tan espinoso cargo para 
sus monjes, pues le parecía poco propio y hasta 
contradictorio á la regla, y sobre todo al carácter 
y costumbres de la Orden. El cardenal Cisneros 
no quiso, sin embargo, admitir sus disculpas por 
muy ((discretas» que fuesen, pues el gran esta- 
dista conocía bien que eran los hombres más 
aptos para lo que se proponía hacer. Los Jeróni- 
mos eran, además de sus grandes conocimientos, 
enteramente imparciales en los negocios de In- 
dias. Los dominicos se habían desde luego pro- 
nunciado á favor de Las Casas, y varios de los 
predicadores de dicha Orden no le iban en zaga 
al clérigo en el ardor con que defendían á los in- 
dios y en la vehemencia con que atacaban á los 
pobladores que los tenían por esclavos y los mal- 
trataban. Los frailes franciscanos, por lo contrario, 
parecían asustarse de las declamaciones de tan 



72 

acérrimos defensores y temían las consecuencias 
que podian sobrevenir del rencor de los pobla- 
dores contra los que querían privarlos de sus in- 
tereses materiales. El mismo licenciado Alonso 
de Zuazo, que expuso después con tanta elocuen- 
cia los males del Nuevo mundo ;, en una de sus 
cartas á M. de Chievres le dice: «Suplico á uste- 
» des en todo lo que arriba digo^ me mande te- 
)) ner secretO;, porque son cosas que tocan á mu- 
» chos^ é non querría que, haciendo yo lo que 
)) debo é soy obligado, según el cargo que traje 
)) de su alteza en estas partes para decir la verdad 
)) en todo, é que daré información si fuese me- 
)) nester, que criasen en sus pechos conmigo 
» nuevas enemistades. » Los franciscanos se mos- . 
traban todavía más prudentes^ y se les podia con- 
siderar como formando un partido antagonista al 
de los dominicos y por consiguiente al de Las 
Casas. Lo que hacía, pues, á los monjes Jeróni- 
mos esencialmente elegibles para el cargo de co- 
misarios en Indias, era su completa y absoluta 
imparcialidad en la cuestión suscitada por Las 
Casas. 

En el mismo tiempo que se hizo el nombra- 
miento de los tres padres Jerónimos para el refe- 
rido cargo de comisarios regios, fuéle también 
dado á Las Casas el título y empleo de Procura- 
dor ó Protector universal de todos los indios de 



73 

las Indias; y en verdad no podia dársele ninguna 
otra prueba más digna del profundo respeto 
que hablan despertado sus reclamaciones en el 
ánimo del Cardenal y del fondo de moralidad y 
de justicia que habia en ellas^, siempre que abo- 
gaba por sus pobres indios^, que ese título tan me- 
recido como sublime que le concedió la majestad 
real;, título antes desconocido, desconocido des- 
pués de Las Casas, y por lo mismo único en la 
historia, con el cual se designa al Apóstol humani- 
tario del Nuevo mundo. 

Cuando los tres padres Jerónimos nombrados 
llegaron á Madrid, algunos enemigos de Las Ca- 
sas consiguieron hablarles en secreto, indispo- 
niendo sus ánimos contra los objetos de la expe- 
dición, representando á los indios como salvajes 
fieras, y á Las Casas como á un hombre fanático 
y preocupado. Se dispusieron, sin embargo, á em- 
prender su largo viaje provistos de las instruc- 
ciones que habia redactado Las Casas, pero que 
•hablan sido muy modificadas en el Consejo del 
Cardenal. Nuestro buen Padre las hallaba conce- 
bidas en espíritu demasiado angosto, pues de 
ellas no dimanaba la libertad general que él hu- 
biera querido que se diera á sus amados indios. 
A pesar de todo son dignas de especial mención y 
de ser reproducidas íntegras con el preámbulo 
que las precedía, como documento curiosísimo 



74 

que hace mucho honor á los buenos deseos del 
cardenal Cisneros para satisfacer en lo posible, 
según las exigencias de la época, las justas que- 
jas y reclamaciones de Las Gasas. 
Hé aqui el texto de este documento : 

c( Lo primero que de])en hacer los Padres que fueren á 
las Indias para las reformar , en llegando á la isla Espa- 
ñola hagan llamar ante sí los principales cristianos, vie- 
jos pobladores, y decirles que la causa principal de su 
ida es los grandes clamores que acá se han hecho contra 
ellos y contra los otros pobladores , especialmente contra 
los que han tenido y tienen indios encomendados , que 
los han maltratado y hecho muchos males, matando á 
muchos de ellos sin causa y sin razón, tomándoles sus 
mujeres é hijas y haciendo de ellas lo que han querido, 
haciéndolos trabajar demasiadamente y dándoles poco 
mantenimiento , compeliendo á las mujeres y á los ni- 
ños á que trabajasen, y haciendo á las mujeres malparir 
y no dejándolas criar sus criaturas , y otras muchas fuer- 
zas y daños de que se dieron grandes memoriales al re- 
verendísimo señor Cardenal, los cuales llevan los dichos 
Padres. Y porque sus Altezas y el reverendísimo señor 
Cardenal y el señor Embajador quieren saber la verdad 
de todo esto como pasa , para lo proveer y remediar por- 
que las islas no se pierdan del todo , mandaron á los di- 
chos Padres que de todo ello se informen para que se 
proveyese y remediase ; que los dichos pobladores digan 
lo que saben de como esto ha pasado y pasa, y, si vieren 
los Padres que conviene, tomalles juramento que dirán 
la verdad, y por otra parte también ellos se informen 
dello. Háganles entender como todo esto se hace para la 



75 

conservación dellos , y de los indios , y de las dichas is- 
las , y que si de voluntad y consentimiento de partes se 
pudiere hablar y tomar algún buen medio con que Dios 
y sus Altezas sean servidos, y ellos y los indios aprove- 
chados, y las islas remediadas, que aquel se tomará. Por 
tanto, que ellos y los otros hombres, principales pobla- 
dores, se junten y hablen y platiquen en ello, y piensen 
más sobre ello , y con lo que acordaren vuelvan á los Pa- 
dres y se lo digan; esto y todo lo que más á los Padres 
pareciere díganlo á las personas principales. Después lla- 
men á los principales caciques de la Isla , y díganles 
como á sus Altezas , y al reverendísimo señor Cardenal, 
y al señor Embajador ha sido hecha relación de su parte, 
como en los tiempos pasados han sido muy opresos y 
agr¿xviados de los pobladores que allá han ido, y están 
en muchas maneras contenidas en ciertas peticiones y 
memoriales , que sobre ello fueron dadas por ciertos clé- 
rigos y religiosos , y porque la voluntad de sus Altezas, 
y del reverendísimo señor Cardenal y del señor Emba- 
jador ha sido y es de remediar y castigar los males pasa- 
dos , y proveer en lo venidero para que ellos y sus in- 
dios, de aquí en adelante, sean bien tratados, pues son 
cristianos^ y libres y subditos de sus Altezas , mandaron á 
los dichos Padres que fuesen allá , y se informasen de 
todo ello , y supiesen la verdad de cómo ha pasado ; para 
que se proveyese así en el castigo de lo pasado , como 
en el remedio de lo venidero. Por tanto , que ellos lo de- 
bían hacer saber álos otros caciques y á sus indios, para 
que entre sí platicasen sobre ello y pensasen en lo que se 
podia y debía hacer , así en lo pasado como en lo veni- 
dero; y que si algún buen medio se hallase, de voluntad 
de partes , para que Dios y sus Altezas fuesen servidos y 



los caciques y sus indios fuesen bien tratados, como 
cristianos y hombres libres, pues lo son, y ellos los otros 
pobladores pudiesen justamente ser aprovechados, que 
se lo dijesen , que siendo tal aquel se tomarla , que pen- 
sasen sobre ello, y que sean ciertos que la voluntad de 
sus Altezas y del reverendísimo señor Cardenal y del se- 
ñor Embajador es que ellos sean tratados como cristianos 
y hombres libres, y que ésta es la causa principal por que 
mandaron á los dichos ir a aquellas partes. Y porque los 
caciques y los indios crean lo que estos Padres les dije- 
ren , deben , al tiempo que los hobieren de hablar , tener 
consigo algunos otros religiosos de los que allá están 
cognoscidos, de quien ellos tienen confianza que les di- 
cen verdad y procuran su bien , y- también porque en- 
tienden su lengua. » 

Este preámbulo es sin duda alguna dictado ó 
inspirado por el gran Gisneros^ y debe notarse 
en él que tres veces se insiste en afirmar que los 
indios son hombres libres y como tales deben ser 
tratados. 

El mismo Las Gasas cuenta en su Eisioria de 
Indias^ que hablando con el Gardenal poco antes 
del nombramiento de los tres Jerónimos para co- 
misarios regios^ respecto á la opresión y'servi- 
dumbre que los indios padecían^ y diciéndole 
con qué justicia podian ser asi en ella ó con ella 
afligidos^ respondió el Gardenal con ímpetu: «con 
ninguna justicia; ¿por qué? ¿no son libres? 
¿ quién duda que no sean libres?» Desde entonces 



77 

Las Casas, y después de tener conocimiento del 
anterior preámbulo, ya ningún temSr tenía de 
alegar en todas partes y afirmar ique los indios 
eran libres y que todo lo que con ellos se habia 
hecho era contra su libertad natural, y todo lo que 
el Padre alegaba contra la tiranía de los españo- 
les y en favor de los indios era fundado sobre el 
principio incuestionable de que por derecho pro- 
pio eran libres. 

Las instrucciones que llevaron los tres Jeróni- 
mos decían así : 

(í Memorial ó Instrucción que han de llevar los Padres que 
por mandado de su reverendísima señoría y del Señor 
Embajador han de ir á reformar las Indias: 

» Primeramente, parece que los religiosos que allá van 
deben visitar la tierra por sí mismos , en cada isla lo que 
buenamente pudieren , é informarse del número de los 
Caciques y de los indios que cada Cacique tiene , y tam- 
bién de todos los otros indios que hay en cada isla. ítem, 
se han de informar de cómo han sido tractados hasta 
aquí por las personas que los han tenido encomendados, 
y por los Gobernadores y justicias y otros ministros; lo 
que cerca dello hallaren háganlo poner por escripto para 
que sobre ello se provea lo que convenga. Otrosí, los 
dichos religiosos , visitando las islas, especialmente la 
Española y Cuba y Sant Juan y Jamaica, vean la dispo- 
sición de la tierra, mayormente lo que es cerca délas 
minas donde se saca el oro , y miren dónde se podrán 
hacer poblaciones de lugares , para que de allí puedan ir 



78 

á las minas con menos trabajo , y conveniente á los in- 
dios que alfí moraren , y que haya rios cerca para sus- 
pesquerías y buena tierra para labranzas. La primera sea 
la isla Española y Jamaica, y después Sant Juan, la 
postrera Cuba. Dcbense hacer pueblos de 300 vecinos, 
pocos más ó menos, en que se hagan tantas casas cuan- 
tos fueren los vecinos, como ellos las suelen hacer, de 
tal miinera, que, aunque se acreciente la famiUa, como 
mediante Dios se acrecentará, puedan caber todos en 
ella, haciendo iglesia la mejor que ser pueda, y calles y 
plaza para que sea lugar en forma, y la casa del Cacique 
cerca de la plaza, mayor y mejor que las otras porque 
allí han de concurrir todos los otros. ítem, haya un hos- 
pital como abajo se dir¿i. Estos pueblos se hagan , cuanto 
ser pudieren , á voluntad de los Caciques y de los indios 
en cuanto al sitio , porque no resciban pena de mudarse, 
haciéndoles entender como todo esto se hace para su be- 
neficio, y para que sean mejor tractadosque hasta aquí; 
y los que estuvieren muy lejos de las minas hagan allá 
pueblos y crien ganados, y cojan pan, y algodón y otras 
cosas, y dello paguen tributo al Rey, nuestro señor, lo 
que bien visto fuere resiDCCto de estos otros; y otro tanto 
se haga en las islas donde no se cogeré oro y sean tales 
que deban estar pobladas, porque se les hará de mal 
venir de lejos, y rescibirian peligro en la mud^iuza y 
que la Cabana esté siempre poblada , porque está cerca 
del puerto y muy aparejada para la contratación de Cuba 
y Tierra-Firme. Débese dar á cada pueblo término con- 
veniente, apropiado á cada lugar, antes más que menos, 
por el augmento que se espera, Dios mediante; este tér- 
mino debe ser repartido entre los vecinos del lugar, dan*- 
do de lo mejor, á cada uno dellos, parte de tierra donde 



puedan plantar árboles y otras cosas , y hacer montones 
para él y para toda su familia, más ó menos, según la 
calidad de su persona y cantidad de la familia , y al Ca- 
cique tanto como á cuatro vecinos. .De lo restante quede' 
para el pueblo para ejidos y pastos , y estancias de puer- 
cos y otros ganados. A estos pueblos se deben traer los 
Caciques é indios más cercanos á aquel asiento que se 
tomare para la población, porque queden en su propia 
tierra y vengan de mejor gana, y negocióse con los Ca- 
ciques que ellos los traigan de su voluntad sin les hacer 
otra premia, si así se pudiere hacer; y estos Caciques 
tengan cuidado de sus indios en regillos y gobernallos, 
como adelante se dirá. Si los indios de un Cacique bas- 
taren para una población , con aquellos se haga , y si no 
que se junten otros Caciques de los más cercanos y que 
cada Cacique tenga superioridad en sus indios como 
suele; y que estos Caciques inferiores obedezcan á su 
superior como suelen , y el Cacique principal ha de te- 
ner cargo de todo el pueblo, juntamente con el religioso 
ó clérigo que allí estuviere, y con la persona que para 
ello fuere nombrada, como adelante se dirá. Y si algún 
C/astellano-español , de los que allá están ó fueren á po- 
blar, quisiera casar con alguna Cacique ó hija de Caci- 
que á quien pertenece la sucesión por falta de varones, 
que este casamiento se haga con acuerdo y consenti- 
miento del religioso ó clérigo , y de la persona que fuere 
no.mbrada para la administración de aquel pueblo, y, 
casándose desta manera, éste sea Cacique y sea tenido y 
obedecido y servido como el Cacique á quien sucedió, 
según y como abajo se dirá de los otros Caciques, por- 
que desta manera muy presto podrán ser todos los Caci- 
ques españoles \ se excusarán muchos gastos. ítem, que 



80 

cada lugar tenga jurisdicción pol* sí en sus términos, y 
que los dichos Caciques tengan jurisdicción para casti- 
gar á los indios que delinquieren en el lugar donde él 
fuere superior, no solamente en los suyos , mas también 
en los de los otros Caciques inferiores que viven en aquel 
pueblo ; ésto se entiende de los delitos que merecen hasta 
pena de azotes y no más, y en éstos, que no lo puedan 
hacer ni ejecutar ellos solos , sin que á lo menos inter- 
venga el consejo y consentimiento del religioso ó clérigo 
que alh estuviere, lo demás quede á la justicia ordina- 
ria de Su Alteza; y si los Caciques hicieren lo que no 
deben, sean castigados por la justicia ordinaria, y si hi- 
cieren agravio á los inferiores, remedíelo la justicia or- 
dinaria. Los oficiales para la gobernación del pueblo, 
así como Regidores , ó Alguacil ú otros semejantes , sean 
puestos y nombrados por el dicho Cacique mayor , y por 
el dicho religioso ó clérigo que allí estuviere , junta- 
mente con aquella persona que se nombrare por Admi- 
nistrador de aquel lugar, y en caso de discordia por los 
dos dellos. Y, porque en cada pueblo so hagan las cosas 
como deben, conviene que se nombre una persona que 
tenga la administración de uno, ó de dos, ó de tres, ó de 
más lugares, según la población fuere, el cual viva en 
un comedio conveniente para hacer su oficio, en una 
casa de piedra, y no dentro en el lugar, porque los in- 
dios no resciban daño ó alteración de la conservación de 
los suyos; éste ha de ser español, de los que allá han es- 
tado, siendo hombre de buena conciencia y que haya 
bien tractado á los indios que tuvo encomendados , que 
sabrá bien regir é gobernar y hacer lo que conviene á su 
oficio. Lo que éste ha de hacer es, que ha de visitar el 
lugar ó lugares que le fueren encomendados y ientender 



81 

€011 los Caciques , especialmente con el principal de cada 
lugar , para que los indios vivan en policía , cada uno en 
su casa con su familia, y trabajen en las minas y en las 
labranzas , y en el criar de los ganados , y en las otras co- 
sas que los indios han de hacer, según adelante se dirá, y 
que no los moleste ni los apremie á que trabajen ni ha- 
gan más de lo que son obligados, sobre lo cual se le en- 
cargue la conciencia; y que, al tiempo que le fuere dado 
el cargo, jure solemnemente de usar bien de su oficio, y 
si en algo excediere porqué'merezca castigo, sea castiga- 
do y punido por la justicia de su Alteza. Para hacer su 
oficio conviene que tenga consigo tres ó cuatro españoles 
castellanos, ó de otros cuales quisiera, y armas las que 
fueren menester, y que no consienía á los Caciques ni á 
los indios tengan armas suyas ni ajenas, salvo aquellas 
que parecieren que serán menester para montear, y si 
más personas él quisiere tener ó viere que le cumple, 
que las pueda tener pagándolas su justo y debido salario 
á vista del religioso ó clérigo que allí estuviere , y si al- 
gunos indios con él quisieren vivir, con tanto que -délos 
indios no pueda tener más de seis, y con su voluntad, y 
no de otra manera, pero que á éstos no les pueda man- 
dar ir á las minas , salvo servirse dellos en casa y en las 
otras cosas, y que, cada y cuando estos se descontenta- 
ren de su compañía, tengan libertad de irse á los pue- 
blos donde son naturales. Este Administrador , junta- 
mente con el religioso ó clérigo , trabajen cuanto pudie- 
ren por poner en policía á los Caciques é indios, ha- 
ciéndoles que anden vestidos , y duerman en camas , y 
guarden las herramientas y las otras cosas que les fueren 
encomendadíxs , y que cada uno sea contento con tener á 
su mujer y que no se la consientan dejar, y que las mu- 

6 



82 

jeres vivan castamente, y la que cometiere adulterio^ 
acusándola el marido, sea castigada ella y el adúltera 
hasta pena de azotes por el Cacique, con consejo del 
Administrador y religioso que allí estuviere en el pue- 
blo; asimismo tenga cuidado que los Caciques ni sus 
indios no truequen ni vendan sus cosas, ni las den ni 
las jueguen, sin licencia del religioso ó clérigo ó del di- 
cho Administrador, salvo en cosas de comer y hacer 
limosnas honestamente, y que no los consientan comer 
en el suelo. A estos Administradores se dé salario con- 
veniente, según el cargo y trabajo y costa que han de 
tener, la mitad pague Su Alteza, y la otra mitad pague 
el pueblo ó pueblos que estuvieren á su cargo ; y sean 
casados por quitar los inconvenientes quede allí se pue- 
den recrecer, salvo si tal persona se hallare do quien se 
deba confiar aunque no sea casado. Y porque mejor haga 
su oficio , tenga escrito en un libro todos los Caciques 6 
indios vecinos , y personas que haya en cada casa y lu- 
gar, porque se sepa si se va ó ausenta alguno ó deja de 
hacer lo que es obligado. Para que los indios sean ins- 
truidos en nuestra sancta fe católica , y para que sean 
bien tractados en las cosas espirituales , debe haber en 
cada pueblo un religioso (3 clérigo que tenga cuidado de 
los enseñar , según la capacidad de cada uno de ellos , y 
administralles los Sacramentos y predicalles los domin- 
gos y fiestas, y hacelles entender como han de pagar 
diezmos y primicias á Dios, para la Iglesia y sus minis- 
tros , porque los confiesen y administren los Sacramen- 
tos , y los entierren cuando falleciecen , y rueguen á Dios 
por ellos ; y hacerles que vengan á misa y se sienten por 
orden, apartados los hombres de las mujeres. Estos clé- 
rigos sean obligados á decir misa cada fiesta, y entre sc> 



83 

mana los dias que ellos quisieren , y provean como se 
digan misas en las estancias , las fiestas , en la iglesia 
que allá se ha de hacer, y hagan por su trabajo de los 
diezmos del dicho pueblo la parte que les cupiere , y más 
el pié del altar y las ofrendas , y que impongan á las 
mujeres y hombres que ofrezcan lo que les pluguiere, ca- 
cabí ó ajes, y que no puedan llevar otra cosa los dichos 
clérigos, por confesar y administrar los otros Sacramen- 
tos, ni velar los casados, ni por enterramientos. Y los 
dias de las fiestas, en la tarde, sean llamados por una 
campana para que se junten y sean enseñados en las co- 
sas de la fe, y si no quisieren venir sean castigados por 
ello moderadamente, y que la penitencia que les dieren 
sea pública porque los otros escarmienten. Haya un sa- 
cristán, si se hallare suficiente de los indios, si no de los 
otros, que sirva en la iglesia, y muestre á los niños á 
leer y escribir hasta que sean de edad de nueve años, 
especialmente á los hijos do los Caciques y de los otros 
principales del pueblo, y que les muestren á hablar ro- 
mance castellano, y que se trabaje con todos los Caci- 
ques y indios, cuanto fuere posible, que hablen caste- 
llano, ítem, que haya casa en medio del lugar para hos- 
pital, donde sean rescibidos los enfermos y hombres 
viejos que no pudieren trabajar, y niños que no tienen 
padres que allí se quisieren recoger, y para el manteni- 
miento dellos hagan de común un conuco de 50.000 
montones, y que lo hagan desherbar en sus tiempos, y 
esté en el hospital un hombre casado con su mujer y pida 
limosna para ellos, y manténganse dello; y que pues las 
carnicerías han de ser de común , como adelante se dirá, 
que se dé para el hombre y mujer que allí estuviere, y 
para cada pobre que allí se recogiere , una libra de car- 



84 

ne , á vista del Cacique ó del religioso que allí estuviere 
porque no hay fraude. Los vecinos de cada lugar, y los 
varones de veinte años arriva y de cincuenta abajo, sean 
obligados á trabajar desta manera : que siempre anden 
en las minas la tercia parte dellos, y si alguno estuviere 
enfermo ó impedido en su lugar se ponga otro , y salgan 
de casa para ir á las minas en saliendo el sol ó un poco 
después , y venidos á comer á sus asientos tengan de re- 
creación tres horas , y vuelvan á las minas hasta que se 
ponga el sol. Este tiempo sea repartido de dos en dos 
meses, ó como al Cacique pareciere, por manera que 
siempre estén en las minas el tercio de los hombres de 
trabajo. Que las mujeres no han de trabajar en las mi- 
nas, si ellas de su voluntad y de su marido no quisie- 
ren, y, en el caso que algunas mujeres vayan, sean 
contadas por varones en el número de la tercia parte. 
Los Caciques envien con los indios que son á su cargo, 
divididos por cuadrillas, los nitainos, que ellos llaman, 
que fueren menester, para que estos les hagan trabajar 
en las minas, y cojan el oro, y hagan lo que solian ha- 
cer los mineros, porque, según por experiencia ha pare- 
cido , no conviene que haya mineros ni estancieros cas- 
tellanos , salvo de los mismos indios. Después que hobie- 
ren servido el tiempo que fueren obligados en las minas, 
vénganse á sus casas y trabajen en sus haciendas lo que 
buenamente pudieren y vieren que les cumple,' á vista 
de su Cacique y del religioso ó clérigo que allí estuviere 
ó del Administrador. Y porque el Cacique ha de tener 
más trabajo, y porque es superior, sean obligados todos 
los vecinos y hombres de trabajo de dar al Cacique 
quince dias en cada año , cuando él los quisiere , para 
trabajar en su hacienda , y que no sea obligado á darles 



85 

de comer ni otro salario, y que las mujeres y los niños 
y los viejos sean obligados á desherballe sus conucos to- 
das las veces que sea menester. Los indios que quedareíi 
en el pueblo sean compelidos á trabajar lo que justo 
fuere á los conucos y en sus haciendas y también las 
mujeres y los niños. Debe Su Alteza mandar tomar las 
haciendas que fueren necesarias y más convenientes 
para principiar los pueblos, así de conucos como de ga- 
nados, estimados en lo que justamente valieren, para 
que sean pagadas de las primeras fundiciones de la parte 
que perteneciere á los indios ; y los conucos se dividan 
por los vecinos , á cada uno la parte que le cupiere entre 
tanto que hace otra hacienda en la tierra que le fuere se- 
ñalada , y los ganados se pongan en mano del Cacique 
principal, para que dello se provean los indios de la ma- 
nera que adelante se dirá. Si ser pudiere, para cada pue- 
blo de 300 vecinos haya 10, ó 12 yeguas, y 50 vacas , y 
500 puercos de carne, y 100 puercas para criar; éstos 
sean guardados á costa de todos, como bien visto fuere, 
y ésto se procure de sostener de común hasta que ellos 
sean hechos hábiles y acostumbrados para tenellos pro- 
pios suyos. Ha de haber un carnicero en el pueblo que 
dé para cada casa medio arrelde de carne , cuando el ma- 
rido estuviere en el pueblo y no esté en las minas , y 
cuando estuviere en las minas le den una libra á su mu- 
jer; y si mas carne hobiere menester para su casa y fa- 
milia , que la crie con su familia y la procure , y los dias 
que no fueren de carne , que se provean como les pare- 
ciere, y al Cacique dos arreldes. Páralos que estuvieren 
trabajando en las minas , de sus mismos conucos que les 
cupiere , el Cacique haga que las mujeres de los que allá 
anduvieren amasen el pan que fuere menester, y el Ga- 



86 

cique lo haga llevar en las dichas yeguas de común , y 
ajes y maíz, y axi y todo lo otro que fuere menester. 
Haya un carnicero en las minas y dé á cada uno de los 
que alli trabajaren libra y media ó dos libras de carne: 
como bien visto fuere, y porque en aquella isla hay 
poco pescado, seria bien procurar dispensación para co- 
mer carne algunos dias de cuaresma, y los otros dias 
que no son de carne , y porque sea mejor proveído de la 
carne , conviene que alguna parte del ganado que se ho- 
biere de matar para comer ande en las minas , y si de la 
carne de los ganados de los comunes no hobiere abasto 
para los que anden en las minas , que se provea como 
otros vendan carne á precio j usto , y se dé por tasa para 
ser pagados de la primera fundición. El oro que se sa- 
care de las minas vaya todo á poder del nitaino , que ha 
de estar como minero cada noche, como se suele hacer, 
y cuando viniere el tiempo de la fundición , que ha de 
ser de dos en dos meses ó como á los oficiales pareciere, 
júntese el nitaino con el Cacique principal y con el Ad- 
ministrador y llévenlo á la fundición porque se haga con 
toda fidelidad; y de lo que saliere de la fundición se haga 
tres partes , la una para el Rey , y las dos para el Cacique 
y los indios. De las dos partes del oro que perteneciere 
al Cacique y á los indios , se ha de pagar las haciendas y 
ganados qne se hobieron para hacer los pueblos, y todos 
los gastos que se han de hacer de común, lo restante se 
ha de dividir por casas igualmente, y al Cacique seis 
partes y á los nitainos que andan con los indios dos par- 
tes á cada uno. De las partes que á cada casa cupiere se 
han de comprar las herramientas y otras cosas que serán 
menester para sacar el oro, y estas sean propias de cada 
uno , y escríbanse en un libro para que sea obligado á 



dar cuenta dellas, y de lo que de ésto sobrare cómpreles 
el Cacique y el clérigo y Administrador ropa y camisas, 
y doce gallinas y un gallo para cada casa , y otras cosas 
que les pareciere que hobieren menester para sus casas, 
poniéndolo por escrito para que den cuenta dello ; y si 
algo sobrare que se ponga en guarda en poder de una 
buena persona que dé cuenta dello cuando se la deman- 
daren, escribiéndolo en cuyo poder se pone y lo que á 
eada uno pertenece , como pareciere al clérigo y Admi- 
nistrador. Débense poner 12 españoles mineros salaria- 
dos de común, la mitad el Rey y la mitad los indios, 
que tengan cargo de descubrir minas , y luego que las 
hayan descubierto las dejen álos indios para que saquen 
el oro , y se vayan adelante á descubrir otras , y no estén 
ahí más ellos ni otros españoles , porque no les hurten 
el oro ni les hagan mal, y el oro que estos 12 sacaren, 
descubriendo las minas , sea común y pártase entre el 
Rey y los indios, y que sobre esto se ponga gran pena.» 

Con respecto á los españoles residentes en 
aquellas islas^ las instrucciones eran las que si- 
guen: 

« Algunos dellos se remediarán comprándoles las ha- 
ciendas para los pueblos, como arriba está dicho, otros 
■con encomendalles la administración de los pueblos, 
otros salariándolos para mineros, otros dándoles facul- , 
tad para que por sí y por sus familias puedan sacar oro, 
pagando solamente el diezmo de lo que sacaren siendo 
casados y teniendo allá sus mujeres, y los que no fueren 
casados paguen de siete uno; otros dándoles facultad 
para que cada uno dellos pueda meter dos ó tres ó más 



88 

esclavos, la mitad varones y la mitad hembras porque 
multipliquen , y á los que tuvieren indios encomendados 
y otras mercedes , dándoles alguna satisfacción y hacién- 
doles otras gratificaciones por ella. Asi mismo les apro- 
vechará mucho que Su Alteza les dé carabelas, adere- 
zadas de bastimentos y otras cosas necesarias, para que 
vayan ellos mismos á tomar los caribes que comen 
hombres y son gente recia, y estos son esclavos porque 
no han querido rescibir los predicadores, y son muy mo- 
lestos á los cristianos y á los que se convierten á nuestra 
santa fe, y los matan y los comen, y los que trujeren pár- 
tanlos entre sí y sírvanse dellos; mas, so color de irá to- 
mar los caribes, no vayan á otras islas ni tierra firme, 
ni prendan á los hombres que allí moraren, so pena de. 
muerte y perdimiento de bienes. — Otro remedio. — Que 
los españoles que están en las islas serán gratificados si 
quisieren ir á poblar en la tierra firme , porque éstos que 
han sido criados en las islas , y están hechos á la tierra, 
están más aparejados y dispuestos para vivir sin peli- 
gro en tierra firme, que los que van de nuevo de 
España. Y porque algunos dellos deben á su Alteza 
y á otras personas muchas deudas, y no ternán de 
que las pagar quitándoles los indios , que se les haga 
alguna gratificación en que no sean presos, ni encarce- 
lados, ni detenidos, si quisieren pasar á tierra firme ó á 
otras de las islas. Para que los pueblos se pongan ^n po- 
licía, que se muestren oficios á algunos de los indios, 
así como carpinteros, pedreros, herreros, ¿iserradores de 
madera, y sastres, y otros oficios semejantes para servi- 
cio de la república. Esto es lo que j)arece que se debe 
hacer , por ahora , para el remedio y conservación de los 
indios, hasta que se vea por experiencia la utilidad que 



89 

dello se sigue. Pero para la ejecución dello conviene que 
haya alguna persona poderosa que lo ejecute , porque 
esta mudanza de quitar los indios á los que los tienen en- 
comendados les será muy molesta. Los Padres que allá 
van , verán lo que más ó menos se tiebe hacer , y podrán 
quitar ó poner lo que les pareciere. Los cristianos viejos 
que hicieren mal á los indios sean castigados por las 
justicias de Su Alteza, y los indios sean testigos en la 
causa, y creídos, según el albedrio del Juez.» 

Diéronse separadas otras instrucciones á los 
Jerónimos, reformando radicalmente muchas de 
las ordenanzas y leyes inicuas que se hablan ex- 
pedido en Burgos respecto á los indios y á los re- 
partimientos, si bien no á gusto de Las Casas, que 
censuraba la ineficacia de tal reforma en tanto 
que existiese la causa y fundamento de los males, 
esto es, en tanto que hubiese repartimiento de 
indios entre los españoles y trabajo forzoso en 
las minas para éstos mayor del que su débil na- 
turaleza les permitía resistir. 

Estas segundas instrucciones decian así : 

«En caso que se hallase que el primer remedio de hacer 
pueblos y poner los indios en policía no hobiese lugar, y 
(]ue todavía pareciese que debiau estar encomendados, 
como hasta aquí, deben proveer y remediar para adelante 
en los artículos siguientes. Lo primero en que se guarden 
las siete conclusiones y determinaciones que los letrados, 
por mandado del Rey, nuestro señor (que haya gloria), 
dieron cerca del tratamiento de los indios , y también 



90 

las otras cuatro, en cuanto determinaron que las muje- 
res todas y los niños hasta catorce años , no sean obliga- 
dos á servir , salvo en la manera que allí se contiene, 
pero lo contenido en la sexta conclusión no se debe guar- 
dar por lo que adelante se dirá. ítem , en cuanto á lo que 
la ley primera dice, y también la segunda, que los in- 
dios sean traidos á los pueblos y estancias de los espa- 
ñoles, no se debe hacer, porque por experiencia ha pa- 
recido que desto se han recibido muchos inconvenientes, 
así en lo que toca á la instrucción de la fe como al mal 
tractamiento de sus personas. La ley 11 , que habla de 
llevar cargas los indios , se debe quitar , mandando que 
ningún cargo les hagan llevar á cuestas, mudándose 
ni de otra manera. La ley 13, que habla del trabajo y 
huelga, parece que se debe de enmendar, porque el 
tiempo del trabajo es mucho y en el tiempo que se ha 
de hacer no debían ser apremiados á que trabajasen 
en otra cosa, y en el tiempo del trabajo' debían holgar 
tres horas al medio día, y entrar salido el sol en el 
trabajo, y salir en poniéndose el sol. La ley 15, que 
habla del dar de la carne solamente las fiestas , parece 
que se debe enmendar y mandar que les den carne 
cada día de la semana, así estando en el trabajo como 
fuera del, ycacabí, é ajes, y axi abasto, y los días 
que no fueran de carne les den pescado ó las otras 
cosas que se pudieren haber. La ley 18, que habla del 
servicio que han de hacer las mujeres preñadas, se debe 
quitar, y mandar que ninguna mujer sea obligada al 
trabajo, salvo en su hacienda, y como se contiene en las 
cuatro conclusiones postreras. La ley 20, que habla del 
salario que se debe dar á cada uno de los indios que sir- 
ven, parece que se debe enmendar, porque es muy poco 



91 

salario un peso de oro en un año, y se debe dar mucho 
máSj especialmente, si dello se ha de dar algo á los Ca- 
ciques. La ley 21, que habla contra los que se sirven de 
los indios que no son suyos, débese agravar la pena, 
porque es poca. La ley 25, débese enmendar y mandar que 
no anden sino latercia parte precisamente, porque los que 
después hobieran de ir allá estén holgados y puedan tra- 
bajar. La ley 26, débese enmendar , que no anden los 
mineros á partido, como suelen, cierta parte del oro que 
se saque, sino que les den cierto jornal y soldada y sean 
juramentados por los visitadores que no hagan trabajar 
Á los indios demasiadamente, y que sean hombres los 
mineros de buena consciencia, y no los que hasta agora 
han sido que han agraviado á los indios. La ley 27 dé- 
bese enmendar, que por agora no se traigan los indios 
de otras islas de los Lucayos , hasta que sobre ello sea 
más visto. La ley 29 y la ley 30, se deben enmendar, 
que los visitadores ni otros oficiales algunos no tengan 
indios , sino que se les dé salario por sus Altezas , y no 
por los vecinos, porque no hagan lo que ellos quisieren. 
La ley 31, se debe enmendar, y mandar que los visita- 
dores en todo el año visiten los lugares donde quiera que 
hobiese indios, y debria haber más de dos visitadores, 
porque mejor hagan sus oficios. Débese mirar la ley pos- 
trera , donde se dice que si los indios en algún tiempo 
fueren capaces para vivir en policía y regirse por sí 
mismos, que se les dé facultad que vivan por sí é les 
manden servir en aquellas cosas que los otros vasallos 
de acá suelen servir, para que sirvan y paguen servi- 
cios que los vasallos suelen dar y pagar á sus príncipes, 
y que miren si alguno de los que agora hay , son ca- 
paces para esto, y provean sobre ello, y también pro- 



92 

veíin en cuanto vieren que conviene para alcanzar este fin, 
y procuren todos los medios que hallaren ser conve- 
nientes para ésto y para la instrucción de la fe en ellos. 
Y, sobre todo lo ya dicho, debéis proveer y mirar lo que 
más conviene para el servicio de Dios é instrucción de 
los indios en nuestra santa fe, y para el bien dellos y de 
los pobladores de las dichas islas, y aquello que os pa- 
reciere que sobre ello se debe proveer enviadlo acá , para 
que , visto , se os envien todas las provisiones que para 
ello fueren necesarias. » 

Además de las instrucciones anteriores dadas 
á los Padres Jerónimos, el Cardenal y el emba- 
jador Adriano ordenaron que Las Casas fuese con 
ellos , los informase y aconsejase en favor de los 
indios, para lo cual le dieron la siguiente cé- 
dula : — 

« La Reina y el Rey — Bartolomé de las Gasas, clérigo, 
natural de la ciudad de Sevilla , vecino de la isla de Cuba, 
que es en las Indias : Por cuanto somos informados que 
há mucho tiempo que estáis en aquellas partes é residís 
en elhis , de donde sabéis y tenéis experiencia en las cosas 
dellas , especial en lo que toca al bien y utilidad de los 
indios , y sabéis y tenéis noticia de la vida y conservación 
dellos por haberlos tractado, y porque cognosceraos que 
tenéis buen celo al servicio de nuestro Señor y nuestro, 
de donde esperamos que lo que vos encargáremos y 
mandáremos haréis con toda diligencia y cuidado , y 
mirareis lo que cumple á la salud de las ánimas y cuer- 
pos de los españoles é indios que allá residen , por ende,. 



93 

por la presente vos mandamos que paséis á aquellas 
partes de las dichas Indias, así de las islas Española, 
Cuba, Sant Juan y Jamaica, como tierra firme, y aviséis 
é informéis y deis parecer á los devotos padres hicróni- 
mos , que nos enviamos á entender en la reformación de 
las Indias , y otras personas que con ellos entendieren 
en ello, de todas las cosas que tocaren á la libertad y 
buen tractamiento é salud de las ánimas y cuerpos de 
los dichos indios de las dichas islas y tierra firme , y 
para que nos escribáis é informéis y vengáis á informar 
de todas las cosas que se hicieren y convinieren hacerse 
en las dichas islas, y para que en todo hagáis lo que con- 
viniere al servicio de nuestro Señor é nuestro , que para 
todo ello vos damos poder complido , con todas sus inci- 
dencias y dependencias, emergencias, anexidades y co- 
nexidades; y mandamos al nuestro Almirante é Jueces de 
apelación é otras cualesquier justicias de las dichas islas y 
tierra firme, que vos guarden y hagan guardar este Po- 
der, é contra el tenor y forma del vos no vayan, ni pasen, 
ni consientan ir ni pasar en tiempo alguno, ni por alguna 
manera, so pena de la nuestra merced é de 10.000 ma- 
ravedís á cada uno que lo contrario hiciere. Fecha en 
Madrid, á 17 dias de Setiembre de 1516 años. — F. Car- 
dinalis. — Adrianus Aynhasiator. — Por mandado de la 
Reina y del Rey, su hijo, nuestros señores, los goberna- 
dores: en su nombre, George de Baracaldo. » 

Queda dicho ya que Las Gasas fué constituido 
como Procurador ó protector universal de todos 
los indios de las Indias, y además le señalaron 
100 pesos de oro cada año, que en aquellos tiem- 



94 

pos no era poco^ pues, como el mismo Las Gasas 
dice, «no se habia descubierto el infierno del 
Perú, que con la multitud de quintales de oro 
ha empobrecido y destruido á España. » 

El célebre letrado Alonso de Zuazo fué nom- 
brado para regir la parte legal de las reformas 
contempladas. Fué encargado además de tomar 
residencia á todos los jueces de Indias, y contra 
sus decisiones no habia apelación alguna. Al li- 
cenciado Zapata y al doctor Carbajal, les pare- 
cieron excesivos estos poderes, que indudable- 
mente eran enormes, y se negaron á ratificarlos 
.con sus firmas que eran indispensables. Empero, 
no valieron estos recursos ante la entereza y fér- 
rea voluntad del cardenal Cisneros, que ven- 
ciendo las dudas de Zapata y Carbajal los obligó 
á firmar. 



CAPITULO III 



Las Casas se despide de Cisneros.— Su alocución, — Los Jerónimos se 
embarcan. —Sigúelos Las Casas. — Alonso de Zuazo. — Informaciones 
de los Jerónimos y residencia de las autoridades por Zuazo.— Descon- 
íerto de Las Casas. — Informe de los frailes dominicos.— Las Casas 
trata de volverá España. — Lleg-a en Julio de 1517 á Aranda del Duero. 

— Muere el cardenal Cisneros.— Lleg-a D. Carlos á Tordesillas. — Los 
privados del Rey. — El gran canciller Juan Selvagio. — Su amistad con 
Las Casas. — La cesión dql Yucatán. — Expedición de labradores fla- 
mencos.— Fernando de Magallanes. — Su viaje y su muerte. — Memo- 
riales de Las Casas. — Su preyecto de introducir negros en América.— 
Privilegio de llevar esclavos negros y venta del privilegio.— Se enferma 
y muere el gran Canciller. — Nueva horfandad de Las Casas. — Proyec- 
to de colonos labradores. — Empieza la propaganda para contratarlos. 

— La traición de un paje. — Una expedición de colonos. — Su fin trá- 
gico. — Denuncia Las Casas el motivo. — Abandona el proyecto de la- 
bradores colonos. — Otro proyecto. — Sus detalles. — Apoyo de los pre- 
dicadores dominicos.— El Doctor déla í'uente al obispo de Burgos.— 
Algunas observaciones. — Lo que fué Cisneros. — El historiador Solís. 
—Enfermedad de Las Casas. — El obispo del Darien. —Su choque con 
Las Casas.— Lo que prueban unos granos de trigo. — Discurso del 
obispo del Darien. 



Preparada las cosas como dicho queda en el 
anterior capítulo, el Padre Las Casas trató de 
despedirse de su gran protector, para dirigirse á 
Sevilla al mismo tiempo que los monjes Jeróni- 
mos, y no perderlos de vista un solo instante, 



96 

sobre todo en el momento de embarcar, pues 
empezaban á inspirarle algunas desconfianzas. Al 
hallarse en presencia del Cardenal le dirigió con 
espíritu fuerte la alocución siguiente: 

» Señor , no quiero llevar escrúpulo de conciencia so- 
bre mí, pues estoy ante quien soy obligado á avisar, y 
puede los defectos de lo que se desea remediar: sepa 
vuestra señoría reverendísima que estos frailes de Sant 
Hierónimo , en cuyas manos ha puesto la vida y la 
muerte de aquel orbe lleno de infinitas ánimas, han 
dado muestra que no han de hacer cosa buena, antes 
mucho mal , porque sepa vuestra señoría reverendísima 
que de tal manera se han mostrado parciales y aficiona- 
dos á los seglares, que han destruido aquellas gentes, 
dándoles crédito á sus palabras , dorando y excusando 
sus tiranías y maldades, infamando, vituperando y ani- 
quilando los inocentes indios , que con su muerte y an- 
gustias y trabajos no pensados, les han dado, y susten- 
tándolos , que en cuanto dicen y hablan los excusan y 
tractan, y procuran dar á entender que llegados allá 
convenía proveer otra cosa de lo que llevan por vuestra 
señoría reverendísima mandado, y desto es testigo el 
doctor Palacios Rubios , que un dia tanto hablaron con 
61 en favor de los dichos seglares, que el doctor se admiró 
y escandalizó, y respondióles: — «A la mi fe, padres, 
sabéis que vo viendo que tenéis poca carid^id para llevar 
á cargo negocio tan espiritual y de tan inmensa calidad 
é importancia.» 

Oyó el Cardenal espantado lo que Las Casas le 
comunicaba, y le dijo á poco rato: «¿Pues de 



97 

quién lo liemos de fiar? Allá vais, mirad por 
todo.» Las Gasas besó las manos del Cardenal, 
recibió su bendición y partió para Sevilla. Allí 
llegaron también los tres Jerónimos, con los 
cuales tenía empeño especial de hacer el viaje á 
las Ind'ias; pero no lo consiguió, pues parecien- 
do temer los monjes el comprometerse si iban 
en compañía de un hombre que tanto ruido ha- 
bla causado, y que tan odioso era para muchos 
de aquellos cuyos intereses materiales perjudi- 
caba con sus teorías , evitaron acompañarlo en el 
mismo buque. Esta manera de esquivarse causó 
á Las Casas una dolorosa sorpresa, la cual fué 
trasformándose en desconfianza al observar la 
conducta de los Padres después que desembar- 
caron en la isla Española. Los halló fríos en la 
causa que de conjunto hablan abrazado y harto 
inclinados á paliar la inhumanidad y excesos 
de los pobladores. Llegó tres meses después 
Alonso de Zuazo, y esta llegada la aprovechó Las 
Casas para hacer á los jueces de la Española una 
terrible acusación, que tal vez, más que otro 
cualquier acto de la vida del Padre, nos hace 
admirar de su extraordinario valor, pues pospo- 
niendo á su celo todas las demás consideracio- 
nes, no tituteaba en arrostrar la inmensa res- 
ponsabilidad y hasta los peligros que podian re- 
sultarle de un ataque formidable dirigido contra 



98 

el poder judicial en Indias. Era^ puede decirse^ 
ilimitada la autoridad de que iba revestido Zua- 
zo; pero esa autoridad hería los sentimientos de 
un gran número, y necesitaba de toda la fuerza 
que le daba el prestigio de la autoridad del Gran 
Gisneros. En cuanto hubo llegado Zuazo^ co- 
menzó á tomar la residencia á los jueces ordina- 
rios y de apelación, así como á todos los otros 
oficiales reales, averiguando, con especial cui- 
dado, el estado de la hacienda real. Los padres 
Jerónimos trabajaban todo lo que podían, pero 
procuraban combinar las exigencias de la obliga- 
ción que habían contraído, con las reglas de la 
prudencia y la circunspección. 

Pero el Padre Las Gasas no se hallaba satisfe- 
cho con los esfuerzos de los padres Jerónimos, á 
quienes censuraba y casi amenazaba, porque te- 
nía la impresión que era deber de ellos hacer 
más vivas y activas diligencias, y que desde su 
llegada debían, sin otra consideración , de quitar 
los repartimientos; á los jueces los trataba de 
causadores ó encubridores de las expediciones 
que iban á saltear indios, y los llamaba homici- 
das. Los padres Jerónimos se manifestaron con- 
trarios á estas acusaciones, no porque dejasen de 
admitir que fuesen justificadas, sino porque les 
parecía que no le competía á un juez de residen- 
cia el entender en ellas, y que semejante dicta- 



99 

men debía antes dimanar de la autoridad real. 

Determinaron, sin embargo, pedir parecer á 
los religiosos de Santo Domingo, á los de San 
Francisco y á los jueces y oficiales del Rey sobre 
si quitarían los repartimientos de los indios. Es- 
tos últimos, muy interesados en tenerlos y con- 
servarlos para sus amigos, fueron, por supuesto, 
de opinión contraria. Igualmente opinaron los 
franciscos, porque eran poco ilustrados, muy 
contrarios á los dominicos, y ciegos favorecedores 
de los españoles. Pero los de Santo Domingo 
presentaron un severo informe en latin, cuya 
síntesis final era que « los repartimientos ó enco- 
miendas de indios á los españoles debia de con- 
siderarse como pésima é inicua gobernación, y 
digna de fuego eterno.» 

INo obstante de este informe, nada hacian los 
padres Jerónimos que mejorase la situación, siem- 
pre peor, en que se hallaban los indios; y ni el 
propio Zuazo, juez de residencia, á pesar de los 
deseos y buenas intenciones que por entonces 
manifestaba, podia conseguir cosa alguna que 
para los infelices indios favorable fuese. Así que 
determinó Las Casas, de acuerdo con el mismo 
Zuazo, volver á Castilla á dar cuenta de la inuti- 
lidad de los Padres para poner el remedio desea- 
do, y del completo fracaso de todas las instruc- 
ciones y planes concertados en Madrid con el 



100 

Cardenal. Los Jerónimos, que lo conocían y sa- 
bían cuan ardiente era su temperamento, sintie- 
ron tantos recelos al saber su resolución de par- 
tir para Castilla, que hubieran deseado poder im- 
pedir su viaje. Pero como esto no era posible, 
escribieron en el momento al Cardenal , liablán- 
dole muy mal de Las Casas, y éste no se descuidó 
tampoco en escribir al Cardenal contra ellos. Con 
menos suerte Las Casas que los Jerónimos, sus 
cartas no llegaron nunca á su destino, en tanto 
que las de aquéllos llegaron puntualmente , se- 
gún fué sabido después. 

Salió de Santo Domingo Las Casas en el mes 
de Mayo de 1517, y en el mes de Julio llegó á 
Aranda del Duero, donde encontró que se halla- 
ba gravemente enfermo el cardenal Cisneros. 
Pudo , sin embargo , tener con él una última en- 
trevista, en la cual descubrió las intrigas y ma- 
los informes en las cartas de los Jerónimos y la 
pérdida de las suyas. La enfermedad del Carde- 
nal se agravó más, muriendo á los pocos dias, 
sin que el clérigo hubiese podido en otra entre- 
vista más larga que la primera darle cumplida 
cuenta de lo ocurrido. 

Pensó entonces dirigirse á Flandes y dar cuen- 
ta de todo lo sucedido al Rey; pero en Valladolid 
supo que aquél habia desembarcado ya en Villa- 
viciosa, lo cual llenó de contento á Las Casas. En 



101 

breves dias el monarca llegó á Tordesillas á sa- 
ludar á la reina doña Juana ^ su madre ^ pasando 
después á Valladolid. 

No tenía entonces el rey D. Carlos sino diez y 
seis años; pero á pesar de su corta edad^ daba 
muestras de un carácter serio, grave, reservado 
y reflexivo. Los privados eran en aquel tiempo 
M. de Chiévres, ayo y camarero mayor, M. de 
Laxas, que tenía el oficio de sumiller de Corps, 
y el gran canciller Juan Selvagio. El Gran Canci- 
ller tenía ya noticias de Las Casas por medio de 
unos frailes franciscos, naturales de Picardía, 
que hablan formado parte de la Compañía de 
Pedro de Córdoba cuando la partida de éste á 
Tierra Firme. Algunos de estos frailes, que ha- 
blan firmado cartas de recomendación en favor 
de Las Casas, eran conocidos de Juan Selvagio, 
y con estos antecedentes granjeó Las Casas mu- 
cha amistad y confianza con el Gran Canciller, 
quien le entregaba todas las cartas y memoriales 
que venian de los pobladores. Esta amistad y 
confianza fué creciendo hasta el extremo de que 
el Canciller consultaba con Las Casas todos los 
asuntos de Indias, y éste ponia debajo de cada 
documento su informe en latin. Mientras tanto, 
menudeaban las intrigas contra Las Casas sin 
surtir efecto alguno; muy por el contrario, guia- 
do el Rey por los excelentes informes del Canci- 



102 

11er, ordenó que se uniese á Las Casas, y que 
ambos pusiesen remedio á los males y daños de 
las Indias. 

Un dia que salia el Canciller de Consejo con el 
Rey, cuando muchos le seguían acompañándole, 
ordenó á un lacayo que avisase á Las Casas, que 
caminaba delante, que se detuviese, que queria 
hablarle; y luego, al pasar á su lado le dijo en la- 
tín: — Rex dominus noster juhet quod vos et ego 
apponamus remedia Indis-, faciatis vestra meyno- 
rialia. ((Manda el Rey nuestro señor que vos y 
yo pongamos remedio á los indios; haced vues- 
tros memoriales. » A lo cual contestó Las Ca- 
sas : — Paraiissimus sum et libenlissime faciam 
qu(E Rex et vestra dominatio juhet. a Estoy pre- 
parado, y haré de muy buena voluntad lo que 
el Rey y vuestra señoría me mandan.» La for- 
tuna por segunda vez parecía poner en manos de 
Las Casas la salud de los indios; pero pronto se 
desbarataban todos sus planes, como se irá viendo 
en lo adelante. 

Por aquel tiempo el Almirante de Flandes, 
que habla venido con el Rey, obtuvo por merced 
la cesión del Yucatán en feudo, para poblarlo 
con labradores flamencos, y para estar más cerca 
obtuvo también la gobernación de Cuba. Las Ca- 
sas denunció estas mercedes al Almirante de las 
Indias^ al cual, por derecho de antemano adqui- 



103 

rido por su padre, le pertenecían; y éste reclamó 
en el momento por tamaña injusticia al Rey^ á 
M. de Ghiébres y al Gran Canciller, los cuales, 
comprendiendo la ligereza de la merced hecha 
al Almirante de Flandes, buscaron el mejor me- 
dio de anularla. Con esto quedó desbaratada la 
primera expedición de labradores flamencos que 
habia pedido ya el concesionario, y que en cua- 
tro ó cinco buques hablan llegado á Sanlúcar, 
muriendo después muchos de ellos afectados por 
el trastorno que les causó el contratiempo, y vol- 
viendo los demás á su país llenos de desengaños 
y miserias. 

Se hallaba todavía en Yalladolid Las Casas, 
cuando llegó allí huyendo do Portugal, por alguna 
queja que del Rey tenía, un hombre de mar lla- 
mado Fernando Magallanes, acompañado de un 
su amigo llamado Rui Faleiro, que parece debia 
ser un buen cosmógrafo , y del cual los portugue- 
ses decían que tenía pactos con el diablo. Estos 
dos hombres prometieron demostrar que las Mo- 
lucas se hallaban dentro de los límites de terri- 
torios correspondientes ú los Reyes Católicos, y 
que para ir á dichas islas descubrirían un estre- 
cho muy diverso de la derrota que hacían los 
portugueses. El Obispo de Burgos los presentó al 
Gran Canciller, y aquél al Rey y al señor de 
Ghiébres. Las Gasas refiere que habló con Magalla- 



104 

nes; que traia un globo bien pintado, y en él se- 
ñalado el camino que habia de seguir, pero no 
la situación del estrecho, para que ningún otro 
se apropiase el descubrimiento ; dice asimismo 
que Magallanes estaba bien seguro de la existen- 
cia del estrecho que hoy lleva su nombre , pues 
habia encontrado en la Tesorería del Rey de Por- 
tugal una carta hecha por un Martin de Bohe- 
mia 5 en la cual estaba dibujado el estrecho en 
los limites de territorios de los Reyes de Castilla, 
Protegido por Chiébres y el Obispo de Burgos, 
consiguió el navegante portugués que él lo aten- 
diese , á pesar de las intrigas del embajador de 
Portugal para inutilizar sus planes. Salió para Se- 
villa, y en Sanlúcar reunió las cinco naves que 
fueron al descubrimiento : la Trinidad , Concejo- 
don, San Antonio^ Victoria y Santiago, con dos- 
cientos treinta y nueve tripulantes. El 27 de Se- 
tiembre de 1519 salió aquella flotilla de Sanlú- 
car , con dirección á Canarias. Excelentes y 
arrojados eran los capitanes y pilotos de aquellos 
buques; pero temerarios, insubordinados, amj3Í- 
ciosos y pendencieros la mayor parte , compro- 
metiendo á cada paso el éxito de la empresa que 
les iba confiada , y dando lugar á las penosas es- 
cenas que de los conquistadores de América re- 
fiere el Padre Las Casas y todos los demás histo- 
riadores de aquella época. Atravesaron aquellos 



105 

buques el Océano, llegando al Nuevo mundo 
el 29 de Noviembre de 1519, y á la costa de Pa- 
tagonia á fin de Marzo de 1520. Mandaban las 
referidas naves : Fernando de Magallanes la Tri- 
nidad, con el piloto Esteban Gómez ; Gaspar de 
Quesada la Concepción, con el piloto Juan López 
de Carballo, siendo maestre en ella Juan Sebas- 
tian de Elcano ; la San Antonio la mandaba Juan 
de Cartagena; la Victoria Luis de Mendoza y la 
Santiago Juan Serrano. Celosos todos ellos de 
que el portugués Magallanes faese el jefe de la 
expedición, no tardaron en sublevarse y apode- 
rarse de cuatro de los buques; pero supo Maga- 
llanes imponerse y ejecutar un terrible y ejem- 
plar castigo, enviando á tierra el cadáver de 
Mendoza que hizo descuartizar y pregonar por 
traidor, ahorcando á Gaspar de Quesada y des- 
pués descuartizándolo, y desterrando en aquel 
país á Juan de Cartagena y á un clérigo su confi- 
dente. Hecha esta terrible justicia, perdonó á los 
demás conjurados, entre ellos á Sebastian de El- 
cano, quedando restablecida la obediencia en 
veinticuatro horas que pasó todo lo referido. 

La nave Santiago se perdió al descubrir el rio 
Santa Cruz, salvándose la tripulación. El 21 de 
Octubre fué descubierto el estrecho , y Magalla- 
nes se decidió á embocarlo. El piloto Esteban 
Gómez, de la nave San Antonio , que fué man- 



106 

dada á reconocer un brazo de mar, después de 
una breve lucha á estocadas con el capitán del 
buque Alvaro de Mezquita, en la cual quedaron 
ambos heridos y prisionero este último, hizo 
rumbo á España, para ser el primero en dar 
cuenta del descubrimiento , llegando á Sevilla en 
Mayo de 1521. Magallanes sintió profundamente 
la deserción de aquel buque , que estaba tripu- 
lado en gran parte por portugueses que le eran 
adictos, y además el capitán era de toda su con- 
fianza; pero persistió en seguir adelante, y el 27 
de Noviembre de 1520 desembocó en el mar del 
Sur , que por primera vez entonces surcaron los 
buques europeos. Puso al estrecho el nombre de 
Todos los Santos, prevaleciendo después el del 
descubridor: Estrecho de Magallanes. 

Hizo derrota al Noroeste, para alejarse de las 
regiones frías del Sur, y á los tres meses de de- 
jar el estrecho descubrió las Marianas y el her- 
moso archipiélago de Filipinas. 

Detúvose en Zebú, y hecha amistad con el Rey 
de aquella parte de la isla que estaba en guerra 
con el Régulo de otra inmediata, tanto por auxi- 
liar al Rey, como para lucir su poder y brio en 
las batallas 5 quiso combatir contra el Régulo, 
quedando -vencido" y muerto en la refriega, tris- 
te resultado de su inútil temeridad. Así termi- 
nó la vida de aquel valiente capitán, temi- 



107 

do por su audacia y admirado por su energía. 

Pocos dias después el Rey de Zebú, que con la 
muerte de Magallanes comprendió que los euro- 
peos podian ser vencidos y muertos como ellos, 
dio un convite á los principales de la expedición, 
y en medio de la comida los mandó asesinar, pe- 
reciendo treinta, entre ellos el insigne piloto An- 
drés de San Martin y Juan Serrano. 

Los tres buques de la expedición , espantados 
de la catástrofe, se dieron á la vela, teniendo 
poco después que quemarla Concepción^ por vieja 
y falta de gente para tripularla, pues habian pe- 
recido ya 74 personas en los buques desde la sa- 
lida de Sanlúcar. 

Con las naves Trinidad y Victoria, al mando 
de Gómez de Espinosa y Sebastian de Elcano, 
continuaron su derrota aquellos navegantes; pe- 
ro la Trinidad empezó á bacer agua, y tuvo 
que quedarse en Tidore, cayendo, después de 
inmensos contratiempos, prisionera de los por- 
tugueses, pereciendo 31 de sus tripulantes, y 
quedando ignorado el paradero de los demás, con 
excepción de cuatro, que pasado tiempo, llega- 
ron á Lisboa. 

La Victoria, viajando hacia el Oriente, al 
mando de Elcano, pasando trabajos indecibles y 
haciendo importantísimos descubrimientos, do- 
bló al fin el Cabo de Buena Esperanza y entró en 



108 

Sanlúcar de Barrameda el 6 de Setiembre , á los 
tres años menos catorce dias de haber partido 
del mismo puerto; y de los 60 tripulantes que 
hablan salido del Maluco, llegaron tan sólo 18, 
flacos, descoloridos, enfermos y derrotados. 

Tal fué el resultado de la expedición de Maga- 
llanes que Las Casas vio organizar en Yalladolid, 
cuando él estaba tratando de organizar también 
la protección para sus indios. 

Volviendo á los memoriales que el Gran Can- 
ciller habia mandado escribir á Las Casas , no 
tardó el Padre en presentarse con ellos, introdu- 
ciendo un proyecto de colonizar aquellas tierras 
con labradores españoles, pues de sus infinitos 
habitantes naturales ya se hallaban asoladas. Con 
tal fin , proponía que desde que partiesen de su 
pueblo hasta llegar á Sevilla se Ibs diese de co- 
mer y posada en Sevilla hasta embarcarlos. Pa- 
saje y comida de balde durante el viaje, y al lle- 
gar á América un año de comer, hasta que ellos lo 
tuviesen de suyo ; y si el Rey les diese para más 
de un año, que fuese prestado, para que se lo^pa- 
gasen cuando pudiesen. También habria que dar- 
les tierras, tantas como pudiesen cultivar, aperos 
de labranza y medicinas si se enfermaban. Los 
provechos y beneficios que hiciesen serian here- 
ditarios, con otras mercedes bastantes para entu- 
siasmar á los labradores para ir á probar fortuna. 



109 

Algunos de los españoles residentes en Santo 
Domingo, sabiendo las intenciones de Las Gasas 
antes de embarcarse la segunda vez para España, 
y viendo que los Padres dominicos no querían 
absolver en confesión á los que esclavizaban los 
indios, le propusieron que si traia permiso del 
Rey para que pudiesen tener una docena de ne- 
gros esclavos venidos de Castilla, que dejarían los 
indios. Recordando este incidente lo pidió así 
Las Casas en sus memoriales, explicando el re- 
sultado que daría esta concesión en favor de sus 
protegidos indios. Esta propuesta ha dado lugar 
á lo acusación que se hace á Las Casas de haber 
sido el causante de la introducción de esclavos 
negros en América, cuando el mismo Padre re- 
fiere sinceramente en su Historia de Indias el 
acontecimiento, doliéndose de su equivocación, 
con las siguientes sentidas palabras : * 

«Este aviso, de que se diese licencia para traer 
)) esclavos negros á estas tierras, dio primero el 
» clérigo Casas, no advirtiendo la injusticia con 
)) que los portugueses los toman y hacen esclavos, 
)) el cual, después de que cayó en ello, no lo 
)) diera por cuanto habia en el mundo, porque 
)) siempre los tuvo por injusta y tiránicamente 
)) hechos esclavos, porque la misma razón es de- 
)) líos que de los indios. » 

Bien recibidos fueron por el Gran Canciller y 



lio 

el cardenal Adriano los proyectos de Las Casas en 
favor de los indios. No lo fué menos la indicación 
de llevar á las Antillas esclavos negros que pu- 
diesen desempeñar sin daño de sí propios los pe- 
nosos trabajos que se imponían á los indios; re- 
sultando de esto que oficialmente se preguntó á 
los empleados de la contratación de Sevilla cuán- 
tos esclavos negros se necesitarían para enviar á 
las cuatro grandes Antillas, y contestaron que por 
entonces bastarían cuatro mil. El gobernador de 
Dressa, caballero flamenco del Consejo del Rey, 
sejapresuró á solicitar el permiso especial de en- 
viar á América dichos negros esclavos, y lo ob- 
tuvo, vendiéndolo luego á unos genoveses en 
25.000 ducados, con la condición que en ocho 
años no darla el Rey otro alguno. Esta especula- 
ción maleó enteramente el proyecto del Padre, 
sin dar ningún resultado favorable á sus indios, 
pues, como dice el propio Las Casas, «al fin se 
quedaron en su captiverio hasta que no hubo mas 
que matar. » 

Se enfermó el Gran Canciller de resultas de un 
sentimiento de familia y murió á los pocos dias, 
resultando para Las Casas una nueva orfandad 
en la corte, pues el Canciller era por entonces su 
único y poderoso protector. Pero tuvo á poco 
tiempo la suerte, debida á su insistencia é im- 
perturbable sangre fria, que se interesasen en 



111 

sus asuntos algunos de los cortesanos flamencos 
que tenían en palacio más favor. 

Las Casas insistió nuevamente en su proyecto 
de enviar labradores colonos á las Antillas, que 
habia empezado en vida del Gran Canciller, y 
que al fin consiguió del cardenal Adriano, á pesar 
de la oposición que le hacía el obispo de Burgos, 
que nuevamente habia recuperado en la corte 
alguna influencia. Expidiéronse para Las Casas 
provisiones que solicitó y cédula de aposento-por 
todo el reino. Además le dieron cartas de reco- 
mendación y órdenes para todos los corregidores, 
asistentes y justicias del reino, para los arzobis- 
pos, obispos, abades, priores y todo género de 
personas de autoridad; exhortando á unos y man- 
dando á otros que diesen á Las Casas crédito y 
favor y le ayudasen á reclutar labradores que qui- 
siesen pasar á América á gozar de las mercedes 
que les eran concedidas. Diéronse igualmente 
instrucciones á la casa de contratación de Sevilla 
para que tuviesen preparado lo necesario para su 
alojamiento y pasaje. Finalmente, escogió Las 
Casas las personas que debian de acompañarlo, 
entre las que habia un escudero, llamado Berrio, 
que debia ayudar confidencialmente á Las Casas 
en la propaganda para conquistar colonos labra- 
dores que quisieran partir al Nuevo mundo. 

Preparado de este modo y nombrado Las Casas 



112 

Capellán del Rey, emprendió sus viajes por Cas- 
tilla recorriendo todos sus pueblos. Hacía exhor- 
taciones á los labradores pintándoles cuan favo- 
rable prometía ser el éxito del>iaje al Nuevo 
mundo, describiéndoles la hermosura y feracidad 
de aquellas tierras, y lo templado y salubre de 
su clima , sin olvidarse de mostrarles lo fácil que 
era el enriquecerse rápidamente en países nuevos 
que brindaban riquezas sin cuento á los que tenian 
el valor de ir á buscarlas. A los que obedeciendo 
sus consejos se decidían á emprender el viaje y 
á seguirle, los alistaba para la expedición; y llegó 
á reunir un número considerable de los que se 
dejaban fácilmente persuadir y convencer por las 
palabras elocuentes del apóstol. 

Berrio, que debiera ser el más fiel confidente de 
Las Casas, pues á su influjo debia su destino y 
sueldo que le habia sido señalado, faltó á la fide- 
lidad á su protector, y se marchó á Sevilla lle- 
vando doscientos colonos por su cuenta, la mayor 
parte taberneros, algunos rufianes y vagabundos 
y muy pocos que fuesen labradores. Los entregó 
en la casa de contratación; pero como no tenian 
todavía sus oficiales las instrucciones dadas á Las 
Casas, si bien sabían que habia que enviar aque- 
llas gentes á América, aprovecharon unos buques 
que estaban para dar á la vela y los dirigieron á 
Santo Domingo. Pero á Santo Domingo no hablan 



. 113 

llegado tampoco las órdenes é instrucciones de 
cómo debian ser tratados, y el resultado fué que 
pasasen mil trabajos y miserias, y se dispersasen 
á la buena ventura, muriendo muchos de ellos y 
otros muchos teniendo que ir á parar á los hos- 
pitales. Supo todo esto Las Casas y se quejó amar- 
gamente al nuevo Canciller y al Rey, descubriendo 
que el motivo que habia inducido á Berrio en su 
loca resolución era que en su cédula en donde 
decia «hagáis lo que Las Casas os dijere, » se en- 
mendó después de firmada, por disposición del 
obispo de Burgos, poniendo «hagáis lo que os pa- 
reciere. )) Todavía consiguió Las Casas que se en- 
viasen recursos á aquellos infelices, consistentes 
en 3.000 arrobas de harina y 1.500 de vino; pero 
llegaron tarde, pues todos ellos hablan ya muerto 
ó desaparecido. 

Disgustado el Padre con estos contratiempos y 
otros muchos que se le hablan presentado durante 
su propaganda por los pueblos, dirigió entonces 
su atención á otro proyecto , que fué solicitar la 
concesión de algunas leguas de Tierra Firme, 
con la condición de que no entraran en ella ni 
militares ni marineros, á fin de evitar los desór- 
denes y alborotos que estas gentes causaban y dar 
libertad y anchuras á los frailes dominicos para 
que predicasen á su voluntad y placer. Decia que 
era su intento organizar la nueva colonia de modo 



114 

que el Rey tuviese en ella rentas, sin hacer dis- 
pendios, no entrando en ella más que las perso- 
nas por él señaladas (1). Quería que se escogieran 
cincuenta hombres, que irían vestidos de paño 
blanco con cruces coloradas de la misma forma 
y color que las de Calatrava, con ciertas ramillas 
arpadas en cada brazo. El objeto de este traje era 
que los indios se persuadiesen que los que lo lle- 
vaban eran otra clase de gentes de las que estaban 
acostumbrados á ver, y que hallándose bien tra- 
tados por ellos perdiesen todo recelo y toda des- 
confianza y los respetasen y reverenciasen. Pro- 
metió, si se le concediese lo que con tanto em- 
peño suplicaba, pacificar y allanar á los indios, 
trayéndolos á. la obediencia y amistad del Rey, 
haciendo que tuviese 15.000 ducados de renta 
el primer año, el cuarto año otros 15.000, cre- 
ciendo la renta anualmente hasta que el décimo 
año subiese hasta 70.000 ducados. Ofreció esta- 
blecer tres pueblos con una fortaleza en cada uno. 



(1) Hay una verdadera confusión en todos los autores 
consultados respecto al número de leguas de Tierra Firme que 
pidió Las Casas j las que le fueron concedidas. Herrera en la 
Dec. II, libro iv, cap. ii, se contradice hasta hacerse ininte- 
ligible en este punto. En la misma Dec. ii , libro ix, cap. viii, 
dice que fueron 260 leguas poco más ó menos las que le con- 
cedieron. 



115 

comprometiéndose á hacer todas las pesquisas y 
diligencias para descubrir el oro que la tierra y 
las aguas del distrito diesen de sí. Siendo uno de 
sus grandes fines el echar á Pedrarias de Tierra 
Firme, pedia 1.000 leguas de distrito, pero no le 
fueron concedidas sino 260 desde Paria hasta Santa 
Marta, aunque por la tierra adentro se le daba 
cuanto quería. Pidió también que se le diesen 
doce religiosos dominicos y franciscanos que to- 
masen á su cargo la predicación; que le fuesen 
entregados todos los indios que hablan sido lle- 
vados de Tierra Firme á la Española, y que los 
cincuenta hombres que eran mandados con la 
susodicha vestimenta fuesen armados de la es- 
puela dorada. Esta última exigencia del Padre Las 
Casas tiene su paralelo en la de Francisco Pizarro 
cuando quiso que todos los que hablan tomado 
parte en la expedición de la Gorgona fuesen de- 
clarados fidalgos los que no lo eran , y caballeros 
de la espuela dorada los que ya tenian aquella 
calidad. Y entre los muchos capítulos de las re- 
clamaciones de Las Casas sobresale siempre de 
una manera especial aquel que presenta la cláu- 
sula de que los indios de aquellos límites, ha- 
llándose en obediencia, no debian darse en 
guarda, encomienda ni servidumbre á nadie. 
Ocho predicadores del Rey, todos frailes domi- 
nicos y clérigos, apoyaron fuertemente las de- 



116 

mandas de Las Casas, y representaron en su fa- 
vor ante el Consejo de Indias , llamando sobre sí 
de esa manera una severa reprensión de parte del 
obispo de Burgos, quien, irritado, les dijo que los 
predicadores del Rey no tenian para qué meterse 
á gobernantes, acusándolos de haber dado ese 
paso á instigación de Las Casas. Dice Herrera des- 
cribiendo este incidente (Dec. n, libro iv, capí- 
tulo n), que (c replicó el Doctor de la Fuente, uno 
)) de los ocho predicadores, que no se movían 
)) por Las Casas sino por la casa de Dios , cuyos 
)) oficios tenian y por cuya defensa eran obligados 
))y estaban aparejados á poner las vidas; y que 
^ no le debia de parecer atrevimiento ni presun- 
)) cion que ocho maestros de Teología, que podían 
)) ir á exhortar á todo un Concilio General en las 
)y cosas de la fe y en el regimiento de la univer- 
)) sal Iglesia, fuesen á exhortar á los Consejos del 
)) Rey en lo que mal hiciesen, porque era su ofi- 
)) cío mucho mejor que el oficio de ser del Con- 
)) sejo del Rey, y que por tanto habían ido allí 
)) á persuadir que se enmendase lo muy errado é 
)) injusto que en las Indias se cometía, y que si 
j) no lo enmendasen predicarían contra ellos, 
» como contra quien no guardaba la ley de Dios, 
» ni hacía lo que convenia al servicio del Rey; y 
)) que esto era cumplir y predicar el Evangelio. » 
Por estas palabras, que rebosan de decoro y en- 



117 

tereza, podemos ver cuan grande era la energía 
del clero español en aquellos tiempos, y cuan 
ajenas son dichas palabras de todo espíritu de fa- 
natismo, constituyendo por lo contrario la expre- 
sión de los sentimientos de hombres dispuestos 
formalmente á cumplir con su sagrado deber, 
fuesen cuales fuesen las consecuencias que po- 
dían resultar de su osadía, y la elevación, poder 
y autoridad de los personajes á quienes se veian 
en la obligación de impugnar. El obispo de Bur- 
gos se muestra siempre constante en su arrogan- 
cia y altanería, y forma un contraste bien digno 
de notarse con los estadistas eminentes y doctos 
que rodeaban á Carlos I. ¡ Cuánta diferencia ha- 
llamos comparándolo , no ya con la colosal figura 
de Cisneros, cuyas grandiosas proporciones pro- 
hiben colocarlo en parangón con otro cualquier 
estadista, pero con el mismo Adriano de Utrecht! 
Vemos en este último el genio del gobernante 
unido con la elevación de ideas y magnanimidad 
del filántropo, y resaltando siempre en su con- 
ducta la condescendencia y afabilidad del grande 
hombre, que ante todo desea acertar en los me- 
dios de hacer el bien, sin despreciar consejos 
de nadie. ¡Qué contraste tan notable entre la 
manera con que era recibido Las Casaspor Adriana 
y la soberbia y desabrimiento que hacia él y los 
que manifestaban ser sus partidarios, mostrá 



118 

siempre el orgulloso prelado de Burgos! El misnio 
Lope de Gonchillos había dado pruebas de mayor 
ilustración, al menos exteriormente, oyendo á 
Las Casas con toda la atención á que era acreedor 
un hombre de tal talla, á quien si bien á veces 
puede ser lícito el tachar de demasiado vehe- 
mente y ponderativo, nadie al menos que conozca 
la historia y el corazón de los hombres puede cri- 
minar de insincero. 

Antes de pasar adelante en nuestra monogra- 
fía, y ya que hemos mencionado la última entre- 
vista del cardenal Cisneros con Las Casas, tribu- 
taremos un pequeño recuerdo al grande hombre 
que desde la más humilde de las condiciones 
llegó á los más altos puestos en España, admi- 
rando al mundo coii sus virtudes , su poder y su 
talento. 

El cardenal Cisneros aparece como un gigante 
en medio de aquel siglo xvi, ya tan fecundo en 
varones ilustres ; y su grandeza resalta tanto más 
cuanto que vemos se eleva desde la oscura celda 
de un convento. En su larga carrera de hombre 
público, emprendida contra su voluntad, y obe- 
deciendo tan solo al mandato de sus superiores 
y reyes, no encontramos rastro alguno de las in- 
trigas que constituyen la moderna política, ni de 
las mezquinas artimañas que usan los hombres, 
cuyo único fin es engañarse unos á otros. Los 



119 

padres de Gisneros pertenecían al estado noble; 
pero habiendo optado desde joven por la vida del 
claustro, eligió la orden más humilde y oscura 
que debia de interponer entre él y las grandezas 
mundanales una inmensa barrera. La regla- de 
San Francisco es la que más sacrificios impone 
al hombre dotado por la naturaleza de un espí- 
ritu enérgico y vehemente; no solamente exige 
del fraile la abstinencia, el trabajo, la contem- 
plación mística y la oración no interrumpida, 
sino también la humillación constante de pedir 
limosna y vivir de la caridad pública; y Gisneros 
supo sojuzgar su grande espíritu de estadista y 
de conquistador , hasta el punto de no dejar de 
ser nunca un pobre fraile y de no renunciar al 
tosco hábito franciscano, ni aun cuando fué ele- 
vado á la dignidad arzobispal más alta del mun- 
do, á la de Toledo. 

¡Qué admiración no sentiremos, pues, por un 
carácter como el de Gisneros, y cuántos enco- 
mios no deberemos de tributarle si lo compara- 
mos, no diremos ya solamente con los cancille- 
res de su tiempo, sino con los hombres de Esta- 
do que se han sucedido después, y que parecen 
tener en sus manos la clave de la verdadera ra- 
zón de Estado, según la comprenden los mo- 
dernos ! 

¡Guanta diferencia hallamos entre ese humil- 



120 

de^ enérgico, virtuoso y sabio estadista, y los 
hombres públicos de edades más posteriores! 

Si en la vida de Cisneros, durante la época en 
que gobernó á España, vemos algo que pueda 
confundirse con la ambición , esa ambición tenía 
por único fin consolidar á Castilla y colocar bajo 
su poderío provincias que eran verdaderamente 
miembros de aquel cuerpo incompleto, ramas 
de aquel tronco separadas por la fuerza del tem- 
poral, pero cuya unión debia intentarse y conse- 
guirse removiendo los obstáculos que lo impe- 
dían. 

Un hecho, hasta cierto punto muy secundario, 
interrumpe con una nubécula la brillante y ad- 
mirable carrera de este gran estadista, á saber, 
la orden que dio de quemar todos los ejemplares 
del Corán que poseían los moriscos de Granada. 
Pero aun este hecho tiene su disculpa, si consi- 
deramos el celo de aquella época , la irritación 
de los ánimos por una lucha de tantos siglos con- 
tra los árabes, y el horror que inspiraban las 
doctrinas en aquellos libros estampadas. Por lo 
demás, el gran Cisneros protegió las ciencias y 
las artes; fué justiciero, enérgico, sabio, virtuo- 
so y excelente patricio; fué fundador y reforma- 
dor; puso á raya la altivez y las intrigas de los 
cortesanos , dio á Espaíia grandes días de gloria, 
y todavía en sus últimos momentos le hemos 



121 

visto escuchando con atención é interés á Las 
Casas en lo referente al Nuevo mundo y al apos- 
tolado que este último se habia impuesto á favor 
de los indios. 

El célebre historiador Antonio de Sohs , aun- 
que opuesto como tantos otros hombres notables 
de su época á las acusaciones, no pocas veces 
violentas, del apóstol de las Indias, se expresa 
en su censura con una moderación y cortesía 
comparativas, que harian bien en imitar los 
mismos antagonistas de Las Casas. Se contenta 
el narrador de la Conquista de Méjico con decir, 
que en ciertos casos, — como en la relación de 
un baile público celebrado en Méjico para feste- 
jar á Motezuma, en que dice Las Casas que Pe- 
dro de Al varado, viendo las joyas con que iban 
adornados los mejicanos, convocó su gente, em- 
bistiendo con ellos, y haciéndolos pedazos para 
quitárselas, — cuidaba menos de la verdad que 
de la ponderación , solicitando el alivio de los in- 
dios y encareciendo lo que padecían; y añade: 
« Los más de nuestros escritores lo convencen de 
» mal informado en esta y otras enormidades que 
)) dejó escritas contra los españoles. Dicha es 
)) hallarle impugnado, para entendernos mejor 
)) con el respeto que se debe á su dignidad.» 

¡ Ojalá que todos los adversarios de Las Casas, 
sus contemporáneos, y los que le han impugna- 



.122 

do después^ hubiesen sabido siempre usar este 
tono de moderación y de prudencia! 

Las Gasas acompañó á la corte que salia de 
Valladolid para Aragón , y cayó enfermo en 
Aranda de Duero. El rey mostrábale gran afecto 
y predilección, y como aquél se liabia quedado 
atrás para cuidarse en su enfermedad, el joven 
monarca preguntaba con frecuencia y cariñosa- 
menté por el venerable ccmicer Bartolomé.» Car- 
los I, aun en su adolescencia, mostraba aquel 
espíritu reflexivo y aquella inclinación hacia los 
hombres de mérito que lo distinguió en toda su 
larga y gloriosa carrera, asi como la facultad que 
tan completamente poseia de descubrir y apre- 
ciar debidamente en los demás las prendas que 
son dignas de estima. No debe considerarse como 
un mero capricho la predilección de Garlos I ha- 
cia Las Gasas. Era en todas sus cosas y por índo- 
le lento y considerado. Nacido con talentos que 
se fueron desarrollando poco á poco, y que no 
llegaron sino tarde á su completa madurez, solia 
consagrar largas meditaciones á todo lo que lla- 
maba su atención, aplicando todas las fuerzas de 
su espíritu á una dirección dada, y no haciendo 
ni diciendo nada sin haberlo pensado muchas 
veces larga y detenidamente. En ese afecto juve- 
nil que manifestaba hacia Las Gasas, se debe, 
pues, reconocer una profunda apreciación de las 



123 

altas virtudes del clérigo. Continuó luchando 
éste, y habló en diversas juntas que se celebra- 
ron para oirle, siendo muchas y grandes las ob- 
jeciones que le ponian, y á las cuales él respon- 
día con su rigor característico. Los ministros fla- 
mencos, según la expresión de Herrera «holga- 
))ban de favorecer á Las Gasas,» y así querían que 
entendiese el rey, que aunque no eran naturales 
de España, comprendían mejor que nadie las 
cosas de su servicio. 

En esta sazón , y estando la corte en Barcelo- 
na, vino á ella el obispo del Dárien. El rey se 
hallaba alojado en un sitio llamado «Molins del 
Rey» á tres leguas de la ciudad, y ocupaban los 
cortesanos los mejores edificios en los arrabales. 
Habiéndose encontrado Las Gasas con el obispo 
en los aposentos regios, recibióle éste con frial- 
dad y desdén, y en una entrevista que tuvo lu- 
gar en casa del prelado de Badajoz suscitóse una 
disputa sobre si crecía ó nó el trigo en la isla es- 
pañola. Aseguraba el obispo de Dárien que no era 
posible, cuando manifestó Las Gasas algunos gra- 
nos que tenía en la bolsa, que habían sido cogi- 
dos debajo de un naranjo en el jardín del monas- 
terio dominico en Santo Domingo. Greció la 
disputa, hasta que el obispo, del todo olvidado de 
la prudencia, invectivó con harto poco mira- 
miento y demasiada aspereza á Las Gasas, inter- 



124 

viniendo el obispo de Badajoz y estorbando que 
la disputa pasase más adelante. Sabedor el rey de 
lo pasado^ quiso oir á ambos contendientes y en- 
terarse por si mismo de los graves negocios del 
Nuevo mundo ;, exigiendo la presencia del almi- 
rante de las Indias; y como sucedió que algunos 
dias antes habia llegado á la corte, procedente de 
la Española, un fraile francisco recibió también 
orden éste de estar presente en la Audiencia. 
Tuvo lugar hallándose sentado el rey en un tro- 
no y colocándose en bancos más bajos á su dere- 
cha Mr. de Chiévres, el almirante, el obispo de 
Dárien y el licenciado Aguirre ; á la izquierda del 
rey, y al frente de ellos se sentaron el gran 
canciller, el obispo de Badajoz y otros consejeros; 
y arrimados á una pared, de frente al monarca, 
estaban de pié Las Casas y el franciscano. Es- 
tando todo en silencio se levantaron de allí á poco 
Mr. de Chiévres y el Gran Canciller, y cada uno 
por su lado subieron al estrado real , hablando 
algún tiempo con el rey. El Gran Canciller dijo 
al fin: — «Reverendo obispo: S. M. manda que 
)) habléis si alguna cosa de las Indias tenéis que 
)) hablar. » — El obispo de Dárien se levantó y 
dijo: ((Que habia muchos dias que deseaba ver 
» aquella presencia real por las razones que á ello 
)) le obligaban , y que ahora que Dios le habia 
«cumplido su deseo, conocía que la cara de 



125 

» Priamo era digna del Imperio (1); y añadió: 
)) porque venía de las Indias y traia cosas secretas 
» de mucha importancia tocantes á su real servi- 
)) cío, no convenia decirlas sino sólo á S. M. y 
» Consejo; portante, que le suplicaba mandase 
)) salir fuera los que no eran del Consejo. » Dicho 
esto, á una señal del Gran Canciller, volvió á sen- 
tarse, y diciendo de nuevo el Gran Canciller: 
«Reverendo obispo: S. M. manda que habléis si 
)) tenéis que hablar; » volvióse á excusar dicien- 
do : (( Que las cosas que traia eran secretas y no 
» las habia de referir sino á S. M. y á su Consejo; 
)) y también porque no venía él á poner en dis- 
)) puta sus años y canas. » A lo que respondió el 
Gran Canciller: «Reverendo obispo. S. M. manda 
)) que habléis si tenéis que hablar, porque los 
)) que aquí están todos son llamados para que es- 
)) ten en este Consejo.» 

Levantado el obispo, dijo: «Muy poderoso se- 
» ñor: el Rey Católico, vuestro abuelo, que haya 
» santa gloria, mandó hacer una armada para ir 
» á poblar la Tierra Firme de las Indias, y suplicó 
)) á nuestro muy Santo Padre me criase obispo de 



(1) <L Facies Priami digna erat imperio,^') palabras de Ho- 
mero ensalzando la hermosura de Priamo, excelente rey 
troyano. 



126 

aquella primera población, y dejados los dias 
que he gastado en la ida y en la venida; cinco 
años he estado allá, y como fuimos mucha 
gente y no llevamos que comer mas de lo que 
hubimos menester para el camino, toda la de- 
más gente que fué se nos murió de hambre; y 
los que quedamos por no morir, como aquéllos, 
en todo este tiempo ninguna otra cosa hemos 
hecho sino ranchear y comer. Viendo, pues, yo 
que aquella tierra se perdia y que el primer go- 
bernador de ella fué malo y el segundo muy 
peor y que Y. M. en felice hora habia venido á 
estos reinos, determiné de venir á darle noticia 
dello como á Rey y Señor, en cuya esperanza 
está todo el remedio; y en lo que toca á los in- 
dios, según la noticia que de los de la tierra á 
donde he estado tengo y de los otros de las 
otras tierras que viniendo camino vi ; aquellas 
gentes son siervos a natura ^ los cuales precian 
y tienen en mucho el oro, y para se lo sacar es 
menester usar de mucha industria; » y con otras 
cosas de este propósito dejó de hablar el obispo. 
Después de consultar al rey, dijo, entonces el 
Gran Canciller: «Micer Bartolomé, S. M. manda 
)) que habléis.» 

Según podemos ver, el discurso del obispo de 
Dárien, á pesar del preámbulo elegante y gra- 
cioso que alaban los autores que lo refieren , no 



127 

está en proporción con las elevadas pretensiones 
y prosopopeya del prelado. Podemos deducir de 
sus frases, que ciertamente no brillan por la elo- 
cuencia^ que la" presencia de LasCasas^ formida- 
ble antagonista en estas contiendas^ ponia trabas 
á la afluencia del orador y le estorbaba exten- 
derse como hubiera querido y deseado sobre un 
asunto en que venía dispuesto á hacer mortal 
guerra al clérigo. 

Veremos cómo éste consiguió con su indoma- 
ble pujanza exponer su pensamiento ante el rey 
y refutar los argumentos de sus contrarios. 



CAPITULO IV. 



Discurso de Las Casas al Rey. — Lo que dijo el franciscano. — Habla luego 
el Almirante. — Se termina la sesión. — Memoriales del obispo de Da- 
ñen.— Su repentina muerte. — Retornan los Jerónimos. — El Rey no los 
recibe.— La Corte en la Coruña. — Disposiciones respecto á las Indias. 
— Nuevos esfuerzos de Las Casas.— Su proyecto en Tierra Firme.— El 
Licenciado Aguirre. — Las Casas vuelve á América. — Un Alonso de 
Ojeda. — Sus rapiñas de indios. — Venganza de éstos.— Asesinan á Oje- 
da, á sus compañeros y á los frailes. — Expedición armada contra los 
indios. — Arriba Las Casas con sus colonos. — Sus imprevistas difi- 
cultades.— Va Las Casas á la Española. — Nuevos contratiempos.— 
Gonzalo de Ocampo en Maracapana. — Sus atropellos para vengarse.— 
Las Casas amenaza volver á España. — Consigue el auxilio solicitado. 
— Va Las Casas á Puerto-Rico. — No encuentra ya sus labradores.— 
Pasa á Tierra Firme.— Encuentra á Gonzalo de Ocampo. — Retorna éste 
á la Española con su gente. —Queda Las Casas abandonado en Tierra 
Firme. 



Tan luego como Las Casas recibió del Rey la 
orden de hablar, comunicada por el Gran Can- 
ciller, dirigiéndose al Soberano, con su soltura 
acostumbrada, se expresó de esta manera: 

«Muy alto y muy poderoso Rey y Señor: yo soy de 
los más antiguos que á las Indias pasaron , y há muchos 
años que estoy allá, en los cuales he visto por mis ojos, 
no leido en historias que pudiesen ser mentirosas, sino 
palpado, porque así lo diga, por mis manos, come- 



129 

ter en aquellas gentes mansas y pacíficas las mayo- 
res crueldades y más inhumanas que jamíís nunca en 
generaciones por hombres crueles ni bárbaros irra- 
cionales se cometieron, y éstas sin alguna causa ni ra- 
zón, sino solamente por la codicia, sed y hambre de oro 
insaciable de los nuestros. Estas han cometido por dos 
maneras: la una, por las guerras injustas y crudelísi- 
mas que contra aquellos indios que estaban sin perjui- 
cio de nadie en sus casas seguros, y tierras donde no 
tienen número las gentes , pueblos y naciones que han 
muerto ; la otra , después de haber muerto á los señores 
naturales y principales personas, poniéndolos en servi- 
dumbre, repartidos entre sí, de ciento en ciento, y de 
•cincuenta en cincuenta, echándolos en las minas, donde 
al cabo, con los increíbles trabajos que en sacar el oro 
padecen, todos mueren. Dejo todas aquellas gentes, 
donde quiera que hay españoles , pereciendo por estas 
dos maneras , y uno de los que á estas tiranías ayuda- 
ron, mi padre ^ismo, aunque ya está fuera dello. Vien- 
do todo esto yo me moví, no porque yo fuese mejor cris- 
tiano que otro , sino por una compasión natural y lasti- 
mosa que tuve de ver padecer tan grandes agravios é in- 
justicias á gentes que nunca nos las merecieron, y así 
vine á estos reinos á dar noticia dello al Rey Católico, 
vuestro abuelo; hallé á Su Alteza en Plasencia, dile 
cuenta de lo que digo, rescibióme con benignidad, y 
prometió para en Sevilla, donde iba, el remedio. Murió 
en el camino luego , y así, ni mi suplicación ni su real 
propósito hobieron efecto. Después de su muerto hice re- 
lación á los gobernadores , que eran el cardenal de Es- 
paña D. Fray Francisco Ximenez, y el Adriano, que 
agora es cardenal de Tortosa, los cuales proveyeron muy 



130 

bien todo lo que convenia para que tan grandes daños 
cesasen y aquellas gentes no pereciesen , pero las perso- 
nas que las dichas provisiones fueron á ejecutar, des- 
arraigar tanta maldad y sembrar tanto bien y justicia no 
merecieron ; torné sobre ello , y después que Vuestra 
Majestad vino , se lo he dado á entender, y estuviera ya 
remediado , si el Gran Canciller primero en Zaragoza no 
muriera; trabajo ahora de nuevo en lo mismo, y no fal- 
tan ministros del enemigo de toda virtud y bien , que 
por sus propios intereses , mueren porque no se reme- 
die. Va tanto á Vuestra Majestad en entender en esto y 
mandallo remediar, que dejado lo que toca á su Real 
ánima, ninguno de los reinos que posee, y todos juntos^ 
se igualan con la mínima parte de los Estados y bienes 
por todo aquel orbe; y en avisar dello á Vuestra Majes- 
tad, se yo de cierto que hago á Vuestra Majestad uno de 
los mayores servicios qiie hombre vasallo hizo á Prín- 
cipe ni señor del mundo , y no porque quiera ni desee 
por ello merced ni galardón alguno , porque ni lo hago 
por servir á Vuestra Majestad, porque es cierto (hablan- 
do con todo el acatamiento y reverencia que se debe á 
tan alto Rey é Señor) , que de aquí á aquel rincón no 
me mudase por servir á Vuestra Majestad, salva la fide- 
lidad que como subdito debo , si no pensase y creyese 
hacer á Dios en ello gran sacrificio , pero es Dios tan ce- 
loso y granjero de su honor, como á él se deba sólo el 
honor y la gloria de toda criatura , que no puedo dar un 
paso en estos negocios , que por sólo él tomé á cuestas^ 
de mis hombros , que de allí no se causen y procedan 
inestimables bienes y servicios de Vuestra Majestad: y 
para rectificación de lo que dicho tengo , digo y afirmo, 
que renuncio cualquiera merced y galardón temporal 



131 

que Vuestra Majestad me quiera y pueda hacer, y si en 
algún tiempo , yo ó otro por mí , merced alguna quisiere 
y pidiere directe ni indirecte , en ninguna cosa de las 
susodichas Vuestra Majestad me dé crédito, antes sea yo 
tenido por falso , engañador de mi Rey é Señor. Allende 
desto, aquellas gentes, Señor muy poderoso, de que 
todo aquel mundo nuevo está lleno y hierve , son gentes 
capacísimas de la fe cristiana , y á toda virtud y buenas 
costumbres por razón y doctrina traibles , y de su natura 
son libres, y tienen sus Reyes y señores naturales que 
gobiernan sus policías; y á lo que dijo el reverendísimo 
obispo , que son siervos a natura , por lo que el filósofo 
dice en el principio de su Política, que vigentes ingenio 
naturaliter sunt rectores et domini alorum; y deficientes 
a ratione naturaliter sunt servi , de la intención del filó- 
sofo , á lo que el reverendo obispo dice hay tanta diferen- 
cia como del cielo á la tierra , y que fuese así como el re- 
verendo obispo afirma, el filósofo era gentil, y está ar- 
diendo en los infiernos , y por ende tanto se ha de usar 
de su doctrina, cuanto con nuestra sancta fe y costumbre 
de la religión cristiana conviniere. Nuestra religión cris- 
tiana es igual , y se adapta á todas las naciones del mun- 
do , y á todos igualmente rescibe , y á ninguna quita su 
libertad ni sus señoríos, ni mete debajo de servidumbre, 
so color ni achaques de que son siervos a natura ó li- 
bres , como el reverendo obispo parece que significa , y 
por tanto, de Vuestra Real Majestad será propio dester- 
rar en el principio de su reinado de aquellas tierras tan 
enorme y horrenda, delante de Dios y los hombres, tira- 
nía, que tantos males y daños irreparables causa en 
perdición de la mayor parte del linaje humano, para 
que Nuestro Señor Jesucristo, que murió por aque- 



132 

lias gentes , su Real Estado prospere por muy largos 
días.» 

Hay en este discurso rasgos de admirable en- 
tereza y osadía que revelan la fe cristiana con que 
habia abrazado Las Casas la causa de sus prote- 
gidos, su profundo desprecio por los intereses 
mundanos y su poco ó ningún temor en arrostrar 
todos los peligros que pudiese ocasionarle el len- 
guaje severo que creia necesario usar para prote- 
ger sus indios hasta en presencia del Rey, que le 
escuchaba. 

Después de consultar nuevamente al Rey el 
Gran Canciller y M. de Chiévres, dijo el Canciller 
al franciscano presente: ((Padre: S. M. manda 
)) que habléis si tenéis que hablar en las cosas de 
las Indias. » Y el religioso se expresó en estos 
términos : 

«Señor; yo estuve en la isla Española ciertos años, y 
por la obediencia me fué impuesto y mandado con otros, 
que fuese á visitar y contar el número que habia en la 
isla de indios , y hallamos que hablan perecido en aquel 
tiempo tantos mil que habia menos , y así , de aquesta 
manera, se habia destruido la infinidad de gentes que 
habia en aquella isla, pues si la sangre de un muerto 
injustamente tanto pudo que no se quitó de los oidos de 
Dios hasta que Dios hizo venganza della, y la sangre de 
los otros nunca cesa de clamar : vindica sanguinem nos- 
trum^ Deiis noster ^ ¿qué hará la sangre de tan innume- 



133 

rabies gentes como en aquellas tierras con tan gran tira- 
nía é injusticia han perecido? Pues por la sangre de Je- 
sucristo y por las llagas de San Francisco pido y suplico 
á V. M. que remedie tanta maldad y perdición de gentes 
como perecen cada dia, porque no derrame sobre todos 
nosotros su rigurosa ira la divinal justicia.» 

Así que terminó el religioso de San Francisca 
su corta pero enérgica oración, consultado nue- 
vamente el Rey por M. de Chievres y el Gran 
Canciller^ dijo éste al Almirante que S. M. man- 
daba que hablase, y lo hizo como sigue: 

«Señor: los males y daños que en las Indias se han 
hecho y se hacen, que refieren estos Padres, son muy 
manifiestos , y hasta ahora clérigos y frailes , no los pu- 
diendo sufrir, los han reprendido ; y según aquí ha pa- 
recido, ante V. M. vienen á denunciarlo, y puesto que 
V. M. recibe en destruille aquellas gentes y tierras in- 
estimable daño , pero mayor lo rescibo yo , porque aun- 
que lo de allá todo se pierda no deja V. M. de ser Rey y 
Señor ; pero yo , ello perdido , no me queda en el mundo 
nada donde me pueda arrimar, y esta ha sido la causa 
de mi venida para informar dello al Rey Católico que 
haya santa gloria, y á esto estoy esperando á V. M. ; y 
así , á V. M. suplico por la parte del daño grande que me 
cabe sea servido de lo entender y mandar remediar, por- 
que en remediallo V. M. cognoscerá cuan señalado pro- 
vecho y servicio á su real Estado se seguirá. » 

Quiso hablar nuevamente al obispo de Darién^ 
que se sentia vencido por aquel clérigo Las Ca- 



134 

sas, al que liabia despreciado en sus primeras en- 
trevistas con él, y que además deseaba desacre- 
ditar á Pedrarias para ver si podia obtener la go- 
bernación que tenía, á favor de su amigo Diego 
Velazquez, que le habia dado el encargo de con- 
seguírsela; pero el Gran Canciller, después de ha- 
ber nuevamente consultado con el Rey, como en 
las veces anteriores, le dijo: — «Reverendo obis- 
))po: S. M. manda que si tenéis más que decirlo 
))deis por escrito, lo cual después se verá.» Y 
luego se levantó el Rey y entró en su Cámara,- 
dando por terminado aquel Consejo. 

Convidado á comer el obispo de Darién en la 
casa del Gran Canciller, se encontró allí con mon- 
sieur de Laxao , sumiller de Corps y del Consejo , 
de Estado, que era entonces el principal protec- 
tor de Las Casas . Llevaba el obispo preparados 
dos memoriales, á consecuencia de lo que se le 
liabia ordenado en el Consejo, el uno contra Pe- 
drarias y el otro indicando las medidas que debían 
tomarse en Tierra Firme para que los indios fue- 
sen bien tratados y se pusiese coto á la demasiada 
licencia que daba á sus subordinados el referido 
Pedrarias . Estos dos documentos fueron leídos 
después de la comida y además manifestó el obis- 
po que le parecían bien las pretensiones de Las 
Casas; pero este cambio del Reverendo en favor 
de micer Bartolomé no produjo resultados, por- 



135 

que á los tres días murió aquél de una fiebre ma- 
ligna^ y los gravísimos negocios del Rey, particu- 
larmente el proyectado viaje de Alemania para 
recibir la Corona imperial, no permitían ocuparse 
de los asuntos de las Indias. 

Es ciertamente de deplorarla muerte del obis- 
po de Darién en tales momentos, porque su cam- 
bio repentino y favorable á Las Gasas debe atri- 
buirse no solamente á la razón que á éste asistía, 
ya por sí tan clara y evidente, sino también á la 
-entereza, fe y constancia con que abogaba por la 
causa de los indios, en lo que vemos una nueva 
prueba de que la sinceridad y ardor que se des- 
plega en defender una causa que se lia abrazado 
de buena fe, infunde respeto en los mismos ad- 
versarios y llega algunas veces á producir en ellos 
una completa reforma en las opiniones, ó llámese 
una conversión liácia la buena causa. 

Cuando el Rey se preparaba para dejar á Bar- 
celona y pasar por tierra á la Coruña, en donde 
se reunia la flota que debia de conducirlo á Flan- 
des, arribaron los tres padres de San Jerónimo 
procedentes de la Española y trataron de ver al 
Rey para hacerle una relación de cómo quedaban 
las cosas de la isla. Pero ni en Barcelona, ni du- 
rante el viaje, ni en Burgos, ni en Tordesillas 
pudieron conseguir una audiencia, y por lo 
íanto , acordaron volver á sus monasterios ere- 



136 

yendo que no quería recibiríos. Esto prueba que- 
S. M. no se encontraba satisfecho del desempeña 
de la misión que Gisneros les habia encomendado^, 
y que Las Gasas habia previsto con acierto muy 
de antemano la incompetencia ó parcialidad de 
los tres monjes^ según lo manifestó durante su 
despedida al cardenal Gisneros antes de partir 
para las Antillas. 

Hallábase el obispo de Burgos en la Goruña 
proveyendo la referida armada que debia de con- 
ducir el Rey á Alemania^ y á los dos meses llegó 
también á dicha ciudad el Rey^ al cual aguarda- 
ban ya varios personajes interesados en las cosas 
de Indias^ y le seguia muy de cerca Las Gasas^ 
decidido á aprovechar toda oportunidad que se le 
presentase para trabajar por los indios. Algunas 
ciudades se hablan levantado en voz de comuni- 
dad, y esto, unido á la complicación de los ne- 
gocios de Estado y al mal tiempo que hacía para 
navegar decidieron al Rey á detenerse allí dos 
meses, cuyos últimos dias antes de la partida 
fueron notables por la actividad desplegada en la 
solución de los asuntos del nuevo Mundo. El al- 
piirante D. Diego de Golon fué enviado nueva- 
mente á servir su cargo en las Indias, ordenán- 
dole que despachase las provisiones en el nombre 
real; se declaró que tenía derechos de virey y 
gobernador en la Española y en todas las islas. 



que su padre habia descubierto en aquellos ma- 
res; que se quitase á los visitadores de los indios 
la jurisdicción sobre ellos y que sólo pudiesen 
pesquisar si hacian algo contrario á la religión^ 
con otra porción de providencias favorables á 
aquellos indígenas y á los derechos del Almirante. 

Este satisfecho se marchó á Sevilla ;, con ins- 
trucciones para los oficiales de la casa en aquella 
ciudad para que lo despachasen con brevedad; 
pero solamente salió para ía Española á principios 
de Setiembre de 1520;, llegando á su destino en 
Noviembre , por haberse detenido algunos dias 
en la isla de San Juan. Respecto á Pedrarias^ ¿i 
pesar de los memoriales contra él presentados por 
el obispo de Darién^ y las quejas de Las Casas^, se 
dispuso que continuase en sus descubrimientos. 

Las Casas redobló sus esfuerzos antes que el 
rey partiese de la Goruña, importunando á los 
ministros , especialmente á los flamencos que con 
el Gran Ganciller le protegiaU;, quejándose del 
obispo de Burgos que habia puesto á su lado á 
Berrio para que abusase de su confianza, y ase- 
gurando que morirían de hambre los doscientos 
hombres remitidos á la isla Española por Berrio 
sin proveerlos de lo necesario. Y en efecto, se 
enviaron á la Española, según ya queda dicho, 
algunos recursos que, aunque llegaron á su desti- 
no, iban ya tarde, pues según lo que Las Gasas ha- 



138 

bia pronosticado^, habían muerto una gran parte, 
otros se habían marchado^ y los pocos restantes ha- 
bían buscado por sí mismos los recursos para vivir. 

Tratóse al fin en la Coruña del proyecto de Las 
Casas, que ya hemos indicado; y después de mu- 
chas discusiones se decidió que la conversión de 
los indios debía de hacerse con paz y amor evan- 
gélico, y no por medio de la guerra y sus funestas 
consecuencias de sangre, odio y exterminó. Como 
resultado de este acuerdo importante, se le dio á 
Las Casas la comisión de convertir aquella parte 
de Tierra Firme, desde la provincia de Paría hasta 
Santa Marta, que comprende unas 260 leguas de 
costa, firmando los despachos el Rey el 19 de Mayo 
de 1520, poco antes de partir éste por mar para 
Alemania. 

Quedaba de regente durante la ausencia del 
Rey el cardenal Adriano , y entre tanto tuvo Las 
Casas que entenderse con el obispo de Burgos, 
que por una mudanza de ideas no menos sor- 
prendente que la que había tenido lugar en el 
prelado de Darién, se inclinaba también súbita- 
mente á recibir con interés, aprobación y simpa- 
tía al clérigo. Contaba éste entre sus amigos al 
licenciado Aguirre, hombre muy acreditado en 
aquel tiempo, á quien la reina Isabel había teni- 
do en grande aprecio, el cual manifestaba una 
especial amistad hacía Las Casas; pero viendo 



139 

con cuanto tesón liabia este insistido en la conce- 
sión de inmensos territorios ;, de donde sepropo- 
nia extraer grandes riquezas^ sintió entibiarse un 
tanto su hasta entonces no desmentido afecto ha- 
cia el clérigo, pensando y meditando que los des- 
velos y diligencias de éste no estarían tal vez del 
todo exentas de intereses mundanales. Pero Las 
Casas, ansioso de conservar la amistad del licen- 
ciado Aguirre^ se apresuró á desengañarlo y á disi- 
par su desconfianza, demostrándole y probándole 
con argumentos incontestables, que ni un solo 
momento perdia de vista el objeto altamente mo- 
ral y filantrópico al que habia consagrado su exis- 
tencia, siendo las pequeneces mundanas de que 
entonces se ocupaba solamente un auxilio para 
llevar más fácilmente á buen término aquel su 
propósito tan elevado. Con las palabras tan llenas 
de elocuencia, de verdad v sinceridad de Las Ca- 
sas, desaparecieron todas las dudas del ánimo de- 
Aguirre, restituyendo de buen grado y con albo- 
rozo á su amigo el respeto y consideración que 
antes le tenía y de que era tan digno el entusias- 
ta apóstol. 

Fuese éste á Sevilla á preparar su viaje y á re- 
unir labradores que le acompañaran, contando 
para todo con los recursos que le proporcionó el 
obispo de Burgos, que ya entonces no queria dar 
motivos de nuevas quejas contra sí, además de 



140 

otros recursos que pudo proporcionarse el mismo 
Las Casas^ ayudado por sus amigos. 

Al fin se hizo á la vela desde Sanlúcar de Bar- 
rameda el 11 de Noviembre de 1520^, contento y 
lleno de esperanzas en el éxito de su expedición, 
sin tener presente que para los hombres de mé- 
rito están reservados los contratiempos más ines- 
perados y las pruebas más terribles;, que al fin 
dan testimonio del temple de sus corazones y 
grandeza de sus almas. 

Antes de seguir á Las Casas en su nuevo viaje 
expedicionario, debemos de referir algunos acon- 
tecimientos que tenian lugar por entonces justa- 
mente en el territorio de Costa Firme ;, al cual 
el clérigo iba encaminado. En el año de 1518, 
algunos frailes franciscos y dominicos fundaron 
dos conventos en la Costa de las Perlas, el uno 
de los dominicos llamado de Santa Fe, cerca de 
Chiribichí, y el otro de los franciscos cerca de 
Maracapana, á 7 leguas de distancia, ala embo- 
cadura del rio Cumaná y al frente de la isla de 
Cubagua. Los frailes de estos dos conventos vi- 
vían en perfecta paz con los indios de la comarca, 
hasta el punto de poder los castellanos, sin ser 
nunca en lo más mínimo incomodados, transitar 
por tierra adentro y contratar con los indígenas 
sin molestias, recelos ni peligros; cuando un lla- 
mado Alonso de Ojeda, que se empleaba en la 



141 

pesca de perlas^ residiendo en la isla de Cuba- 
gua, se apoderó á traición de algunos indios, 
llevándoselos como esclavos , después de haber 
maltratado y herido á algunos que hablan hecho 
señales de resistencia. Quedaron los caciques de 
la tierra descontentos y sentidos de semejante 
maldad y alevosía y se apresuraron en seguida 
á mandar mensajeros por toda la comarca, con 
la nueva de lo sucedido y excitando en el cora- 
zón de los naturales el ardiente deseo de vengar 
tamaño ultraje. Habiendo visto los caciques que 
Ojeda y los suyos, autores de la tropelía que tan 
justa indignación liabia dispertado en su pecho, 
tenian relaciones de amistad con los franciscos 
y dominicos, é iban al monasterio cada vez que 
tenian ocasión de desembarcar, ellos que hablan 
hasta entonces tributado todo cariño y respeto á 
los frailes á quienes en su sencillez consideraban 
como verdaderos mensajeros de Dios, vinieron 
en sospechar que tenian parte en la felonía y 
mala acción de Ojeda y los castellanos. Acorda- 
ron pues matar á Ojeda y á los suyos el primer 
dia que saliesen de sus navios y viniesen á tierra, 
como hasta allí hablan podido practicarlo, gra- 
cias á la buena fama de los frailes , sin estorbo ni 
embarazo de ninguna especie; y lo hicieron así 
no pudiendo salvarse sino un corto número de 
españoles que á nado consiguieron llegar hasta sus 



142 

embarcaciones debajo de una verdadera lluvia 
de flechas. No contentos con este acto de ven- 
ganza^ para el cual es preciso confesar que habia 
no pequeña razón ^ los caciques se fueron el dia 
siguiente^ que era domingo, al convento; asesina- 
ron los frailes en el momento mismo en que 
celebraban el sacrificio de la misa, despedazaron 
las cruces y quemaron el convento. Luego que 
se supo la nueva de esta matanza en la Española, 
determinó la Real Audiencia castigar severamen- 
te aquellos atentados, despoblando todo el país 
y llevando la gente á la isla, para lo cual se 
mandó preparar una armada de cinco navios con 
300 hombres de guarnición, y se nombró por 
capitán de ella á un caballero llamado Gonzalo 
de Ocampo. 

En este estado las cosas, arribó Las Gasas con 
su expedición á Puerto-Rico después de una feliz 
travesía y lleno de esperanzas y de ilusiones en 
el éxito que debia de tener; pero por su desgra- 
cia se halló allí con las nuevas de la alteración y 
desórdenes de Gosta Firme, la muerte del mise- 
rable Ojeda (1 ) y de algunos de los suyos, la des- 



(1) No debe confundirse este Alonso de Ojeda con otros 
dos del mismo nombre y apellido conocidos en la historia del 
Nuevo mundo. Uno de ellos fué el famoso descubridor y com- 



143 

truccion é incendio del monasterio de Santa Fe, 
la muerte de los frailes y los preparativos que por 
orden de la Real Audiencia de la Española se es- 
taban haciendo para sosegar á los indios, ó mejor 
dicho, para apoyar con la fuerza de las armas la 
acción pirática de Ojeda, alevosía más repugnante 
todavía que las atrocidades cometidas por los in- 
dios' en cumplimiento de su venganza. La exage- 
ración tenía también no poco que ver con las no- 
ticias alarmantes que circulaban respecto del le- 
vantamiento de las tribus de Costa Firme , y se 
anunciaba igualmente la rebelión en masa, no 
sólo de los indios de Ghiribichí , Maracapana y 
serranías contigaas , sino también las de Naveri, 
Gaviati y Gumaná. Las Gasas, que contaba con la 
excelente armonía en que habían sabido vivirlos 
religiosos con los naturales y los lazos de buena 
amistad que los unian para servirle de sólida 
base y poderosísimo auxilio en su vasto proyecto, 
vio, por los terribles acontecimientos que acaba- 
ban de tener lugar, burladas sus más halagüeñas 
esperanzas y trastornados, con la expedición que 
iba á castigar á los infelices indios, sus planes de 



pañero de Cristóbal Colon, y el otro fué un soldado de Hernán 
Cortés que escribió unas Memorias sobre la conquista de Mé- 
jico, que cita varias veces el historiador Herrera. 



144 

predilección. Presentóse al capitán Gonzalo de 
Ocampo y pidióle que no pasase adelante en la 
expedición, pues no habiapara qué hacerlo sien- 
do á él y no á otro á quien tocaba, por la espe- 
cial misión de que se hallaba encargado, apaci- 
guar y sosegar las tribus indias que estaban en 
rebelión; alegando Ocampo el compromiso en que 
se hallaba y las órdenes de la Audiencia y del 
Almirante que no le permitían volver atrás en su 
propósito. López de Gomara en su Crónica gene- 
ral de las Indias occidentales se expresa del mo- 
do siguiente: «Presentó sus provisiones Bartolo- 
)) me de Las Casas y requirió que le dejasen la 
)) tierra libre y desembarazada para poblar y go- 
)) bernar. Gonzalo de Ocampo dijo que las obede- 
)) cia, pero que no cumplía cumplirlas ni lo po- 
» dia hacer sin mandamiento del Gobernador y 
)) oidores de Santo Domingo que lo enviaran. 
)) Burlábase mucho del clérigo, que lo conocía de 
» allá de la Vega por ciertas cosas pasadas y sabía 
)) quién era. Burlábase lo mismo de los nuevos 
)) caballeros y délas cruces como de sambenitos. 
» Corríase mucho de esto el licenciado y pesábale 
)) de las verdades que le dijo. » 

El cronista López de Gomara parece querer 
mostrar que existían discordia y enemistad entre 
Gonzalo de Ocampo y Las Casas, mientras que 
afirma Herrera todo lo contrario. Conviene el au- 



145 

tor de las décadas en que Ocampo, que era gra- 
ciosísimo^ dijo algunas chanzas al clérigo amiga- 
blemente sobre la comisión que llevaba^ pero que 
nunca dejaron de ser amigos; y es muy de pre- 
sumir que si no hubiese tenido Ocampo órdenes 
tan apremiantes de la Audiencia^ hubiera cedido 
á las instancias de Las Gasas viendo que el clé- 
rigo se hallaba revestido de importantísimos po- 
deres, y hubiera desistido déla expedición quizá 
tan solamente por complacerle. No habiendo 
tenido resultado alguno la conferencia, se que- 
dó Las Casas triste y .meditabundo, n^iéntras 
Ocampo se hacía á la vela y dirigía el rumbo ha- 
cia Costa Firme. Después de meditar Las Casas 
algún tiempo, se resolvió á ir ala Española, para 
cuyo fin compró un navio fiado en 500 pesos, 
dejando á sus labradores repartidos de cuatro en 
cuatro y de cinco en cinco en las granjas de los 
castellanos, los cuales se comprometieron de 
muy buena voluntad á recibirlos y sustentarlos, 
y él llegó á la Española, donde infelizmente 
muchos lo miraban con aversión y desvío y se 
esforzaban poco para disimular sus sentimientos 
hostiles. 

No se atrevieron, sin embargo, sus adversarios 
á hacerle una oposición viva y tenaz, abierta y di- 
rectamente, pues la autoridad real de que Las 
Gasas se hallaba revestido les imponía é infundía 

10 



146 

respeto, siendo esa autoridad un escudo y una 
salvaguardia altamente necesarios para Las Ca- 
sas, á quien su excesiva vehemencia y lo antipá- 
tica que era por lo general la causa que defendía, 
en el Nuevo mundo, lo ponian no pocas veces en 
inminente riesgo hasta de ser públicamente ul- 
trajado. Consiguió, á pesar de todo, que fueran 
patentizadas y declaradas sus provisiones y prego- 
nadas con toda solemnidad en los sitios más pú- 
blicos de la ciudad . En cuanto á sus repetidas y 
enérgicas instancias á fin de que se dieran inme- 
diatas y apremiantes órdenes á Gonzalo de Ocam- 
po, para que desistiera de su expedición y se vol- 
viera con su armada, se les hizo á los de Santo 
Domingo un punto más arduo y más dificultoso, 
y aunque no se atrevían á ofrecer resistencia po- 
sitiva en consideración á la autoridad real que 
tanta fuerza le prestaba á Las Casas, tergiversaron 
su interpretación, mostraron alguna duda y pi- 
dieron tiempo para considerar una cuestión de 
tamaña importancia. 

Pasaron varios dias consultando sobre el asunto 
sin perdonar medio alguno de introducir de- 
moras y dilaciones, ni hacer todo lo qiie podian 
para desanimar á Las Casas y hacerle prescindir 
de sus intentos, llegando hasta el extremo de 
conseguir que un maestro carpintero de ribera 
declarase que el navio de Las Casas no estaba en 



147 

condición de navegar^ y asi se estorbase su jor- 
nada ordenando la destrucción del buque. 

Habia liegado entre tanto Gonzalo de Ocampo al 
puerto de Maracapana, y en arribando á la costa, 
colocó el capitán á la mayor parte de su gente de- 
bajo de cubierta, y preguntando los indios desde 
la orilla de dónde venian, respondían que de Gas- 
tilla, á lo que los indios replicaban dando gran- 
des voces: «Gastillano, sinoAytí, Aytí,» tenien- 
do los españoles para convencerlos que mostrar- 
les desde la cubierta vino y pan como si viniesen 
pacíficamente de Gastilla, con intención de enta- 
blar tráfico y negociaciones con ellos, con lo cual 
los indios incautos se dejaron convencer. Fueron 
á bordo de los navios, y apenas estuvieron enci- 
ma de cubierta cuando salieron de sus escondites 
los españoles que estaban ocultos, y precipitán- 
dose contra los infelices indios los hicieron pri- 
sioneros, mandando Gonzalo de Ocampo ahorcar 
de las entenas á algunos caciques y varios otros 
presos para que fueran vistos de los indios que 
cubrían la orilla. El cacique Gil González, que 
algún tanto suspicaz se habia mantenido desvia- 
do en su canoa cuando sus gentes se dirigían á 
los navios españoles, fué acometido repentina- 
mente por un marinero, famoso nadador, que 
con este objeto se habia lanzado al agua éjntro- 
ducido en la canoa, el cual, abrazándose con él, 



148 

se volvió á arrojar al agua, llevándose á su vícti- 
*ma, y nadando con ella consiguió herirla con la 
daga, siendo después Gil González acabado por 
otro marinero de uno de los navios. Hizo otros 
terribles ejemplos Gonzalo de Ocampo prendien- 
do y matando á muchos y sembrando el terror y 
el espanto por toda la costa; despidió algunos 
navios^ cargados de esclavos ala Española, y fun- 
dó con la gente que le quedaba , á media legua 
del rio de Cumaná arriba, un pueblo que se llamó 
Nueva Toledo. 

Continuaba entonces Las Gasas en sus alterca- 
dos en Santo Domingo, lleno de indignación 
al ver las remoras que se ponian á sus diligencias, 
y viéndose precisado á amenazar á la Consulta ó 
Junta de Gobierno que se componía del Almi- 
rante , Audiencia y oficiales reales, con volverse 
á España y dar cuenta al Rey de su desobedien- 
cia; se decidieron al fin á contentarle y auxiliarle 
para la verificación de su asiento, entrando á la 
parte de los provechos con él. Debian dividirse 
las ganancias de las futuras explotaciones mine- 
ras y agrícolas en veintipuatro partes , á saber: 
seis para la Real Hacienda; seis para el licenciado 
y sus cincuenta compañeros; tres para el Almi- 
rante; cuatro para los oidores; tres para los ofi- 
ciales reales y dos para los dos escribanos de cá- 
mara de la Audiencia, acordándose el poner á la 



■ 149 

disposición de Las Casas la misma armada de 
Gonzalo de Ocampo con ciento veinte hombres 
escogidos^ dándose el mando al mismo Ocampo. 
Se hizo á la vela para Puerto-Rico con el fin de 
recoger sus labradores , pensando hallar en ellos 
el celo y buen deseo que al salir de España de- 
mostraban; pero en esto se encontró con un 
o margo desengaño;, porque ellos ya descorazona- 
dos se hablan esparcido y dispersado por varias 
partes ; y llegando á Tierra Firme sin azar alguno^, 
halló á Gonzalo de Ocampo en su nueva villa de 
Toledo y sus hombres descontentos é irritados, 
padeciendo toda clase de privaciones y entera- 
mente aislados, pues por efecto de la alevosía de 
Ojeda y del posterior escarmiento y castigo, reci- 
bidos á manos de Ocampo , estaban los indios 
huidos é internados tierra adentro sin querer co- 
municar con los españoles. Los que estaban en 
Nueva Toledo , lejos de querer permanecer más 
tiempo en aquellos parajes yermos y abandona- 
dos, se regocijaron grandemente al ver los na- 
vios , instando para ser restituidos á la Española. 
Dice Remesal ( Historia de la provincia de Ghiapa 
y Guatemala, lib. n, cap. xxn): «Y sabiendo la 
)) comisión que el licenciado llevaba, ninguno 
)) quiso quedar con él, y se volvieron todos á la 
)) Española : y con esto se despobló la Nueva To- 
)) ledo. Quedó sólo el licenciado Casaus con algu- 



150 • 

» nos amigos , que entre tantas malas voluntades 
» como tenía, nunca le faltaban algunas buenas 
)) que le acompañasen y defendiesen. )) Consintie- 
ron también en quedarse otros á sueldo. Gonzalo 
de Ocampo , cuya amistad y afecto para el após- 
tol nunca se desmintieron, á pesar de lo muy di- 
ferentes que eran sus modos de pensar, sintió 
una profunda tristeza al verse precisado á dejar 
al clérigo en semejante desamparo. Le dirigió 
palabras llenas de afectuosa expresión, en que le 
demostraba su simpatía y se esforzaba por conso- 
larlo, y juntándose con su gente se volvió tam- 
bién á la Española , dejando á Las Casas abando- 
nado á su propia suerte y meditaciones. 



CAPITULO V 



Peuosa situación de Las Casas.— Piensa en los franciscanos de Cumaná. — 
Lo reciben cantando.— Disposiciones de Las Casas. —Los deCubagua. 

— Nueva resolución de volver á España. — Planes de defensa. — Fran- 
cisco de Soto. — Proyectos de los indios. — Doña María. — Fatalidad del 

■ destino. — ¡La pólvora! — A sangre y fuego. — Francisco de Soto herido. 

— Fray Dionisio.— Los que escaparon. — Saña délos indios. — Las Ca- 
sas navegando. — Una siesta interrumpida. — Desengaños. — Se hace 
fraile Las Casas.— Digresiones. — Lo que dice Arthur Helps. — Escribe 
al Rey el nuevo fraile. — Desmayo moral. — La historia de las Indias.— 
El cacique D. Enrique Valenzuela y sus hechos. — D.Enrique ultrajado. 

— Su venganza. — Se hace temible el cacique. — Fray Remigio. — Pro- 
yectos para sojuzgarlo. —Interviene Las Casas. — Entrevistas. — Lo 
que dice Quintana. 



¡ Qué posición la de Las Gasas: solo, abrumado 
*en aquel inmenso continente, viendo por tierra 
sus planes predilectos y destrozados sus nobles 
propósitos para la salvación de toda una raza ! 

Dejábanlo sus propios amigos, con sentimiento, 
sí, y con profunda tristeza; pero sin voluntad de 
-compartir su suerte, y perdidas la fe y confianza 
que un tiempo pudieron infundirles las palabras 
del apóstol , llenas déla más ardiente elocuencia. 
Los dominicos hablan infelizmente, como se sabe, 
desaparecido de aquellos lugares; y las gentes de 



152 

Gonzalo de Ocampo , y las que habían empezada 
á poblar la Nueva Toledo^ prefirieron volver á la 
Española antes que aceptar los ofrecimientos que 
Las Casas les hiciera. Pero como prueba de que 
Dios nunca desampara del todo á los que en Él 
tienen verdadera fe^, aun en aquellas tristísimas 
circunstancias tuvo el apóstol una feliz idea^ y 
con ella un gran consuelo. 

Ciertos religiosos de la Orden de San Francisco^ 
bajo la obediencia de cierto fray Juan Garceto, ha- 
bian ido á fundar un convento en Cumaná^ y se 
hablan establecido á orillas del rio del mismo 
nombre ;, muy cerca del mar. Ocurriósele á Las 
Casas dirigirse á su morada y hacer con ellos 
amistades^ aun cuando los franciscos diferian en 
Alarios puntos de sus opiniones. Le hablan hecho 
oposición á sus pretensiones, tanto en España 
como en la isla Española; y era necesario que 
desarrollase mucha sagacidad, prudencia y tino- 
para hacer paces con ellos en la posición en que 
se hallaba , convirtiéndolos de allí en adelante en 
amigos y auxiliares. 

Emprendió , pues , la jornada; y sabedores Ios- 
frailes de su venida, y que parecía contar con re- 
cursos y buen recaudo para la conversión de aque- 
llas gentes, fueron generosos y salieron á reci- 
birle con los brazos abiertos. 

Te Deum laudamus , entonaron los francisca- 



153 

nos : Benedictus qui venit in nomine Domíni] y 
Las Casas dio al cielo infinitas gracias por haber 
(lado con aquellos hombres que podia utilizar en 
servicio de una noble causa altamente compro- 
metida. 

Habitaban los franciscanos un modesto edificio 
de madera y paja, contiguo al cual habia un jar- 
din con magníficas naranjas, hortalizas, viña y 
melones de los de mejor clase. Las Casas ordenó 
luego construir un almacén al extremo del jardin 
para en él depositar lo que constituia su hacienda. 
Por medio de los rehgiosos, y de una dama prin- 
cipal india llamada Dona María, se apresuró á co- 
municar á los indios que venía enviado del Rey 
de los cristianos con pacíficas intenciones y vo- 
luntad de hacerles bien y tratar con ellos, y que 
nada recelasen de parte de él ni de los suyos, pues 
no venía con espíritu de conquista ni con el in- 
tento de hacer esclavos. 

Comentó también á edificar en la boca del rio 
Cumaná una fortaleza, no sólo para reprimir las 
posibles incursiones de los indios, sino para con- 
tener á los desaforados españoles de Cubagna, 
siempre empleados en actos de piratería, robo y 
violencia, y que no teniendo agua potable en Cu- 
bagua debían de Avenir á recogerla al rio de Cu- 
maná para poder sostener su pequeña colonia de 
pescadores de perlas. 



154 

Los de Cubagua se concertaron entonces para 
quitarle el maestro de obras empleado en cons- 
truir la fortaleza, lo cual conseguido se paraliza- 
ron las obras y quedaron los cubaguanos más 
insolentes que nunca. Una de las cosas que más 
lamentaba Las Casas en los tratos entre los de 
Cubagua y los indios, era el abuso que hacian és- 
tos de los vinos que á enormes precios les ven- 
dían los primeros. Embriagábanse los indios, y 
tornándose en fieras entonces, se mataban unos 
á otros á flecliazos. Los esfuerzos que hizo Las 
Casas para impedir el comercio con los castella- 
nos, de vinos y espíritus, le atrajeron, como era 
de suponer, odios y antipatías, y le hicieron su- 
frir muchas angustias y amarguras. Los requeri- 
mientos al alcalde de Cubagua no tuvieron resul- 
tado alguno, y al fin se convenció, tanto por sus 
propias reflexiones como por las representacio- 
nes de los religiosos, que su único remedio era 
ir al Rey ó á la Audiencia de la Española á pedir 
que atajasen los abusos de que tanto se lastimaba. 
Mucho le costaba á Las Casas, por grande que 
fuese su deseo de dar remedio á tamaños males, 
el dejar desamparado el territorio, pues si bien 
no podia estando en él impedir lo que tanto le 
dolia presenciar, en peor estado todavía le pare- 
cía que debian de quedar las cosas sin él. Dejóse, 
no obstante, convencer al fin, y se embarcó en 



155 

uno de dos navios que estaban cargando sal en la 
punta contigua de Arraya^ nombrando por capi- 
tán á Francisco de Soto, y dándole orden que 
mantuviese allí dos embarcaciones para poder sal- 
var en Cubagua los hombres y la hacienda, en el 
caso que los indios diesen algún ataque. 

Pero Francisco de Soto no se mostró digno de 
la confianza que el clérigo liabia depositado en 
él, pues se olvidó pronto de la orden que habia 
recibido, y mandó los navios á diferentes partes 
de la costa á rescatar oro, perlas y esclavos. Los 
indios de la tierra se concertaron entonces para 
matar á los frailes, á pesar del amor y la caridad 
con que por ellos hablan sido tratados, y no se 
limitó su rencor á los frailes, sino que proyecta- 
ron también matar á cuantos castellanos pudie- 
sen haber, sin excepción de la gente de Las Ga- 
sas. La ausencia de los navios los animaba tanto 
más en su diabólico proyecto, cuanto que veian 
que ninguno podria escapar. Aunque los indios 
preparaban su atentado con todo, sigilo y recato, 
no fueron tan cautos que dejasen de conocer los 
frailes franciscos algunos síntomas del peligro que 
los amenazaba y de ¡la trama que se estaba ur- 
diendo. A la señora Doña María, en quien confia- 
ban y que de tanta utilidad les era por su cono- 
cimiento de la lengua castellana, le preguntaron 
estando presentes algunos indios, si eran ó no 



156 

fundadas sus sospechas; ((respondía con las pala- 
))bras que no era verdad^ y con los ojos y meneo 
))del rostro decía que sí.» (Herrera, Dec. m, lib. n.) 

Francisco de Soto procuraba reparar en parte 
la falta gravísima que había cometido, dispo- 
niendo de los navios que le confiara Las Casas, y 
se apercibía á la defensa contra un próximo ata- 
que de las tribus. Reunió la poca gente que había, 
y dispusiéronse catorce tiros pequeños alrededor 
de la casa. Pero la fortuna, tantas veces risueña 
y favorable á los españoles en el Nuevo mundo, 
se debía mostrar esta vez cruel y pérfida, y la fa- 
talidad que perseguía á Las Gasas y lo hería con 
tan terribles golpes, parecía ya encaminarse no 
sólo contra su persona, sino contra los vestigios 
y huellas que dejaba en pos de sí.. Los pocos es- 
pañoles de Cumaná, circundados por un peligro 
inminente y terrible, aunque envuelto en el mis- 
terio, reconocieron con horror que estaba inuti- 
lizada por la humedad la pólvora de que dispo- 
nían. ¡La pólvora! el pertrecho de guerra que 
únicamente podía equilibrar la fabulosa despro- 
porción de fuerza numérica entre ellos y sus sal- 
vajes enemigos. 

Al dia siguiente de reconocer el deplorable es- 
tado de su principal, de su más importante mu- 
nición de guerra, y mientras se afanaban por ver 
si la secaban al sol , cayó sobre ellos un torrente 



157 

de indios con tremenda grita ;, horribles de as- 
pecto con sus atavíos de guerra; pusieron fuego á 
la casa ó atarazana que habia hecho Las Casas, 
mataron algunos hombres, y comenzaron á cebar 
su salvaje furia haciendo espantosos estragos. 

Volvia á este tiempo Francisco de Soto de un 
pueblo de indios cercano donde habia ido á hacer 
algunas indagaciones respecto de la conjuración 
que se esperaba estallaria sin tardanza, y fué heri- 
do en un brazo con una saeta emponzoñada. Con 
todo eso se entró en la huerta de los frailes y con 
éstos y con otras gentes que habia en ella , em- 
barcaron en una canoa grande que se hallaba en 
un estero de riego por donde subia el agua del 
rio. Únicamente un religioso lego, llamado Dio- 
nisio, no se embarcó con ellos, porque habia sa- 
lido huyendo del convento al oir la gritería de 
los indios y se habia ocultado en un espeso caña- 
veral. En la punta de Arraya estaban las salinas, 
y cargaban allí á dos leguas de distancia del estero 
poco más ó menos alganos navios. Hacia aquella 
punta se dirigía la canoa. 

Descubrióla fray Dionisio desde su refugio, y 
salió, con la esperanza en el corazón, llamando 
á sus amigos para que volviesen por él. Heroicos 
fueron los esfuerzos que en aquel apretado trance 
hicieron los de la canoa para dar la vuelta, ven- 
cer la corriente tan impetuosa en. aquel cauda- 



158 

loso rio, y recibir á su compatriota. En vano pug- 
naban, en vano se afanaban para bogar contra el 
ímpetu del raudal de aguas; estrellábanse sus es- 
fuerzos ante la tremenda violencia de la corriente, 
y entonces el religioso, viéndola dificultad, el 
trabajo y el peligro de los que querían salvarlo, 
les hizo señas que se fuesen, que lo dejasen, y 
él quedó encomendándose á la providencia de 
Dios. 

Los indios al descubrir que los castellanos se 
iban por el rio afuera, dispusieron rápidamente 
una ligera piragua y se fueron tras ellos. Atraca- 
ron á la playa la canoa y la piragua, casi á un 
mismo tiempo y á muy poca distancia una de 
otra.. Los españoles se guarecieron, como en una 
fortaleza, en una parte de aquella playa que es- 
taba llena de cardos , con largas y agudas púas, 
y al fin de largo rato salieron , según la expresión 
de Remesal, enclavados, espinados y corriendo 
sangre^ llegando más muertos que vivos á donde 
los navios estaban cargando sal , y á bordo de los 
cuales fueron recibidos prontamente y con las 
mayores muestras de lástima y compasión. 

Después de quemada la atarazana, los indios 
saquearon el monasterio, destruyeron los objetos 
sagrados y lo asolaron y quemaron todo, no per- 
donando ni á los animales que en él habia, en su 
brutal saña; y es de notar que los que más se se- 



159 

ñalaron por su bárbara crueldad^ fueron precisa- 
mente los que mas caridad y pruebas de cariño 
habian recibido de los frailes. 

No contentos los indios de Cumaná con lo he- 
cho, y cobrando osadía sin límite con el buen 
éxito de su acometida, se dispusieron á pasar á la 
isla de Cubagua contra los castellanos que esta- 
ban en ella; pero el alcalde mayor Antonio Flo- 
res, aunque tenía armas, 300 hombres y varias 
embarcaciones, entre ellas dos carabelas, no la 
defendió, y huyeron todos llenos de terror pánico 
á la Española, desamparando sus provisiones y 
objetos de valor; lo cual visto por los indios co- 
braron todavía más ánimo y se hicieron dueños 
de la isla muv á su sabor. 

Este episodio, para cuya narración nos hemos 
valido de datos suministrados por Antonio de Re- 
mesal en su Historia de la provÍ7icia de Ckiapá 
y Guatemala, y Herrera en su Historia de las 
Indias Occidentales lo refiere Luis de Gomara en 
su Chrónica general de las Indias Occidentales 
1558, foja xliv, con las palabras siguientes: ccE 
))hizo una casa de barro (Las Casas) junto á dó fué 
))el monasterio de franciscos. I metió en ella sus 
» labradores, las armas, rescate y bastimento que 
)) llevaba. I fuese á querellará Santo Domingo. El 
;) Gonzalo de Ocampo se fué también. No sé si por 
))esto, ó por enojo que tenía de alguno de sus 



, 160 

)) compañeros. I tras él se fueron todos. I assi 
»quedó Toledo desierto y los labradores solos. 
))Los indios que holgaran de aquellas pasiones y 
)) discordia de españoles, combatieron la casa y 
» mataron casi todos los caballeros dorados. Los 
;)que huir pudieron acogiéronse á una caravela. 
)) 1 no quedó español vivo en toda aquella costa 
))de perlas.» 

Entre tanto Las Casas navegando de Cumaná á 
la Española, fué á parar, por yerro de los mari- 
neros, ochenta leguas del puerto de Santo Do- 
mingo abajo al puerto de Jáquimo. Dos meses 
estuvieron luchando contra las corrientes , y 
cuando desembarcaron. Las Gasas se fué por 
tierra al puerto de Iguana, que está á una dis- 
tancia de nueve leguas en lo interior. Entre tanto 
llegaron á Santo Domingo los navios que hablan 
estado cargando sal en la punta de Arraya con 
los españoles que se hablan salvado en la matan- 
za de Cumaná, y se publicaron las noticias de lo 
que los indios hablan hecho. Caminando Las 
Casas en compañía de otros castellanos en vuelta 
de Santo Domingo, se echó á dormir la siesta 
debajo de un árbol. Pasaron por aquel sitio ca- 
sualmente algunos caminantes españoles, quie- 
nes dijeron á los que sesteaban que los indios de 
la costa de las Perlas hablan muerto al licenciado 
Bartolomé de Las Casas con toda su compañía. 



161 

Despertando Las Gasas, y oyendo tales noti- 
cias, se sintió extremadamente inquieto, pues 
aunque bien podia dar razón de que una de ellas 
al menos era falsa , infería que algunos sucesos 
graves debian haber ocurrido. En cuanto hubo 
llegado á Santo Domingo dio cuenta de lo que 
pasaba, y se decidió á aguardar respuesta, pues 
no se encontraba con medios suficientes para ir á 
España y negociar en la corte. Sufría Las Gasas 
grande aflicción y dolor de espíritu, pensando en 
el triste éxito que tenian todos los pasos que daba 
en favor de los infelices indios. Sentíase invadir 
por un profundo desfallecimiento, al considerar 
que una causa tan justa y santa como la que ha- 
bla abrazado, venía á parar en tal ruina y lasti- 
mosa destrucción. En medio de su tristeza y me- 
lancolía, sin embargo, recibía algún consuelo en 
el trato frecuente con los Padres de Santo Do- 
mingo, y en particular con fray Domingo de Be- 
tanzos y Pedro de Górdoba, Vicario general de 
la orden. Esos buenos religiosos prodigaban to- 
dos los consuelos que estaban en su mano al in- 
feliz Las Gasas. Exhortábanlo cariñosamente á 
conformarse con la voluntad de Dios, y á cuidar 
de sí y de su negocio , ya que los ajenos le sallan 
con tan poca prosperidad. Dejóse convencer Las 
Gasas por las palabras de los religiosos, y resol- 
vió tomar el hábito. Mas no por esa resolución, 

n 



162 

no por ceder á las súplicas de sus buenos amigos 
los frailes dominicos, debemos creer que se, ex- 
tinguía en él el celo por las almas. Se acogió al 
convento como á un refugio, ansioso de consuelo 
y necesitado de él, pero no con el propósito de 
abandonar su noble y ardua empresa; eligió la 
religión dominica como la más propia para con- 
seguir el fin que se proponía, y cuya regla se 
avenía bien con su espíritu y tendencias. Tomó 
el hábito en el convento de la Española en el 
año de 1522, siendo fray Tomás de Berlanga 
quien le sirvió de padre en esta solemne ocasión. 
Citamos á continuación las palabras del historia- 
dor Gomara, consignando las circunstancias que 
acabamos de narrar. «Bartolomé de Las Casas 
)) como supo la muerte de sus amigos y pérdida 
)) de la hacienda del Rey, metióse fraile domini- 
)) co en Santo Domingo, y assí no acrecentó nada 
)) las rentas reales, ni ennobleció los labradores, 
)) ni envió perlas á los flamencos. (Hist, de las 
)) /:?z¿;?¿¿?^, por Gomara, 1553, fojaxliv).» Pode- 
mos notar de paso que Gomara no pierde ocasión 
de mostrarse hostil á Las Casas, y que hablando 
de él hace uso de cierto tono sarcástico, tan injus- 
to como indigno de un historiador formal. 

La empresa de Las Casas se habia malogrado, 
porque ocurrieron incidentes que no estaba en su 
mano adivinar ni precaver. Nueva prueba de que 



163 

no siempre bastan los talentos, ni la perseveran- 
cia incansable, ni la actividad constante, para 
conseguir cierto y determinado fin ; es menester 
asimismo que la combinación de circunstancias 
sea de tal naturaleza, que ayude también al 
hombre que trabaja para conseguir su objeto. 
Horacio se alababa de poder sujetar y dominar 
las circunstancias, en vez de dejarse sujetar y 
dominar por ellas ; pero este precepto de la filo- 
sofía estoica y epicúrea debe solamente enten- 
derse en el sentido exclusivamente moral é in- 
telectual, y no es aplicable á los sucesos de la 
vida. Son las circunstancias las que hacen á los 
hombres, y diciendo esto no creemos atacar en 
nada el principio del libre albedrío. Además, 
pueden considerarse algunos de los pasos dados 
por Las Casas en esta época de su existencia, 
como careciendo de aquel acierto y sagacidad 
que por lo general distinguían al ilustre apóstol. 
Parece casi una blasfemia, tratándose de un va- 
ron de la talla y virtudes excelsas de Las Gasas, 
el presentar reflexiones que tengan la menor 
apariencia de censura; y sin embargo, no pode- 
mos menos de sentir que Las Gasas saliese de 
Gumaná en una ocasión en que su presencia hu- 
biera sido altamente necesaria para levantar los 
ánimos de los pocos españoles que quedaban 
desamparados, é impedir tal vez la horrible ma- 



164 



tanza tjue se siguió ; estamos en este punto ente- 
ramente de acuerdo con el ilustrado escritor in- 
glés Mr. Arthur Helps, autor de una Vida de Zas 
Casas y admirador entusiasta del gran apóstol. 
En un pasaje de su libro, escrito con tanta ori- 
ginalidad como agudeza, se expresa del modo si- 
guiente: (( Quisiera sugeriros (dirigiéndose en 
imaginación á Las Gasas), ahora que me hallo 
instruido por los acontecimientos, que cuando 
hubisteis reunido á los labradores y traí dolos á 
Puerto-Rico, debíais haber estorbado su disper- 
sión , y en lugar de acudir á la Audiencia de 
Santo Domingo, que en ningún tiempo podia 
seros muy favorable, debíais, en seguida, ha- 
ber acompañado á Ocampo á Cumaná, á fin de 
impedir los funestos resultados de semejante 
expedición. Es cierto que esta expedición hu- 
biera dado poca inclinación á los indios para 
ayudaros en vuestros designios, y no era fácil 
poner coto á sus medidas por medio de órde- 
nes procedentes de Santo Domingo. Además, 
según lo que vos mismo decís, Ocampo era un 
hombre gracioso, decidor y amable, un amigo 
vuestro de muchos años; si lo hubieseis acom- 
pañado en su viaje y enterádole del modo de 
pensar de los personajes influyentes de la Cor- 
te, dirigiéndole ofrecimientos de ventajas per- 
sonales para él, lo hubierais traido á vuestro 



165 

lado. Entonces ;, á la cabeza de vuestros dos- 
cientos ó trescientos colonos y con vuestros na- 
vios y bastimentos^ hubierais tenido más po- 
der del que después tuvisteis^ aun viéndoos ar- 
mado con cartas de la Audiencia. Hablo, según 
llevo ya dicho, con toda la fácil sabiduría que 
se adquiere cuando se conocen los aconteci- 
mientos, y sé cuan necias son por lo general 
las criticas de acciones. Además de eso, com- 
prendo y simpatizo con vuestra repugnancia 
en ligar vuestro magno proyecto con una expe- 
dición que tenia por fin declarado la- venganza, 
y que bien podia ser resultase en pillaje. No 
me detendré en hacer consideraciones sobre 
vuestra modestia bien rara, y cuyas consecuen- 
cias fueron desgraciadamente bien de deplo- 
rar, cuando cedisteis á las representaciones del 
Padre Garceto y desamparasteis vuestra peque- 
ña colonia en ocasión en que la presencia de 
un hombre enérgico y vigoroso valia un sin fin 
de órdenes de la Audiencia, que como debíais 
de saber, perdían parte de su fuerza por cada 
legua que se separaban del centro de autori- 
dad , hasta que al fin en los llanos y bosques de 
Tierra Firme esas misiones no eran sino pape- 
les sin valor.» [The Ufe of Las Casas by Arthur 
Helps. London, 1868.) 
Escribió Las Casas al Rey, al cardenal Adriano 



166 

y á los ministros flamencos, y se puso á aguardar 
sus contestaciones con paciencia. Su gran des- 
gracia, con especialidad en aquel crítico período 
de su existencia, fué no encontrar algunos hom- 
bres que le ayudasen y se dedicasen á él con la ab- 
negación que merecía y fuesen algo más de su 
confianza que aquellos de quienes habia tenido 
que valerse. En esta época de su vida es cuando 
Las Gasas se concentra en sí mismo y siente des- 
mayar su gran valor. La duda y la desconfianza 
comenzaron á penetrar en su corazón y á herirlo 
cruelmente. Asaltábanlo mil pensamientos con- 
trarios que contribuían á aumentar la dolorosa 
.confusión en que se veía envuelta su mente. Ha- 
bia momentos en que la falta de fe, no en la bon- 
dad de su causa, sino en la eficacia de sus fuer- 
zas para hacerla triunfar, laceraba su corazón tan 
sensible y tierno. Perseguíalo ya la terrible y 
profundamente desconsoladora idea de que sus 
esfuerzos eran y serian fútiles; que podia ser uno 
de los inescrutables fines de la Providencia el 
haber ordenado que fuesen los indios extermi- 
nados, y que los españoles se hiciesen culpables 
de aquellos actos de rigor y de ferocidad que lo 
llenaban de horror y aflicción. 

«Pero en la verdad, no se lo puso Dios en el 
)) corazón que fuese ó porque él no lo merecía, ó 
aporque aquellas gentes según los profundos jui- 



167 

))CÍos divinos se habian con otras muchas de per- 
))der^ ó porque también los facinerosos pecados 
))de nuestra nación, que en aquellas gentes han 
acometido, no se habian tan presto de fenecer.» 
(Las Gasas, Historia de las Indias MS. lib. iii 
capítulo 159. ) 

Estando en el monasterio de Santo Domingo se 
dedicó Las Gasas á escribir su Historia de las 
Indias; viviendo en alejamiento completo del 
teatro del mundo y de las cosas de Indias , y siendo 
esta obra, que empezó á escribir en el año de 1527, 
acabada pocos años antes de su fallecimiento en 
1561, debido á las interrupciones causadas por 
las muchas vicisitudes de su existencia. Durante 
^1 tiempo que estuvo en el monasterio (cerca de 
siete años) se ocupó de varios otros trabajos y es- 
tudios, escribiendo tratados en los cuales desple- 
gó cuanta erudición teológica, filosófica y legal 
daba de sí aquel siglo. 

El historiador Remesal y el Padre Las Gasas 
relatan muy por extenso el interesantísimo epi-, 
sodio del cacique D. Enrique, y no puede menos 
de sorprendernos el que el ilustre Quintana, ge-. 
neralmente tan exacto y escrupuloso, mencione 
apenas aquel suceso bien romántico por cierto. 
La entrevista que con D. Enrique tuvo el grande 
hombre cuya vida y apostolado forman el asunto 
de este libro, posee una importancia bastante, 



168 

á nuestro entender, para justificar la introduc- 
ción en una Vida de Las Casas de la notable re- 
belión de aquel jefe indígena, que en el largo 
período durante el cual supo hacer frente y re- 
sistir con éxito los repetidos ataques de las tropas 
españolas, tuvo ocasión de desplegar más de una 
vez como guerrero y como hombre, cualidades 
nada vulgares aun en razas más civilizadas. El 
episodio de la rebelión del cacique D. Enrique es 
como sigue: 

En el lugar de San Juan de Maguana, en la Es- 
pañola, habia un poblador que tenía un reparti- 
miento de indios, cuyo cacique se llamaba En- 
rique, el cual habia sido criado desde niño en el 
monasterio de San Francisco, mostrando el indio 
siempre en sus obras el excelente fruto que ha- 
bia sabido sacar de la compañía de aquellos reli- 
giosos. D. Enrique, que así lo llamó más tarde 
en una carta el Rey, era mozo de agradable pre- 
sencia, buen talle y rostro placentero, manifes- 
tando comedimiento , seriedad y cordura en sus 
modales y palabras; su provincia ó cormarca es- 
taba situada en las sierras que dan al mar del 
Sur. El poblador á quien servía D. Enrique con 
sus indios, apellidábase Valenzuela, que era un 
joven de genio brutal y pasiones desenfrenadas, 
vecino del mismo lugar de San Juan de Maguana, 
el cual robó á D. Enrique una hermosa yegua que 



169 

poseía y además le quitó su mujer : á las quejas 
del agraviado cacique respondió el libidinoso Va- 
lenzuela mandándole dar de palos. Las nuevas y 
reiteradas reclamaciones del indio dirigidas á Pe- 
dro de Vadilla, teniente del gobernador de la vi- 
lla, y á la Audiencia de Santo Domingo, fueron 
acogidas con desaire y desdén, y no tuvieron otro 
éxito que el de acarrear nuevos sinsabores, nue- 
vos disgustos al infeliz D. Enrique. 

Tanto como duró el tiempo del servicio del ca- 
cique , que eran ciertos meses del año en que se 
mudaban las cuadrillas de trabajadores, devoró 
sus afrentas y sufrió callando y disimulando; pero 
concluido el tiempo se volvió á su tierra con su 
gente, y una vez en ella se negó á seguir dando 
obediencia al que tan cruelmente le habia ultra- 
jado y á permitir que ningún indio de los suyos 
fuese á servirlo. Viendo esto Valenzuela, se puso 
á la cabeza de una docena de hombres, y se fué 
á buscar al cacique con objeto de prenderlo, mal- 
tratarlo y hacerle servir mal de su grado. Lle- 
gó efectivamente al lugar de D. Enrique, pero 
con no poca extrañeza suya se encontró con que 
el cacique estaba preparado á defenderse , y ha- 
bia armado á todos sus indios con lanzas , arcos, 
flechas, piedras y lo demás con que pudo equi- 
parlos. No rompió, con todo, las hostilidades el 
cacique, sino que saliendo al encuentro de Ya- 



170 

lenzuela le dijo con una dignidad^ moderación y 
prudencia dignas de todo encomio^ que se vol- 
viese por donde habia venido^ pues ni él ni nin- 
guno de sus indios habia de seguirle. El temera- 
rio poblador, al oir estas palabras , incapaz de re- 
primir su ciego furor, prorumpió en los más afren- 
tosos denuestos y viles injurias, y cerró con los 
indios seguido por la gente que llevaba, trabán- 
dose en el acto una sangrienta pelea en que mu- 
rieron dos españoles y fueron heridos varios, te- 
niendo al fin Valenzuela con los que le quedaban 
que volver las espaldas confusos y descalabrados. 
No consintió D. Enrique que los suyos lo siguie- 
sen, contentándose con decir: — « Agradece, Va- 
lenzuela, que no te mato; anda y no vuelvas más 
acá, guárdate.» 

Al saber este grave suceso mandó la Audien- 
cia que fuesen despachados ochenta hombres á 
sojuzgará los indios alzados; pero esta expedi- 
ción no tuvo mejor éxito que la de Valenzuela, 
pues en esta ocasión también fueron completa- 
mente desbaratados los castellanos por D. Enri- 
que, perdiendo en la refriega bastante gente. Es- 
tas dos victorias dieron considerable importancia 
al rebelde y extendiéndose su fama por una gran 
extensión del territorio, hizo esto con que acu- 
diesen á él, para reforzarlo, una multitud de in- 
dios de diferentes puntos, llegando á reunir un 



171 

yerdadero ejército; y á estos indios los ocupó en 
disciplinarlos y enseñarles el método de pelear 
contra españoles, instruyéndolos constantemen- 
te en la esgrima y en el manejo de la lanza y ar- 
mas arrojadizas. Los obligó también á usar siem- 
pre de moderación , y les prohibió terminante- 
mente matasen ó maltratasen á castellano alguno 
como no fuese peleando; y aun así, en los infini- 
tos combates que libró subsecuentemente y de 
que salió invariablemente vencedor, mostróse 
siempre clemente y piadoso para con los vencidos, 
siendo su principal afán en la pelea el hacerse 
dueño del mayor número posible de armas de 
sus enemigos, distribuyéndolas después entre sus 
indios. Llegó á recoger una gran cantidad de ellas 
así ofensivas como defensivas, y se hizo al fin se- 
riamente formidable y temible para los españoles, 
extendiéndose y consolidándose más y más con 
cada triunfo obtenido la fama de su nombre, va- 
lor y magnanimidad. Según las ingenuas pala- 
bras de Remesal «jamás fueron á él los castellanos 
que no volviesen con las manos en la cabeza.» 
Era tanto así, que en las expediciones sucesivas 
que por orden de la Audiencia se enviaban contra 
D. Enrique, no siempre iban de buena gana los 
soldados que formaban parte de ellas, vatici- 
nando sin duda el inevitable descalabro que los 
aguardaba á manos del valiente cacique. 



172 

Al íin un religioso llamado fray Remigio, de la 
orden de San Francisco , uno de los que hablan 
ido á la Española procedente de Picardía^ y 
que habla criado á D. Enrique en el convento, 
conociendo el buen natural de su ahijado y con-^ 
cibiendo la esperanza de poderlo atraer ¿i una re- 
conciliación y á una existencia de paz , sosiego y 
concordia para lo futuro, se resolvió á avistarse 
con él. Consiguió verlo después de una trabajosa 
jornada en que corrió inminente riesgo de ser 
muerto por algunos indios; y el cacique, tratando 
al buen religioso con todo amor y respeto, le dijo 
que en su pecho no abrigaba odio alguno contra 
los castellanos ni deseo de hacerles daño, sino 
que se habia visto obligado á retirarse á su terri- 
torio y alzarse con los suyos para evitar la suerte 
de sus padres; que ni él ni sus indios causaban 
mal á nadie, y que no hacian otra cosa que de- 
fenderse contra los que venian a cautivarlos y 
matarlos. Al retirarse el religioso después de una 
conferencia prolongada, se despidió de él D. En- 
rique, le besó la mano de rodillas y le abrazó der- 
ramando muchas lágrimas, en las cuales le acom- 
pañó fray Remigio, volviéndose después á Santo 
Domingo, donde contó lo sucedido. 

En 1527 fué como presidente de la Audiencia 
de Santo Domingo D. Sebastian Ramirez de Fuen- 
leal, llevando entre sus instrucciones el encargo 



173 

muy especial de pacificar la Isla y reducir al ca- 
cique D. Enrique á la obediencia y servicio del 
Rey. Dispusiéronse nuevas armadas y expedicio- 
nes con crecido gasto de la Hacienda y sacrificios 
por parte de los vecinos de la Isla, que se veian 
sobrecargados con sisas é imposiciones siempre 
crecientes para costear la guerra; no habiendo 
más resultado de todo ello que el dinero perdido 
y la gente muerta y desbaratada con afrenta del 
nombre español ultrajado por un indio victorioso 
y triunfante de las banderas de Castilla. 

Las Casas, según cuenta Remesal, representó 
al presidente de la Audiencia, que tenia grande 
opinión de su sabiduría y prudencia en todo, 
cuanto se erraba en querer sujetar al cacique al- 
zado por los ásperos medios de la guerra, y cuan 
preferible era el hacer uso de la suavidad y la 
benigna persuasión; y se ofreció para irá D. En- 
rique con el fin de ablandarlo, convertirlo y con- 
vencerlo á que hitíiese las paces y se volviese á 
Santo Domingo. Alegróse el presidente con esta 
determinación de Las Casas, diéronle licencia de 
llevarla á efecto los prelados, y él, lleno de santo 
y fervoroso celo , se fué y entró por los montes, 
peñascos y asperezas por donde sospechó que an- 
daba D. Enrique. Logró verlo, y con muchas, 
suaves y persuasivas razones, pudo hacer que 
se mostrase dispuesto á tratar de paz y dejar las 



174 

armas. Dio el indio palabra de esto á Las Casas, 
hizo juramentos, entregó prendas ó rehenes con 
la condición de que el presidente, en nombre del 
Rey, le diese á él y á los suyos seguro de la vida 
y perdón general , devolviéndole sus indios y ha- 
cienda , y dejándole de allí en adelante vivir en 
paz. Volvió Las Casas á Santo Domingo y causó 
gran regocijo la nueva de lo que tanto se deseaba, 
esto es, la pacificación y sosiego de la Isla. Envia- 
ron, pues, como embajador á Hernando de San 
Miguel, natural de Ledesma y vecino del Bonao, 
uno de los habitantes más antiguos de la Espa- 
ñola, al cual se dieron amplias instrucciones de 
lo que habia de decir y prometer de parte del Rey 
al cacique. Tuvieron algunas conferencias en las 
cuales el cacique se mostró dispuesto á acceder 
á lo que se le pedia, y al fin convinieron en que 
el capitán San Miguel fuese un dia que señalaron^ 
con solos ocho hombres, y D. Enrique con otro& 
ocho, á cierto lugar de la costa del mar, y con 
esto se despidieron. 

No observó, sin embargo, la condición conve- 
nida el capitán San Miguel, pues el dia del plazo 
fué al lugar señalado llevando más de cien hom- 
bres y marchando en forma de escuadrón con la 
bandera desplegada y los pífanos y tambores to- 
cando. D. Enrique, viendo mudado el orden que 
habia concertado con el capitán San Miguel, se 



175 

metió en el monte y no quiso aparecer, dejando 
en la enramada que habia mandado hacer, mucho 
oro y joyas, y los ocho indios que tenía consigo 
para la entrevista. Los indios recibieron á los es- 
pañoles con las mayores muestras de regocijo, 
sirviéndoles de comer con el mayor cuidado y 
entregando todo el oro y alhajas que habia man- 
dado el cacique. El capitán dirigió á los indios 
palabras de amistad para su cacique, expresando 
sentimiento por su ausencia y esperanza de que 
no era ésta debida á indisposición y falta de sa- 
lud. El presidente y los oidores de la Audiencia 
se disgustaron con el resultado de la embajada 
del capitán, y le culpaban de no haber guardado 
el orden concertado perdiéndose así la ocasión tan 
propicia y tan anhelada de todos de firmar paces 
definitivas y duraderas con el cacique. La espe- 
ranza aquella fué desde entonces concentrada ex- 
clusivamente en Las Gasas, y todos confiaban 
que si el clérigo volvia á verse con D. Enrique, 
le atraería totalmente á la paz y le haría despedir 
la gente que capitaneaba. 

Yeremos en el curso de esta narración qué 
cuenta supo dar el apóstol en su segunda entre- 
vista con el cacique. Remesal, como hemos visto, 
atribuye á Las Casas la primera intervención con 
él, mientras que los demás historiadores no le 
atribuyen sino una sola visita cuando ya estaba 



•176 

reducido y para confirmarlo en su intención. 
Quintana se expresa en los términos siguientes: 
(( Es sensible no poder segair á su (de Las Gasas) 
)) principal biógrafo Remésala en el magnífico 
)) episodio con que les da principio. El mundo, 
)) según él, fué á buscar á Las Gasas en su sole- 
)) dad, y haciendo homenaje á la humanidad de 
» sus principios y á su talento de persuadir, lefio 
» el encargo de reducir y pacificar á aquel Enri- 
» que , caudillo de los indios alzados en las mon- 
)) tañas del Bazanco en la Española, á quien en 
» catorce años las armas de los castellanos no pu- 
» dieron rendir, ni sus promesas ganar, ni sus 
» engaños perder. Ninguna de las memorias del 
)) tiempo , ni ninguno de los historiadores acre- 
» ditados, da á Las Gasas semejante intervención 
)) en aquella transacción importante , ni le atri- 
)) huye más parte que una visita que hizo al caci- 
:» que, cuando ya estaba reducido, para afirmarle 
» en su buen propósito.» (Quintana. — Vida de 
españoles célebres. — Fray Bartolomé de Las 
Gasas.) 



CAPITULO VI 



Reflexiones.— Un episodio á propósito. — Acontecimientos de trascenden- 
cia.— Nuevos viajes de Las Casas.— Pasa á un convento en Méjico.— 
Llega á Guatemala. — El prior lo envia al Perú. — Intima á D. Francis- 
co Pizarro y á Diego de Almagro las Cédulas reales. — Retorna á Pana- 
má y á Realejo. — Es llamado á la Española por el licenciado Cerrato.— 
Se pone en viaje. — Lo ponen de mediador con el rebelde cacique don 
Enrique. — Parte en busca del cacique.— Entrevista. — Cede D. Enri- 
que y se somete. — Se presenta con Las Casas en la Audiencia.— 
Vuelve & Nicaragua. —Atrocidades que refiere Las Casas. — Se dirige 
á Guatemala. — Publica su tratado Be v.nico vocationis modo. — La 
Tierra de Tuzulutlan ó «Tierra de guerra.» — Ofrece Las Casas so- 
juzgarla. — Sistema curioso de conquista. — Sus efectos. — Bautismo 
del cacique. — Predicaciones. — Paulo III y su bula Euntes áocete omites 
(/entes. — Breve para el Arzobispo de Todelo. — Júbilo de Las Casas.— 
Ideas liberales dal apóstol. — Funda un pueblo.— Retorna á Guate- 
mala. 



Muchas veces nos sentiríamos dispuestos á. 
creer que las grandes lecciones de lo pasado son 
perdidas para la humanidad^ cuando vemos en 
nuestros dias, y en circunstancias análogas, 
actos de bárbaro despotismo, de arbitrariedad es- 
tulta, de ofensiva arrogancia, equivalentes á los 
del insano Valenzuela, y que han producido y 
seguirán produciendo , toda vez que se repitan, 
consecuencias igualmente funestas. La soberbia 

J2 



y tiranía de las razas dominadoras producen in- 
variablemente en las dominadas aquel descon- 
tento sordo ;, tanto más de temer cuanto más se 
disimula ;, y que llegado el dia fatal en que esta- 
lla, se traduce en asoladoras convulsiones y hor- 
rorosos excesos revolucionarios. Actos como los 
de Yalenzuela son los que cubren con oprobio y 
descrédito los timbres de una gran nación, y 
constituyen el principio y la causa de aque- 
llos deplorables cataclismos que cuestan rios de 
sangre. ¡Cuántos males no pueden acarrear á 
una colonia pacífica y sumisa, la temeridad y 
despotismo de funcionarios ignorantes ó mal- 
vados ! 

Por esto importa tanto á los gobernantes que 
deseen obrar con acierto, y tomar á pecho los 
intereses de todos los hijos de la patria, aun de 
aquellos que viven en las provincias más remo- 
tas, el elegir con la mayor prudencia y circuns- 
pección á todos los oficiales públicos á quienes 
confian el delicado cargo de regir poblaciones, 
que si bien son por índole dóciles y sumisas, re- 
quieren, sin embargo, ser tratadas y gobernadas 
con toda la suavidad y precaución que sus cir- 
cunstancias y especiales condiciones exigen. Su- 
giérenos las anteriores reflexiones un hecho 
acaecido no hace muchos años, que nos fué refe- 
rido por un testigo ocular, y que no titubeamos 



179 

en creer sería uno de los muchos actos de injus- 
tificable y grosero atropello que dieron motivo á 
la guerra sangrienta de Santo Domingo, y á la 
pérdida de aquella importante provincia, que ha- 
bla buscado en la anexión espontánea á la madre 
patria un remedio contra los males sin cuento de 
incesantes discordias intestinas. El hecho fué el 
siguiente: — En la bahía de Samaná se hallaba 
un oficial de ingenieros del ejército español, y 
en su alojamiento se hallaba también un hom- 
bre de color, general dominicano, á quien el 
Gobierno de España le habia reconocido y con- 
firmado su grado, así como á otros muchos. Pasó 
por Samaná un vapor español con pasajeros, pro- 
cedentes de la Habana, algunos de los cuales co- 
nocían al oficial referido; y éste, hablando con 
ellos sobre el estado de cosas en Santo Domingo, 
y satirizando el hecho de que hubiese España re- 
conocido las graduaciones de los oficiales del 
ejército dominicano, los invitó á su casa para de- 
mostrarles lo que era un general de aquel país, 
y de qué manera acostumbraba á tratarlo. De- 
lante de ellos llamó al negro general, y le or- 
denó despóticamente que le limpiase las botas, 
lo que el negro hizo con humildad, como si fuera 
su criado ; y al terminar la operación le dio el 
Q^\(AdX wlí puntapié . El general negro se volvió 
al oficial español con respeto, pero con dignidad, 



• 180 

diciendo «que le faltaba; que no tenía inconve- 
niente en limpiarle su calzado ó su ropa, como 
un servicio personal; pero que debia recordar 
que era un general reconocido por el Gobierno 
de España, y que ni la Ordenanza ni el Gobierno 
le autorizaban para abochornarlo de aquella ma- 
nera; y que si la prudencia no le permitía decir 
más por entonces, que tal vez llegaría el tiempo 
en lo futuro.» Y en efecto; al poco tiempo se su- 
blevaron los habitantes de Santo Domingo por 
varias causas y tropelías parecidas á ésta, y el 
general negro fué uno de los que hicieron reti- 
rar cfcon las manos en la cabeza» al ejército es- 
pañol y al oficial que lo habia insultado. Referi- 
mos, sin más comentarios, esta anécdota, que 
tenemos todas las razones para creer auténtica, 
pues nos la ha contado un español , testigo ocu- 
lar, con el objeto de hacer recordar las fatalísi- 
mas consecuencias que un imprudente servidor 
puede traer al Estado. 

Durante el tiempo que Las Casas permanecia 
en el convento de dominicos, acontecimientos 
de trascendencia inmensa hablan tenido lugar 
en el Nuevo mundo. Hernán Cortés habia com- 
pletado del todo la conquista de Nueva España; 
Guatemala habia sido invadida por Alvarado ; Pi- 
zarro habia empezado ya á dominar el vasto im- 
perio dé los incas, mientras otros conquistado- 



181 

res se apoderaban de las feraces regiones de 
Nicaragua. Este periodo de la vida de Las Casas 
es asaz oscuro^ y ni los escritores^ sus contempo- 
ráneos, ni los que han venido después, nos ayu- 
dan mucho para aclararlo. Parece que fué á Ma- 
drid en el año de 1530, con licencia de los prela- 
dos de su Orden. Predicó en la corte con general 
aceptación, y en los seis meses que se empleó 
en este ministerio, negoció una Real Cédula para 
Diego de Almagro y D. Francisco Pizarro, en la que 
se les mandaba terminantemente que de manera 
alguna pudiesen hacer esclavos en las provincias 
del Perú, de que eran capitanes generales. Vol- 
vió Las Casas á la Española en la ocasión en que 
se habia tenido allí el primer capítulo provincial 
en que se aceptó por convento formado de la re- 
ligión, el de Santo Domingo de Méjico, como su- 
jeto á la provincia de Santa Cruz, siendo nom- 
brado primer prior el padre fray Francisco de 
San Miguel, quien se embarcó para Méjico con 
algunos religiosos, entre los cuales estaba Las 
Casas. Dispuso luego fray Francisco de San Mi- 
guel mandarlo al Perú, con motivo de la notifi- 
cación de la Cédula Real referente á la libertad 
de los indios , y también para fundar conventos 
de la orden en aquellas provincias. Atravesó, 
pues, el apóstol toda Nueva España hasta Nicara- 
gua, llevando consigo dos compañeros única- 



182 

mente , los padres fray Bernardino de Minaya y 
fray Pedro de Santa María, por otro nombre Pe- 
dro de Ángulo. 

Llegaron á la ciudad de Santiago de los Caba- 
lleros en Guatemala, aposentándose en el con- 
vento de Santo Domingo, y los habitantes que se 
regocijaban primero al saber que habian llegado 
frailes de Santo Domingo, prontamente se les 
(( aguó el contento » al saber que venia Las Ga- 
sas con ellos, pues desde luego sospecharon que 
traerla Gédulas y provisiones Reales en perjuicio 
suyo. Llegaron al puerto de Realejo, y allí se 
embarcaron para el Perú en un navio que lleva- 
ba gente y bastimentos para Diego de Almagro y 
D. Prancisco Pizarro; y así que hubieron llegado, 
notificó Las Gasas las Gédulas Reales á los dos 
capitanes, quienes prometieron guardarlas y obe- 
decerlas, por mucho que lo que en ellas se or- 
denaba y estipulaba fuese en contra de sus inte- 
reses. Trató en seguida el apóstol de fundar con- 
ventos y asentar la Orden para los naturales de 
aquella tierra. Después de esto, y como aquellos 
países estaban grandemente alterados por la con- 
quista y el desasosiego causado entre los indios 
por la muerte del Inca Atabaliba, no habiendo 
en sitio alguno medio de vivir con aquella paz 
tan necesaria para la predicación del Evangelio, 
determinaron los religiosos embarcarse para Pa- 



183 

namá^ y lo hicieron así^, llegando á Realejo, en 
la provincia de Nicaragua, en el año de 1532. 

Estando Las Gasas en Nicaragua ocupado con 
sus compañeros en instruir á los naturales en la 
fe, recibió una carta del licenciado Cerrato, pre- 
sidente de la Audiencia de Santo Domingo , su- 
cesor en aquel grave oficio de D. Sebastian Ra- 
mírez deFuenleal, que habiasido nombrado pre- 
sidente de la Audiencia de Méjico, en la cual le 
pedia con suma instancia que partiera con la 
brevedad posible á la Española , declarándole 
cuan necesaria era su presencia y enviándole li- 
branzas para el gasto del camino. Las Casas obe- 
deció sin tardanza, y embarcándose con fray 
Pedro de Ángulo en el puerto de Trujillo, llegó 
á la Española, donde fueron recibidos con ge- 
neral satisfacción, á pesar de que no faltaron, 
como siempre, algunos descontentos que no 
disimulaban su mal humor y ceño contra Las 
Casas, porque no cesaba de presentarse con 
nuevas órdenes y despachos reales para re- 
frenar á los dueños de encomiendas y reparti- 
mientos. 

El licenciado Gerrato deseaba sobre todas co- 
sas, que por medio de la intervención é influen- 
cia de Las Casas se terminase por completo la 
rebelión del cacique D. Enrique, quien, aunque 
no hacía mal á nadie desde las entrevistas que 



184 

habia tenido con fray Remigio y con el mismo 
Las Casas, si es que tocante á este útimo punto 
seguimos la opinión de Remesal, no habia tam- 
poco desbandado á los indios que traia consigo, 
y se mantenía todavía en la sierra sin dar seña- 
les de querer venir á juntarse de nuevo, pacífica 
y amistosamente, con los castellanos. Las Casas 
se mostró, como es fácil comprenderlo, muy dis- 
puesto á secundar las miras del Presidente, quien 
no quería emplear sino los medios suaves de la 
persuasión y del cariño para sosegar la isla y re- 
conciliar a los indios; y al fin, acompañado siem- 
pre por su fiel amigo fray Pedro de Ángulo, se 
entró por los montes á buscar al cacique. Hallá- 
ronlo después de caminar mucho tiempo traba- 
josamente por asperísimos caminos, y aunque 
hacía cuatro años que no se ejercitaba en la 
guerra, y que se mantenía en actitud espectante 
y de observación, vivia tan apercibido y prepa- 
rado para pelear como el primer día en que se 
declaró en rebelión. 

Estuvieron los Padres algunas semanas con el 
cacique, y como no juzgaban oportuno mandar 
noticias suyas á la ciudad de Santo Domingo, 
hasta saber de lijo el resultado favorable ó adver- 
so de su misión , dieron lugar á que el Presiden- 
te de la Audiencia y los religiosos viviesen entre 
tanto en la mayor inquietud, sobresalto y desaso- 



185 

siego ^ pensando que podría haberles sucedido 
alguna desgracia. 

Al fin triunfó la elocuencia irresistible de Las 
Casas ^ y el cacique rebelde, que durante catorce 
años Jiabia sido un verdadero terror para la isla, 
cedió plenamente á las instancias del admirable 
apóstol, y breve tiempo después pudieron entrar 
juntos por las puertas de la Audiencia, después 
de haber recibido una verdadera ovación de toda 
¡agente, y especialmente de la nobleza. No po- 
demos menos de tributar un homenaje de admi- 
ración al Presidente, quien con delicadeza suma, 
exquisito tacto y refinada caballerosidad honró 
mucho al cacique, sin hablarle una palabra si- 
quiera de la rebelión pasada, ni de los daños que 
por su causa habia recibido la isla. Dice Remesal 
hablando de este suceso: ((Confirmó y cumplió 
)) muy puntualmente lo que el Padre Fray Barto- 
)) lomé de Las Casas le habia prometido en nom- 
)) bre del Rey y suyo, entregándole (á D. Enri- 
))que) sus indios y pueblos de que era señor 
)) natural y teniendo siempre gran cuidado de fa- 
))vorecerle y regalarle, llamarle de cuando en 
)) cuando y honrarle en la ciudad; le tuvo siem- 
))pre contentísimo y muy en servicio del Rey, 
)) amistad de los españoles que la deseaban y en 
))paz y seguridad de la isla.)) (Historia de la pro- 
vincia de Chiapa y de Guatemala, lib. n, capí- 



186 

tulo XXII.) Así terminó la rebelión de D. Enrique, 
gracias al celo y diligencia de Las Gasas, auxilia- 
do por fray Pedro de Ángulo. 

En 1534 intentó Las Casas verificar otro viaje 
al Perú; pero un temporal deshecho le obligó á 
regresar al puerto de Realejo, en donde se habia 
embarcado. En Nicaragua hizo formidable opo- 
sición al gobernador Rodrigo de Gontreras, á 
quien estorbó el que emprendiera una de esas 
expediciones á lo interior, que eran siempre fa- 
tales para los míseros indios. En esta provincia 
se hablan perpetrado los actos más horribles de 
ferocidad y barbarie, y Las Gasas se extiende con 
una vehemencia espantosa en su Brevísima Re- 
lación de la destrucción de las Indias sobre estas 
atrocidades indisculpables. Dice entre otras co- 
sas: ((Y acaeció vez de muchas que esto hizo, que 
»de cuatro mil Indios, no volvieron seis vivos á 
))sus casas, que todos los dejaban muertos por los 
)) caminos. É cuando algunos cansaban, y se des- 
» peaban de las grandes cargas y enfermaban de 
» hambre, é trabajo é flaqueza; por no desensar- 
» tartos de las cadenas les cortaban por la collera 
)) la cabeza, é caya la cabeza á un cabo, y el cuer- 
))po á otro. Véase que sentirían los otros.» (Las 
Gasas, Brevísima Relación de la destrucción de 
las Indias, pág. 15.) 

Después de muchas y enconadas contiendas 



187 

€011 el gobernador de Nicaragua^ salió de su con- 
vento el apóstol acompañado por algunos frailes 
y se dirigió á Guatemala, donde fijó su morada 
en el monasterio edificado por Domingo de Be- 
tanzos y que habia permanecido vacio durante el 
espacio de seis años. El obispo electo de aquella 
ciudad, D. Francisco Marroquin, era conocido y 
amigo de Las Gasas desde largo tiempo. En esa 
época publicó su tratado latino titulado Be único 
vocationis modo, en que expone su principio pre- 
dilecto y constante de que el mejor método para 
enseñar la religión á los hombres es persuadien- 
do el entendimiento con raciocinios y ganando 
suavemente la voluntad. 

En los términos de Guatemala existia la tierra 
de Tuzulutlan , país áspero y montuoso lleno de 
lagunas, rios y pantanos, cuyos habitantes eran 
bravos y feroces y hablan resistido con indoma- 
ble valor á los españoles, negándose también á 
tratar con ellos de paz. Tres expediciones que se 
hablan organizado para sojuzgarlos no hablan te- 
nido otro éxito que el más completo escarmiento. 
El país era pobre y estéril además, y se le habia 
dado la denominación de tierra de guerra, con- 
tribuyendo todas estas circunstancias á hacer de 
ese suelo escabroso el terror de todos. Las Gasas 
con su entereza acostumbrada y en medio del 
asombro del gobierno de Guatemala y de los veci- 



188 

nos de su capital^ se obligó á traer á la obediencia 
del Rey aquella provincia^ sin soldados ni fuerza de- 
armas^ pero únicamente por medio de la exhorta- 
ción y de la predicación. Para una obra tan he- 
roica no pidió galardón ni recompensa, sino que 
se ofreció á predicar el Evangelio con las condi- 
ciones qae Cristo manda que sus ministros lleven 
entre las gentes que han de ser enseñadas. Exi- 
gió solamente que los indios de aquella tierra no 
fuesen dados en encomiendas y sólo tuviesen que 
pagar el tributo al Rey según sus facultades y co- 
mo los demás vasallos, y que en el término de 
cinco años ningún español entrase en la tierra. 
El licenciado Alonso de Maldonado, gobernador 
de la provincia, concedió estas condiciones sin 
poner obstáculo , y despachó la cédula á nombre 
del Rey, aceptando la empresa y obligándose á 
cumplir los artículos estipulados. 

Hé aquí el método de que se valieron para dar 
principio á su intento y preparar de antemano la 
introducción en la tierra de guerra. Compusieron 
en la lengua del país unos versos en forma de 
coplas en que describían la creación del mundo, 
la caida del hombre, su destierro del paraíso, la 
necesidad de la redención, la vida, milagros, 
pasión y muerte de Jesucristo, su resurrección y 
su segunda venida para juzgar á los hombres, 
premiar á los buenos y castigar á los malos; pu- 



189 

sieron estos versos en música é hiciéronselos 
aprender de memoria y cantar á cuatro indios 
cristianos^ mercaderes de oficio, que iban y ve- 
nian á la tierra de guerra ocupados en su tráfico 
y comercio sin temor alguno de ser maltratados 
ni ofendidos; y cuando supieron bien las coplas, 
los mandaron con algunas bujerías de Castilla y 
dándoles instrucciones á las tierras de Zacápula y 
el Quiche. Dice Quintana, sin embargo , que 
<( estas tierras no eran propiamente las de guerra, 
))que estaban algo más lejos. Sus naturales eran 
))más tratables y mansos, y el dialecto de que 
)) usaban, que era el mismo que el de Guatemala, 
;) prestaba ocasión para entenderse fácilmente con 
)) ellos.» 

Fueron los mercaderes al cacique principal de 
aquellas tierras, el cual era un hombre respetado 
por su valor y buen juicio. Diéronle los presentes 
que les habian entregado los Padres y establecie- 
ron su tienda, á la que acudieron un gran nú- 
mero de indios. Acabada la venta, pidieron un 
instrumento del país y empezaron á tañer y á 
cantar las coplas que de los Padres habian apren- 
dido. Los indios prestaban la mayor atención em- 
bebecidos y' suspensos con la música, que les pa- 
recía delicioscL y que sería indudablemente supe- 
rior á las rudas sinfonías á que estarían acostum- 
brados. El cacique demostró un interés especial 



19Ü 

en la música y la letra de los cantares^ y dirigió 
un sinnúmero de preguntas á los mercaderes^ 
quienes respondieron que no sabian más de lo 
que habían cantado^ y hablaron de los padres 
describiéndolos en sus costumbres así como en 
su aspecto exterior. El cacique^ ardiendo en de- 
seos de conocer una gente tan apacible y buena, 
y cuya fama era diferente de la de los demás es- 
pañoles^ mandó con los mercaderes cuando se 
volvieron á Guatemala á un mancebo hermano 
suyo con presentes y un mensaje para los frailes 
en que les convidaban á venir á su tierra. 

Fué primero el padre Luis Cáncer, á quien el 
cacique hizo un recibimiento pomposo tratándolo 
con el mayor acatamiento y veneración. Comenzó 
sin tardanza el padre Luis Cáncer á predicar el 
Evangelio á aquellos indios y con algún fruto, 
siendo muy bien tratado por todos. El hermano 
del cacique hizo relación á éste de todo lo que 
había observado en la vida y^ costumbres de los 
Padres, y aumentó más todavía con su relación el 
afecto que el cacique les iba ya cobrando. Deter- 
minó hacerse cristiano y predicar la fe á sus 
vasallos derribando y quemando desde luego sus 
ídolos, cuyo ejemplo fué imitado por muchos de 
los principales entre su gente. Recorrió el padre 
Luis Cáncer los pueblos que estaban sujetos al 
cacique, y fué en ellos benévolamente acogido y 



191 

escuchado con profundo respeto. Hecha esta di- 
ligencia que le habia sido ordenada^ se volvió á 
la ciudad de Santigo. 

Recibieron á fray Luis, á Las Casas y á los demás 
dominicos con indescriptible satisfacción, sobre 
todo cuando se hubieron enterado por completo 
y en detalle de todos los excelentes resultados 
que habia tenido su importante y delicada mi- 
sión. Debió el Apóstol sentirse tanto más feliz 
por estos sucesos cuanto que estaba totalmente 
desacostumbrado de ver sus empresas corona- 
das por un regular ó buen éxito ; y el término 
de esta al menos debia consolarlo un tanto de los 
desastres de Cumaná. Resolvió á su vez ir á la 
tierra de guerra en compañía de Pedro de Án- 
gulo; y allá fué recibido por el cacique, que al 
bautizarlo le hablan dado el nombre de D. Juan 
con las mayores honras y toda la magnificencia y 
esplendor que sus circunstancias permitían. El 
celoso y ferviente cacique habia, según parece, 
experimentado no pocos tropiezos y desazones en 
sus trabajos y diligencias para la conversión de 
sus vasallos. Debia casarse la hija del cacique de 
Cobán con el hermano deD. Juan, el mismo que 
habia acompañado á fray Luis Cáncer á Santiago, 
y era costumbre en estas ocasiones que los que 
traian á la desposada sacrificasen algunas aves y 
otros animales al llegar á los límites del territorio 



192 

del desposado. Don Juan, que habia renunciado 
á su idolatría, prohibió terminantemente estos 
sacrificios. Esta disposición disgustó al pueblo ig- 
norante y el fanatismo de sus vasallos estimulado 
y excitado quizás por los sacerdotes indios que te- 
nían interés en combatir la nueva religión abra- 
zada por su señor, los impelió á quemar furtiva- 
mente la iglesia cristiana; pero el cacique, nada 
amedrentado por este acto, edificó otra, y en ella 
dijeron misa Las Gasas y Pedro de Ángulo. Pre- 
dicaron al pueblo en la llanura, acudiendo un 
gran número de indios á oirlos. Después de esto 
los Padres recorrieron el territorio de D. Juan, 
aunque respetaron sus deseos no yendo á las tier- 
ras de Coban. 

En esta sazón el Papa Paulo III (Alejandro 
Farnesio), habia recibido cartas del docto obis- 
po de Tlascala, en las cuales le suplicaba el pre- 
lado fijase su atención en los asuntos de Indias; 
y después de dar recepción á una Diputación 
ó misión enviada por Betanzos y los princi- 
pales dominicos de Nueva-España, misión á cuyo 
frente se hallaba fray Bernardino de Minaya, 
que antiguamente habia acompañado á Las Ga- 
sas en Guatemala y Nicaragua, contestó de la 
manera más favorable. Emitió una bula fundada 
en el texto E untes docete oiiines gentes, en la 
cual declaraba completa y entera la aptitud de 



193 

los indios para recibir las luces del cristianismo, 
y condenando en términos muy severos la con- 
ducta de los .que redujesen á esclavitud á dichos 
naturales. Dirigió también un breve al arzobispo 
de Toledo, primado de las Españas, en que con- 
firmaba lo contenido en la Bula, y declaró que 
liabia venido á su conocimiento que el rey de 
España y emperador de Alemania, á fin de re- 
primir á aquéllos que llenos de codicia están 
animados por un espíritu cruel contra la raza 
humana , habia prohibido por decreto á todos sus 
vasallos el hacer esclavos á los indios occidenta- 
les y meridionales y privarlos de sus bienes. 

Fácil es el apreciar la inmensa importancia de 
la Bula y del Breve del Papa para la causa que 
habia abrazado Las Gasas, y el indecible júbilo 
que debieron de causarle esos documentos tras- 
cendentales. No perdió tiempo en traducir el 
Breve al castellano y mandarlo por muchas de 
las partes descubiertas del Nuevo mundo , á fin 
de que los Padres notificasen su contenido á los 
pobladores. Ocupóse entonces del proyecto de 
juntar á los indios para vivir en pueblos, pues 
hasta entonces estaban esparcidos por los mon- 
tes. Decia Las Casas en el memorial que dio al 
emperador en el año de 1542, que para que una 
nación pueda guardar una ley que haya recibido, 
es menester que viva la gente reunida social- 

13 



194 • 

mente y que goce de completa libertad, porque 
no siendo libres, no pueden ser parte de pueblo^ 
y no podrán guardar la ley en que se les quiera 
instruir, por estar sujetos al albedrío y servicio 
de otro. Apoyaba esta opinión con ejemplos sa- 
cados de las Sagradas Escrituras, y decia que la 
ley de Jesucristo era ley de suma libertad, la 
cual requiere que los que la oyen y quieren 
practicar estén libres y vivan sin impedimentos- 
ni estorbos. 

i Qué palabras! ¡ Qué admirable y profunda en- 
señanza! Y estas doctrinas, que en pleno si- 
glo XIX no encuentran superiores, se predica- 
ban y esplayaban pública y libremente en unos 
tiempos que han tachado hombres superficiales 
de bárbaros y atrasados , y cuando el tribunal de 
la Inquisición y el absolutismo gubernamental 
estaban en su vigor más completo y desarrolla- 
do. ¡Un pobre fraile dominico del siglo xvi, un 
fraile español, Las Casas, sobrepujaba en espíri- 
tu verdaderamente liberal y radicalmente avan- 
zado á muchos de los que en el ocaso del si- 
glo XIX se llaman Hberales ! 

Consultado el cacique D. Juan sobre el pro- 
yecto de fundar un pueblo de naturales, le pa- 
reció bien, y decidieron que era mejor comen- 
zar á poner el nuevo plan en práctica con las 
gentes de Teococitlan y Rabinal, haciendo el ca* 



. 195 

cique las diligencias para ese fin con notable 
actividad, y á pesar de la resistencia y oposición 
de los naturales/ que faltó poco para que se su- 
blevasen, pues les parecía insoportable dejar los 
bohíos, montes y valles donde hablan nacido. 

Esto mismo confirma que el objeto de Las Ga- 
sas no estribaba únicamente en tratar con suavi- 
dad y cariño á los naturales, lisonjeando sus 
gustos y contentándose para perfeccionarlos con 
dirigirles sermones, sino que tenía especial em- 
peño en civilizarlos todo lo posible , y por muy 
duro y hasta cruel que se les hiciese á aquellos 
indígenas el abandonar de repente sus usos y 
costumbres y los lugares en que hablan pasado 
su infancia. El amor del sitio que nos vio na- 
cer es un sentimiento innato en el hombre, lleno 
de dulce encanto é irresistible atractivo, y el 
mejorar de condiciones materiales de existencia 
no siempre compensa, para- el rudo y sencillo 
hijo de los bosques, la separación para siempre 
de aquellas primitivas habitaciones en que exis- 
tiera sin las trabas, para él enfadosas, de la vida 
regular y civilizada. 

Al fin juntaron los Padres cien casas con el 
nombre de Rabinal y edificaron una iglesia. Se 
dedicaron también á instruir á los indios en al- 
gunas artes manuales y en los rudimentos más 
esenciales de la civilidad y reglas de aseo y cul- 



196 

tura, recompensándoles " ampliamente la docili- 
dad y buena voluntad de los alunános por el 
trabajo que se tomaban en instruirlos y domesti- 
carlos. 

Atraídos por la fama de la población nueva, 
bajaron á verla algunos naturales del Goban, en 
cuya ocasión mandó Las Gasas llamar á la ciu- 
dad de Santiago de los Caballeros al Padre Fray 
Luis Gáncer, quien obedeció gustoso, y poco des- 
pués de su llegada á Rabinal se internó desde 
luego por las tierras del Goban donde los indios 
le acogieron con la mejor voluntad. Viendo los 
Padres el buen éxito de sus afanes y los excelen- 
tes frutos de sus labores, se dedicaron entonces 
exclusivamente á aprender la lengua de aquella 
tierra, lo que consiguieron en breve tiempo. Con- 
tando el pueblo de Rabinal ya más de quinientos 
habitantes indios cristianos y gentiles, le pareció 
oportuno á Las Gasas volverse á Guatemala para 
conferenciar con el obispo y con el adelantado 
D. Pedro de Alvarado. 



CAPITULO VIL 



El cacique D.Juan va a Guatemala. — Es presentado á Pedro de Alvarado. 

— Obsequios que recibe. — Necesidad de más frailes. — Comisionan á 
Las Casas para volver á España. — Cartas reales para varios caciques. 
— Franciscanos y dominicos destinados á América. — Lleyan los fran- 
ciscanos áVeracruz. — Muere Pedro de Alvarado. — Escribe Las Casas 
su libro La destrucción de las /«í?/rt:5. — Estruendo que sus revelaciones 
causaron en el mundo. — Algunos extractos.— Lo que dice de la Es- 
pañola.— Descripción de las matanzas. — Cómo trataban los españoles á 
los caciques. — G^^ar/o^ií-a?, rey de Cihuo. — IIiffuei, en la Española. — 
Bestias decarga. — En .Jamaica y en San Juan. — Lo acontecido en 
Cuba.— Cierto gobernador. —Algro de lo qne pasó en Nueva España.— 
Un capitán español comparándose á Nerón. — Horrores en Venezuela. 

— Bastan ya los citados episodios. 



Siendo entonces el objeto principal de Las Ga- 
sas el poder continuar la gran obra de la conver- 
sión de aquellos indios sin estorbo ni interven- 
ción extraña, trató de cerciorarse muy positiva- 
mente si le sería guardada la solemne promesa 
que le habia sido dada por escrito de que no en- 
trarían españoles en el territorio, teatro de sus 
nobles afanes. Al efecto, para presentar una 
prueba viva del triunfo que habia alcanzado si- 
guiendo el sistema de persuasión, suavidad y blan- 
dura, en vez del sistema de guerra y exterminio, 



198 

llevó consigo á Guatemala al cacique D. Juan, 
que habia desde el principio bautizado. 

En Guatemala se fué Las Gasas con D. Juan al 
convento dominico, y en cuanto supo su llegada 
el obispo D. Francisco Marroquin fué al punto á 
verlos. También el cacique indio fué presentado 
al adelantado D. Pedro de Al varado, quedando 
éste muy satisfecho de la dignidad, modestia y 
simpatía de D. Juan; y queriendo en aquel mis- 
mo instante hacerle algún obsequio, no se le 
'ocurrió otra cosa que ponerle en la cabeza el 
sombrero de tafetán colorado y con plumas que 
llevaba, acción que dejó al cacique en extremo 
satisfecho y honrado. No contentos -con estas se- 
ñales de amistad el obispo y el adelantado, lle- 
varon al cacique por las calles de la ciudad, ha- 
biéndose dado orden íi los mercaderes que hicie- 
sen muestra de sus mejores géneros y mercan- 
cías con objeto de atraer la atención de D. Juan 
y encargándoles de ofrecerle cualquier objeto que 
pareciese ser de su agrado. 

El cacique, sin embargo, contra lo que todos 
esperaban, se mostró sereno, grave é indiferente 
á todo lo que veia, menos á una imagen de Nues- 
tra Señora á la cual dio muestras de aficionarse. 
Visto esto por el obispo, le declaró la significa- 
ción de la imagen, y mandándola descolgar ro- 
góle á D. Juan que la llevase consigo. Recibióla 



199 

arrodillado y la entregó á un indio principal para 
que la llevase con el mayor acatamiento. Rega- 
láronse varias chucherías á los indios que hablan 
venido acompañando al cacique^ y se les llenó 
de satisfacción y alegría con dádivas de machetes^ 
•sombreros, espejos, agujas y cascabeles. Volvie- 
ron los indios á su tierra y con ellos el padre 
fray Rodrigo de Ladrada y Las Gasas, para conti- 
nuar con más fervor que nunca la conversión de 
•aquella provincia. 

En esta coyuntura el obispo D. Francisco Mar- 
roquin, convencido de que habia falta de sacer- 
dotes en la provincia, expresó á los padres domi- 
nicos la intención en que estaba de mandar á Es- 
paña por algunos frailes de las órdenes de Santo 
Domingo y San Francisco, pues los que habia 
no eran bastantes para todo lo que habia que ha- 
cer en aquella diócesi, especialmente desde la 
nueva ocupación de la Tierra de Guerra. Tratóse 
de la elección de una persona de confianza que 
fuese la más á propósito para negociar en la cor- 
te, sacar previsiones, juntar el número de frailes 
necesario y aviarlos en Sevilla. 

Debia también celebrarse un capítulo de la or- 
den dominica en Méjico, resolviéndose entonces 
que Las Gasas y Ladrada fuesen á España y que 
Luis Gancer y Pedro de Ángulo asistiesen al capí- 
tulo de Méjico. 



200 

Fueron Las Gasas y Ladrada á Rabinal y Cóban. 
El cacique D. Juan se mostró pesaroso al saber 
que iban á España, pues recelaba que en su au- 
sencia tuviese lugar un levantamiento de las tri- 
bus circunvecinas á quienes la conversión de 
D. Juan al cristianismo habia hecho del todo 
hostiles. Acompañó á los frailes el cacique hasta 
los límites del territorio de su jurisdicción, y se 
despidió de ellos tierna y afectuosamente. 

Celebróse el capítulo de dominicos en Méjico 
el dia 24 de Agosto de 1539, y acordó mandar ¿í 
cuatro frailes y dos novicios á Guatemala, siendo 
nombrado Pedro de Ángulo vicario del convento 
y confirmándose la orden para que Las Gasas con 
Ladrada y además Luis Gancer fuesen á España. 

Verificado el viaje, desplegó en la corte de 
Madrid Las Gasas su acostumbrada actividad. 
Pruebas irrecusables de sus incansables difigen- 
cias fueron las . muchas providencias expedidas 
por el gobierno á favor de los indios. Se escri- 
bieron cartas á nombre del rey para los caciques 
que hablan auxiliado á los misioneros -en la paci- 
ficación de aquella gente, dándoles gracias por 
ello y animándolos á continuar. Los caciques á 
quienes se mandaron cartas regias fueron á Don 
Juan, gobernador del pueblo de Atitlan; á Don 
Jorge, principal del pueblo de Tecpauatitan; á 
D. Miguel^ principal del pueblo de Zizicaztenan- 



201 * • 

go, y á D. Gaspar, principal del pueblo de Tequi- 
zistlan. Mandóse que estos indios principales pu.- 
diesen acompañar á los padres en sus peregrina- 
ciones, que se pudiesen allá trasportar indios de 
cualquier otra parte enseñados en las artes me- 
cánicas para adiestrar en ellas á los naturales, y 
se acordó animar entre ellos el gusto á la música 
y enviarles músicos para enseñarles á cantar y 
tocar instrumentos ; y se añadió una cédula que 
ordenaba terminantemente que todos estos man- 
datos fuesen cumplidos con rigor y á la letra. 

Las Casas reunió los frailes franciscanos y do- 
minicos que debian acompañarlo á Guatemala. 
Luego, habiendo recibido orden del cardenal 
Loaya, presidente del consejo de Indias, para que 
suspendiese su partida, pues se queria 'consul- 
tarlo tocante á ciertos negocios de mucho mo- 
mento y consideración pendientes en el consejo, 
envió delante á los frailes franciscanos y con ellos 
al padre Luis Cáncer con las cédulas respectivas á 
Tuzulutlan, y él se quedó en la corte. Detuviéron- 
se en España los dominicos, siendo su vicario ge- 
neral Las Casas. Antes de que se embarcasen Luis 
Cáncer y los franciscanos el dia 21 de Enero de 
1541 se publicó en las gradas de la iglesia mayor 
de Sevilla, por voz de pregonero y ante escribano 
público y testigos, la absoluta prohibición de que 
entrasen españoles en la provincia de Tuzulutlan. 



202 

Los padres de San Francisco llegaron á Yeracruz 
después de un próspero viaje ^ y desde allí avi- 
saron de su venida á la ciudad de Santiago á fin 
de que se les dispusiese casa donde morar y se les 
suministrase lo que era necesario para el camino. 
El obispo D. Francisco Marroquin fué quien pagó 
todos los gastos de esta jornada. Las escrituras 
dan noticia de seis religiosos que formaron parte 
de la expedición. Eran los siguientes: fray Alon- 
so de Gasaseca^ que era el prelado de los demás 
y que murió en el camino ; fray Diego de Alva; 
fray Diego Ordoñez; fray Gonzalo Méndez; fray 
Alonso Bustillo y fray Francisco Valderas, lego. 

Estando en Méjico el Padre fray Luis Gancer 
llegó la nueva de la muerte del adelantado don 
Pedro de Al varado, acaecida en 1541. 

A la sazón habia ido el rey-emperador á Ale- 
mania, para combatir contra los príncipes ale- 
manes que hablan abrazado la causa del refor- 
mador Lulero, y en el mismo tiempo se em- 
pleaba en escribir Las Gasas La Destrucción de 
las Indias , que es de todas sus obras la más cé- 
lebre. No fué publicado este libro en aquel tiem- 
po, aunque sí sometido al examen del empera- 
dor y de sus ministros. 

De todos los escritos de Las Gasas La Des- 
trucción de las Indias es el que más estruendo 
ha causado desde el tiempo de su publicación 



203 

hasta nuestros dias^ y el que ha dado .lugar á 
mayor número de polémicas. Ha sido traducido 
dicho libro á los principales idiomas de Europa, 
y desde su aparición ha levantado una verdadera 
tempestad de horror é indignación contra los 
conquistadores del Nuevo mundo. El estudio y 
conocimiento de la vida y carácter del apóstol 
son harto suficientes para poner su buena fe y la 
sinceridad de su celo fuera de toda duda; pero 
con toda nuestra admiración para él, creemos 
también que su celo lo cegaba á veces, y que las 
atrocidades que habia presenciado y aquellas de 
que tenía noticia, lo llenaban do una indignación 
tan sin límites, que le impedia ver el reverso de 
la medalla y los lados menos desfavorables y más 
disculpables de la conquista. Debemos sobre todo 
precavernos contra toda inclinación á acusar al 
apóstol de falta de espíritu patrio, cuando ataca 
tan dura y acerbamente á los españoles de Amé- 
rica, pues constituía aquello para él una cuestión 
puramente humanitaria. Su corazón era de una 
sensibilidad extremada, casi femenil, y por na- 
turaleza inclinado á dolerse hondamente y com- 
padecerse de los males ajenos; era el apóstol al- 
tamente imaginativo, ardiente é impresionable, 
y sufria desgarradoras angustias al ver las atroci- 
dades que se cometían contra los indios; no 
admitía razón alguna en paliación de ninguno 



204 

de los excesos que denunciaba con las lágrimas 
de la indignación y de la congoja brotando de 
sus OJOS;, y en ellos no veia ni queria ver más 
que horrendas carnicerías, tjue destrozaban una 
raza desventurada y sin defensa, igual en todo á 
la nuestra ante la justicia suprema de Dios. En 
Las Gasas la tendencia á la lástima y á la compa- 
sión estaba desarrollada hasta un punto extraor- 
dinario, y como no es fácil encontrarlo en nin- 
gún otro hombre. Él mismo nos dice, con admi- 
rable candor y sencillez, que no era tanto el celo 
por la fe y religión, como el sentimiento natural 
é innato de la piedad y de la compasión hacia los 
indios, que lo impelía á abrazar su causa. 

Un hombre, pues, dotado de esta sensibilidad 
nerviosa y casi enfermiza y de una imaginación 
altamente inflamable, poseyendo además una fa- 
cundia poderosísima que se traducía en un len- " 
guaje de una terrible energía, no es de admirar 
que en sus clamores de indignación y en su ira- 
cunda invectiva contra hombres que él no consi- 
deraba sino, como verdugos, ultrapasase los lími- 
tes de la prudencia y aun algunas veces los de 
la exactitud. Desgraciadamente, sin embargo, 
sabemos demasiado cuan bien fundadas eran sus 
acusaciones por lo general, y cuántas razones 
tenía para escribir como escribió. 

Hacen verdaderamente erizar los cabellos al- 



205 

gunos pasajes de su descripción de lo que se co- 
metía en la Española. «De la gran Tierra Firme, 
» dice, somos ciertos que nuestros españoles por 
)) sus crueldades y nefandas obras ;, han despo- 
))blado y asolado, y que están hoy desiertos, es- 
))tando llenos de hombres racionales, más de 
)) diez reinos mayores que toda España, aunque 
» entre Aragón y Portugal en ellos, y más tierra 
)) que hay de Sevilla á Jerusalen dos veces, que 
)) son más de dos mil leguas. 

» Daremos por cuenta muy cierta y verdadera 
)) que son muertas en los dichos cuarenta años, 
^) por ]as dichas tiranías é infernales obras de los 
)) cristianos, injusta y tiránicamente, más de 
» doce cuentos de ánimas, hombres, mujeres y 
)) niños; y en verdad que creo, sin pensar enga- 
)) ñarme, que son más de quince cuentos. 

)) La causa por que han muerto y destruido tan- 
)) tas y tales y tan infinito número de ánimas los 
» cristianos, ha sido solamente por su fin últi- 
))mo, el oro, y henchirse de riquezas en muy 
)) breves dias, y subir á estados muy altos y sin 
)) proporción de sus personas. 

)) En la isla Española, que fué la primera, como 
)) dijimos, donde entraron cristianos, y comenza- 
)) ron los grandes estragos y perdiciones dostas 
)) gentes, y que primero destruyeron y despobla- 
)) ron, comenzando los cristianos á tomar las mu- 



206 

)) jeres é hijos á los indios, para servirse y para 
)) usar mal dellos, y comerles sus comidas, que 
y) de sus sudores y trabajos salian, no conten tán- 
)) dose con lo que los indios les daban de su gra- 
)) do , conforme á la facultad que cada uno tenía, 
)) que siempre es poca ; porque no suelen tener 
)) más de lo que ordinariamente han menester y 
)) hacen con poco trabajo, y lo que basta para 
)) tres casas de á diez personas cada una para un 
»mes, come un cristiano y destruye en un dia, 
)) y otras muchas fuerzas y violencias y vexa- 
)) clones que les hacian, comenzaron á entender 
)) los indios que aquellos hombres no debian de 
)) haber venido del cielo. 

)) Y algunos escondian sus comidas, otros síis 
)) mujeres é hijas, otros huíanse á los montes 
)) por apartarse de gentes de tan dura y temible 
» conversación. Los cristianos dábanles de bofe- 
)) tadas y puñadas y de palos, hasta poner las 
)) manos en los señores de los pueblos, y llegó 
)) esto á tanta temeridad y desvergüenza, que al 
)) mayor rey y señor de toda la isla un capitán 
)) cristiano le violó por fuerza su mujer. 

Describe con las siguientes pinceladas las ma- 
tanzas hechas por los cristianos : « Los cristianos 
)) con sus caballos, espadas y lanzas comienzan á 
)) hacer matanza y crueldades extrañas en ellos. 
)) Entraban en los pueblos, ni dejaban niños, ni 



207 

)) viejos, ni mujeres preñadas, ni paridas que no 
)) desbarrigaban y hacian pedazos como si dieran 
)) á unos corderos metidos en unos apriscos. 

)) Hacian apuestas sobre quién de una cuchi- 
)) liada abria el hombre de por medio ó le corta- 
» ba la cabeza de un piquete ó le descubría las 
)) entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de 
)) las madres por las piernas y daban de cabeza 
)) con ellas en las peñas. Otros daban con ellas en 
)) rios por las espaldas, riendo y burlando, y ca- 
» yendo en el agua decian : bullís, cuerpo de tal. 
)) Otras criaturas metian ¿i espada con las madres 
)) juntamente y todos cuantos delante de sí ha- 
)) liaban . 

)) Hacian unas horcas largas que juntasen casi 
)) los pies á la tierra, y de trece en trece, en ho- 
)) ñor y reverencia de nuestro Redentor y de los 
)) doce Apóstoles, poniéndoles leña y fuego los 
)) quemaban vivos. 

)) Otros ataban ó liaban todo el cuerpo de paja 
^)seca, pegándoles fuego, y así los quemaban. 
» Otros y todos los que querían tornar á vida cor- 
)) tábanles ambas manos y dellas llevaban col- 
)) gando, y decíanles: andad con careas (conviene 
)) á saber, lleva las nuevas á las gentes que esta- 
)) han huidas por los montes. )» 

Las Casas demuestra que los españoles trataban 
á los caciques y señores con su más refinada y 



208 

diabólica crueldad. ((Comunmente mataban á los 
aseñores y nobles de esta manera, que hacian 
)) unas parrillas de varas sobre horquetas y atá- 
))banlos en ellas y poníanles por debajo fuego 
)) manso para que poco á poco, dando alaridos, en 
)) aquellos tormentos desesperados se les sallan 
))las ánimas. 

» Una vez vide que teniendo en las parrillas 
)) quemándose cuatro ó cinco principales señores, 
)) y aun pienso que liabia dos ó tres pares de par- 
)) rillas donde quemaban otros, y porque daban 
)) muy grandes gritos y daban pena al capitán ó 
)) le impedían el sueño, mandó que los ahogasen, 
» y el alguacil, que era peor que el verdugo que 
)) los quemaba, y sé cómo se llamaba y aun sus 
)) parientes conocí en Sevilla, no quiso ahogallos; 
)) antes les metia con sus manos palos en las bo- 
)) cas para que no sonasen y atizóles el fuego hasta 
)> que se asaran de espacio como él queria. Yo vide 
)) todas las cosas arriba dichas y muchas otras in- 
)) finitas. 

)) Y porque toda la gente que huir podia se en- 
)) cerraba en los montes y subia á las sierras hu- 
» yendo de hombres tan inhumanos, tan sin pie- 
» dad y tan feroces bestias, estirpadores y capi- 
)) tales enemigos del linaje humano, enseñaron y 
» amaestraron lebreles, perros bravísimos que en 
)) viendo un indio lo hacian pedazos en un credo; 



Í09 

)) y mejor arremetían á él y le comían que si fue- 
» ra un puerco. Estos perros hicieron grandes es- 
» tragos y carnicerías. 

» Y porque algunas veces , raras y pocas , ma- 
)) taban los indios algunos cristianos con justa ra- 
)) zon^ hicieron ley entre sí que por un cristiano 
)) que los indios matasen, hablan los cristianos de 
)) matar cien indios. » 

■ Dice Las Casas hablando de Guarionex rey de 
Cibao, uno de los reinos en que estaba dividida 
la Española, cuyo rey se mostraba virtuoso, de 
buenas costumbres y amigo de los de Castilla: 
(( El pago que dieron á este rey y señor tan bueno 
)) y tan grande fué deshonrallo por la mujer, vio- 
)) lándosela un capitán mal cristiano. » 

Respecto de Xaragua, otro reino de la Españo- 
la, refiere lo siguiente: «Aquí llegó una vez el 
)) gobernador que gobernaba esta isla, con 60 de 
)) caballo y más 300 peones; que los de caballo 
» solos bastaban para asolar á toda la isla y la 
)) Tierra Firme; y allegáronse más de 300 señores 
» á su llamada seguros, de los cuales hizo meter 
)) dentro de una casa de paja muy grande los más 
)) señores por engaño, y metidos los mandó poner 
» fuego y los quemaron vivos. 

))A todos los otros alancearon y metieron á 
)) espada con infinita gente, y á la señora Ana- 
-)) caona, por hacelle honra, ahorcaron. Y acaecía 

14 



210 

)) algunos cristianos por piedad ó por codicia to- 
» mar algunos niños para amparallos no los ma- 
» tasen ^ y poníanlos á las ancas de los caballos; 
); venía otro español por detrás y pasábalos con su 
)) lanza; otrO;, si estaba el niño en el suelo ^ le 
)) cortaba las piernas con la espada. » 

De Higuey;, reino de la Española, habla de la 
manera que sigue : « El quinto reino se llamaba 
))Higuey, y señoreábalo una reina vieja que se 
)) llamaba Higuanaina. A esta ahorcaron y fueron 
)) infinitas las gentes que yo vide quemar vivas,. 
)) y despedazadas y atormentadas por diversas y 
)) nuevas maneras de muertes y tormentos y ha- 
)) cer esclavos todos los que á vida tornaron... No 
)) daban á los unos ni los otros de comer sino yer- 
» bas y cosas que no tenían sustancia; acababa- 
)) seles la leche de las tetas á las mujeres paridas, 
)) y así murieron en breve todas las criaturas. 

)) Y por estar los maridos apartados que nunca 
)) veían á las mujeres, cesó entre ellos la genera- 
)) cien; murieron ellos en las minas de trabajo y 
)) hambre, y ellas en las estancias ó granías de lo 
)) mismo, y así se acabaron tantas y tales multi- 
)) tudes de gentes de aquella isla, y así se pudie- 
)) ron haber acabado todas las del mundo. » 

Eran tratados como bestias de carga según ve- 
mos adelante : « Decir las cargas que les echaban 
)) de tres y cuatro arrobas, y los llevaban 100 y 



211 

)) 200 leguas y los mismos cristianos se hacian 
)) llevar en hamacas^ que son como redes, á cues- 
)) tas de los indios ; porque siempre usaron de 
)) ellos como bestias para carga. Tenian matadu- 
)) ras en los hombros y espaldas de las cargas, co- 
» mo muy matadas bestias. Asimismo los azotes, 
)) palos, bofetadas, puñadas, maldiciones y otros 
)) mil géneros de tormento que en los trabajos les 
y) daban, en verdad que en mucho tiempo ni papel 
» no se pudiese decir y que fuese para espantar 
)) los hombres. » 

Dice Las Gasas al describir lo que sucedía en 
las otras islas: «Pasaron á la isla de San Juan y á 
)) la de Jamaica, que eran unas huertas y unas 
)) colmenas, el año 1509 los españoles, con el fin 
» y el propósito que fueron á la Española. Los 
)) cuales hicieron y cometieron los grandes insul- 
)) tos y pecados susodichos, y añadieron muchas 
» señaladas y grandísimas crueldades más, ma- 
» tando, quemando y asando y echando á perros 
)) bravos; y después oprimiendo y atormentando 
)) y vejando en las minas y en los otros trabajos 
D hasta consumir y acabar todos aquellos infelices 
)) inocentes, que habia en las dichas dos islas más 
)) de 600.000 almas, y creo que más de un cuen- 
)) to , y no hay hoy en cada una 200 personas to- 
)) das perecidas sin fe y sin sacramentos. » 

Cuenta Las Casas lo siguiente que aconteció 



en la isla de Cuba: « Una vez saliéndonos (los 
» indios) á recibir con mantenimientos y regalos 
)) diez leguas de un gran pueblo, llegados allá 
)) nos dieron gran cantidad de pescado y pan y 
)) comida con todo lo que más pudieron; súbita- 
)) mente se les revistió el diablo á los cristianos 
)) y pasaron á cuchillo en mi presencia y sin mo- 
)) tivo ni causa que tuviesen más de 3.000 almas 
)) que estaban sentadas delante de nosotros, hom- 
))bres, mujeres y niños. Allí vide tan grandes 
)) crueldades que nunca los vivos tal vieron ni 
)) pensaron ver. . . 

)) Oficial del rey hubo en esta isla que le dieron 
» de repartimiento 300 indios, y á cabo de tres 
)) meses hablan muerto en los trabajos de las mi- 
))nas 270, que no le quedaron de todos sino 
)) 30, que fué el diezmo. Después le dieron otros 
)) tantos y más, y también los mató ; y dábanle y 
)) más mataba, hasta que se murió y el diablo se 
» llevó el alma. 

)) En tres ó cuatro meses, estando yo presente, 
)) murieron de hambre por llevalles los padres y 
)) las madres á las minas, más dé 7.000 niños. 
)) Otras cosas vide espantables. 

)) Después acordaron de ir á montear los indios 
» que estaban por los montes , donde hicieron es- 
)) tragos admirables. Y así asolaron y despoblaron 
)) toda aquella isla, la cual vimos poco há y es 



213 

)) una gran lástima y compasión verla yerma y 
)) hecha toda una soledad. » 

Hablando de cierto gobernador que no nombra, 
dice Las Gasas : « Entre infinitas maldades que 
)) éste hizo y consintió hacer el tiempo que go- 
))bernó, fué que dándole un cacique ó señor de 
)) su voluntad ó por miedo, como más es verdad, 
)) 9.000 castellanos, no contentos con esto, pren- 
)) dieron al dicho señor, y átanle á un palo sen- 
)) tado en el suelo, y estendidos los pies pénenle 
)) fuego á ellos porque diese más oro, y él envió 
)) á su casa y trajeron otros 3.000 castellanos; 
)) tornáronle á dar tormentos y él no dando más 
)) oro porque no lo tenía ó porque no lo queria 
)) dar, tuviéronlo de aquella manera hasta que 
))los tuétanos le salieron por las plantas, y así 
)) murió. 

))Otro dia juntáronse muchos indios, é iban 
)) tras los cristianos peleando por el ansia de sus 
» mujeres é hijas; y viéndose los cristianos apre- 
» tados no quisieron soltar la cavalgada, sino me- 
)) tian las espadas por las barrigas de las mucha- 
)) chas y mujeres, y no dejaron de todas 80 una 
)) viva. Los indios, que se les rasgaban las entra- 
)) ñas de dolor, daban gritos y decían: ((¡Oh, 
)) malos hombres, crueles cristianos ! ¿k las vias 
» matáis?» (Vias llaman en aquella tierra á las 
» mujeres), casi diciendo; matar las mujeres se- 



214 

)) fial es de abominables y crueles hombres bes- 
)) ti ales. 

» Han (los españoles) fatigado y oprimido y 
» sido causa de la acelerada muerte de muchas 
)) gentes en esta provincia (Nicaragua)^ hacién- 
)) doles llevar la tablazón y madera de 30 leguas 
)) al puerto para hacer navios^ y enviallos á buscar 
)) miel y cera por los montes, donde los comen 
)) los tigres, y han cargado y cargan hoy las mu- 
)) jeres preñadas y paridas como bestias... 

)) Por las guerras infernales que los españoles 
» les han hecho y por el cautiverio horrible en 
)) que los pusieron; mas han muerto de otras qui- 
)) nientas y seiscientas mil personas hasta hoy y 
» hoy los matan. En obra de catorce años todos 
))* estos estragos se han hecho. » 

Describe lo que hicieron los españoles en la 
Nueva España: ((Habíanles pedido cinco ó seis 
)) mil indios que llevasen las cargas; vinieron 
)) luego todos y mótenlos en el patio de Las Ga- 
)) sas. Yer á estos indios cuando se aparejan para 
)) llevar las cargas de los españoles es haber dellos 
)) una gran compasión y kistinia; porque vienen 
)) desnudos en cueros, solamente cubiertas sus 
» vergüenzas y con unas redecillas en el hombro 
)) con su pobre comida; pónense todos .en cucli- 
» lias como unos corderos muy mansos. 

)) Todos ayuntados y juntos en el patio con 



215 

.)) otras gentes que revueltas estaban^ pénense á 
)) las puertas del patio españoles armados que 
:» guardasen^ y todos los demás echan mano á sus 
^) espadas y meten á espada y lanzadas todas 
)) aquellas ovejas, que uno ni ninguno pudo 
)) escaparse que no fuese trucidado. 

)) A cabo de dos ó tres dias salían muchos in- 
)) dios vivos llenos de sangre que se hablan es- 
)) condido y amparado debajo de los muertos (co- 
)) mo eran tantos) iban llorando ante los españo- 
» les pidiendo misericordia que no los matasen, 
^) de los cuales ninguna misericordia ni compa- 
)) sion hubieron, antes así como sallan los hacían 
;» pedazos. 

)) A todos los señores, que eran más de ciento 
)) y que tenian atados, mandó el capitán quemar 
» y sacar vivos en palos hincados en la tierra. 
^) Pero un señor, y quizá era el principal y rey 
^) de aquella tierra, pudo salvarse, y recogióse 
^) con otros veinte, treinta ó cuarenta hombres al 
^) templo grande que allí tenian, el cual era como 
)) una fortaleza, que llamaban Que, y allí se de- 
» feo dio gran rato del dia. 

)) Pero los españoles , á quien no se les ampara 
:» nada, mayormente en estas gentes desarmadas, 
» pusieron fuego al templo y allí los quemaron 
)) dando voces: «¡Oh, malos hombres! ¿Qué os he- 
y) mos hecho? ¿Por qué nos matáis? Andad, que 



21G 

3) á Méjico iréis, donde nuestro universal señor 
)) Montezuma de vosotros nos dará venganza.» Di- 
)) cese que estando metiendo tá espada los cinco 
)) ó seis mil hombres en el patio, estaba cantando 
)) el capitán de los españoles : 

« Mira Ñero de Tarpeia 
» A Roma como se ardia , 
«Gritos dan niños y viejos 
» Y de nada se dolia. » 

» Otra gran matanza hicieron en la ciudad de 
))Tepeaca, que era mayor y de más vecinos y 
)) gente que la susodicha, donde mataron á espa- 
» da infinita gente, "con grandes particularidades 
)) de crueldad. 

)) La tiranía que los españoles ejercitan contra 
» los indios en el sacar ó pescar de las perlas es 
)) una do las crueles y condenadas cosas que pue- 
)) den ser en el mundo. No hay vida infernal y 
» desesperada en este siglo que se pueda compa- 
» rar, aunque la del sacar el oro en las minas sea 
)^ en S.U género gravísima y pésima. 

)) Métenlos en el mar en tres, en cuatro y cin- 
)) co brazas de hondo desde la mañana hasta que 
)) se pone el sol. Están siempre debajo del agua 
» nadando sin resuello arrancando las ostras don- 
)) de se crian las perlas. Salen con unas redecillas 
y) llenas de ellas á lo alto y á resollar, donde está 



217 

)) un verdugo español en una canoa ó barquilla^ y 
)) si se tardan en descansar les dan de puñadas y 
)) por los cabellos les echan al agua para que 
)) tornen á pescar. 

)) La comida es pescado y del pescado que tie- 
)) nen las perlas y pan cazabe , y algunos maiz, 
)) que son los panes de allá; el uno de muy poca 
)) sustancia y el otro muy trabajoso de hacer ;, de 
)) los cuales nunca se hartan. Las camas que les 
)) dan á la noche es echarlos en un cepo en el 
)) suelo porque no se les vayan. » 

Hablando del reino de Venezuela dice Las Ca- 
sas : c( Hace el capitán alemán meter en una gran 
)) casa de paja mucha cantidad de gente ^ y háce- 
)) les hacer pedazos. Y porque la casa tenía unas 
)) vigas en lo alto subiéronse en ellas mucha gente 
» huyendo de las sangrientas manos de aquellos 
)) hombres ó bestias sin piedad y de sus espadas. 
)) Mandó el infernal hombre pegar fuego á la casa, 
)) donde todos los que quedaron fueron quemados 
)) vivos. Despoblóse por esta causa gran número 
)) de pueblos , huyéndose toda la gente por las 
» montañas donde pensaba salvarse.» 

¡Basta! ¡Basta! Los extractos que acabamos de 
citar dan suficiente idea de los horrores que de- 
nunció al mundo y á la posteridad fray Bartolomé 
de las Casas en su obra Destruccioyi de las Indias 
occidentales. La pluma se nos cae de la mano. 



218 

trémula de copiar tan espantosas crueldades; 
queda en nuestro corazón un sentimiento de 
hastío y repugnancia, al par que de indignación 
y lástima después de haber leido esos detalles 
sangrientos; y hasta nos parece en este momento 
que los manes de aquellas víctimas inocentes é 
indefensas están zumbando en nuestros oidos con 
el eco de sus lastimeros y desesperados quejidos, 
eco aterrador prolongado á través de tres centu-' 
rias. 

Dejemos calmar un tanto nuestro espíritu para 
considerar en el próximo capítulo la terrible úl- 
tima hora con que ha castigado la Providencia á 
algunos de los principales instigadores de tan 
horrendas hecatombes. 



CAPITULO VIII 



Exterminio de aborígenes. — Sistema cruel. — El rey Giiarionax. — El rey. 
Quacanagary. — El rey Caonavo. — La reina Anacaona. — La reina Hi- 
ffnanama. — Hatuep en'^u hogversi. — Los caciques, en Jamaica, Tierra 
Firme y Nicaragua.— El inca Atabaliba. — Otros grandes señores de los 
indios. — Fin desastroso de los conquistadores. — Los primeros pobla- 
dores. — Buques á pique.— Mueren muchos españoles. — Cristóbal Co- 
lon.— Juan déla Cosa. — Diego de Nicuesa. — Vengan los indios al caci- 
que ^ywe/íaíiíí.— Españoles que mueren trágicamente desde 1513 hasta 
1525. — La flota de Loasia y de El Cano en 1523 — Personajes españoles 
que perecen en América hasta 1536. — Lucha de los dos Al varados, y 
-españoles muertos.— Pizarros y Almagres. — Pedro de Alvarado y su 
esposa. — Asesinatos y ejecuciones de españoles hasta 1549. — Pedro de 
Valdivia. — Ejecuciones en 1553. — Diego Alvarado y Hernández Girón. 
— Don Diego de Colon y su epitafio. — Extraordinaria muerte del caci- 
que D. Juan de Chiapa. — El primer marinero que cantó tierra en el 
Nuevo mundo muere mahometano. — La oculta mano de la Providencia. 



Horripilantes como son las descripciones que 
hace el padre Las Gasas en su libro histórico de 
la Destrucción de las Indias, de cuyos hechos 
apenas hemos citado algunos que pueden servir 
de muestra; y por mucho que se pretenda tachar- 
los de exagerados, existe, por desgracia, un dato 
innegable y que prueba con terrible elocuencia 
cuánta verdad encierran las palpitantes narracio- 
nes de esa historia de sangre y crueldades, que 



220 

no puede leerse hoy mismo sin experimentar las 
más profundas sensaciones de horror. 

Este dato es el completo exterminio de la raza 
aborígene en las Antillas y su total desaparición, 
que no puede ponerse en duda. Ante esa verdaij. 
inexorable son inútiles las tentativas que para 
defender la conducta de los conquistadores trate 
de hacer cualquiera que ponga en duda que la 
perversidad del hombre puede llegar á ser incon- 
mensurable en ciertos y determinados casos. 

Toda clase de traiciones, toda suerte de enga- 
ños, atropellos y falsedades; todo infernal siste- 
ma de crueldades repugnantes en el más alto 
grado á la naturaleza humana; todo cuanto las 
furias del averno podrían inventar para martiri- 
zar y aniquilar los pobres indios, todo se ve 
puesto en práctica según la relación de Las Ca- 
sas, por muchos dé aquellos aventureros sin en- 
trañas, por multitud de aquellas fieras con figura 
humana que se trasladaron al Nuevo mundo co- 
mo conquistadores y pobladores, buscando oro y 
riquezas, esclavizando los indios y asesinándolos 
unas veces con el filo de sus espadas ó con el 
fuego, otras veces á fuerza de hambre, sed, tra- 
bajos, castigos, sufrimientos lentos é inconce- 
bibles. 

A nadie han perdonado, ni á los ancianos, ni 
á los niños, ni á las indias que eran madres, ni 



221 

n las jóvenes, ni á los convertidos al cristianis- 
mo, ni á los todavía idólatras, ni á los que eran 
caciques ó señores ó reyes en aquellos países y 
con más bondad, humanidad y desprendimiento 
liabian recibido á tales desalmados y les daban 
todo cuanto tenian. 

En la isla Española babia un reino llamado 
Magua, cuyo último rey se llamó Guarionax. 
Este se babia portado generosamente con los es- 
pañoles. Un capitán español lo deshonró violán- 
dole la mujer. Guarionax ,. avergonzado del ul- 
traje, sin tomar venganza abandonó su corte y 
se alejó á la provincia de Ciguayos. Allí fué he- 
cho prisionero por los españoles, que lo trajeron 
cargado de cadenas para trasportarlo á España. 
El desgraciado Guarionax pereció en un naufra- 
gio con un gran número de españoles, en el bu- 
que que lo conduela, el cual llevaba un inmenso 
botin y un pedazo de oro nativo muy curioso de 
3.600 castellanos de peso. 

Otro reinó en la Española se llamaba Marien 
y su príncipe Guacanagary. Cuando descubrió 
las indias Colon recibió de este rey los más im- 
portantes auxilios, tratándolo con gran humani- 
dad. Sin embargo, despojado Guacanagary ^^ su 
trono murió refugiado en las montañas, y la ma- 
yor parte de sus nobles fueron sacrificados á la 
insaciable avaricia de los españoles. 



222 

Llamábase Maguana el tercer reino en que 
estaba subdividida la Española^ y su rey Caonaho, 
el más valiente, respetado y magnífico del país. 
Los españoles se apoderaron de él por traición en 
su propio palacio y lo condujeron al puerto como 
un criminal, embarcándolo para España en uno 
de los seis buques que partían cargados de in- 
mensas riquezas y pasajeros. Pero una horrible 
tempestad tragó en el Océano los seis buques con 
todas sus riquezas, tripulantes y pasajeros, entre 
éstos el infortunado rey de Maguana. 

En la parte central de la Española se hallaba 
el reino de Xaragua, cmd. reina se nombraba 
Anacaona, hermana del último rey BehecMo. 
Ambos habian prestado grandes servicios á los 
españoles; sin embargo, Anacaona fué tomada 
por traición por orden de Nicolás de Obando, y 
la mandó ahorcar, al mismo tiempo que dentro 
de una casa de paja mandó quemar vivos á má& 
de 300 de sus nobles, y á los demás indios del 
pueblo los mandó degollar ó lancear. 

El quinto reino de la propia isla se llamaba 
Higuey y su última soberana Higuanama, que 
fué igualmente ahorcada, y la mayor parte de 
sus indios quemados vivos, despedazados ó ator- 
mentados. 

Tal fué el fin trágico y lastimoso de los cinco 
últimos reyes de la isla Española, sacrificados 



223 

muy al principio de la conquista, medio siglo 
apenas antes de la total destrucción y aniquila- 
miento de las gentes que la poblaban. 

De idéntica manera terminaron los demás so- 
beranos, caciques y señores que encontraron los 
españoles en las otras Antillas y en todo el conti- 
nente americano, victimas de la crueldad, rapa- 
cidad é infame alevosía de aquellos hombres que 
mancharon la grandiosa historia del descubri- 
miento y conquista con páginas horrorosas y que 
atrajeron sobre sí y su posteridad algo funesto 
que se parece á una expiación á través de los si- 
glos, á una maldición del cielo por muchas ge- 
neraciones. 

Cuando Hatuey ^ un rico señor indio de la Es- 
pañola, escapado á la isla de Cuba para librarse 
de las persecuciones de los conquistadores, cayó 
de ellos prisionero y fué condenado á la hoguera, 
un religioso franciscano le exhortaba en sus últi- 
mos momentos á hacerse cristiano, prometién- 
dole que iria derecho al délo : 

— «¿Qué gentes se encuentran allá? preguntó 
el cacique; ¿los cristianos van allá también? 

— Sí, respondió el religioso; van allá cuando 
son buenos. 

— Entonces, replicó el indio, no quiero encon- 
trarme con ellos. Prefiero descender al infierno 
para tener lejos de mí una raza tan cruel. » 



224 

¡A cuántas reflexiones se presta este histórico 
episodio ! 

El gobernador de Jamaica^ Juan Esquibel, 
hizo matar los caciques de la Isla en 1509, y fué 
desolada su población después, pereciendo mu- 
chos de sus habitantes en el fuego y otros comi- 
dos ó destrozados por los perros que usaban los 
españoles. 

Pedro Arias Dávila, hermano del conde dePu- 
ñonrostro, fué el gobernador español que asoló 
la Tierra Firme con sus crueldades y las de sus 
capitanes desde 1514, y de quien dice Las Casas 
que (( era un tan horrible monstruo que parecía 
)) haber ido allá para servir de instrumento á la 
)) cólera de Dios ; verdadero bárbaro , incapaz de 
)) la menor prudencia en sus farores, y en una 
)) palabra , el más á propósito para destruir la po- 
)) blacion del país que queria reemplazar con es- 
)) pañoles. » 

En Nicaragua y Honduras el mismo Arias Dá- 
vila, Soto, Hernando de Córdova, Francisco de 
Las Casas y Pedro de los Rios siguieron desde el 
año de 1523 igual sistema de destruir los indios 
y destruirse también los unos á los otros. 

Pocos años después Rodrigo de Contreras y sus 
dos hijos Fernando y Pedro, que liabian sido en- 
viados desde España para corregir aquellos es- 
candalosos abusos, siguieron las huellas de sus 



225 

antecesores, asesinaron al obispo de Nicaragua 
D. Antonio Valdivieso, se sublevaron contra el 
presidente D. Pedro Gasea y perecieron al fin mi- 
serablemente en 1550. 

El gran inca del Perú Atahaliha, después de 
entregar al tirano conquistador más de dos mi- 
llones de castellanos de oro, fué sentenciado á 
ser quemado, igualmente que su capitán general 
CocMlimacay y solamente con gran repugnancia 
se le concedió al inca que fuese estrangulado an- 
tes de arrojarlo á la hoguera. 

Cliamla y Cliainra, grandes señores, de Quito 
el primero, y de las Canarias el otro, sufrieron 
la misma suerte de ser quemados, sin el menor 
motivo, pocos dias después que Atabaliba. 

El gobernador del reino de Quito, Cozojmnga, 
fué condenado á las llamas; y á otro gran señor, 
llamado Alhis, le dieron tormento, quemándole 
los pies, por el delito de no tener más oro que 
entregar. 

El rey Bogotá , de la Nueva Granada, fué mar- 
tirizado, quemándole el vientre á fuego lento, 
porque ño entregaba un palacio de oro. 

Finalmente, de un extremo al otro de la Amé- 
rica perecieron, ámanos de los españoles con- 
quistadores, los emperadores y los incas, los re- 
yes y los príncipes, los señores y caciques de 
aquel gran Continente, sin que les hubiese ser- 

15 



226 

YÍdo ni su alta jerarquía^ ni los distinguidos 
servicios prestados por algunos á los propios es- 
pañoles ;, ni el entregarles todas las riquezas que 
tenian^ ni el haber pactado amistad y sumisión 
a los conquistadores y obediencia y vasallaje al 
rey de España. 

Pero si tal fué la suerte de los señores natura- 
les que tenian los indios y de millones de los 
naturales que habitaban el Nuevo mundo ^ no 
causa menos asombro, aunque de otro género, 
el contemplar el fin desastroso que parece haber 
reservado la Providencia á los principales perso- 
najes del descubrimiento, conquista y gobierno 
de las Indias, entre ellos á la mayor parte de los 
que fueron directamente culpables ó autores de 
inauditas violencias y fechorías. Los que no han 
sufrido á su vez la pena del talion, pereciendo 
con muerte trágica ó violenta, sufrieron los ma- 
yores trabajos y humillaciones durante su vida, 
y no pocos miseria espantosa, desnudez, prisio- 
nes y calamidades. 

En la imposibilidad de citar en esta pequeña 
obra tantas catástrofes y miserias en detalle, re- 
copilaremos las que han tenido lugar, con cir- 
cunstancias más extraordinarias, en los tiempos 
contemporáneos de Las Casas, y mencionadas 
en las Becadas de Herrera, en Remesal, en Lló- 
rente y por el propio apóstol de los indios. 



227 

Los hombres que Cristóbal Colon dejó fortifi- 
cados en el puerto de Navidad en el año de 1492, 
y que fueron los primeros pobladores europeos 
en el Nuevo mundo, se avinieron mal unos con 
otros, y perecieron á manos de los indios, no 
hallando vivo uno solo cuando volvió el Almi- 
rante al siguiente año. Entre ellos se hallaban 
Diego de Arana, Rodrigo Escobedo, Pedro Gu- 
tiérrez y el cirujano Juan. Ellos hablan robado á 
los habitantes su oro y sus mujeres. En el lugar 
donde se hallaron más sepulturas se fijó después 
una cruz con la inscripción siguiente: 



t 



Hcec crux ostendit fcedatum sanguine littus 
Qentis quce ignotos primum migravit at Indos 
Scepe preces lorigas pro victis fundite, namque 
Unius ohnoxam, cuntos mala fata tiderunt. 

«Esta cruz es señal de haberse derramado 
)) aquí la sangre de los primeros españoles que 
)) vinieron á las Indias. Rogad á Dios contínua- 
)) mente por ellos, que la desgracia de todos la 
)) causó la culpa de uno. » 

Cuatro buques españoles fondeados en un 
puerto de Santo Domingo, y á las órdenes de 
Juan Aguado, se fueron a pique durante una ter- 



228 

lible tempestad en 1495, pereciendo sus tripu- 
lantes. 

La flota mandada por Francisco Bobadilla, go- 
bernador de las Indias, se fué á pique en el 
Océano en 1502, pereciendo todos los jefes de 
la expedición y tripulantes, entre otros Francisco 
Roldan, primer alcalde ordinario de Indias, que 
se revolucionó varias veces contra el Almirante 
Colon V contra su hermano D. Bartolomé. Boba- 
dilla habia sido el que mandó encadenar y envió 
á España al autor del descubrimiento del Nuevo 
mundo. En esa escuadra iba el infeliz rey Gua- 
rionax, que queda citado, y el gran pedazo de oro 
nativo también referido, iban igualmente mu- 
chos castellanos cómplices de las iniquidades de 
Francisco Roldan. El mismo año fué funesto para 
muchos de los españoles que acompañaron á Ni- 
colás Obando á Santo Domingo , y algunos más 
perecieron asesinados por los indios en una pe- 
queña isla llamada Saona. 

Tratando los indios de Veragua de vengarse de 
los españoles, de quienes habian recibido muy 
malos tratamientos, asaltaron una embarcación 
que costeaba, en el año de 1505, dando muerte 
con sus flechas á un número considerable de sus 
tripulantes. 

Al año siguiente algunos españoles se echaron 
al agua, para ganar á nado los buques en que 



229 - 

otros revoltosos trataban de ir de Santo Domingo 
ú Jamaica; pero fueron repelidos por sus compa- 
triotas á sablazos, cortándoles las manos al que- 
rer entrar abordo, y dejándolos perecer en el 
mar. Otros muchos españoles fueron inmolados 
por los indios en la provincia de Higüey en la Es- 
pañola. 

Cristóbal Colon, además de sus penalidades 
cuando navegaba, fué víctima de un sinnúmero 
de calumnias, desaires y disfavores. Puede su- 
ponerse hasta dónde llegarían las amarguras de 
aquel grande hombre , cuando escribía á su her- 
mano, hablando de cierto asunto, lo siguiente: 
— «Sabe Nuestro Señor cuántas angustias por 
)) ello he pasado por saber como estaríades ; así 
)) que estos inconvenientes, por más que yo los 
)) diga con péndola , muchos más fueron en 
)) ser, á tanto que me hicieron aborrir la vida.» 

Fué preso en la isla Española y luego embar- 
cado para España con grillos, que le puso uno 
que habia sido su cocinero, llamado Espinosa. 
El rey D. Fernando le quitó las rentas y el uso 
de los grandes privilegios que le habia concedi- 
do; y así despojado, melancólico, achacoso, po- 
bre y perseguido, feneció en Yalladolid el 20 de 
Mayo de 1506, después de haber visto cuatro ve- 
ces el Nuevo mundo y haber adquirido una glo- 
ria inmortal. 



230 

Cristóbal Colon dejó dos hijos: D. Hernando, 
que nació en Córdoba de doña Beatriz Enriquez, 
y D. Diego, que falleció el 21 de Febrero de 1526 
en la Puebla de Montalban, y cuyos restos se de- 
positaron al lado de los de su padre, que custo- 
diaba Sevilla desde 1513. 

Las cenizas de padre é hijo se enviaron a la 
catedral de Santo Domingo , en la isla Española, 
en 1556, y desde allí los restos del Almirante se 
trasladaron á la Habana en 1796, al templete que 
se encuentra enfrente del palacio en la Plaza de 
Armas, en donde se conservan y reposan debajo 
del siguiente epitafio : 

D. O. M. 

CLARISS. HEROS LIGUSTIN. 

CHRISTOPHORUS GOLOMBUS 

A SE, REÍ NAUTIG. SGIENT. INSIGN. 

NOV. ORB. DETECT. 

ATQUE CASTELL. ET LEGIÓN. REGIB. SUBJECT. 

VALLISOL. OGCUB. 

XIII KAL. JUN. A. M.DVI 

CARTUSIANOR. HISPAL. CADAV. CUSTOD. TRADIT. 

TRANSFER. MAM IPSE PRiESCRIPS. 

IN HISPANIOL/E METROP. ECC. 

HINC, PACE SANCIT GLLAI^ REIPUB. CESS. 

IN HANC V. MAR. GONCEPT. IMM. GATH. OSSA TRANS. 

MAXIM. OM. ORD. FREQUENT. SEPULT. MAND. 

XIV KAL. FEB. A. MD.G.C.X.G.V.I. 

H-\VAN. GIVIT. 

TANT. VIR. MERITOR. IN SE NON IMMEM. 

PRETITOS. EXUV. IN OPTAT. DIEM TUITUR. 

HOGGE MONUM. EREX. 

PRESUL. JLL. D. D. PHILIPPO JPH. TRESPALACIOS 

CIVIG. AG MILITAR. REÍ. GEN. PR^F. EXMO. 

D. D. LUDOVIGO DE LAS CASAS. 



231 

En el año de 1510 ios indios de Cartagena 
asesinaron á Juan de la Cosa, que habia sido 
sumamente cruel con los naturales. Los in- 
dios de Santa Marta asesinaron cuarenta y siete 
castellanos. Diego de Nicuesa pereció en el mar 
cuando le aguardaba en el Darién una pri- 
sión. 

Los indios de San Juan de Puerto-Rico, para 
vengar la muerte de su cacique Agueyhana, es- 
trangularon en 1511 á Cristóbal de Sotomayor, 
que le habia mandado quitar la vida al precitado 
cacique y á otros cuatro españoles. En el mismo 
año murió el capitán Salcedo. 

Dos religiosos dominicos fueron martirizados 
por los indios de Cumaná en 1513, por haber 
rehusado los españoles poner en libertad á diez y 
siete indígenas que tenian prisioneros. 

D. Bartolomé Colon, primer adelantado de las 
Indias y hermano de D. Cristóbal, murió en Es- 
paña en 1514. Era propietario de una encomien- 
da de doscientos indios. 

Herido por las flechas emponzoñadas de los 
indios de la costa meridional, un español de los 
que iban con Gaspar Morales, y no pudiendo su- 
frir los dolores, se suicidó, ahorcándose en 1515. 
En el Darién perecieron, á causa de sus heridas, 
otros muchos españoles. En la expedición al Rio 
de la Plata pereció, de una manera trágica, el 



23-2 

adelantado Juan Diaz de Solís, con un número» 
considerable de sus compañeros. 

El capitán Berrio y muchos españoles de la ex- 
pedición de Francisco Hernández de Górdova á la 
Florida^ perecieron en 1517 de resultas de las he- 
ridas de flechas emponzoñadas. 

Los indios de Campeche hirieron con flechas á 
50 castellanos^ que murieron de resultas de sus 
heridas. Pedro Arias Dávila^ gobernador del Da- 
rién y de la Tierra Firme, mandó decapitar al 
adelantado Vasco Nuñez de Balboa, que descu- 
brió el mar del Sur, y á sus capitanes Arguello, 
Botello, Fernando y Yalderrábano. Poco tiempo- 
antes tenía Arias Dávila concertado el matrimo- 
nio de Balboa con doña María de Pénasela. 

Nombrado Lope de Sosa gobernador de la Cas- 
tilla de Oro, murió en el Darién en 1518 antes 
de tomar posesión de su gobierno. 

En la provincia de Cumaná en 1520 dieron los- 
indios de Maracapana muerte á dos religiosos,, 
igualmente que á Alonso de Ojeda, primer go- 
bernador de la nueva Andalucía, después de ha- 
ber pasado en varias expediciones los mayores 
trabajos que hayan sufrido hombres, y fué enter- 
rado de limosna por los padres de San Francisco 
en los umbrales de la puerta de la iglesia. Ojeda 
fué uno de los primeros conquistadores de Amé^ 
rica, pero también uno de los mas crueles tira- 



233 

nos. Luis de Mendoza y Gaspar de Quesada, capi- 
tanes de la expedición de Magallanes, faeron 
ahorcados por su orden como traidores cerca del 
estrecho al que dio su nombre. Sirvió de verdugo 
un sirviente de Quesada, que se prestó á ser eje- 
cutor de la sentencia para salvar su propia vida 
por ser culpable como los otros. El capitán Peña, 
favorito de Cortés, fué asesinado en Méjico por 
los indios, igualmente que Juan Martin Narices, 
Juan de Soria, Valdivia y algunos otros. Durante 
la retirada perecieron 150 castellanos y cayeron 
prisioneros 40. Al mismo tiempo los indios de 
Tepeaca daban muerte á más de 50 españoles, y 
los de Tustebeque al capitán Salcedo y 80 de sus 
hombres. 

El capitán Antonio de Villafañe fué ahorcado 
como traidor y jefe de una conspiración contra 
Cortés en 15:^1. El padre Denis, dominicano, re- 
cibió el martirio en Cumaná. Francisco de Soto, 
después dé haber sido herido con una flecha em- 
ponzoñada, murió de accesos de rabia con los ma- 
yores dolores. El capitán Juan Ponce de León fué 
asesinado por los naturales de la isla de Cuba. 
Otro capitán, Pedro Barba, fué muerto comba- 
tiendo valientemente en la laguna de Méjico. En 
el mismo año perdió la vida Magallanes en la isla 
de Matan, igualmente que Cristóbal Rabelo, ca- 
pitán de la Victoi'ia. Poco tiempo después fueron 



234 

víctimas de una traición en Zebú, una de las Fi- 
lipinas, Dnarte Barbosa, primo de Magallanes, el 
capitán Juan Serrano y otros muchos españoles. 

El capitán Antonio Quiñones fué muerto cerca 
de las Azores en un combate contra un corsario 
de la Rochela, el cual tomó la mayor parte de 
los tesoros que Cortés enviaba á Garlos Y. En la 
provincia de Panuco, sometida al adelantado 
Francisco Garay, fueron asesinados 400 españo- 
les por los indios, en venganza de las crueldades 
y robos que liabian cometido en el país. Poco 
tiempo después perecieron otros 40 en Santislé- 
ban, siendo la población incendiada. Por último, 
murió en Méjico el adelantado Garay que liabia 
acompañado en su segundo viaje á Cristóbal Co- 
lon, creyéndose que fué envenenado. 

Durante la guerra civil que en 1524 tuvo lugar 
en Honduras entre Francisco Hernández de Cór- 
dova, Gil González Dávila y Cristóbal de Olid, 
murieron muchos españoles. Estos jefes se dis- 
putaban la posesión de los indios y sus riquezas. 
Gil González Dávila, que era jefe de un partido, 
su capitán Francisco de Las Casas y muchos de 
sus soldados asesinaron al adelantado de Olid, 
que se habia revelado contra Hernán Cortés. El 
gobernador de Cuba, Diego Velazquez, murió de 
enfermedad después de haber hecho grandes es- 
fuerzos para impedir la expedición de Cortés á 



235 

Méjico. El capitán Francisco de Medina fué asesi- 
nado por los indios, en un viaje de Méjico á Hon- 
duras para dar cuenta á Cortés que liabia esta- 
llado la guerra civil en Méjico durante su ausen- 
cia. Los que hablan usurpado la autoridad hicie- 
ron colgar al capitán Rodríguez de Paz, primo de 
Cortés^ y condenaron á muerte á Gil González 
Dávila, Francisco de Las Casas y Diego Hurtado 
de Mendoza, que obtuvieron, sin embargo, á 
fuerza de dinero, el que los enviasen á España 
para ser de nuevo juzgados. El capitán Francisco 
de Medina, uno de los guerreros más renombra- 
dos de aquel tiempo, faé preso por los indios en 
Xicalango y lo quemaron vivo después de escar- 
necerlo y hacerle sufrir mil tormentos. 

En 1525, en el país de Honduras, murieron de 
hambre muchos españoles; Medrano y algunos 
de sus compañeros se vieron reducidos á mante- 
nerse de cadáveres hasta que llegó Hernán Cor- 
les con víveres. Otro primo de Cortés, Juan de 
Abales , dos franciscanos y más de ochenta per- 
sonas naufragaron y perecieron al montar el cabo 
San Antonio en la isla de Cuba. Pedro Almindez 
Chirinos y Gonzalo de Salazar, tiranos de Méjico, 
fueron condenados á muerte; sin embargo. Cor- 
tés los envió á España. Al volver de la Florida á 
Santo Domingo murió Lúeas Vázquez de Aillon 
en consecuencia de las heridas recibidas de los 



236 

indios durante sus descubrimientos. En Santa 
Marta el capitán Pedro de Villafuerte asesinó á 
puñaladas al adelantado Rodríguez Bastidas^ para 
apoderarse del gobierno^, apoyado por muchos con- 
jurados^ entre los que se hallaba Porras de Sevi- 
lla. Todos estos culpables fueron arrestados y 
ahorcados. Igual pena sufrió el capitán portugués 
Hernando Baez por haber tratado de matar á Ro- 
drigo Al varez Palomino. Éste se ahogó poco tiem- 
po después al querer pasar un rio á caballo. Mu- 
chos de los castellanos que acompañaban á Pi- 
/arro al Perú fueron devorados por los caimanes 
ó murieron á consecuencia de las heridas que 
con flechas emponzoñadas les hicieron los natu- 
rales de Tumbez. 

Al siguiente año de 1521 Pedro Arias Dávila 
mandó decapitar á Francisco Hernández de Gór- 
dova^ acusado como traidor y rebelde, y por su 
conducta en las expediciones de Tierra Firme, el 
Darién y Nicaragua. Hernández de Córdova habia 
fundado la ciudad de Granada en Nicaragua y 
descubierto la mayor parte de aquel territorio. 
Juan de Grijalba, descubridor de la provincia de 
Yucatán v Tabasco, fué asesinado en 1526 en 
Olancho, cerca de la ciudad de Trujillo en Hon- 
duras, por unos indios que lo sorprendieron á él 
y al capitán Benito Hurtado y los acabaron mise- 
rablemente, igualmente que á otros 15 castellanos 



237 

y 20 caballos. El comisario regio en Méjico, Luis 
Ponce de León, encargado de una información 
respecto á Hernán Cortés, murió á los pocos dias 
de llegar á aquella ciudad. 

En Julio de 1525 partió déla Corana una flota 
compuesta de las naves María de la Victoria, 
Santi-SpirUus, Anunciada^ San Gabriel, María 
del Parral, San Lesmes y Santiago al mando del 
general García Jofre de Loasia, del célebre Juan 
Sebastian de El Cano y de los capitanes Pedro de 
Vera, Rodrigo de Acuña, Jorge Manrique Nájera, 
Francisco Floces y Santiago de Guevara. También 
iban en la expedición dos hermanos de El Cano, 
Martin Pérez y Antón Martin, y Andrés Urdanela, 
Martin Iñiguez de Carquisano y el clérigo Juan de 
Areizaga. 

El objeto de estas naves era volver á pasar el 
estrecho de Magallanes y dirigirse á Filipinas. 
Sufrieron inmensos trabajos, tempestades y nau- 
fragios al tratar de pasar el estrecho. Se perdió 
primero la Santi-Spiritus , que mandaba De El 
Cano, ahogándose nueve hombres. La Anuncia- 
da, después de sufrir multitud de" descalabros 
buscando el estrecho, se dirigió por el Cabo de 
Buena Esperanza á las Molucas y desapareció con 
sus tripulantes en el Océano. Ldí.'Sa7i Gabriel su- 
frió iguales desastres y se perdió también con 
casi toda su gente, retornando solamente á Per- 



238 

nambuco Rodrigo de Acuña con pocos de sus 
marineros para ser maltratados de los portugue- 
ses. Penetraron en el Pacífico los buques restan- 
tes, y con las penalidades y sufrimientos se en- 
fermaron y murieron muchos de los expedicio- 
narios, teniendo que arrojar al agua, solamente 
la capitana, 30 muertos en pocos dias. Dos de los 
buques desaparecieron en una tempestad, pere- 
ciendo cuantos iban á bordo. De El Gano murió en 
el mar igualmente que Loasia y otros oficiales, y 
tan sólo las otras dos pudieron llegar á puerta 
desmanteladas, inútiles, sin casi tripulantes ni 
oficiales de cuantos hablan empezado la expedi- 
ción. 

El capitán Martin Iñiguez,jefe de una expedi- 
ción á las Molucas, murió envenenado por el por- 
tugués Hernando de Baldaya. Perecieron también 
en 1527 el clérigo Alonso de Molina y el marinero 
Ginés, que se hablan quedado en Tumbez lejos 
de los buques de Pizarro, sin que se haya averi- 
guado su triste fin en medio de los indios. 

En una de las Molucas, en 1528, fueron ahor- 
cados los portugueses Bartolomé Cordero y Si- 
món de Brito, por haber robado una embarcación 
al capitán Alvaro de Saavedra, jefe de la expedi- 
ción española. Uno de los más distinguidos capi- 
tanes del ejército de Cortés, Gonzalo de Sando- 
val, murió de enfermedad en la isla de Palos. 



239 

Teodoro Griego^ diez castellanos y un negro del 
ejército de Panfilo de Narvaez^ fueron muertos 
en la Florida á flechazos por los indios, y ochenta 
más murieron de hambre. Cinco españoles, lla- 
mados Sierra, Corra, González Ruiz, Diego López 
y Palacio, se mantuvieron de la carne de sus 
compañeros, salvándose únicamente González 
Ruiz. El mismo Narvaez pereció luego con toda 
su gente. 

El gobernador de Santa Marta, Pedro de Badi- 
11o, enviado prisionero á España por orden de 
su sucesor García de Lerma , murió en un nau- 
fragio en 1529. 

El gapitan Alvaro de Saavedra murió igual- 
mente al trasladarse de Tidor á la Nueva España. 

En 1530 el gobernador de Honduras, adelan- 
tado Diego López de Salcedo, faé envenenado 
por algunos de sus enemigos , y concluyó su car- 
rera aborrecido por sus gobernados. En la pro- 
vincia de Coro murieron algunos castellanos que 
se ocupaban de nuevos descubrimientos, ha- 
biendo antes tenido que matar un indio y co- 
merlo para saciar su hambre. El gobernador de 
Méjico, Ñuño Gómez, mandó ajusticiar á Diego 
Trujillo. 

Los indios de Tumbez en el Perú toman varios 
españoles y les hacen morir con agua hirviente 
para prolongar sus sufrimientos. Otros muchos 



240 

castellanos mueren asesinados por los indios en 
un viaje de Yucatán a Campeche. En el rio 
Magdalena perecen ahogados el jefe de la colonia 
de Santa Marta^ García de Lerma, Antonio Ju- 
sarte y su hermano Jerónimo de Meló. 

El gohernador de Honduras, Vasco de Herrera, 
fué asesinado por su rival Diego Méndez en 1532, 
y éste ahorcado por orden de Andrés de Cerece- 
da, que manda también cortar la cabeza íi Diego 
Vidal y Juan Vázquez que hablan sostenido á 
Méndez. 

Muchos castellanos perecen en el mar al ir á 
Trujillo con Diego de Albitez, que muere tam- 
bién al llegar á dicha villa. El capitán alemán 
Ambrosio Alfinger, que habia mandado ahorcar 
muchos indios, muere en Coro de resultas de 
heridas recibidas con flechas emponzoñadas. El 
secretario de Diego de Almagro fué al patíbulo 
por orden de este gobernador por haber descu- 
bierto un secreto durante la expedición al Perú. 
. El capitán Diego Becerra fué asesinado en 1534, 
y varios españoles que le acompañaban, heridos 
gravemente por los marineros sublevados al 
mando del piloto Fortun Ximenez durante un 
viaje por la costa en el mar del Sur. 

En 1535 un oficial de Pizarro, llamado Pedro 
Martin de Moguer, murió en el Cuzco á manos 
de los indios. En el sitio do dicha villa murieron 



241 

Juan Pizarro y más de trescientos españoles. Los 
capitanes Diego de Pizarro y Gaete murieron 
también en una batalla con los indios, y Pedro 
Pizarro fué gravemente herido. 

El portugués Simón de Alcazoba, geógrafo dis- 
tinguido, después de pasar el estrecho de Maga- 
llanes, fué asesinado en el buque, igualmente 
que su piloto, por los capitanes Lotelo y Juan 
Arias, y por otros sublevados que arrojaron al 
agua sus cadáveres. Los culpables fueron decapi- 
tados; los oficiales Garasa, Ortiz, Echauz y Rin- 
cón ahogados; Halcón y Gallego ahorcados, y 
Rodrigue Martínez, Alejo García y Ñuño Alvarez 
abandonados en playas desconocidas. En la pro- 
vincia de Santa Marta murieron de hambre otros 
veinte españoles que trataban de descubrir nue- 
vas tierras. 

El capitán Alfonso de Herrera, herido con fle- 
chas envenenadas por los indios cerca del rio 
Jaya-Pari, murió á los pocos dias con rabia. En 
el rio de La Plata los indios asesinaron al gober- 
„nador Diego de Mendoza, á Pedro de Benavides 
y á otros cuatro españoles. Otros muchos caste- 
llanos perecieron de hambre después de tener 
que comer lagartos, culebras, insectos, perros, 
caballos y carne humana. 

Los indios de Chile mataron á flechazos en 
1536 á tres españoles que hablan penetrado en 



242 

el país sin permiso de su jefe. Otros varios que 
habian penetrado en el Perú á buscar víveres 
sufrieron la misma suerte. 

En 1537 murieron más de seiscientos españo- 
les en la lucha suscitada por los dos Alvarados 
para apoderarse del Cuzco ^ el uno en represen- 
tación de Diego de Almagro, el otro en nombre 
del marqués de Pizarro. En Santo Domingo mu- 
ñó Alfonso Fernandez de Lugo, gobernador de 
Santa Marta. En esta ciudad fué ahorcado el ca« 
pitan Ochoa y un soldado, por orden del goberna- 
dor interino Antonio Sedeño. Al volverá España 
D. Pedro de Mendoza, gobernador délas provin- 
cias del Plata, murió en el viaje. 

Diego de Almagro hizo decapitar al capitán 
Villegas, por haber tenido inteligencias con las 
tropas de Pizarro. En la batalla de Abancay, en- 
tre los soldados de Almagro y de Pizarro, murie- 
ron muchos españoles y distinguidos oficiales, 
principalmente de los vencidos de Almagro, en- 
tre otros el mariscal Rodríguez de Ordoñez, que 
se halló en el saqueo de Roma en 1527, los ca- 
pitanes Salinas, Eugenio de Moscoso, Rui Diaz y 
varios otros. Diego de Almagro con su hijo y los 
oficiales que quedaron vivos, fueron tomados 
prisioneros. Almagro fué condenado á muerte, y 
Pedro de Lerma fué asesinado. El capitán Meza, 
del ejército de Pedro de Candía, fué decapitada 



243 

por conspirador. En Venezuela fueron ahorcados 
otros dos oficiales, por haber excitado á una in- 
surrección. 

Juan de Ayolas, jefe de la expedición enviada 
á descubrir tierras en el rio de la Plata, fué 
asesinado en 1539 por los indios paraguayos, 
igualmente que los españoles que le acompa- 
ñaban. 

En 1540 los indios de la Florida hicieron mo- 
rir, en medio de los mayores tormentos, al ca- 
pitán Pedro de Añasco , enviado por Hernando . 
de Soto á descubrir nuevas tierras. La misma 
suerte tuvieron otros muchos soldados españoles, 
entre los cuales se hallaban los capitanes Balta- 
sar del Rio, Juan de Ampudia, Osorio y otros. 
D. Diego de Alvarado, hermano del adelantado 
D. Pedro, murió al volver á España, según se 
cree, envenenado por sus enemigos. 

Los españoles conjurados en Chile asesinaron 
en 1541 al marqués Francisco Pizarro y á los ca- 
pitanes Francisco Martínez de Alcántara, Fran- 
cisco de Chaves, Gómez de Luna, Francisco de 
Yergara, Gonzalo Hernández de la Torre, Alfon- 
so de Cabrera, Manuel Hurtado, Juan de Ville- 
gas, Juan de Vozmediano y Antonio Picado, se- 
cretario del marqués. Los asesinos disputaron 
entre sí el mando en el Perú, y murió en la 
refriega el general Juan de Rada, jefe de los con- 



244 

jurados y otros muchos oficiales. En la Florida 
mueren á flechazos Roque de Yelves y Simón 
Rodriguez de Marvan, y el capitán Juan López 
muere de frió sobre su caballo. El capitán Fal- 
con murió también á flechazos en la Nueva Ga- 
licia. El adelantado Pedro de Alvarado murió de 
la manera más deplorable en Esatlan, diez y 
ocho leguas de Jalisco y trece de Compostela, 
donde estaba Diego López de Zúñiga haciendo 
guerra á los indios alzados. En uno de los ata- 
ques en que los indios estaban en alto y la cuesta 
era áspera, cayeron rodando muchos caballos 
desde la altura, y uno de ellos venía directa- 
mente sobre Pedro de Alvarado. Viendo el peli- 
gro el adelantado, se apeó apresuradamente del 
caballo en que estaba, y se acogió á un sitio á 
su parecer seguro y desviado del caballo que 
venía cayendo, el cual, con gran ímpetu, dio un 
golpe contra una peña y revolvió hacia donde es- 
taba Alvarado, arrastrándolo en seguida cuesta 
abajo, despedazándolo y moliéndole los huesos. 
Esto sucedió en el mismo dia y hora en que era 
asesinado Francisco Pizarro, íntimo amigo de 
Alvarado. 

Dona Beatriz de la Cueva, esposa del adelan- 
tado, pereció el 11 de Setiembre del propio año 
en Guatemala, durante la inundación producida 
por torrentes de agua y lodo que vomitó el vol- 



245 

can. Murió entonces también su hija y una mul- 
titud de españoles. 

En 1542 el capitán García de Alvarado asesinó 
en el Perú al capitán Cristóbal Sotelo; poco des- 
pués Juan Balsa asesinó á García Alvarado, y 
mandó ahorcar á Juan García Camarilla, enviado 
del comisario regio. El capitán Juan de Torres 
murió con las heridas de flechas recibidas en el 
alto Perú. 

El general Diego de Almagro, hijo del adelan- 
tado que pereció tan miserablemente, fué sen- 
tenciado á muerte en 1543 y ejecutado por or- 
den del comisario Vaca de Castro. En el Rio de 
la Plata pereció á flechazos Diego de Rojas. En 
la Florida pereció por enfermedad el adelantado 
Hernando de Soto. 

Los domésticos del virey Blasco Nuñez Bela 
dieron muerte á golpes al comisionado de Lima, 
Ulan Suarez, en 1544. Los capitanes Felipe Gu- 
tiérrez y Arias Maldonado fueron asesinados 
igualmente por orden de Gonzalo Pizarro. En el 
Cuzco Francisco Pizarro mandó quitar la vida al 
capitán Rodríguez de Camporedondo. Francisco 
de Orellana y otros diez y ocho españoles fueron 
muertos por los indios en la Nueva Andalucía. 

El gobernador de Panamá, Hernando Machi- 
cao, mandó dar muerte en 1545 á Pedro Luis de 
Cabrera, Hernán Mejía, Cristóbal de la Peña y 



246 

otros muchos. En el Perú murieron de hambre 
Hernando Al varado^ Gonzalo Diaz de Pineda y 
varios más de sus compañeros. Francisco de 
Carvajal, capitán de Pizarro, mandó ahorcar á 
Alfonso de Sosa, Pedro Gutiérrez, Diego Monto- 
ya, Antonio Carrillo y otros diversos. El virey de 
su parte mandó dar muerte á los capitanes Ser- 
na, Gaspar Gil, Ojeda, Carvajal, Gómez de Es- 
tacio y Rodrigue de Ocampo, que mandaba -su 
propia guardia. En el Rio de la Plata, Francisco 
de Almendras, nombrado gobernador, fué ahor- 
cado por los conjurados que trataron de vengar 
la muerte de Gómez de Luna y de otro gran nú- 
mero de españoles. 

Pedro Aguirre, Zambrana, Bobadillay Pineda 
fueron ahorcados por orden de Francisco de Car- 
bajal, jefe de Pizarro, en 1546, creyendo que 
conspiraban contra su vida. Al mismo tiempo 
sufrían igual pena el corregidor Moreno, Vi van- 
eo y Juan Pérez, por orden de Diego Centeno, 
acusados como espías. 

El virey Blasco Nuñez Bela, herido en una ba- 
talla, fué acabado por Benito Suarez de Carbajal, 
hermano del comisionado Ulan Suarez, á quien 
mandó quitar la vida el propio virey. Pizarro 
y sus capitanes, después de la batalla, hicieron 
quitar la vida á muchos españoles, entre ellos á 
Diego de Torres, Sancho de la Carrera, Francis- 



247 

-co de Castellanos, Hernando Sarmiento, Alvarez, 
Pedro de Heredia y Alfonso Bello. El capitán Al- 
fonso de Toro, en la provincia del Cuzco, hizo 
estrangular á Salas, Sotomayor y Bautista, y or- 
denó al verdugo que cortase la mano á Hernán 
Diaz. Francisco de Mendoza fué asesinado en las 
provincias del Plata por Nicolás de Heredia; poco 
tiempo después el mismo Heredia hizo matar al 
capitán Saavedra de Logroño. El adelantado Se- 
hastian de Belalcazar condenó á muerte en Popa- 
yan al mariscal Jorge Robledo. El general Fran- 
cisco de Carbajal hizo cortar la cabeza al gober- 
nador Lope de Mendoza cerca de Arequipa, 
creyéndolo enemigo de Pizarro. En el Perú fué 
asesinado por unos indios Alfonso Pérez de Cas- 
tillejo. Luis de León fué asesinado por Alfonso 
de Toro, y éste murió á puñaladas por su suegro 
Diego González de Vargas, por haber aquél in- 
sultado á su suegra. El consejero Zepeda hizo 
ahorcar á Vela Nuñez, hermano del virey Blasco 
Nuñez Vela. En Venezuela el juez de comisión, 
Juan de Carbajal, fué sentenciado á muerte, es- 
piando de tal manera el crimen de haber hecho 
morir cruelmente á Bartolomé Belzar, Diego Ro- 
mero, Gregorio de Plasencia y Felipe de Uten. 
En las provincias del Rio de la Plata Felipe de 
Cáceres, jefe de una expedición para descubrir 
nuevas tierras, mandó quitar la vida á Diego de 



248 

Ábrego, por haberse separado del cuerpo de 
ejército para dirigirse á otro punto. 

Los amigos de Pizarro, en el Perú, envenena- 
ron en 1547 al consejero-auditor Zarate. Pedro 
de Puelles, uno de los generales de aquel jefe, 
fué asesinado por Hernando Salazar, capitán de 
su ejército. En los últimos tres años de guerra 
civil que desoló el Perú perecieron más de qui- 
nientos españoles, de los cuales la mitad fueron 
ahorcados ó estrangulados. En la batalla de Gua- 
riña, ganada por Pizarro, el general Centeno 
perdió más de trescientos cincuenta hombres , y 
además treinta prisioneros, que fueron colgados 
por orden del general Carbajal, entre ellos un 
rehgioso, un coronel y seis capitanes. El mismo 
Carbajal condenó á muerte al gobernador del 
Cuzco, Hernando Machicao, por haber desertado 
su puesto al acercarse el enemigo. 

En 1548 el presidente Gasea hizo prisionero á 
Pizarro y á casi todos sus oficiales en la batalla 
de Apurina. Condenó á muerte á Gonzalo Pizar- 
ro y á los capitanes Diego de Carbajal, Juan de. 
la Torre, Yergara, Castro, Diego de Contreras, 
Francisco de Espinosa, García Muñoz, Gonzalo 
de Morales, Alfonso de Vedma, Martin Bermejo, 
Sierra, Bobadilla, Gonzalo de Los Nidos y Ber- 
nardino de Valencia. Igualmente fueron conde- 
nados á infamia y muerte civil otros muchos par- 



249 

tidarios de Pizarro que habían perecido antes de 
la batalla. En el mismo año murió Diego Gente- 
no , cuando acababa de ser nombrado gobernador 
del Rio de la Plata; su sucesor, Diego de Sana- 
bria, pereció en el rio con cuantos le acompaña- 
ban al llegar á Asunción. 

En la Florida fué martirizado en 1549 el 
religioso Diego de Tolosa y Juan de Fuentes 
que lo acompañaba. Poco después murió, de 
muerte violenta, otro misionero llamado Luis 
Cáncer. 

Hernando de Gontreras, hijo del gobernador 
de Nicaragua, dio muerte en 1550 al obispo don 
Antonio de Valdivieso, por haber querido opo- 
nerse á que tuviese en su casa indios en calidad 
de esclavos. Este Gontreras era yerno del famoso 
Pedro Arias Dávila, gobernador del Darién. En 
el mismo año murió á flechazos Hernando de 
Gontreras y su hermano Pedro , sufriendo así el 
castigo de sus crímenes. En Ghile, el gobernador 
Francisco de Villagra hizo cortar la cabeza á Pe- 
dro Sánchez de la Hoz. Los indios de aquella 
provincia dieron muerte en una emboscada al 
capitán Juan Bon y cuarenta soldados. 

Pedro de Valdivia, gobernador de Ghile, fué 
asesinado por los naturales en 1551. El corregi- 
dor del Guzco, Alfonso Al varado, condenó á 
muerte á los sediciosos Francisco de Miranda, 



250 

Hernández Melgarejo, Barrionuevo y otros espa- 
ñoles. 

En 1552 la audiencia real del Perú conde- 
nó á muerte á Luis de Vargas, como conspi- 
rador. 

Varios conjurados, mandados por Sebastian 
Castilla, asesinaron en 1553 al general Pedro Al- 
fonso de Hinojosa, gobernador de Charcas, y al 
capitán Alfonso de Castro. A los pocos dias mu- 
rió á su vez el asesino á manos de Basco Godi- 
nez , lo mismo que sus cómplices Antonio de Se- 
púlveda, Francisco Villalobos, Salcedo y Mar- 
queda. Godinez hizo ejecutar igualmente á Gar- 
cía Tello y á otras personas acusadas del mismo 
crimen. Por su consejo, Antonio de Lujan, hizo 
descuartizar en el Potosí á Egas de Guzman y 
Diego de Vergara. El mariscal Alfonso Alvarado 
adoptó igual medida con Alfonso de Marquina y 
Francisco de Arnao. Godinez fué luego aprisio- 
nado en Charcas, y fueron estrangulados Pedro 
Juárez Pacheco, Hernando de Herrera, Candidato 
y Lúeas de la Torre, por orden de Alfonso de Al- 
varado. Este mismo mandó cortar la cabeza en 
el Potosí á García de Bazán y á Hernando Rodrí- 
guez de Monroy, y colgar á Juan de Alcalá y Far- 
fan de Los Godos. Hizo luego descuartizar á su 
prisionero Basco Godinez, decapitar á Gómez de 
Magallon, Tello de Vega, Juan de Hugarte, y- 



251 

ahorcar á Antonio de Campofrio. En el Cuzco 
fué arrestado el corregidor Gil Ramírez Dábalos 
y asesinados el capitán Palomino^ Juan Morales 
y muchos otros españoles. Diego de Al varado 
hizo dar muerte á Baltasar de Castilla, Juan de 
Cáceres y Juan Ortiz de Zarate. Todo el Perú se 
hallaba en esta época en conflagración revolucio- 
naria. Tomás Vázquez, corregidor de Arequipa^ 
envió asesinos para que diesen muerte á Martin de 
Lezcano, y mandó ahorcar á Alfonso de Mier. El 
consejero Altamirano dio orden de colgar á Sal- 
vador de Lezana, Francisco de Vera y Francisco 
Juárez, oficiales de Hernández Girón, y á otros 
treinta españoles prisioneros, que al fin se sal- 
varon por haberse negado á ejecutarlos los pro- 
pios soldados. 

Diego de Al varado , maestro de campo de Her- 
nández Girón , hombre de un carácter feroz, hizo 
estrangular á Serrano, médico de su ejército. En 
seguida ordenó la muerte del capitán Ñuño de 
Mendiola. Su jefe mandó decapitar al capitán 
Lope Martin y al oficial Villareal. Alfonso de Al- 
varado avanzó contra Francisco Hernández Gi- 
rón, y en el camino fué asesinado por un negro 
Diego de Almendras. Perdió Al varado la batalla 
de Chuquinga, y murieron sus mejores capitanes, 
entre ellos Gómez de Alvarado, Juan de Saave- 
dra, Villavicencio, Gabriel de Guzman, Diego de 



252 

Ulloa, Simón Pinto^ Barrientes y Alvarez de To- 
ledo. Los capitanes Alfonso de Badajoz y Antonio 
Carrillo murieron asesinados. Bernardino de Ro- 
bles, otro capitán de Girón, llamó á su suegro 
Ruibarba á una entrevista , y lo atravesó de una 
estocada. El capitán Sotelo , también del ejército 
de Girón , cayó prisionero , y fué estrangulado en 
el campo. A su vez fué adversa la suerte de las 
armas á Girón, y sus mejores oficiales fueron 
condenados á la horca, entre ellos Diego de Al- 
varado, Juan Cobo, Villalba, Alberto de Orduña, 
Bernardino Robles y Cristóbal de Funes. El 
mismo Girón cayó en poder de sus enemigos, su 
cuerpo fué arrastrado por caballos, su cabeza cor- 
tada, y sembrada sal en el lugar que ocupaba su 
casa. 

Don Diego de Colón , hijo del gran almirante, 
pasó una existencia llena de sinsabores y desaso- 
siegos. En su sepultura se esculpió el siguiente 
epitafio: 

Hic maris Indorum Prcefectiis conditur Ule 
Qicem fpro meritisj sors inimica juvit. 
Muñera percepit, vivo concessa parenti 
At cum diritis , tristia fata simul. 

(( Yace aquí el almirante del mar Océano , á 
cuyas buenas partes igualaron sus desgracias. 



253 

Heredó las mercedes que los reyes hicieron á su 
padre ^ y con las riquezas justamente la poca 
ventura.» 

La muerte del cacique D. Juan de Ghiapa^ que 
tan amigo se habia mostrado de los españoles, 
no fué menos tremenda que las que acabamos de 
enumerar. Don Juan habia tenido un disgusto con 
los religiosos, de los cuales se creyó ofendido, 
quejándose de ellos amargamente y alborotando 
á los españoles que lo favorecían, y que, ene- 
migos de los Padres , aprovechaban la ocasión de 
satisfacer su encono contra ellos. Celebráronse 
fiestas y cabalgatas en las que se hicieron todas las 
honras posibles á D. Juan, con el objeto de dis- 
gustar á los Padres. Acabadas las fiestas, volvióse 
el cacique á Ghiapa, y estando á poca distancia 
del pueblo, mandó consultar á sus parientes res- 
pecto al mejor modo de efectuar su entrada. Le 
enviaron un hermoso caballo y fueron varios á 
recibirlo, llevándole un hijo suyo de tres años. 
Después de haber tomado parte con sus amigos en 
un banquete mandado disponer en el camino, 
montó el cacique á caballo para entrar en el lugar, 
y puso el niño á las ancas, ciñéndose el cordel de 
la jáquima del caballo, sin desprenderlo de la ca- 
bezada, y asegurando así el niño á su cintura, dan- 
do un nudo al cordel. Gomo el caballo era nuevo 
y fogoso y rehusaba andar, picóle D. Juan con las 



254 

espuelas, y el animal haciendo corcovos dio con 
él y con el niño en el suelo ; luego , queriendo 
huir, arrastró á D. Juan un huen trecho, hasta 
que volviéndose á él con la furia de un león, le 
arrancó de una dentellada las partes viriles, y 
luego con los pies y manos le quebró y molió 
todo el cuerpo, haciéndole luego pedazos á mor- 
discos. Sucedió esto con tal prontitud, y era tan 
terrible la ferocidad del caballo, que nadie pudo 
ni se atrevió á socorrer al desventurado D. Juan, 
á quien después llevaron á enterrar en una ba- 
nasta , porque ni aun la cabeza le habia quedado 
entera. 

Terminaremos este capítulo de. catástrofes ex- 
traordinarias, recordando un hecho singular re- 
lacionado con el descubrimiento de América, 
que es el siguiente: el marinero que desde la 
nave de Colon vio el primero una luz en el 
horizonte y cantó ¡tierra! que era del Nuevo 
mundo, al volver de aquel viaje á España, 
se fué á Córdoba, y desde allí á Berbería, 
donde se hizo mahometano y murió en el isla- 
mismo. 

En todos esos hechos que quedan consignados 
parece descubrirse algo superior al acaso, algo 
dictado por la oculta mano de la Providencia, 
para castigar á aquellos hombres conducidos por 
una avaricia insaciable de oro y de riquezas, y 



255 

dotados de una ferocidad que al fin vino á ser un 
hábito, que lo mismo ejercían degollando y mar- 
tirizando indios indefensos,, que lo practicaban 
entre ellos mismos en sus contiendas civiles y en 
sus extraordinarias venganzas. 



CAPITULO IX. 



Se repiten las escenas de sangre en América en el presente siglo. — Caudi- 
llos de la independencia y prohombres de las repúblicas. — Triste fia 
de muchos de ellos. — Un doctor y sus teorías revolucionarias. — Docu- 
mento notable de Fernando VIL— Primeras víctimas de la indepen- 
dencia.— Aventureros extranjeros. — Castelli y su muerte. — Benavi- 
des y su cruel ejecución.— Fusilamientos en Cundinamarca. — La 
guerra de la independencia , según tuvo lugar en los diversos territo- 
rios bispano-americanos.— Desde la independencia hasta nuestros dias. 

— Iturbide y Bolívar.- Los hermanos Carreras. — Morazan y sus jefes. 

— Braulico Carrillo. — General Malespin, los Herreras, Rivera Muñoz 
y Guardiola. — José María Gutiérrez. — El aventurero Walker.— Maxi- 
miliano de Austria. — La emperatriz Carlota. — Querétaro.—Miramon y 
Mejia.— Trabazón siniestra.— Páginas enlutadas y sangrientas con- 
tiendas que no es tiempo de referir. — Lugar adecuado en la historia. 

— Serán conocidos los culpables. 



Después de haber revistado en el anterior ca- 
pitulo el tristísimo fin que tuvieron la mayor 
parte de los conquistadores y descubridores del 
Nuevo mundo, y sus principales capitanes y cóm- 
plices de sus fechorías, solamente en la primer 
mitad del siglo xvi, que es la época á que alcan- 
za el apostolado de Las Casas, no podemos resis- 
tir á la tentación de recordar lo que ha sucedido 
en lo que va de siglo á la mayoría de los candi- 



257 

líos y hombres públicos que más han figurado, 
tanto en las guerras de la independencia como 
después en las repúblicas que se han formado y. 
en las revoluciones que cada una ha sostenido. 

Las crueldades de los españoles con los indios, 
las contiendas civiles entre los jefes y goberna- 
dores enviados déla Península, su ambición, su 
tiranía y sus venganzas, continuaron en todo el 
siglo XVI y parte del xvn, en que al fin empezó á 
triunfar un sistema colonial, si bien muy imper- 
fecto, al menos no tan cruel ni tiránico para con 
los indios que quedaban, ni tan esencialmente 
anárquico como el de los primeros conquistado- 
res entre sí. Pero al empezar el siglo actual se 
renovaron las mismas pasiones , y han continua- 
do después hasta hoy, sin otras modificaciones 
que algunas de circunstancias , consecuencias de 
la época y de los recursos de la civilización 
actual. 

No parece sino que el siniestro' y miserable 
destino que persiguió siempre á los primeros 
conquistadores y pobladores de las Indias, se ha 
renovado y ha seguido como antes en su impla- 
cable furia, sacrificando durante la independen- 
cia y después de la independencia de aquellos 
países, á la mayor parte de los que han figurado 
en la escena pública ó los han gobernado. 

Prolija é ingrata sería la tarea de narrar el cú- 

17 



258 

mulo de desastres, desgracias, crímenes, cruel- 
dades y tragedias que se registran en los anales- 
de la historia hispano-americana, y el fin deplo- 
rable que casi siempre ha cabido en suerte á los- 
que figuraron en primer línea en la borrascosa y 
accidentada existencia de aquellas grandes co- 
marcas. Pero tan lúgubres recuerdos no pueden, 
menos que servir de útil enseñanza para los pue- 
blos, y muy particularmente para cuantos hom- 
bres se lanzan imprudentes al campo de las- 
aventuras políticas; y por eso trataremos de ha- 
cer una larga digresión, señalando algunos de- 
esos episodios contemporáneos que dan tintes- 
tan sombríos á la historia del Nuevo mundo. 

Es sumamente difícil el poder elegir entre mi- 
llares de víctimas las que sean más notables ó 
interesantes: sin embargo, quedará establecida 
la continuidad de esa tragedia de sangre y exter- 
minio á través de las generaciones y los siglos,, 
aun citando solamente nombres tomados de la 
historia, á la ventura, ó que más fácilmente ven- 
gan á la memoria. Principiaremos, por lo tanto^. 
en el momento en que la guerra de la indepen- 
dencia en las colonias de España en el Nueva 
mundo empezó á asumir un carácter alarmante. 

El doctor Moreno, abogado argentino, dio á la 
junta de Buenos-Aires en 1810 una especie de*in- 
forme ó proyecto respecto á los medios de arrai- 



259 

gar la revolución, de cuyo furioso documento, 
digno de Robespierre, extractaremos algunos pe- 
ríodos. 

Párrafo del exordio: «Y eii consecuencia creería no 
haber cumplido tanto con lo que se me ha honrado, 
como con la gratitud que debo á la patria, si no maní- 
estara mis ideas según y conforme las siente mi cora- 
zón , y según los conocimientos que me han franqueado 
veinticinco años de un estudio constante sobre el cora- 
zón humano , en cuyo tiempo , sin que me domine la va- 
nidad, creo tener algún voto en sus funciones intelec- 
tuales; y por lo contrario, si moderando mis reflexiones 
iio mostrase los pasos verdaderos de la felicidad , sería 
un reo digno de la mayor consideración, y así no debe 
escandalizar el sentido de ,mis voces de cortar cabezas^ 
verter sangre y sacrificar á toda costa ^ aunque este pro- 
ceder nos aproxime á las costumbres de los antropófagos 
y caribes. Y si no, ¿para qué nos pintan á la libertad cie- 
ga y armada de un puñal? Porque ningún Estado enve- 
jecido ni sus provincias pueden regenerarse, ni cortarse 
sus corrompidos abusos sin Jiacer correr arroyos de 
sangre. « 

Reflexión 2.^ * « A todos los verdaderos patriotas, cuya 
conducta sea satisfactoria , y tengan ya dadas pruebas 
relevantes , si en algo delinquiesen , que no fuera contra 
el sistema , debe tenerse siempre con éstos una conside- 
ración y extremada bondad; en una palabra , en tiempo 
de revolución ningún otro delito debe castigarse sino el 
de infidencia y rebelión contra los sagrados derechos de 
la causa que se establece, y todo lo demás debe disimu- 
larse.» 



260 

Reflexiones ^.^ y b.^ «Con los descontentos debe ob- 
servar el Gobierno una conducta cruel y sanguinaria; la 
menor especie debe ser castigada, y en los juicios y 
asuntos particulares debe preferirse siempre al patriota 
para aprisionar más su voluntad. ítem , la menor semi- 
prueba de hechos ó palabras contra dicha clase de des- 
contentos, debe castigarse con pena capital, principal- 
mente sisón sujetos de talento, riqueza, carácter y opi- 
nión.» 

Ee flexión 1 ."^ «Deben ser decapitados cuantos gober- 
nadores , capitanes generales , mariscales de campo , bri- 
gadieres y coroneles realistas caigan en nuestras manos, 
así como todos aquellos sujetos que ocupan los primeros 
empleos en los pueblos que todavía no nos han recono- 
cido; pues que gozando de algún influjo popular, y co- 
nociendo nuestras miras, pueden desacreditar nuestra 
causa entre los mismos patriotas , y especialmente ante 
el Gobierno español, privándonos de las ventajas que 
podemos derivar de las relaciones que trataremos de en- 
tablar con él si podemos mantenerlo engañosamente 
adormecido, ó á lo menos perplejo en resolver, hasta 
que ganemos tiempo para desenvolver nuestros planes, 
que es lo que más necesitamos.» 

Reflexión 9.^ del segundo artículo. «Deberá enviarse 
inmediatamente á los pueblos del Uruguay y demás 
principales de la campaña, una fuerza de 500 á 800 hom- 
bres, con más oficiales, sargentos y cabos de los que 
correspondan, á'fmdeque sirviendo de apoyo, se vayan 
organizando en los mismos pueblos algunos escuadrones 
de caballería y cuerpos de infantería; teniéndose presen- 
te el haberse ya atraido á nuestro partido , y honrádolos 
con los primeros cargos á un Valdenegro , á un Baltasar 



261 

Vargas, á los hermanos y primos de Artigas, á un Be- 
na vides, á un Vázquez de San José, á un Baltasar Oje- 
da , etc. ; sujetos que por lo conocido de sus vicios y con- 
diciones son capaces de iodo , que es lo que conviene en 
las actuales circunstancias , por sus talentos campestres 
y opiniones populares que han adquirido con sus he- 
chos temerarios , y así deben escogerse los demás para 
formar buenos cuerpos.» 

Reflexión 16. «Todas las fincas raíces, y demás cla- 
ses de bienes de los que han seguido el partido contra- 
rio, serán secuestrados á favor del Erario público, é 
igualmente los bienes de los españoles que no hayan 
abrazado abiertamente nuestra causa.» 

Los demás artículos del proyecto estaban re- 
dactados con el mismo espíritu. Su autor, el 
doctor Moreno, fué nombrado poco tiempo des- 
pués, por los patriotas, representante diplomático 
en Londres; pero pereció en el Océano durante 
el viaje. Sus máximas de exterminio quedaron, 
sin embargo, inoculadas en la masa de la sangre 
de muchos de los independientes, y las pusieron 
en práctica, no solamente durante el período de 
la emancipación, sino después en el larguísimo 
y no terminado período de su constitución' y or- 
ganización. 

Con el documento terrorista del doctor More- 
no, del cual quedan extractados algunos períodos, 
contrasta otro documento de aquella época, en 
sentido diametralmente opuesto, el cual procede 



262 

del rey 'de España D. Fernando YII, y merece ser 
mencionado para la historia; dice así: 

Instrucciones dadas por Fernando VII al general Morillo 
cuando fué enviado en 1815 á pacificar la América. 

« Córrase un velo impenetrable sobre todos los pasados 
desaciertos: no se derrame la preciosa sangre de mis 
•amados pueblos de América : agótense todos los medios 
de la dalzura: prométaseles y se cumpla religiosamente 
la más decidida protección , aun con preferencia á mis 
vasallos peninsulares : óiganse todas sus quejas y recla- 
maciones : socórranse profusamente las públicas necesi- 
dades: repártanse con igualdad los empleos y gracias: 
ábranse las puertas de la reconciliación aun á los más 
obstinados, aun á los que en su fiebre revolucionaria se 
han cebado en las inocentes víctimas españolas ; propón- 
ganseme los medios de cicatrizar las llagas, y de dar 
nuevo impulso á la prosperidad de aquellas regiones: 
que vuestro norte sea la paz, vuestras guías la modera- 
ción y templanza, vuestros auxiliares la persuasión y el 
exhorto, vuestro noble aguijón la clemencia y vuestro 
triunfo el establecimiento de la más cordial, de la más 
pura y de la más sólida fraternidad entre los hijos de 
ambos continentes. Que la oliva sea la señal que anuncie 
vuestro regreso, y no funestos laureles cogidos sobre 
mis propios subditos. Y si á pesar de mis generosos sen- 
timientos el hado adverso trocase en desprecio y terque- 
dad de los revoltosos lo que es efecto de los estímulos del 
corazón; y si la fuerza imperiosa «de las circunstancias 
os obligase á tomar el íiltimo y doloroso recurso de sa- 
car la espada, tenerla siempre pronta á volverla á la 



263 

Taina; que vuestros brazos jamás se nieguen á estrechar 
álos arrepentidos/ ni vuestra mano á firmar el perdón, 
aunque algunos abusen una y más veces de tanta bon- 
dad. Quiero, finalmente, que si el mundo me ha de 
acusar de algún error, me acuse de piedad, no de 
Tigor.» 

Puede establecerse que las primeras víctimas 
sacrificadas en la lucha de la independencia de 
la América española fueron el virey de Buenos- 
Aires D. Santiago de Liniers^ el intendente don 
Juan de la Concha, el asesor D. Victoriano Ro- 
dríguez y el coronel realista D. Santiago Allende, 
ejecutados en el monto de Papagayos, en las 
Pampas de Buenos-iVires, por orden del coronel 
patriota French y del doctor D. Juan José Castelli. 
Liniers era un ilustre militar francés al servicio 
de España que supo vencer heroicamente al gene- 
ral inglés Whitelocke cuando éste se apoderó de 
, Buenos-Aires y de Montevideo en 1807, y que me- 
recía por este solo hecho de armas, aparte de sus 
talentos militares y dotes de mando, la gratitud y 
el aprecio de los habitantes en las márgenes del 
Plata. Sin embargo, los tormentos y humillacio- 
nes que se le hicieron sufrir antes de su ejecu- 
ción^ igualmente que a sus compañeros de infor- 
tunio, dan penosísima idea de las pasiones que 
empezaban á dominar en algunos de los que se 
pusieron al frente de la independencia america- 



26 i 

na; causa noble, pero que, como todas las gran- 
des causas, debiera haberse conducido evitando 
actos de crueldad injustificables. 

Durante la época de la independencia de Amé- 
rica, pasaron á aquel continente una multitud de 
aventureros que no tenian campo á propósito para 
sus hazañas en Europa y querían probar fortuna 
en aquellas regiones. Entre ellos hubo algunos, 
muy pocos, que tuvieron suerte, como el inglés 
Lord Cochrane en las aguas del Pacífico; desgra- 
ciados fueron muchos otros que hablan brillado 
en Europa hasta llegar á tener una hoja de ser- 
vicios militares tan extraordinaria como la de 
Guillermo Perks, comparable solamente á la his- 
toria de sus decepciones en Europa y América, el 
cual , respetado por la muerte en cien batallas y 
combates en Europa, murió oscuramente asesi- 
nado por unos salteadores al ser expulsado del 
servicio de Guatemala y tratar de ir á ofrecer sus 
servicios al Salvador en 1827. No obstante, y por 
lo general, todos esos extranjeros al servicio, pri- 
mero de la causa de la independencia y después 
al de los nuevos Estados, se mostraron crueles 
con sus prisioneros, vengativos, ambiciosos y sin 
conciencia alguna para llegar al fin de sus miras, 
reproduciendo muchos de los excesos de los pri- 
mitivos conquistadores y dando un funesto ejem- 
plo en las guerras que allí se han librado, y por 



265 

lo tanto^ contribuyendo á perpetuar hasta hoy en 
toda revohicion ó guerra civil ese sistema in- 
humano de venganzas y fusilamientos tantas ve^ 
ees reproducido, que es el corolario de toda re- 
velación , de toda conmoción popular y de todo 
cambio violento de gobernantes. 

El mismo doctor Gastelli, antes citado, fué el 
que mandó fusilar en la plaza mayor de Potosí en 
1810 al general D. José Górdova y á otros jefes 
prisioneros, sin justificado motivo; pero á su vez 
Castelli , que tan implacable se mostraba con los 
enemigos que caian en sus manos, y cuyas blas- 
femias en su lenguaje familiar escandalizaban al 
más impío, murió con la lengua gangrenada, 
sufriendo horribles dolores y agonías, de resultas 
de haber introducido en la boca el cigarro en- 
cendido al revés y haberse quemado un poco en 
ella. 

El conde Ruiz de Castilla, gobernador español 
en Quito, fué asesinado por el pueblo en 1812. 
El comandante Zapata, defensor de Chillan, fué 
arrastrado pocos dias después de la* defensa por 
los mismos chillaneses en 18,21. 

Benavides, natural de Concepción en Chile, 
guerrero esforzado y comandante de los indios 
araucanos fieles al rey de España , recibió la 
muerte mas cruel, infamante y afrentosa que se 
puede inventar : arrastrado en un cuero tirado de 



266 

un pollino^ con pasquines de degradación al pe- 
cho y á la espalda, fué mandado descuartizar por 
sus propios paisanos, y luego su cabeza colocada 
en Concepción, su patria; sus brazos en Arauco, 
sus piernas en TarpeUana y Manzano, y el resto 
del cuerpo quemado en el llano de Portales y ar- 
rojadas sus cenizas al aire. 

Después de la batalla de Tambo en Nueva Gra- 
nada, en la que cayeron prisioneros los jefes pa- 
triotas Megia, Rovira y Monsalve, fueron senten- 
ciados á muerte en Bogotá por los tribunales 
militares, y consentida la ejecución por el gene- 
ral Morillo, más de setenta patriotas de la clase 
de paisanos, la mayor parte descendientes inme- 
diatos de familias conocidas en España, algunos 
de ellos peninsulares ó canarios, y otros distin- 
guidos por su posición y conocimientos, entre 
los que figuraron los Sres. D. Antonio Villavi- 
cencio, Carlos Montúfar, Leiva, Carbonell, Tadeo 
Lozano, los Torices, los Niños, los Mansalves, 
los Grillos, Rovira, Céspedes, Rivas, Contreras, 
Olaya, Quijatno, Herrera, Caldas, Ulloa, Armero, 
Pombo, los Valenzuelas, Camacho", Caicedo y 
otra multitud. Y en resumen, nos extralimita- 
ríamos de nuestro objeto si fuésemos á mencio- 
nar en detalle las víctimas que costó la indepen- 
dencia de la América y la sangre que inútilmente 
se derramó por ambos lados, si bien con más 



267 

• 

crueldad en algunos Estados que en otros, en los 
que se libraba tan pertinaz y sangrienta con- 
tienda. 

En Méjico lucharon por la independencia sin 
orden ni concierto, supliendo con el carácter 
decidido la falta entonces de conocimientos mi- 
litares, y con su población exuberante las grandes 
bajas que experimentaban por carencia de tácti- 
ca, sin que los contratiempos más repetidos cau- 
sasen el menor efecto, ni por ellos dejasen de in- 
flamarse las poblaciones enteras á la voz de los 
caudillos que proclamaban la independencia y 
las nuevas doctrinas de una nacionalidad y un 
gobierno propios. 

En las provincias de Venezuela se hizo la in- 
dependencia por medio de una guerra feroz que 
ambos partidos manejaron con encarnizamiento 
y obstinación, siendo generalmente el resultado 
de las batallas el quedar el campo dominado por 
los cadáveres y heridos moribundos. Durante un 
largo tiempo todas las operaciones militares fue- 
ron conducidas por genios sefdientos de sangre 
que no respetaban ni padres, ni hijos, ni herma- 
nos, ni parientes, ni allegados, y que costó el sa- 
crificio de más de 50.000 hombres, la mitad in- 
molados á la venganza, al furor y á las pasiones. 

En Nueva Granada, en donde, sea dicho de 
paso, existia una ilustración más refinada que en 



268 

Venezuela;, tuvieron mayor repugnancia para en- 
tregarse á los horrores de una guerra desesperada 
y sin cuartel; pero hubo momentos en que el 
despecho y la obstinación de los unos y los otros 
grabó páginas de sangre y crueldades en su his- 
toria. 

En el Ecuador, y principalmente en Quito, se 
manejó más bien la intriga que el espíritu guer- 
rero, y una tenacidad inflexible para obtener el 
resultado final de sus planes de independen- 
cia, tenacidad que no esperaba nadie del carác- 
ter blando, alegre y simpático de los ecuato- 
rianos. 

Durante diez y siete años se siguió la guerra 
en el Perú, derramando en ella mucha sangre, 
pero siempre conducida con inteligencia y orden, 
habiendo sido las batallas campales que allí se 
libraban las reguladoras de la opinión. 

La guerra en Chile, lo mismo que en el Perú, 
se condujo con moderación, observándose el de- 
recho de gentes, y decidiendo sus cuestiones y 
disputas en batallas campales, sostenidas con va- 
lor, cordura y pericia militar. 

Pero ya en Buenos-Aires la guerra asumió 
muy diversas condiciones : exaltados los ánimos 
con las doctrinas fanáticas y excéntricas de al- 
gunos doctores que se liabian puesto á la cabeza 
de la revolución, desplegaron tanta fiereza en 



269 

los combates, como vehemencia y fogosidad en 
sus reuniones políticas, y han tenido el triste 
privilegio de dar vida á diversos Estados á las 
orillas del Plata, los cuales debiendo de ser los 
más prósperos de la tierra, han permanecido 
desde entonces en continuas guerras civiles y 
extranjeras, alternando el Gobierno de los tira- 
nos con el de los dictadores, y los de éstos con 
los de la demagogia, casi sin interrupción al- 
guna. 

La época de la independencia en Centro-Amé- 
rica, esto es, en el territorio de las actuales re- 
públicas de Guatemala, Salvador, Honduras, Ni- 
caragua y Costa-Rica, no fué, felizmente, man- 
chada con los horrores de una guerra fratricida 
con los españoles. Las autoridades que goberna- 
ban en el país en nombre de España, se retira- 
ron, abandonando el territorio sin lucha, cuan- 
do conocieron que el grito de independencia en 
la América española se extendía desde la alta Ca- 
lifornia hasta Chiloe, en la costa del Pacífico, 
desde el rio grande del Norte, en el golfo de Mé- 
jico, hasta las bocas del Orinoco, en Venezuela, 
y por las comarcas cruzadas por el Uruguay, Pa- 
raguay, Paraná, Salado y el Plata. Pero apenas 
retiradas las autoridades españolas, empezaron 
las guerras civiles y las disensiones intestinas, 
que sacrificaron como víctimas á los hombres 



270 

más eminentes que se pusieron al frente de la 
organización de aquellos nuevos Estados. 

Desde la independencia de las repúblicas his- 
pano-ameri canas hasta nuestros dias, la historia 
nos presenta constantemente en sus efemérides, 
en todos esos Estados, casi sin excepción, una 
regular y no interrumpida hecatombe ó martiro- 
logio de presidentes, generales, hombres públi- 
cos, caudillos, revolucionarios, patriotas, visio- 
narios, ambiciosos, descontentos, gentes inofen- 
sivas, gentes inocentes , gentes criminales tam- 
bién , que perecieron desgraciadamente , sin 
ningún provecho para aquellas regiones , sin 
producir ningún resultado práctico, sin servir 
para nadie de ejemplo, de lección ó de escar- 
miento, y solamente confirmando el triste des- 
tino que por más de tres centurias se cierne sobre 
los hombres públicos en las Américas descubier- 
tas por Colon y sus contemporáneos , cual si una 
maldición trasmitida de generación en generación, 
y de siglo en siglo, pesase sobre la raza conquis- 
tadora que se ha posesionado de aquellos territo- 
rios, y se ha impuesto sobre la aborígene, cuyas 
desgracias y sufrimientos deploraba Las Gasas. 

Itúrbide en Méjico, después de ser. revolucio- 
nario y traidor á España y á la propia indepen- 
dencia americana, y después de haber ceñido la 
corona de emperador por un tiempo tan efímero 



271 

casi como MassanielO;, fué fusilado el 19 de Julio 
de 1824. 

.Bolivar, que por sus hazañas recibió el título 
de libertador, murió haciendo tristes pronósticos 
respecto á las Américas, y su aura popular, 
adquirida á costa de su genio, la vio marchita 
con un sinnúmero de desengaños. 

Los hermanos Carreras, en Chile, fueron fu- 
silados por sus propios compatriotas. 

El ilustre general Morazan , presidente de la 
Confederación Centro-americana , tratando de 
restablecer el Gobierno nacional, fué fusilado en 
Costa Rica por sus émulos. Su secretario de rela- 
ciones exteriores, el general Saravia, joven de 
talento, ilustre y de las más distinguidas fami- 
lias, al presenciar que se ponian grillos á su jefe 
y amigo, tomó un veneno para librarse de una 
muerte ignominiosa , y espiró antes de ver eje- 
cutado á su jefe. Un segundo jefe de Morazan , el 
general Villa Señor, para librarse de los atrope- 
llos del pueblo, trató de suicidarse á estocadas, 
y en lamentable estado, espirante, fué conduci- 
do al patíbulo y ejecutado por sus enemigos. El 
asesinato de Quirino Flores en un templo de 
Quezaltenango , en Guatemala, puede dar asunto 
histórico para la más extraordinaria tragedia. 

El presidente de Costa-Rica, D. Braulio Carri- 
llo, expulsado de su patria, fué asesinado por sus 



272 

enemigos, hallándose trabajando unas minas en 
el Salvador. Y el jefe que regentaba la partida 
que lo asesinó , fué poco tiempo después fusilado 
en una revolución. 

El general Malespin, presidente del Estado del 
Salvador, fué derrocado de la presidencia , fusi- 
lado, descuartizado, y su cabeza colocada en una 
jaula á la entrada de la ciudad de San Salvador. 

En el Estado de Honduras la misma suerte fa- 
tal persiguió casi constantemente á sus principa- 
les gobernantes y hombres públicos. Los Herre- 
ras , que ocuparon los primeros puestos en aquel 
país, fueron desterrados, y murieron en el ostra- 
cismo, agobiados con sufrimientos. Uno de ellos, 
I). Próspero Herrera, fué enviado á Europa en 
calidad de ministro plenipotenciario , y padeció 
tantos contratiempos y miserias, que tuvo en 
Bruselas que refugiarse á un sótano, en el cual 
algunas personas caritativas , con sus limosnas, 
evitaron que muriese de hambre, á tal grado 
habia llegado su destitución. Pero no pudieron 
evitar que perdiese el juicio, en consecuencia de 
sus desgracias, y así fué enviado á Centro-Amé- 
rica, en donde terminó sus dias. 

El general Muñoz, ex-presidente de Nicara- 
gua, fué asesinado en 1855 en el combate del 
Sauce, dado contra el general Guardiola; y los 
dos que tomaron participación en el asesinato 



273 

fueron á su vez prisioneros poco tiempo des- 
pués, y pasados por las armas (1). 

El presidente Rivera, uno de los hombres más 
patriotas de Honduras, fué fusilado dnirante la 
administración del general Ferrera. Éste á su 
vez tuvo que huir de su patria y refugiarse al 
Salvador, en donde espiró al poco tiempo. 

El general Guardiola, también presidente de 
Honduras , fué alevemente asesinado en su dor- 
mitorio por unos cuantos perversos, que ni si- 
quiera le dieron minutos de tiempo para prepa- 
rarse á morir. 

Por último, D. José María Gutiérrez, militar 
pundonoroso al servicio de Morazan, sucumbió 
también en la primavera de sus años, poco des- 
pués de la independencia, víctima de ese destino 
inexorable al cual nos venimos refiriendo (2). 



(1) En las Memorias para la historia de Nicaragua, por 
«don Jerónimo Pérez, publicadas en 1865, se dice que después 
de tener ganado el combate del Sauce el general Muñoz , re- 
cibió un balazo y cayó muerto, atribuyéndose su muerte auno 
de sus artilleros, José María Herrera, que confesó el asesinato 
poco después, al ir al patíbulo; y á un oficial llamado Santa- 
maría, que le ayudó, y murió también fusilado por otro delito 
en 1857. 

(2) Apenas existe en las repúblicas hispano -americanas fa- 
milia alguna de importancia, descendiente de los españoles, que 
durante la independencia ó después de ella no tenga que recor- 
dar algún padre, hermano, hijo, pariente ó deudo inmolado 

18 



274 

Reciente está todavía la historia del célebre 
aventurero Willian Walker y su fin trágico. Na- 
ció aquel desgraciado en Tennessee, en los Esta- 
dos-Unidos; fué doctor en medicina^ abogado^ 
periodista y después buscador de oro en Califor- 
nia. Invitado por Castellón^ corifeo democrático 
de Nicaragua, para llevar una expedición de fili- 
busteros y apoderarse del país, ofreciéndole 52.000 
acres de terrenos, desembarcó con 68 hombres 



durante las revoluciones, trastornos y calamidades que allí so 
han sucedido, sin tregua ni escarmiento. Séale, pues, discul- 
pable al que también perdió su padre en uno de esos tristes 
episodios hispano-americanos, aprovechar la oportunidad para 
intercalar en esta obra algunos apuntes biográficos como filial 
recuerdo á su memoria. 

Don José María Gutiérrez, natural de Madrid, era hijo del 
coronel español D. Pedro Gutiérrez, que destinado por el Go- 
bierno de la metrópoli á las entonces provincias de Centro- 
América, le llevó consigo, siendo todavía muy joven, y lo 
dejó estudiando en la Universidad de Guatemala hasta poco 
antes de declararse la independencia, en cuya época D. Pedro 
retornó á España por Inglaterra, dejando á su hijo terminando 
sus estudios en Londres. D. José María volvió después á Centro- 
América para arreglar algunos negocios, y se casó entonces 
con doña Margarita Lozano , prima hermana de la esposa del 
general Morazan. Este, conociendo las aptitudes militares y 
oratorias de Gutiérrez , su carácter enérgico y decidido , trató 
de atraerlo á la vida política, ofreciéndole la jefatura del de- 
partamento de Tegucigalpa. En consecuencia, Gutiérrez tomó 
una parte activa en el partido político de Morazan , y luego 
acompañó á este ilustre militar en la mayor parte de sus expe-^ 



275 

en Realejo en 1855. Después decaíganos contra- 
tiempos se apoderó de la ciudad de Granada, fu- 
siló al ministro Mayorga, estableció el reino del 
terror y mandó quitar la vida, entre otros, al ge- 
neral Corral. Los demás estados de Centro-Amé- 
rica le declararon la guerra. AYalker incendió á 
Granada en 1856. Rindió al presidente Mora de 
Costa-Rica la ciudad de Rivas en 1857, y se re- 
tiró con su estado mayor y 260 hombres á Nue- 



(liciones, habiéndose hallado con él en diversas batallas y en 
la capitulación de Guatemala. 

No tardó en conocer Gutiérrez que aquellas luchas civiles 
serian interminables, á pesar de que entonces apenas empeza- 
ban. Se decidió, pues, á realizar su fortuna y regresar á Es- 
paña con su esposa y sus tres hijos. Emprendió su viaje para 
Belice , con el objeto de embarcarse allí para España ; pero al 
llegar á Cedros se enfermó uno de sus hijos y tuvo que dete- 
nerse. Entonces ocurrió la insurrección del coronel español Do- 
mínguez, y Morazan entretenido con los sucesos del Salvador 
instó nuevamente á D. José María Gutiérrez para que aban- 
donase su viaje y tomase el mando de las tropas del Estado 
para combatir á Domínguez. 

La esposa de Gutiérrez, con aquel instinto profético que con 
frecuencia inspira á las mujeres, le rogó que no aceptase aquel 
mando por las consecuencias que podia traer para ella y sus 
tiernos hijos cualquier desgracia en el combate. Pero siendo 
Gutiérrez español igualmente que Domínguez que atacaba su 
])atria adoptiva, no quiso que pudiese sospecharse que rehusa- 
ba batirse con él por abrigar simpatías en favor de la loca ten- 
tativa de Domínguez, ó por otros motivos que pudiesen empa- 
ñar su honor. Se puso, por lo tanto, al frente de las fuerzas, 



276 

va Orleans en un buque de los Estados-Unidos. 
Volvió en el mismo año á invadir á Nicaragua, 
rindiéndose nuevamente al capitán Paulding de 
los Estados-Unidos, que lo condujo á New-York. 
Volvió á desembarcar en Trujillo en Honduras 
en 1860, y fué tomado prisionero por un buque 
inglés y entregado al gobierno de Honduras y pa- 
sado por las armas en Setiembre del mismo año 
por los hondurenos. 



dirigiéndose al pueblo de Jaitique, en el cual fué bruscamente 
atacado por Dominguez; y casi al empezar el combate cayó 
herido de muerte , atravesado por una bala enemiga , sin que- 
darle más tiempo que para entregar el mando al entonces te- 
niente coronel D. Trinidad Cabanas , dictar algunas órdenes y 
una proclama valerosa para sus tropas, igualmente que al- 
gunas concisas disposiciones testamentarias , espirando en el 
campo del honor al poco rato de recibir los últimos consuelos 
religiosos, cuando apenas contaba veintiocho años de edad, y 
dejando huérfanos tres hijos. 

Don José María Gutiérrez , según las relaciones de . sus 
contemporáneos, era un honrado y pundonoroso español, con 
instrucción y conocimientos poco comunes entonces , entre 
otros, el de idiomas, particularmente el inglés, que poseia 
como su propia lengua. La confianza que habia depositado en 
él el general Morazan, siendo español D. José María é hijo 
de un rígido mihtar español, que no habia querido reconocer 
los hechos consumados de la independencia , dan testimonio 
intachable de sus méritos y virtudes. La legislatura de Hondu- 
ras, agradecida á sus servicios, tributó á su memoria el honor 
de mandar que fuese inscrito Su nombre con letras de oro, en 
una lápida, y colocada ésta en la casa del Gobierno. 



277 

Chamorro ;, el presidente nicaragüense^ ene- 
migo del jefe democrático Castellón que fué el 
que invitó á Walker para venir á Nicaragua, 
fué fusilado. Igual suerte les cupo á muchos otros 
patriotas de Nicaragua y Costa -Rica, que tan 
bizarramente se batieron contra Walker. 

Nadie habrá olvidado el fatídico y sangriento 
drama que empezó en 29 de Mayo de 1864 cuan- 
do Maximiliano de Austria con su regia esposa 
desembarcó en Vera Cruz, abandonando su pre- 
cioso palacio de Miramar, su felicidad domés- 
tica y su elevada posición social como archidu- 
que, para ir á ceñir una corona imperial mal- 
dita por Motezuma y manoseada por Itúr- 
bide. 

Dos años después la emperatriz Carlota, esposa 
de Maximiliano, perdió su razón para siempre en 
Europa, perdida la esperanza de poder enviar 
auxilios militares á su esposo idolatrado y com- 
prendiendo la suerte que le esperaba. El hijo de 
Itúrbide, declarado por Maximihano heredero al 
trono del Imperio, murió poco tiempo después; 
Maximiliano, víctima de una traición, cayó pri- 
sionero en Querétaro con los generales Miramon 
y Megía, y con ellos fué sentenciado á muerte y 
ejecutado el 19 de Junio de 1867, terminando 
aquel efímero Imperio ensangrentado por todas 
partes para continuar alternando después el ter- 



278 

ror con la dictadura , la anarquía con los ensayos 
de gobierno. 

El propio Napoleón III , que apoyó y protegió 
la candidatura de Maximiliano para emperador 
de Méjico y lo dejó después abandonado cuando 
mandó retirar el ejército francés, perdió él mis- 
mo su trono imperial pocos años después y mu- 
rió en la emigración; y el mariscal Bazaine, que 
se retiró de Méjico con el dicho ejército, tuvo 
más tarde la desgracia en su patria de ser degra- 
dado. Todo esto será casual, pero al mismo 
tiempo no puede negarse que hay mucho fatalis- 
mo en la trabazón siniestra de los acontecimien- 
tos históricos relacionados con Hispano- América. 

Pasemos por alto las páginas enlutadas de la 
dictadura de Rosas en Buenos-Aires; las san- 
grientas contiendas en las márgenes del Plata; 
las revoluciones y asesinatos políticos en Bolivia 
y el Perú; las guerras civiles y sus víctimas en 
Venezuela y Nueva Granada; la historia de la 
sangre vertida en Centro-x^.mérica en los últi- 
mos años, porque probablemente, sin desearlo, 
heriríamos susceptibilidades si mencionásemos 
nombres propios de tantas víctimas del implaca- 
ble destino cuyas familias apenas han podido en- 
jugar sus lágrimas de sentimiento, y cuyos cau- 
santes espían tal vez sus errores en su conciencia 
con un remordimiento perenne ó aguardan con 



279 

fatalismo el mismo ñn, en dia no lejano, que 
tuvieron sus víctimas. 

La historia con el tiempo dará un lugar ade- 
cuado á cada uno de los personajes que han figu- 
rado en esos países; y cuando sean bien conoci- 
dos y notorios los detalles de las contiendas civi- 
les y políticas en Hispano-América y las causas ó 
móviles por qué se han inmolado tantas víctimas, 
si otro Las Gasas se presenta abogando por los 
derechos de la humanidad, tendrá que usar el 
mismo lenguaje, idénticas frases, las mismas 
tremendas acusaciones contra los culpables de 
tantos ultrajes, que Las Gasas usó indignado ca- 
lificando y denunciando á la posteridad los pri- 
meros descubridores y dominadores del Nuevo 
mundo en su Historia de la destrucción de las 
Indias. 



CAPITULO X, 



Veinte raines.— Sn síntesis.— Nuevas leyes de Indias en 1543. — Nombra- 
miento de Las Casas para obispo del Cuzco, y su renuncia. — Es nom- 
brado obispo de Chiapa. — Audiencia de los confines. — Consagración 
de Las Casas en 1544.— Parte el obispo de Chiapa para las Indias.— La 
reciben mal en Santo Domingo. — Notifica á la Audiencia las provisio- 
nes reales. — Consternación.— Costumbres de Las Casas siendo Obis- 
po. — Viaje al Yucatán.— Tempestad en el mar. — Llegada á. Campeche.. 
— re-Z>e«»í. — El alojamiento.— Predicaciones y sus efectos. — Apuros 
monetarios de Las Casas. — Viaje á Tabasco. — Llegada á Chiapa. — 
Contrariedades y privaciones. — Diálogo histórico entre Ximenez y 
Zamora. — Llegan los frailes á Chiapa. — Predica Las Casas contra la 
esclavitud de los indios. — Suspende la absolución á los que tienen es~ 
clavos.— Amenazas de los vecinos. — Razones del Obispo. — Insultos á 
Las Casas. — Cuestión entre el Dean y el Obispo, y sus consecuencias. 
Alboroto popular. — Entereza evangélica.— Un hombre herido. —Odio, 
del pueblo contra los frailes. — Abandonan la ciudad. 



Poco tiempo después de haber escrito Las Ca- 
sas el tan notable libro titulado Za destrucción de 
las Indias, dio á luz una Memoria con el título de 
Veinte razones , que fué escrita, según parece, 
por orden del Emperador con el fin de servir de 
informe destinado á una junta que debia cele- 
brarse en Yalladolid en el año de 1542 para re- 
formar los abusos que se hablan introducido en 
el Gobierno de las Indias occidentales. 



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La doctrina que Las Casas expone en esas 
veinte razones está fundada en los principios in- 
mutables de la verdad eterna. Explica las condi- 
ciones bajo las cuales el papa Alejandro YI con- 
cedió á los reyes de Castilla la propiedad de las 
Indias^ de las cuales resulta que no podian éstos 
dispensarse de hacer por los indios^ y en favor 
de la religión, lo ofrecido al Pontífice. Combate 
el abuso de donar los indios á particulares en 
encomiendas ó feudos. Dice que los españoles 
laicos no se hallan en condiciones de enseñar 
virtudes á los indios ni las verdades del cristia- 
nismo. Establece que el único medio de cimen- 
tar la paz entre los indios y los españoles es de- 
clarando que los unos son tan libres como los 
otros, que todos componen una familia de her- 
manos unidos por los lazos de la humanidad. 
Asegura que el Pontífice permitió la adquisición 
de las Indias á los reyes de España, no para que 
aumentasen sus riquezas ó poderío, sino para 
aumentar el número de los adoradores del ver- 
dadero Dios. Afirma que los españoles eran los 
enemigos mortales de los indios, y por lo tanto, 
incapaces de ocuparse de instruirlos ó procu- 
rarles algún bien espiritual ó temporal. Dice que 
la ley natural y la ley divina impiden el imponer 
á persona alguna dos cargos á la vez, y que los 
indios á la vez dependían de cuatro señores que 



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les obligaban á pagar tributo^ á saber: el rey, el 
encomendero, el depositario y el cacique. En- 
seña que los indios eran libres antes de ser sub- 
ditos del rey de Castilla, y que al pasar de un 
dominio á otro no han podido perder su libertad; 
muy al contrario, debian obtener nuevas venta- 
jas. Las leyes del derecho común y las que rigen 
el reino de España privan de su privilegio al que 
abusa codiciosamente de su prójimo, de su rey ó 
de su patria; y los encomenderos no podrían lle- 
var más lejos el abuso de su poder sobre los in- 
dios. Por otro lado, los reyes de España nunca 
han decretado que los indios sean siervos de se- 
ñores particulares. Afirma que si no se devuelve 
la libertad á los indios se despoblarán las Am eri- 
cas y se perderán para España, siendo inmensas 
las pérdidas para la corona. El sistema de enco- 
miendas jamás permitirá que los reyes de España 
puedan conocer la verdad de los acontecimientos 
que allí pasan, siendo al mismo tiempo un obs- 
táculo para la administración de justicia, la gran 
distancia á que se hallan de España. Con la liber- 
tad de los indios puede consolidarse el poder de 
los reyes de España en las Indias, y los mismos 
salvajes se aprovecharían de la civilización y del 
cristianismo. Por último, dice que cuando los 
indios sean declarados patrimonio de la corona, 
los españoles de ambos mundos no tendrán oca- 



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sion , con la posesión de aquellos desgraciados, 
de pecar mortalmente haciendo imposible su 
salvación. 

Tal es la síntesis de estas veinte razones que 
Las Gasas desarrolla de una manera conveniente 
y admirable y cuyo objeto se reasume en la octa- 
va, pidiendo que se declare solemnemente que 
todos los indios y sus sucesores son libres y su- 
jetos únicamente á la corona, sin que por ningún 
motivo puedan ser separados del dominio real. 

Después de examinadas y discutidas tales ra- 
zones, publicáronse en Valladolid las Nuevas le- 
yes de Indias á principios de 1543, las cuales lia- 
bian sido firmadas en Barcelona el 20 de No- 
viembre del año anterior. En ellas se deja ver la 
gran influencia que debió haber ejercido Las Ca- 
sas en su confección ; y por cierto que debió ser 
un dia de gran satisfacción para el apóstol aquel 
en que se vio asi recompensado de las infinitas 
fatigas y desabrimientos innumerables que habia 
sufrido defendiendo su causa predilecta. 

En 1543 fué nombrado por el Emperador para 
el obispado del Cuzco; pero Las Casas, austera- 
mente insensible á los halagos de la ambición, 
se negó cortés, si bien resueltamente, á aceptar 
la alta honra que el Emperador quería hacerle. 
Fueron vanas todas las instancias para vencer su 
resistencia, y salió de Barcelona, donde estaba la 



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corte, á fin de no verse comprometido á una 
cosa que era su resolución irrevocable no aceptar. 

No por eso vaciló el Consejo de Indias en su 
propósito de elevar á Las Casas á la dignidad 
episcopal en el Nuevo mundo; y hallándose va- 
cante la silla de Chiapa por fallecimiento de don 
Juan de Arteaga, su primer obispo, fué nombra- 
do para ella fray Bartolomé de Las Casas ; y esta 
vez fueron inútiles sus ruegos é instancias para 
que no lo agobiaran con una carga que le parecia 
demasiado pesada para sus hombros. 

Creóse entonces una naeva Audiencia para el 
Perú y otra á instancias de Las Casas para admi- 
nistrar justicia en las provincias de Guatemala, 
Honduras, Yucatán y Nicaragua. Como esta últi- 
ma se hallaba situada en los términos confinan- 
tes respectivos, se llamó la Audiencia de los Con- 
fines. 

Habiendo al fin aceptado la dignidad episcopal, 
partió Las Casas para Toledo , donde se trataba 
de reunir un capitulo de la orden dominica y en 
el cual pidió luego que le fuera permitido llevar 
consigo cierto número de frailes dominicos. Des- 
pués de otorgada la licencia para ello fué Las Ca- 
sas consagrado en Sevilla, y el dia 4 de Julio de 
1544 el nuevo obispo de Chiapa en compañía de 
su amigo Rodrigo de Ladrada y los 44 frailes que 
con permiso del capítulo de Toledo llevaba, se 



285 

embarcó en Sanlúcar de Barrameda y llegó á la 
Española sin haber tenido novedad en su viaje. 

Lo recibieron allí peor que nunca, como es ñi- 
eil de suponer ; habian llegado á la Española las 
nuevas Leyes de Indias, y todos sabian perfecta- 
mente quién habia sido el principal promovedor 
de ellas. Tales eran la antipatía y aversión de 
aquellos habitantes contra Las Gasas, que no fué 
ninguno á visitar al nuevo obispo de Chiapa, y 
hasta se observó luego que empezaron á faltar las 
limosnas de costumbre para el convento de Santo 
Domingo, en que estaba hospedado. 

Después que Las Gasas notificó á la Audiencia 
las provisiones que llevaba, la requirió para que 
libertase á todos los esclavos de su jurisdicción. 
Este paso produjo una verdadera consternación, 
y á pesar de la buena voluntad del presidente 
Gerrato, los oidores de la Audiencia dieron lugar 
á que se nombrasen procuradores por la ciudad 
para pedir la revocación de las provisiones á la 
corte , demorando así y aplazando indefinida- 
mente su cumplimiento. 

La dignidad episcopal no alteró en nada las 
costumbres y método de vida de Las Gasas. Su 
biógrafo Remesal dice : « En su persona se trató 
» siempre como fraile : un hábito humilde y al- 
)) gunas veces roto y remendado. Jamás se puso 
» túnica de lienzo ni durmió sino en sábanas de 



286 

)) estameña y una frazada por colcha rica. No co- 
)) mia carne , aunque para los clérigos que asis- 
»tian á su mesa se servía con mucha modera- 
))CÍon, como se ha dicho. Gomia en platos de 
)) barro ^ y las alhajas de su casa eran muy pocas.» 

Las Casas fletó una nave ^ en la cual se embar- 
có con los religiosos para hacer viaje al Yucatán, 
desde donde pensaba ir á Ghiapa^ subiendo el rio 
de Tabasco. Zarparon anclas y dieron velas á 
fines del año 1544^ y á los pocos dias les sobre- 
vino un recio temporal que no les permitía hacer 
rumbo. 

Serenóse algún tanto el tiempo un dia después; 
pero pasadas otras veinticuatro horas em'pezó con 
tal fuerza la tempestad, que los que dentro de la 
nave estaban temieron con justo fundamento por 
sus vidas. 

El piloto y los demás encargados de conducirla 
no tenian la más pequeña experiencia en los 
temporales, ni sabian maniobrar con el aparejo, 
ni conocían los nombres de los cabos de ma- 
niobra, ni entendían el cuartear la aguja, ni 
acertaban cómo ordenar al timonel que pusiese 
la caña á babor ó estribor, que orzase ó arribase 
según se requería. 

Pero Las Gasas tenia la experiencia marítima 
adquirida en las diez y seis veces que liabia atra- 
vesado el Océano; y ayudado de Pedro Galvo, 



287 

que habia estudiado en Sevilla algo de pilotaje, 
se encargaron de la dirección y maniobras de la 
nave bajo su responsabilidad^ y lo hicieron como 
expertos marineros y con serenidad hasta que 
calmó la tempestad. Tuvieron después buen 
tiempo para terminar el viaje , y pudieron cele- 
brar misa á bordo el dia del Nacimiento con toda 
la solemnidad que las circunstancias permi- 
tian. 

El 5 de Enero de 1545 reconocieron el puerto 
de San Lázaro en Campeche;, en el cual tenian 
que desembarcar; y en acción de gracias canta- 
ron un Te-Deum y celebraron con mucha solem- 
nidad la misa de la vigilia de la Epifanía, des- 
pués de la cual el obispo pronunció una entu- 
siasta y elocuente plática. 

Arribaron, finalmente, á Campeche. Era un 
lugar que tenía 500 casas de indios, y cerca de 
allí se encontraba una villa española de unos 
trece vecinos. Salió á recibirlos una multitud de 
indios en canoas, cuyo aspecto salvaje causó al- 
gún horror á los padres que no estaban acostum- 
brados todavía á ver tales gentes. Estaba la playa 
llena de españoles y de indios, á quienes el obis- 
po Las Casas echó su bendición, recibiéndola to- 
dos con el mayor acatamiento y acudiendo á 
porfía á besarle la mano los españoles con orden 
y uno á uno, los indios en tropel y en muche- 



288 

(lumbre. Se dijo misa en la iglesia que estaba 
cerca^ y después de ella cantaron los padres otro 
solemne Te-Deum. 

Fueron hospedados los religiosos en las casas 
de los españoles á petición de éstos, y concerta- 
ron entonces su modo de vivir, formando el coro 
y señalando las horas de misa, vísperas, com- 
pletas y oraciones como si estuvieran en el con- 
vento. No perdieron tampoco tiempo en saber y 
averiguar todo lo que podian acerca de la tierra 
nueva en que se hallaban , ocupándose en inda- 
gar el origen primitivo de su nombre de Yuca- 
tán, así como las tradiciones que á ella pertene- 
cían. 

Descubrieron que en aquella tierra existia des- 
de tiempo inmemorial una ceremonia análoga al 
bautismo cristiano, que se expresaba en su len- 
gua por una palabra que quería decir hacer de 
nuevo y á cuya ceremania tenían tal devoción que 
nadie se eximia de ella. Hallaron también que 
habia entre aquellas gentes confesión vocal se- 
mejante en algo al Sacramento de la Penitencia, y 
varias otras prácticas parecidas á las de la Iglesia 
católica. 

Resolvió en este tiempo el padre fray Tomás 
Casillas salir con sus frailes de las casas de los 
españoles donde estaban hospedados, áfin de no 
causarles á éstos incomodidad y enojo con una 



289 

estancia demasiadamente prolongada, y para po- 
der también con más libertad é independencia 
llevar adelante su especial misión y predicar las 
doctrinas que se hablan propuesto difundir por 
aquellas tierras. Dio parte de esto fray Tomás Ca- 
sillas á los padres, quienes aprobaron su pensa- 
miento, y todos sin pérdida de tiempo se despi- 
dieron de sus huéspedes y se dispusieron á salir 
de sus casas. Pero esta medida causó el mayor 
sentimiento entre los españoles. No perdonaron 
paso alguno para que los padres desistiesen de su 
proyecto; y tanto supieron decir y hacer, y tanto 
afirmaron que sería para ellos un agravio y un 
desaire el que se llevase á cabo la proyectada 
partida, que los religiosos tuvieron que volver 
nuevamente á la casa de sus huéspedes, por 
quienes fueron tratados con más atenciones, ob- 
sequios y regalo todavía que anteriormente. 

Este estado de buena armonía no duró mucho 
tiempo sin embargo. 

Empezaron los Padres a reprobar el modo de 
vivir de los españoles y á exhortarlos á dar liber- 
tad á sus indios esclavos, con lo cual se volvieron 
todos contra el Prelado, que tenían como orde- 
nador de estas predicaciones. Dieron interpreta- 
ción errada á ciertas cláusulas de las provisiones 
reales, le ocasionaron todas las pesadumbres y 
molestias que podían, y acabaron por negarle la 

19 



290 

obediencia^ no queriendo recibirlo por obispa 
suyo. 

Vióse entonce^ Las Casas en el mayor aprieto, 
por no poder pagar el buque que habia fletada 
en la isla de Santo Domingo^ pues los diezmos, 
salarios reales y otras libranzas que llevaba, na 
le eran satisfechos. Para aliviarlo en este trance y 
tuvieron los Padres que vender parte del carga- 
mentó que tenian, prestando además el clériga 
Francisco Hernández cien castellanos de oro al 
obispo, con los que se contentó al piloto del bu> 
que fletado, asegurándole lo restante de su deuda 
para más adelante. Después de esto, los Padres, 
ya decididos irrevocablemente á salir de las ca- 
sas de los españoles, se despidieron de ellos y se 
fueron á aposentar á una casita que servía de 
cárcel . 

• En esta sazón, y estando ya previniéndose para 
partir de Campeche para Tabasco, llególes la no- 
ticia de haber naufragado una barca que los ha- 
bla precedido á Tabasco, ahogándose nueve reli- 
giosos y veintitrés de la tripulación, y perdién- 
dose toda la carga. Aterrorizados los otros frailes 
rehusaban entrar en la barca que estaba dispues- 
ta para recibirlos. Animábalos y consolábalos. 
Las Casas con su acostumbrada energía, y entró 
en ella el primero, siguiendo ellos después, lle- 
nos de espanto y dolor. Durante la travesía, na 



291 

cesaba en sus esfuerzos para infundirles valor y 
ánimo. Guando llegaron á una de las bocas de la 
isla de Términos, hallaron los restos de la barca 
que habia zozobrado, y parte de su cargamento, 
pero no pudieron encontrar ninguno de los ca- 
dáveres de los náufragos. Los misioneros se que- 
daron en la isla para aguardar á un religioso que 
se habia escapado del naufragio y á otros espa- 
ñoles, y después seguir su viaje por tierra á Ta- 
basco; y el Prelado, con su comitiva, prosiguió 
su derrota por mar, llegó á Tabasco, y desde allí 
á la Ciudad Real de Chiapa, capital de su obis- 
pado. 

Durante la marcha terrestre, los Padres que se 
hablan quedado separados del obispo, tuvieron 
que arrostrar infinitos cansancios, fatigas, inco- 
modidades y privaciones, sufriendo cruelmente 
de la sed, especialmente al atravesar un panta- 
no ó lodazal de media legua de largura. Llegaron 
á una aldea de indios, donde fueron bien recibi- 
dos y agasajados, siéndoles de gran utilidad para 
entenderse con los naturales un tal Ximenez que 
llevaban con ellos, vecino de Campeche, y uno 
de los primeros conquistadores de aquel país, 
cuya lengua sabía, por cuyo motivo se empleaba 
como intérprete. 

Se recogieron todos aquella noche á un portal 
grande, hecho á propósito para los viajeros, y 



292 

mientras se abrigaban con las mantas para lla- 
mar el sueño, tuvo lugar un diálogo bien carac- 
terístico entre Ximenez y un labrador de Casti- 
lla, llamado Zamora, que era criado del obispo 
Las Gasas, y sin duda un tipo castellano de recto 
juicio y notable cordura. Este diálogo lia pasado 
á la historia, según vamos á referirlo: 

— ((Zamora, mal cobro pusisteis en aquella 
bestia; los indios os la lian de tomar y comér- 
sela. 

— Coman en buen hora, — respondió el labrie- 
go, — que más que eso les debemos los cris- 
tianos. 

— ¿Qué diablos les debemos? — Preguntó Xi- 
menez. 

— Y cómo que les debéis; que les habéis ro- 
bado su hacienda y tomádoles sus hijos y hécho- 
selos esclavos en su misma tierra, que sobre esto 
ha escrito mi amo al emperador, y aun al prín- 
cipe, que es muy entendido, más de una mano 
de papel de cosas. 

— Mucho más que eso nos deben, — dijo Xi- 
menez, — pues somos cristianos. 

— ¿Cristianóse qué? — Replicó Zamora. — Cris- 
tiano es aquel que hace obra de cristiano. 

— Cristianos somos, y por hacellos cristianos 
nos pasamos á estas partes. 

— Pardios, — dijo Zamora, — pasasteis vos por 



293 

vuestras bellaquerías que aossadas que sino hi- 
cíéredes por qué, que no saliérades de vuestra 
tierra, que ninguno pasa á Indias que no sea 
por bellaquerías que allá hizo, y yo el pri- 
mero. 

— Cada uno pasó por lo que Dios se sabe, con- 
testó Ximenez, — pero en fin, hemos conquista- 
do la tierra. 

— No está malo, y por eso queréis que los in- 
dios os den de comer, y su hacienda, porque los 
habéis muerto en sus casas. Buen camino traéis. 

— No dijerais eso si os hubiesen derramado 
vuestra sangre en la guerra. . 

— Aossadas, — dijo Zamora, — que no fué mu- 
cha la que os derramaron á vos, pues estáis vivo, 
y que no se fueran al infierno , aunque os mata- 
taran. Y ¿qué os hicieron ellos para que les hi- 
ciésedes guerra? 

— Porque son unos perros, y no quieren creer 
en Dios. 

— Buenos predicadores se lo decian para que 
creyesen. 

— A buen seguro, Zamora, — contestó Xime- 
nez, envolviéndose en su manta, — que no vol- 
váis rico á Castilla.» 

— El diablo me lleve si blanca pienso llevar 
sino ganada con mi azada, que los indios no me 
deben cosa. 



294 

Dice Remesal ;, después de dar cuenta de esta 
conversación nocturna entre el conquistador Xi- 
menez y el labrador Zamora : — « Pesóles mucho 
á los Padres^ que escuchaban lo que se decia, 
que el sueño diese fin al diálogo , por lo que gus- 
taban de oir á Zamora con la sinceridad que de- 
cia su sentimiento al conquistador^ y que sus ra- 
zones más parecian conclusiones de teología que 
palabras de hombre rústico que se dispone para 
dormir.» 

El dia 12 de Marzo de 1545 llegaron los prime- 
ros religiosos á Ciudad Real^, capital de la pro- 
vincia de Chiapa. En cuanto supo el obispo Las 
Casas su llegada, fué á verlos, mostrándose pe- 
saroso de que hubiesen entrado en la ciudad tan 
en silencio como entraron , pues habia sido su 
intención el hacerles un recibimiento pomposo. 
Vinieron también á ver á los Padres los vecinos 
de la ciudad , ofreciéndose gustosos á servirles en 
lo que fuese de su agrado. 

El Prelado habia sido aposentado en la casa de 
un vecino que se hallaba ausente, enfrente de 
aquella que ocupaban los Padres. En la iglesia, 
que era pequeña y pobre, habia tres sacerdotes, 
uno de los cuales era el bachiller D. Gil de Quin- 
tana, deán, que habia sido maestrescuela, y en 
todo el obispado no habia más que tres clérigos. 
Estos últimos fueron traídos por el obispo á la 



295 

ciudad, con el fin de utilizar sus servicios en la 
iglesia. 

El modo de proceder de Las Gasas era siempre 
llano y afable con todos, como en los tiempos en 
que no era sino un pobre clérigo. Se mostraba en 
•especial bondadoso y caritativo para los afligidos 
de la clase más humilde que venian á pedirle 
consuelo. 

Gran parte de la carga que se habia perdido en 
el naufragio de la barca de Campeche era suya, 
y la pérdida que más sentia era la de sus amados 
libros, pues era profundamente estudioso, in- 
signe teólogo y jurista consumado. Era también 
muy dado á la oración , y pasaba largas horas en- 
cerrado en su aposento, rezando y meditando. 
De noche las personas que habitaban en su casa 
le oian llorar, suspirar y gemir. Dolíale el cora- 
zón al ver á los indios comprados y vendidos 
como rebaños de ovejas, empleados en las labo- 
res y minas, y cargados de una parte á otra con 
menos misericordia todavía que si fuesen ani- 
males del campo. 

No perdonaba Las Gasas esfuerzo ni diligencia 
para poner término á tantos males. Exhortaba 
sin cesar á los españoles, en particular como pa- 
dre, y en público como maestro, predicador y 
apóstol. Al fin, viendo que eran inútiles sus pa- 
labras, se resolvió á suspender la confesión á to- 



296 

dos los padres confesores de la ciudad^ excep- 
tuando al deán y al canónigo de su iglesia y 
dando, á estos dos un memorial de casos cuya 
absolución reservaba para sí. El canónigo cum- 
plió con la mayor puntualidad lo que le tenía or- 
denado el obispo, no dando absolución á nadie* 
que estuviese comprendido en los casos reserva- 
dos. Negaban, pues, los dos confesores la abso- 
lución al penitente y lo remitian al obispo. Estas 
medidas causaron la más honda impresión entre 
los españoles. Quisieron con empeños obligar al 
obispo á que desistiera de su riguroso mandato. 
Le requirieron con la Bula de la concesión de las 
Indias; pero el obispo de Chiapa se mostró, co- 
mo era de esperar, firme en su resolución, y 
respondió que la Bula de la concesión de las In- 
dias no daba licencia para hacer esclavos y que 
el Papa no le podia mandar que diese los Sacra- 
mentos á los que no sólo no querían arrepentirse 
del pecado, pero que ni aun dejaban de pecar. 

Amenazaron entonces los vecinos con quere- 
llarse al arzobispo de Méjico, al Papa y al rey y 
á su Consejo como de hombre alborotador de la 
tierra, inquietador de los cristianos y su enemi- 
go, y amparador de unos perros indios. A estoles 
respondió el obispo: «Oh, ciegos, ciegos, y có- 
y) mo os tiene engañados Satanás. Que me ame- 
))nazais con el arzobispo, con el Papa y con el 



297 

)) rey y con vuestras quejas. Sabed que aunque 
)) por la ley de Dios estoy obligado á hacer lo que 
)) hago y vosotros á hacer lo que os digo^ también 
» os fuerzan á ello las leyes justísimas de vuestro 
)) rey^ ya que os preciáis de ser tan fieles vasallos 
» suyos. )) Luégo^ sacando las nuevas leyes ^ leyó 
la cláusula de la libertad de los esclavos, y dijo: 
— ((Según esto, harto mejor me puedo yo quejar 
)) de vosotros que no obedecéis á vuestro rey. » — 
(( De esas leyes , prorumpió uno , ya tenemos 
» apelado , y mientras no venga sobrecarta del 
» Consejo no nos obligan.» — ((Eso fuera, con- 
» testó Las Casas, si no tuvieran embebida en sí 
» la ley de Dios y un acto de justicia tan grave 
» como la libertad de un inocente injustamente 
)) opreso y cautivo, como lo están todos los indios 
)) que se compran y venden públicamente en esta 
)) ciudad. » 

En conclusión, nada se pudo conseguir ni de 
una parte ni de otra. El odio y la aversión cre- 
cieron en contra del Prelado, disfrazándose bajo 
la mofa y el escarnio más irreverente. Acusábanlo 
de glotón y comedor, decian que no habia estu- 
diado, le daban el apodo de ((Bachiller por Teja- 
res , » se susurró que era poco seguro en la fe y 
que queria impedir en su obispado el uso de los 
Sacramentos; una noche se disparó un arcabuz 
sin bala junto á la ventana del aposento donde se 



298 

recogía de noche, y se compusieron ciertos can- 
tares alusivos de una manera ofensiva á su per- 
sona para que los muchachos los dijesen pasando 
por su calle. Y el santo obispo lo sufria todo con 
su angélica paciencia y mansedumbre de siempre. 

El Domingo de ramos, el Jueves Santo y el 
primero y segundo dia de Pascua se notó que el 
deán dio la comunión á algunos españoles que 
era notorio que tenían indios esclavos, lo cual, 
sabido por el obispo , convidó á comer al deán el 
tercer día de Pascua, con el fin de preguntarle 
los motivos de su manera de proceder y repren- 
derle en presencia de los otros clérigos si preciso 
fuese. El deán prometió venir, pero no cumplió 
con su promesa. Mandó á buscarlo Las Casas, 
pero volvió el mensajero diciendo que el deán 
estaba enfermo. Mandó de nuevo el Prelado, y 
hallóse que estaba el deán en la cama, negán- 
dose absolutamente á obedecer. Varios recados 
que fueron mandados sucesivamente tuvieron 
por resultado nuevos subterfugios y negativas por 
parte del desobediente deán. Viendo esto Las 
Gasas , envió á su alguacil y los clérigos para que 
lo trajesen preso. 

Con el ir y venir de los recados se habia re- 
unido una muchedumbre de gente en la calle. 
Entonces comenzó el deán á dar voces diciendo: 
«Señores, ayudadme, soltadme, que yo os con- 



299 

3)fes^é, yo os absolveré. » Empezó también un 
alcalde que allí estaba á dar voces, alborotóse 
toda la gente y juntáronse todos los vecinos de la 
ciudad armados en la calle. 

Unos acudieron á posesionarse de las puertas 
de la casa de los Padres para que no saliesen á 
prestar socorro y auxilio al Prelado, y otros á 
soltar al deán, el cual consiguió huir y escon- 
derse. Los revoltosos , alzando una tremenda 
grita y todos de tropel, se entraron en la casa 
del obispo clamando: «¡Aquí del rey! » (i). 

Un religioso dominico y un caballero de Sala- 
manca llamado Gonzalo Rodríguez de Villafuerte, 
vecino del lugar , que se hallaban en la antesala, 
hicieron lo posible para sosegarla gente. Oyendo 
las voces el obispo salió á la sala para hablarles. 



(1) En la Colección de Cartas de Indias, publicadas por 
vez primera por el Ministerio de Fomento en Madrid, 1877, 
hay una de Las Casas fechada el 25 de Octubre de 1545, en 
la cual, entre otras cosas , comunica al príncipe D. Felipe la 
cuestión con el deán de la siguiente manera : 

« Otro dia acaeyió en Chiapa vna cosa de gran escándalo 
» con el deán de alli: que por delictos que avia cometido, vsan- 
))do mal de los sacramentos, absoluiendo á los quel obispo 
y> avia prohibido, questán en pecado mortal, teniendo los yn- 
»dios libres por esclavos, y los casados en Castilla de xx años 
»que alli están amanfebados, como ya escreví largo á V. A.; 
atrayendo lo preso los que yo avia enbiado, por a ver sido 
» contumaz y rebelde á los mandamientos y descomunión que 



300 

Hizo entonces el religioso dominico que se 
volviera para dentro^ pero lo siguieron los cabe- 
zas del alboroto. Hubo la descompostura de pa- 
labras que era de esperar de una turba furiosa y 
desenfrenada^, y hasta amenazas de muerte inter- 
caladas con atroces juramentos. El animoso Pre- 
lado lo oyó todo con serenidad impasible; y 
aquellos energúmenos se quedaron asombrados 
viendo el sosiego y la suprema tranquilidad con 
que los despidió. 

Comenzaron los Padres á instar al obispo para 
que se ausentara, recelosos del peligro que le 
amenazaba. La respuesta del obispo fué la si- 
guiente : 

«¿A dónde quieren, padres, que me vaya? 
)) ¿Dónde estaré seguro, tratando el negocio que 
)) trato de la libertad de estos pobrecitos? Si la 



))le avia puesto, a viendo incurrido en ella, vinieron los allcal- 
» des del pueblo , j apellidaron la 5Íudad diziendo : « aqui del 
» Rey,» porque los tenia ya ganados con absoluer de lo que 
Dabsoluia, y quitaronmelo por fuer9a todo el pueblo con sus 
» armas ; y por el escándalo sobresey en su prisión ; y él vn dia 
)) amane9Íó ydo, y fuese á Guatimala, yendo descomulgado, y 
y> alli le absoluió diz que vn frayle de Sant Fran9Ísco con vna 
» bula , y el obispo déxale dezir misa. Al qual enbié vna carta 
3) requisitoria que me lo enbiase preso, y finalmente, no a que- 
3) rido antes haze por él , y alli recoje los malhechores de 'Otras 
apartes, y están commo encastillados, y no ay remedio que se 
3) secute justipia.» 



301 

» causa fuera mia, de muy buena gana la dejara 
» porque cesaran estos ruidos y se sosegaran to- 
» dos; pero es de mis ovejas, destos miserables 
» indios oprimidos y fatigados con servidumbre, 
» esclavonía injusta y tributos incomportables que 
)) otras ovejas mias les han impuesto. Aquí me 
» quiero estar; esta Iglesia es mi esposa, no la 
» tengo de desamparar. Este es el alcázar de mi 
» residencia ; quiérole regar con mi sangre si me 
)) quitaren la vida, para que se embeba en la 
» tierra el celo del servicio de Dios que tengo y 
)) quede fértil para dar el fruto que yo deseo, que 
^) es el fin de la injusticia que la manda y posee. 
)) Este es mi deseo , esta es mi voluntad determi- 
)) nada ; y no seré yo tan dichoso que permita " 
)) Dios á los moradores desta ciudad que la pon- 
)) gan en ejecución, que otras veces me he visto 
)) en más peligros y por mis deméritos me quitó 
)) Dios la corona del martirio de las manos. Son 
» antiguos contra mí estos alborotos y el abor- 
)) recimiento que me tienen los conquistadores. 
)) Yo no siento sus injurias, ni temo sus amena- 
)) zas, que según lo que ha pasado por mí en Es- 
» paña y en Indias , el otro dia anduvieron muy 
)) modestos. » 

Súpose pocos dias después que al mismo hom- 
bre que habia jurado matar al obispo le hablan 
dado de puñaladas y que estaba muriéndose. Al 



302 

oir esto fué el obispo con los Padres á casa del 
enfermo. Restañaban la sangre los religiosos, y 
Las Gasas examinaba las heridas y hacía las hilas 
y vendas para curarlas mientras llegaba un cu- 
randero á quien habia mandado llamar á toda 
prisa. Al ver el proceder verdaderamente evan- 
gélico del obispo, el hombre herido quedó cor- 
rido y avergonzado de sus descompo^sturas y ma- 
las palabras pasadas. Sanó del todo de sus heri- 
das, y habiéndose convertido por completo, pi- 
dió humildemente perdón de su culpa, y de allí 
en adelante fué amigo fidelísimo del obispo, de- 
fendiéndole con el mayor tesón cuando oia ha- 
blar desfavorablemente de él. Viendo la mala 
voluntad de los vecinos de Ciudad-Real, los frai- 
les se hallaban en la mayor confusión y emba- 
razo y no sabían verdaderamente qué hacer. 
Llegó á tanto el encono de los ciudadanos, que 
cesaron de contribuir con sus limosnas, y no qui- 
sieron darles de comer ni aun por su dinero. 
Como faltaba el vino para las misas, de la ma- 
nera siguiente respondió uno de los alcaldes á 
fray Luis de Cuenca, que lo habia pedido con la 
mayor humildad : <( Padres , decid á vuestros 
afrailes que la provincia es muy grande, que 
)) pasen adelante á predicar y convertir los in- 
))dios, que para esto salieron de España y el rey 
)) ha gastado con ellos tanta hacienda. Aquí'so- 



303 

)) mos cristianos, no los habernos menester para 
)) nada , sino para que á nuestra costa hagan 
agrandes edificios, y aún tienen talle de dejar- 
)) nos con sus sermones sin hacienda que les po- 
)) der dar si nos quieren quitar los esclavos. An- 
)) dad, padres, idos con Dios, buscad vino fuera 
)) de la ciudad. » Otro á quien pidieron que les 
vendiese un poco de trigo contestó secamente: 
c(No os lo quiero dar.» — Replicó el Padre: 
c( Cierto, señor, que no sé qué nos hemos de ha- 
» cer en esta ciudad donde tan mal nos tratan, 
)) viniéndolos á predicar y enseñar, que ni aun 
)) por nuestros dineros no nos quieren dar el sus- 
)) tentó necesario, sino salimos della; y como 
)) manda el Evangelio sacudir sobre los vecinos 
)) el polvo de nuestros zapatos.» Dijo el hombre: 
(( Si os queréis ir, aunque yo soy viejo, os sacaré 
» uno á uno hasta aquellos pinares, porque no se 
» os pegue el polvo de la ciudad en los zapatos, y 
» así no tendréis trabajo en sacudirlos.» 

Salieron, pues, los Padres de Ciudad-Real, y 
unos fijaron su residencia en Copanabastla, otros 
en Cinacantlan y otros en Chiapa, donde deter- 
minaron establecer su asiento principal por en- 
tonces. Siendo allí bien recibidos convidaron á su 
obispo á que fuese. Él lo hizo así, y los indios le 
dispusieron un magnífico recibimiento; además 
manifestaban el mayor entusiasmo por la fe 



304 

y un vivo deseo de ser doctrinados en ella. 
Pero Las Gasas veia por todas partes reprodu- 
cidos los mismos males. Llovían sobre él de todos 
lados las quejas de los infelices indios; uno re- 
clamaba su hija perdida', otro su mujer robada, 
éste su hacienda saqueada , el otro su libertad 
oprimida. Lloraba el buen obispo y prodigaba á 
los desventurados todos los alivios y consuelos 
que estaban en su mano. Al fin, no permitién- 
dole su genio entero y enérgico perder el tiempo 
en vanas lamentaciones, resolvió presentarse á 
la Audiencia de los confines, formular allí su 
queja y exigir el pronto remedio de tantas y tan 
crueles injusticias. 



CAPITULO XI, 



tjAS Casas pasa á Honduras. — Se presenta á la Audiencia. — Alonso Mal- 
donado y sus palabras al obispo.— La contestación de éste. — Lo que 
consigue Las Casas y cómo se preparan los vecinos de Ciudad-Real. 
— Lo que le sucede en su viaje de retorno. — Atalayas y centinelas. — 
Los sorprende el obispo y los amarra. — Terremoto. — Entra Las Casas 
en Ciudad-Real. — Llama á los alcaldes y regidores. — Discursos y ma- 
nifestaciones.— La cuestión de confesores.— Un consejo extemporáneo 
y sus consecuencias.— Se refugia Las Casas en el convento. — Nuevo 
alboroto popular. — Nuevos disgustos del obispo de Chiapa. — Cómo 
concluyen. —Revocación de las nuevas leyes de Indias. — Perplejidades 
de Las Casas. — El visitador de provincia. — Sus buenas disposiciones. 
— Las Casas en Méjico. — Una Junta de obispos y sus deliberaciones.— 
Descontento Las Casas, reúne él mismo otra Junta.— Proposiciones que 
establece esta Junta. — Otro trozo de una carta de Las Casas al prín- 
cipe D. Felipe. — Se resuelve á no volver á su obispado. — Instrucciones 
á su clero y su opúsculo Confesonario. — Quiénes lo hablan revisado en 
España. — Sale de Méjico Lis Casas y llega á la Península. 



Se paso en viaje Las Gasas con dirección á 
Honduras ;, y el 22 de Octubre de 1545 escribió 
una carta á la Audiencia de los confines en la cual 
amenazaba á los oidores con excomulgarlos si no 
remediaban los males que afligían su diócesis. 

Al presentarse en la Audiencia, lejos de pres- 
tar oido el presidente á las protestas de Las Ga- 
sas, se descompuso y prorumpió en un torrente 

20 



306 

de injurias y vilipendios contra el venerable obis- 
po: — «Sois un bellaco — exclamó ardiendo en 
»ira — sois un mal hombre, mal fraile, mal 
» obispo, y merecéis un severo y ejemplar casti- 
)) go. )) — (( Yo lo merezco muy bien todo eso que 
))V. S. dice, señor licenciado Alonso Maído- 
y> nado:y> — contestó con tranquila ironía el obis- 
po, indudablemente aludiendo á que habiendo 
sido el propio Las Gasas el que habia propuesto 
para aquel lugar á un hombre tan grosero , teme- 
rario é imprudente, se reconocía merecedor de- 
todos aquellos denuestos (1). 

A pesar de este recibimiento descortés é inso- 
lente, consiguió Las Gasas inducir á la Audiencia 



(1) Al hablar del licenciado Alonso Maldonado el obispo 
de Guatemala D. Francisco Marroquin en una carta dirigida 
al Emperador, fechada el 4 de Junio de 1545 j publicada en 
1877 en la interesantísima colección de Cartas de Indias, ya 
citada , dice en un período lo siguiente : 

« Mándame V. M. le auise que cómo sehaze justÍ9Ía por los 
y> que tienen á cargo : por ser cosa que ynteresa mucho el alma 
« de V. M. me atreuo á dezirlo. Lo primero es, que el li^en- 
5) 5Íado Maldonado , que es presidente , es buen hombre y buen 
5> christiano y de buenos respetos, honesto, pero es muy remi- 
j> so, casi tanto como yo; no es nada cuydadoso ni vigilante, 
3) ni se le dá mucho por la república ni por la poligia della , no 
3> se desvela nada en como se aya de avmentar; todo lo qual 
T> es ne9esario para el que a de gouernar y ser cabefa ; y agora 
T> que a tomado muger (que es lo mejor que él podría hazer), 
» no sé sy tendrá más cuydado o menos avnque los he conver- 



307 

de los confines á que enviasen un oidor á Ciu- 
dad-Real que mirase por la ejecución de las nue- 
vas leyes. Al saberlo los vecinos da Ciudad-Real 
se resolvieron unánimemente á hacer resistencia 
á los planes del Prelado. Acordaron requerirle 
para que no innovase cosa alguna y procediese 
como los demás obispos de la Nueva España, 
hasta que el rey, á quien habían enviado sus 
procuradores, proveyese lo que fuese servido; 
protestaron que si el obispo no hiciese lo que 
ellos reclamaban no le admitirían el ejercicio de 
su cargo y le quitarían las temporalidades hasta 
informar á S. M. Añadieron que no querían con- 
formarse con la tasa de tributos que el obispo 
fijase, porque la tierra ya estaba tasada por el 



» sado poco. Para tal cargo convenía que fuesen más buenos 
y> j más doctos que los obispos, que más pueden y más valen 
y> y mucho más fruto pueden hazer con su buen exemplo y 
3) vida, si quieren: dizenme que ay diuision entre ellos; pesar- 
Di) me ia si durade. » 

En la carta que escribió Las Casas el 9 de Noviembre de 
1545 al principe D. Felipe, en la cual se queja amargamente 
de los oidores, empieza un período como sigue: 

« Otra fuerca y agravio y afrenta me an hecho aqui estos 
3) pecadores oydores, contra toda justÍ9Ía, por me vexar y 
f) porque no parezcan sus violen9Ías y tyranias... etc. y> 

Y termina el periodo diciendo: 

« Y por esto no enbio con esta el testimonio de lo qu'e allí 
» passó, porque los secretarios son tales commo Maldonado, y 
3) no me an querido darlo. » 



308 

adelantado Montejo y el obispo de Guatemala, 
para lo cual había tenido poderes. 

Después de esto, sabiendo los vecinos que Las 
Gasas retornaba, se prepararon para ir á recibir 
su Prelado con mallas, petos, corazas, coseletes, 
arcabuces, lanzas y espadas y con gran número 
de indios flecheros. En tanto se disponían para 
esta belicosa demostración contra aquel pobre 
fraile que volvia á ellos á pié con un báculo en 
la mano y con un Breviario en la faltriquera, 
habia llegado éste á Capanabastla, pueblo de in- 
dios á corta distancia de Giudad-Real. 

Los religiosos le aconsejaban la prudencia y le 
suplicaban que no se arriesgara á continuar su 
jornada á la ciudad. Él respondióles con su acos- 
tumbrada benignidad, animada por un santo en- 
tusiasmo : — ((Si yo no voy á Ciudad-Real quedo 
)) desterrado de mi Iglesia, y soy el mismo que 
» voluntariamente me alejo, y se me puede decir 
)) con mucha razón: ((huye el malo sin que nadie 
)) le persiga. » Además, ¿cómo sabemos que me 
)) quieren matar y que las centinelas no están 
» puestas para otra cosa ? Que no sea mucha ver- 
)) dad lo que los padres de Ginacantlan dicen, yo 
» no lo dudo ; pero ahí están las palabras del Se- 
)) ñor, que impidiéndole sus discípulos la vuelta 
y> á Judea porque el dia antes le querían matar, 
))les dijo: ((Que tenía doce horas el dia y en ca- 



309 

))da una, en cada momento y en cada instante 
)) se podían los hombres mudar. » Sé que no son 
)) demonios los de Ciudad-Real para tener siem- 
)) pre la voluntad obstinada en el mal. ¿Es posi- 
» ble que el Señor ha de ser tan escaso con ellos 
)) que les niegue su auxilio para que se abstengan 
» de un delito tan grande como matarme? Si yo 
)) no entro en mi iglesia, ¿de quién me tengo 
» que quejar al Rey y al Papa que me echa della? 
)) ¿Tan armados han de estar contra mí que la 
)) primer palabra ha de ser una puñalada que me 
)) parta el corazón, sin darme lugar á apartarme 
)) de la vía? En conclusión, Padres: yo me re- 
)) suelvo, fiado en la misericordia de Dios y en 
)) las buenas y santas oraciones de vuestras pater- 
))nidadea, de partir, porque el quedarme aquí ó 
)) irme á otra parte tiene todos los inconvenientes 
)) que se han visto. » 

Se puso luego en pié con gran resolución, re- 
cogió el hábito á fin de que no le impidiese ca- 
minar, y despidiéndose de los frailes con gran 
cariño, emprendió su marcha por aquellas sole- 
dades. 

Los españoles de Ciudad-Real habían colocado 
á un gran número de indios de atalayas y centi- 
nelas en los caminos para acechar la venida de 
Las Casas. Éste se presentó de repente al lado de 
algunos de los que estaban de acecho, y cuando 



310 

ya creían que no vendría porque habla tardado 
mucho. Los indios al reconocerlo se hincaron de 
rodillas pidiéndole perdón con muchas lágrimas. 
El obispo se compadeció; pero adivinando el pe- 
ligro que corrían de que fuesen azotados ó muer- 
tos por no haber dado aviso de su llegada, con el 
objeto de excusarlos y eximirlos de toda culpa y 
responsabilidad, ayudado de fray Vicente, su 
compañero, los amarró unos con otros y los trajo 
detrás de sí como si fuesen prisioneros suyos. 
Esto lo hizo también para que no se echase la 
culpa de la prisión á dos ó tres españoles y á un 
negro que venían en su compañía. 

Aquella misma noche hubo un gran terremoto 
en la ciudad, y como las casas unas se desmoro- 
naban y otras amenazaban ruina, la mayor parte 
de la gente salió á la plaza, y algunos decían: 
(( No es posible sino que el obispo entra y aque- 
)) líos perros indios no nos han avisado, que este 
)) temblor pronóstico es de la destrucción que ha 
» de venir para esta ciudad con sullegada. » 

Después de haber caminado el obispo toda la 
noche, entró al amanecer en la ciudad, reco- 
giéndose en seguida á la iglesia. Cuando fué hora 
avisó por medio de un clérigo á los alcaldes y 
regidores su llegada, previniéndoles que viniesen 
al templo á verse con él. Éstos, después de una 
prolongada consulta, se determinaron á ir al lia- 



311 

mamiento del obispo^ lo que verificaron acom- 
pañados por todos los vecinos de la ciudad. Sen- 
táronse como para oir sermón^ y al salir el Pre- 
lado no le pidieron la bendición ni le hicieron 
ningún género de cortesía. Luego se levantó el 
escribano de cabildo y leyó un escrito en que le 
requerían que los tratase como á personas de ca- 
lidad que eran^ y los favoreciese y ayudase á 
conservar sus haciendas, que ellos en tal caso 
estaban dispuestos á recibirlo por obispo y á obe- 
decerle como á su verdadero y legítimo pastor. 

El Prelado respondió con la mayor dulzura y 
modestia. Dijo que estaba siempre pronto á dar 
su sangre y su vida por ellos ;, que eran sus ove- 
jas, y favorecerlos y ampararlos en todo lo que 
pudiese. Les suplicaba en nombre de Dios se so- 
segasen y se acostumbrasen á mirar las cosas sin 
pasión. 

Con las palabras cariñosas y blandas del obispo 
desaparció la ira de aquellos pechos, y determi- 
naron los españoles de ahí en adelante obedecerle 
en todo lo que les mandase y hacer lo que podian 
para agradarle. Pero un regidor más terco y ne- 
cio que los demás, desde su asiento, sin levan- 
tarse ni quitarse la gorra dijo á Las Gasas con la 
mayor arrogancia : « Que se habia de tener por 
» muy dichoso de contar por subditos á unos ca- 
:» balleros tan principales como aquellos señores 



312 

y> que allí estaban^ y que entandiese que sentían 
j) mucho que no los tratase con el comedimenta 
))y respeto que. era razón, que el término qua 
)) con ellos había usado aquel día era muy digno 
)) de sentirse. Que qué cosa era, siendo un hom- 
))bre particular, enviar á llamar á un cabildo tan 
)) grave y de personas tan nobles como el de 
» aquella ilustre ciudad ; que él había de ir á sus 
)) casas y de allí á las de ayuntamiento si alga 
j> quisiese y allí con mucha cortesía y humildad 
)) proponer su causa. » 

Este importuno discurso dio á conocer al obis- 
po Las Casas lo necesario que era en ciertos ca- 
sos dejar á un lado la suavidad y mansedumbre 
y hablar con la debida firmeza, cuando así lo 
requiere el insoportable atrevimiento de un te- 
merario. Contestó, por lo tanto, el obispo con 
gran autoridad al referido regidor, dicíéndole: — 
(( Mira fulano, y mirad todos los que estáis aquí, 
)> en cuyo nombre él ha hablado : Cuando yo os 
» quisiere pedir algo de vuestras haciendas, yo 
)) os iré á hablar á vuestras casas : pero cuando lo 
» que hubiere de tratar con vosotros fueren cosas 
)) tocantes al servicio de Dios y de vuestras al- 
)) mas y conciencias, heos de enviar á llamar y 
)) mandaros que vengáis á donde yo estuviere, y 
)) habéis de venir trom^picando, mal que os pese,. 
y> si sois cristianos. » 



313 

Al oir estas palabras imponentes quedaron to- 
dos perplejos, tal era la autoridad y la vehemen- 
cia con que el obispo las habia pronunciado, y 
nadie se atrevió á responderle ni á decir más 
nada. 

Pasada algún tanto la impresión que todos ha- 
blan recibido con las palabras del obispo, al le- 
vantarse éste para ir á la sacristía, llegóse á él 
humildemente el secretario del Cabildo, y le dijo 
que tenía una petición de la ciudad , en que le 
suplicaba que señalase confesores que los absol- 
viesen , y que por ser muy larga no se atrevía á 
leérsela, temiendo cansarle. El obispo, volvién- 
dose entonces hacia el auditorio, dijo que seña- 
laba por confesores al canónigo Juan de Perera y 
á todos los religiosos de Santo Domingo, expues- 
tos por su prelado, que estuviesen en el obis- 
pado. 

No estando satisfechos los vecinos con esta 
elección, pues sabian cuan partidarios eran de 
las ideas de Las Casas el canónigo Juan de Pere- 
ra y los religiosos dominicos, creyó prudente el 
obispo ceder en algo y no inquietar demasiada- 
mente á sus diocesanos. Señaló entonces por con- 
fesores á un clérigo de Guatemala que allí estaba, 
y á un padre de la Merced, los cuales eran de su 
propio modo de pensar respecto á los indios, si 
bien un poco más transigentes que los anteriores 



314 

y más circunspectos. Al oir la designación de es- 
tos dos confesores^ el padre Vicente Ferrer, que 
acompañaba al obispo, sospechando que cedia y 
se rendia, tirándole de la capa, le dijo: — «No 
haga Y. S. tal cosa más que en la muerte.» El 
público se apercibió de la advertencia , y empezó 
á alborotarse , amenazando á fray Vicente que lo 
mal tratarían y escarmentarían, si tales consejos 
daba al obispo. 

Algunos Padres de la Merced consiguieron sa- 
car á Las Gasas y al padre Vicente de la iglesia 
durante el alboroto, y los llevaron á sus casas. El 
obispo se hallaba desfallecido y sin fuerzas, por 
la falta de sueño, el cansancio, la falta de ali- 
mento y las emociones que acababa de pasar, y 
el vigor de su cuerpo se rindió y postró momen- 
táneamente, ya que no podia postrarse ni ren- 
dirse su grande alma. 

Empezaba á desayunarse con un poco de pan y 
un vaso de vino, á ruego de los Padres, cuando 
todos los vecinos de la ciudad en armas entra- 
ron en el convento, y los más atrevidos penetra- 
ron hasta la celda del obispo. 

Viéndose éste cercado por aquella multitud ar- 
mada, y sintiéndose además débil y fatigado, no 
pudo menos de inmutarse y turbarse. El apóstol 
perdió por el momento la presencia de ánimo 
que siempre lo habla acompañado durante su 



315 

prolongada carrera llena de peligros y azares de 
toda especie. 

La causa del alboroto no era^ sin embargo, la 
cuestión de confesores, sino la prisión de los in- 
dios que hablan estado de centinela y no habian 
avisado de la venida del obispo. Algo repuesto 
Las Gasas de su turbación física, les dijo: — ccSe- 
)) ñores : no echen la culpa á nadie , yo los vi án- 
)) tes que me viesen ni sintiesen, como que ca- 
» mino con poco ruido, y por mis manos los até, 
)) porque no los maltratasen , entendiendo que no 
)) habian hecho lo que se les mandó, de avisar 
)) de mi venida, ó que de su voluntad se habian 
» hecho de mi parcialidad, como procuro el bien 
))Suyo.)) 

Uno de los vecinos le replicó bruscamente: 
— ((¡Veis aquí el mundo! El salvador de los indios 
» ata los indios , y enviará memoriales contra 
)) nosotros á España, que los maltratamos, y es- 
» talos él maniatando, y tráelos de esta suerte 
» tres leguas delante de sí. » 

Otro caballero de solar bien conocido que es- 
taba con ellos, empezó también á injuriar al 
obispo de la manera más afrentosa y haciendo 
uso de las más soeces expresiones. Las Casas tan 
sólo le contestó las siguientes palabras; — ((No 
» quiero, señor, responderos, por no quitar á 
)) Dios el cuidado de castigaros , porque esa 



316 

)) injuria no me la hacéis á mí^ sino á Dios.» 
Mientras tanto, un ciudadano trabó pendencia 
con el negro del obispo en el patio del convento, 
dándole un bote de pica tan recio que lo tendió 
en el suelo. Acudieron los Padres de la Merced 
para favorecer al negro , y dos de ellos , que eran 
mozos y arrojados, arremetieron contra los inso- 
lentes con tan buena maña, que en pocos mo- 
mentos desembarazaron la casa de seglares. 

Estos desórdenes habian tenido lugar desde el 
amanecer hasta las nueve del dia, y tres horas 
después todos aquellos espíritus enardecidos y 
exaltados por la más furiosa ira , dispuestos á co- 
meter los más violentos desmanes, se apacigua- 
ron, calmaron y sosegaron como por milagro. 
Nunca en casos tales se vio un cambio tan repen- 
tino y radical. Los vecinos de Ciudad-Real, que 
parecían fieras, se trasformaron en corderos. Hu- 
mildes, compungidos y contritos se presentaron 
nuevamente al obispo, y de rodillas le pedian 
perdón, le besaban la mano llorando, se confe- 
saban hijos suyos y á voces lo aclamaban su 
obispo, su pastor, su verdadero padre. 

Los alcaldes dejaron sus varas, los demás se 
quitaron las espadas en muestra de sujeción y 
humildad, y luego sacaron al obispo en proce- 
sión, llevándolo á la casa de Pedro de Orozco 
Acebedo, vecino principal, que estaba ya prepa- 



317 

rado para aposentarlo; y le enviaron allí un sin- 
número de presentes de extraordinario precio 
y valor. Fácilmente puede comprenderse que 
Las Gasas veria en este cambio inesperado de 
sus diocesanos una marca visible del dedo de 
Dios, que dispone de los corazones de los hom- 
bres. 

Empero , era la suerte de Las Gasas ó el desig- 
nio de la Providencia^ que no gozase nunca de 
felicidad ni satisfacción que fuese duradera, y 
que sus planes y propósitos tuviesen siempre un 
desastroso fin. 

En esta época de su vida, Gonzalo Pizarro se 
habia alzado en el Perú. Era tal la resistencia en 
todas partes á las nuevas leyes de Indias , que el 
rey se habia visto obligado á revocarlas. \Q\iQ 
dolor no causaría al virtuoso obispo de Ghiapa 
semejante revocación! Sin embargo, no se des- 
animó por eso, y comprendió, con su habitual 
sagacidad, que Garlos Y y sus ministros se ha- 
blan visto obligados á tomar aquella medida por 
la fuerza délas circunstancias. Gonservando siem- 
pre para sí el principio de que las encomiendas 
eran una institución altamente censurable, se 
conformó hasta cierto punto con el nuevo estado 
de cosas, pues conocía que la corte de España 
habia hecho todo lo que estaba en su mano para 
el bien general en el Nuevo mundo, y que el 



318 

exigir más de ella hubiera sido el colmo de la 
injusticia. 

Conoció también que era. para él un deber el 
dejar su obispado y renunciar á conducir un re- 
baño tan inquieto é indócil. Vio que no podia 
continuar en sus funciones de prelado , cuando 
sus diocesanos no se hallaban dispuestos á con- 
sentir en renunciar á sus esclavos y granjerias, 
y esto su conciencia no le permitía tolerarlo. Re- 
cibía además multiplicadas cartas del virey y vi- 
sitador de Méjico, de diferentes obispos, y de 
muchos religiosos y letrados, en las* cuales se le 
reprendía y censuraba con severidad y aspereza, 
por haber negado los sacramentos á los cris- 
tianos. 

Su nombre se pronunciaba con execración en 
todas las Indias, y el odio contra él crecia cada 
vez más. Al mismo tiempo acababan de llamarlo 
á Méjico, para asistir á una junta de obispos que 
allí se iba á reunir para tratar de ciertas cuestio- 
nes relativas al estado y condición de las In- 
dias. 

Acababa entonces de llegar el licenciado Juan 
Rogel , juez destinado para hacer la visita de pro- 
vincia prometida por la Audiencia de los confi- 
nes. Era este juez hombre letrado y cuerdo, 
amigo de la paz y de la justicia y de muy buenas 
intenciones. Supo proceder desde los primeros 



319 

momentos con tacto y prudencia, tanto para con 
los seglares como para con los religiosos. Por efecto 
de sus informes y disposiciones se disminuyó el 
tributo de Chiapa en más de mil y quinientos 
castellanos, en más de mil el de Cinacantlan y 
en otros tantos el de Copanabastla, aliviando de 
igual manera á muchos otros pueblos. Suprimió 
gran parte del servicio personal que daban los 
indios para minas, ingenios, ganados y servicio 
de las casas de sus propietarios. 

Mandó, bajo severas penas, que ningún indio 
sirviese dentro de ingenio de azúcar, ni en los 
trapiches, ni en otra cosa, sino únicamente por 
fuera en el acarreo de leña y caña. Suprimió la 
naayor parte del tributo que daban los pueblos 
en indios de carga, é hizo otras varias cosas de 
mucho provecho que manifestaban claramente 
su prudencia y buen deseo. 

Entre tanto Las Casas llegó á Méjico ; y aun- 
que produjo su llegada alguna conmoción, no 
dio lugar ésta á ningún desacato ni al más leve 
desaire. El obispo de Chiapa hizo su entrada en 
la ciudad durante la mañana, cuando las calles 
estaban más concurridas; y cuantos le vieron le 
demostraron respeto y hasta cierta veneración. 
Se alojó en el convento de su orden, y allí fué 
inmediatamente cumplimentado por el virey y 
los oidores. 



320 

Pero Las Gasas" no sacrificaba nunca sus prin- 
cipios religiosos y de la causa que defendía en 
aras de cualquier apariencia que los comprome- 
tiese ó desvirtuase. Era en esto tal vez demasia- 
do intolerante, demasiado intransigente, y de 
ello tantos odios que despertó contra sí. Al virey 
y á los oidores les envió á decir que le perdona- 
sen el que no los visitase, pues que se hallaban 
excomulgados por el castigo corporal dado á un 
clérigo en Antequera. 

Comenzó la Junta sus deliberaciones, estable- 
ciendo cinco puntos principales, á saber: 

Primero. Todos los infieles de cualquier sec- 
ta y religión que sean poseen señorío sobre sus 
cosas que sin perjuicio de otro adquieren, y con 
la misma justicia poseen sus principados, reinos, 
estados, dignidades y señoríos. 

Segundo. La causa única y final de conceder 
la Sede apostólica el principado supremo de las 
indias á los reyes dé Castilla y León, fué la pre- 
dicación del Evangelio y la dilatación djc la fe 
cristiana. 

Tercero. La Santa Sede apostólica en conce- 
der el dicho principado á los reyes de Castilla, 
no entendió privar á los reyes y señores natura- 
les de las Indias de sus estados, señoríos, juris- 
dicciones, lugares y dignidades. 

Cuarto, La Santa Sede apostólica no entendió 



321 

úe dar á los reyes de Castilla ninguna facultad 
por la cual se impidiese la dilatación de la fe. 

Quinto. Los reyes de Castilla y León debian 
satisfacer los gastos necesarios para la conversión 
de los indios á la fe. 

tales eran las opiniones fundamentales de los 
hombres más eminentes en dignidad, sabiduría 
y virtud de toda la América. 

No quedó satisfecho Las Casas con las delibe- 
raciones y resoluciones de la Junta, sintiendo 
dolorosamente que no se hubiese tratado en ella 
de la cuestión de esclavitud. Así es que él mismo 
resolvió convocar una Junta, á la que asistieron 
todos los personajes principales, con excepción 
de los obispos; y en ésta se resolvió que los es- 
pañoles que hablan hecho esclavos eran tiranos, 
que los esclavos se hablan hecho á pesar de la 
ley, y que todos los que los poseían tenían la es- 
tricta obligación de darles la libertad. 

En la carta dirigida por Las Casas al príncipe 
D. Fel^e el 9 de Noviembre de 1545 le había 
^comunicado lo que textualmente continúa: 

« Por las otras cartas suplico á V. A. me haga merced 
de descargarme de la ciudad de Ghiapa y de Soconusco y 
de Yucatán, y que se me pase la iglesia Gathredal á las 
provincias de la Vera Paz , gue son las que nuestros fray- 
Íes an apaziguado , questavan de guerra , pues es nueva 
•christiandad en estos yndios , que nunca otra se a hecho 

21 



322 

verdadera en estas Yndias. A V. A. suplico que me haga 
esta merced muy grande, y haga obispos de Ghiapa á 
otro , y de Tavasco y Guacaqualco á otro , y de Yucatán 
á otro, y de Soconusco á otro. Y estos sean frayles po- 
bres , escogidos y no clérigos , que destruyen en verdad 
estas tierras , y guardesen de un fulano de Xodar , que 
va por ser obispo , con favores de los que no le cognos- 
cen , segund dizen , y de los que lo querrían tener y bi- 
vir en todas leyes. Y si Yucatán, questá norte sur dere- 
chamente con las questavan de guerra, fuere servido 
V. A. que yo tenga, también lo terne, con tanto que allí 
aya justicia y* obediencia al Rey, y las ordenancas nue- 
vas se guarden ; y sino , no quiero tener en mi obispado 
vn solo español que tenga yndios , porque todos son ty- 
ranos y ninguno se saina. « 

Se ve en el anterior trozo de carta la intención 
de Las Casas de abandonar el obispado de Ghia- 
pa á causa de las contrariedades y disgustos que 
en muy corto tiempo en él habia sufrido. Pero 
esta intención se acentuó mucho más en Méjico, 
comprendiendo que en ninguna parte ni por nin- 
gún lado encontraba un apoyo eficaz para llevar 
á cabo la misión de la cual se habia encargado 
con tanto entusiasmo. Todos sus proyectos, por 
bien concebidos y conducidos que fuesen, fraca- 
saban estrepitosamente; de modo que en Méjico" 
resolvió no retornar á su obispado de Ghiapa, 
sino dirigirse nuevamente á España. Nombró en- 
tonces confesores para su diócesis, y les dio ins- 



323 

tmcciones respecto á los casos en que debían de 
negar la absolución á los penitentes , contenidas 
en un pequeño opúsculo titulado : Confesonario ó 
Aviso á los confesores del obispado de CJiiapa, 

Ese opúsculo lo habia enviado de antemano 
en consulta al supremo Consejo de Indias. Habia 
sido examinado y aprobado por seis maestros en 
teología^ los más sabios y respetables que se co- 
nocían de la Orden de Santo Domingo ;, á saber: 
el maestro Galindo, profesor de teología en el 
colegio de San Gregorio de Valladolid; el padre 
Bartolomé Carranza de Miranda, que fué confe- 
sor de Felipe II cuando éste era príncipe de As- 
turias, y después arzobispo de Toledo y primado 
de las Espafias; el padre Melchor Cano, que fué 
después obispo de Canarias; el padre Mancio de 
Cristo, profesor de teología en Alcalá de Hena- 
res; el padre de Sotomayor, confesor de Carlos V, 
y el padre Francisco de San Pablo , director del 
colegio de Valladolid. 

Salió después Las Casas para España, á donde 
llegó en 1547, y en donde le esperaban nuevas 
luchas y nuevas pruebas de su laboriosidad infa- 
tigable y de su firmeza y constancia. 



CAPITULO XII. 



Denuncias contra Las Casas.— Su renuncia del obispado de Chiapa y su 
sucesor. — El fruto de sus viajes. — Comparece al Consejo de Indias. — 
Sus treinta proposiciones defendiendo el confesonario. — Fundamento 
de esas proposiciones. — Son insostenibles en los tiempos modernos. — 
Tenía Las Casas que admitir la doctrina de sus tiempos. —El Consejo 
de Indias satisfecho. — Juan Ginés de Sepúlveda.— .ZJewdcrflííííe^MWífí?. 
Conclusiones principales. — Niégase el permiso de la impresión de esa 
obra. — Se imprime el i?e»zdcmíe5 en Roma.— Se recoge la edición en 
España.— Congregación Vallisoletana. — Lo que dijeron Sepúlveda y 
Las Casas.— El resumen de fray Domingo de Soto. — Pruebas y argu- 
mentos. — Termina el sumario de la contienda. — Doce ¡objeciones de 
Sepúlveda. —Doce réplicas de Las Casas.— Citas y observaciones. — Al- 
gunos comentarios. — Profecías. 



Los principios que Las Casas profesaba le da- 
ban motivo para hacer las más justas y severas 
críticas del sistema de tiranía y concursion, por 
medio del cual se enriquecían en las Indias mu- 
chos españoles , y por este motivo sus enemigos 
eran poderosos y en gran número. Hemos visto 
cómo algunos hombres lo trataban en España, 
cómo en las poblaciones de América lo recibían, 
y los motines populares que contra él tuvieron 
lugar en la propia capital de su obispado, lle- 
gando algunos á denunciarlo como traidor, per- 



325 

juro é infiel^ y otros á injuriarlo con los más du- 
ros é injustos calificativos. 

Últimamente le acusaron que predicaba y es- 
cribía en sus obras que S. M. el rey de España no 
tenía títulos legítimos para ocupar y gobernar en 
los reinos que sus subditos hablan descubierto en 
América^ añadiendo que con la propagación de 
tales principios preparaba desgracias incalcula- 
bles y trastornos sin cuento. Esta acusación se 
hacía con el objeto de desconceptuar á Las Gasas 
para con el emperador y su hijo, el príncipe 
D. Felipe, que llevaba las riendas del Estado du- 
rante la ausencia del primero. Pero estas acusa- 
ciones no pasaban de calumnias vulgares, pues 
en ningún escrito de Las Gasas niega al rey de 
España el derecho de adquirir y conservar la so- 
beranía de las Indias occidentales, esto es, de la 
América, sino el derecho de hacerse dueño de 
ellas á mano armada, á costa de millares de víc- 
timas y rios de sangre. 

Las obras que Las Gasas habia publicado eran 
en sí mismas la mejor prueba de su lealtad como 
subdito español y de la sinceridad de sus princi- 
pios; pero hallándose muy distante del centro 
de las intrigas en la corte, no podia evitar que se 
acumulasen sobre él gravísimas sospechas. En 
e3ta situación se decidió á volver á España á dar 
cuenta de sus doctrinas y de su conducta; pero 



. , 326 

con el objeto de que sus diocesanos no se perju- 
dicasen durante su viaje ;, envió su dimisión del 
obispado, que fué aceptada, y antes de abando- 
nar las Américas por última vez tuvo la satisfac- 
ción de saber que le sucedería como obispo de 
Ghiapa un religioso de su orden, llamado fray 
Francisco Casillas. . 

Según queda ya referido, llegó á España en 1547 
de retorno de su sétimo y último viaje. No vol- 
vía, por cierto, triunfante de América, sino más 
bien como un acusado, rodeado de odios, de 
prevenciones y de enemigos. Tal era el fruto que 
habia conseguido de sus catorce viajes marítimos 
á través del Atlántico, llevados á cabo en cua- 
renta y nueve años, además de otra multitud 
más secundarios, pero no menos azarosos, en el 
mar Caribe y seno mejicano, á través de regio- 
nes inmensas y desconocidas, luchando con ca- 
lores sofocantes, plagas de insectos insufribles, 
escaseces y privaciones indecibles, cansancios y 
fatigas, conjunto que solamente pueden sopor- 
tarlo hombres de gran temple en el alma, de su- 
perior voluntad en el corazón. 

Las Casas fué un verdadero mártir de la cari- 
dad hasta una edad avanzada, en la cual la gran 
mayoría de los hombres han terminado ya su 
existencia. A pesar de sus muchos y peligrosos 
viajes la Providencia ha conservado su vida dan- 



327 

dolé tiempo . para luchar y sobreponerse á las 
persecuciones y ataques de sus enemigos conju- 
rados para perderlo, triunfando de todos ellos en 
las discusiones políticas y religiosas que conti- 
nuó sosteniendo durante veinte años desde su 
último regreso de América hasta el fin de sus 
dias. 

Ya en España Las Gasas compareció delante 
del Consejo de Indias, respondiendo allí de pa- 
labra á todas las acusaciones que se hablan pre- 
parado contra él. Pero luego se le dio orden de 
explicar sus doctrinas por escrito , y se encargó 
de hacerlo, empezando por escribir la apología 
de la doctrina contenida en su pequeño libro ti- 
tulado el Confesonario] pero sabiendo que el 
Consejo deseaba tan sólo una Memoria concisa, 
suspendió la redacción de su Apología , y pre- 
sentó solamente un sucinto tratado en treinta 
proposiciones, conteniendo la doctrina en que 
fundaba su Aviso á los confesores del oUspado de 
CTiiajpa. 

El fundamento de la doctrina contenida en 
esas treinta proposiciones es que admite como un 
título suficiente la Bula de Alejandro VI, cuyo 
objeto, según él, no fué el conferir á los reyes 
de España un derecho directo de propiedad, sino 
solamente autorizarlos para enviar predicadores 
al Nuevo mundo para propagar el cristianismo y 



328 

hacerlo abrazar á los indios^ gozando, á título de 
recompensa, el derecho de soberanía sobre aque- 
llos países que lo aceptasen. Pero sostiene que 
no era absoluta ni sin restricciones, pues los so- 
beranos naturales debian de reconocerse coma 
legítimos, las propiedades particulares respetar- 
se, y que no habia derecho para enviar ejérci- 
tos para conquistar el país y someter los habi- 
tantes. Se ve igualmente que Las Casas deduce- 
de la propia Bula que los reyes de España tenian 
el derecho de recibir la soberanía inmediata de 
las provincias que voluntariamente se sometie- 
sen á su gobierno, después de convertidas por los 
misioneros; pero sin reconocer que los reyes de 
España pudiesen atacarlas en caso de resistencia, 
por cuanto la Bula del Papa no concedía tal de- 
recho. 

Estos principios contenido^ en las treinta pro- 
posiciones de Las Gasas, suponiendo en el Sobera- 
no Pontífice el poder directo y temporal de dis- 
poner de los tronos, de los reinos y las coronas, 
de obligar á los soberanos á enviar misioneros á 
predicar el Evangelio en los países donde nunca 
fué anunciado, recompensándolos temporalmen- 
te con la soberanía de los países convertidos ; y 
en resumen, la doctrina fundamental que esta- 
blece en dichas proposiciones, es desde hace 
tiempo reconocida como errónea é insostenible,. 



329 

por los teólogos y jurisconsultos, por los filósofos 
y publicistas que respetan la sana crítica; y com- 
pletamente contraria á la doctrina de Jesucristo, 
que no concedió ni á San Pedro ni á sus suceso- 
res el poder temporal de distribuir reinos y co- 
ronas terrestres, bajo condición alguna ni pre- 
texto. Pero al mismo tiempo hay que reconocer 
que esa doctrina era la de la mayor parte de los 
católicos del siglo xv y xvi, y no es posible ha- 
cer recaer por ella sobre Las Gasas la menor in- 
culpación. 

Al mismo tiempo, Las Gasas se hallaba en la 
obligación de defender las doctrinas de su siglo 
para poder admitir que los reyes de España po- 
dían adquirir legítimamente la soberanía de 
aquellos países , como consecuencia natural de la 
predicación del Evangelio que la Bula del Papa 
habia ordenado; pero por otro lado, queria negar 
la facultad de conquistar la soberanía de tan di- 
latados dominios, á título de conquista y por la 
fuerza de las armas, atropellando todo derecho 
de sus naturales señores y pobladores. 

El Gonsejo de Indias quedó muy satisfecho de 
la defensa de Las Gasas, contenida en sus treinta 
proposiciones; pero sus poderosos é innumera- 
bles enemigos estaban interesados en combatir 
su sistema, y trataron de buscar un hombre de 
reputación que supiese hacerlo en el terreno 



330 

y á la altura en que Las Casas se colocaba. 

Uno de los primeros literatos de España en 
aquel tiempo era Juan Ginés de Sepúlveda, á 
quien llamaban el Tito Livio español. Habia na- 
cido cerca de Córdoba en 1490, y después de re- 
sidir en Italia muchos años, fué nombrado his- 
toriador de Carlos V. Era filósofo y humanista 
hábil, jurista y teólogo distinguido, erudito y 
disputador incansable, y además escribía el latin 
con suma facilidad, pureza y elegancia. 

Conducido por los estudios que hacía para es- 
cribir la historia de Carlos Y, según unos , ó ins- 
tigado por los enemigos de las teorías de Las Ca- 
sas, según otros, se dedicó á tratar la cuestión 
que éste último habia hecho ruidosa , respecto á 
la justicia con que se conquistaban las Américas 
por medio de la guerra y el exterminio. 

Con este motivo escribió un libro en latin 
muy correcto y clásico con el título de Demacra- 
tes segundo, el cual venía á defender dos conclu- 
siones principales, que por cierto atacaban los 
fundamentos de la equidad y la justicia. 

La primera era, en resumen, como sigue: 
c( Que las guerras que se hicieron por los espa- 
))ñoles contra los indios fueron justas, por las 
» causas y autoridad que habia para ponerlas; » 
la segunda era: «Que los indios, como menos 
)) entendidos, debían de someterse á los españo- 



331 

)) les más prudentes y perfectos, y si no querían 
» hacerlo que debía sujetárseles por medio de la 
» guerra. » 

El doctor Sepúlveda parecía querer justificar 
en su libro el titulo que tenian los reyes de Gas- 
tilla y León al señorío y suprema autoridad uni- 
versal sobre los indios, y lo presentó al Consejo 
Real de Indias suplicando la autorización para 
imprimirlo. Pero los ministros que componían 
el Real Consejo tuvieron respeto á ]a moral y ho- 
nestidad públicas y no quisieron dar el escándalo 
de autorizar una apología artificiosa de la violen- 
cia y sus crímenes consiguientes. 

Viendo Sepúlveda que el Consejo de Indias le 
había negado el permiso para la impresión, pro- 
curó con sus amigos, que residían en la corte del 
Emperador, que le alcanzasen una cédula para 
enviar su tratado al Consejo Real de Castilla, el 
cual estaba ignorante de lo que en Indias suce- 
día; y obtuvo, en efecto, la dicha cédula; pero 
el Consejo de Castilla observó que eran en gran 
parte cuestiones de teología las que en el libro se 
trataban, y lo remitió á las Universidades de Sa- 
lamanca y Alcalá para que diesen su parecer so- 
bre el permiso de imprimirlo, las cuales opina- 
ron que contenia doctrinas perniciosas y no de- 
bía de publicarse. 

A pesar de las repulsas de los dos Consejos 



332 

reales y las Universidades, no se dio Sepúlveda 
por vencido y envió su Tratado á Roma, disfra- 
zándolo bajo la forma de una apología contra la 
censura del mismo libro hecha por el obispo de 
Segovia; y no sólo consiguió así el imprimirlo, 
sino que preparó en castellano un sumario de di- 
cha obra y al alcance de las personas que no sa- 
bían latin, el cual también lo imprimió des- 
pués. 

Al tiempo que esto pasaba, hallándose la cor- 
te y los Consejos en Aranda del Duero, fué cuan- 
do llegó nuevamente de las Indias el incansable 
Las Gasas, el cual se enteró pronto del Tratada 
y Sumario del doctor Sepúlveda, que vio más 
tarde circular impresos. 

El Emperador ordenó recoger la edición ; pero 
Las Gasas, no contento con eso, trató de comba- 
tir públicamente á su adversario, y se puso á es- 
cribir una apología en castellano impugnando el 
Sumario de Sepúlveda, hecho en el mismo idio- 
ma. Al mismo tiempo no perdía ocasión de ata- 
car de palabra en todas partes á donde concurría 
los funestos escritos de Sepúlveda. 

La cuestión entre estos dos contendientes fué 
tomando muy serias y trascendentales propor- 
ciones, y al fin ordenó el Emperador en 1550 
que se reuniese en Yalladolid una congregación 
compuesta del Gonsejo de Indias, teólogos y le-, 



333 

trados, para que dijesen si se podia lícitamente 
hacer la guerra de conquista contra los indios. 

Fué llamado Sepúlveda á la primera sesión y 
dijo en ella cuanto sobre el particular tuvo por 
conveniente ; luego fué llamado el obispo de 
Chiapa, fray Bartolomé de Las Casas ;, el cual 
tardó cinco dias en leer su apología. Terminada 
ésta, dispusieron en la Congregación que el pa- 
dre fray Domingo de Soto, confesor de S. M., 
reasumiese los argumentos de ambos conten- 
dientes, y luego que se tomasen del resumen 
catorce copias para repartir entre los jueces de 
aquella notable liza, á fin de que decidiesen. 

El resumen hecho por el padre fray Domingo 
de Soto es correcto é imparcial; pero tiene algu- 
na extensión, y á pesar de su importancia, es 
difícil compendiarlo de una manera convenien- 
te. En él se encuentran la mayor parte de las ci- 
tas en que apoyaba el doctor Sepúlveda sus con- 
clusiones, y aquéllas con que atacaba el obispo 
de Chiapa la perniciosa doctrina de su adversa- 
rio, todas ellas citas del Levítico, Deuteronomio, 
Paralipómenos, Salmos y Nuevo Testamento, de 
San Atanasio, San Gregorio, San Crisóstomo, San 
Jerónimo, Santo Tomás, San Agustín, Nicolao 
de Lira, Orosio y otros comentadores, filósofos y 
santos padres. Nos contentaremos, pues, con ci- 
tar algunos períodos literalmente, como muestra 



334 

del estilo^ y muy á la ligera indicaremos los de- 
más puntos principales de la contienda. 

Así principia el doctísimo fray Domingo de 
Soto al dar cuenta de la disputa: 

« Muy ilustres , muy magníficos y reverendos señores 
y Padres : lo que vuestras señorías , mercedes y paterni- 
dades me han mandado es que reduzca á suma y orden 
lo que estos señores , el egregio doctor Sepúlveda y el 
reverendísimo obispo de Ghiapa, en este consultísima 
Consejo han propuesto uno en contra de otro. 

» Para que el punto y las razones de su controversia, 
reducido todo á compendio, den mayor luz á vuestras 
señorías y mercedes que lo han de juzgar, mandáronme 
que no dijese aquí ni significase mi parecer, ni añadiese 
á la sentencia del uno ni á la del otro ningún argumen- 
to, sino que fielmente refiriese la sustancia de sus pare- 
ceres y la suma de sus razones. Hícelo, pues, así, 
aunque si tuviera más libertad, pudiera por aventura, 
según mi flaco juicio, dar á este compendio otro lus- 
tre. Empero lo reservo para cuando vuestras señorías 
y mercedes fueren servidas mandarme les diga mi 
parecer. 

)) El punto que vuestras señorías , mercedes y paterni- 
dades pretenden aquí consultar es : en general , inquirir 
y constituir la forma y leyes como nuestra santa fe cató- 
lica se pueda predicar y promulgar en aquel nuevo orbe, 
que Dios nos ha descubierto, como más sea á su santo 
servicio ; y examinar qué forma puede haber para que 
quedasen aquellas gentes sujetas á la majestad del em- 
perador , nuestro señor , sin lesión de su real conciencia, 
conforme á la Bula de Alejandro. 



335 

» Empero , estos señores preopinantes no han tratado 
esta cosa así en general y en forma de consulta; mas en 
particular, han tratado y disputado esta cuestión, con- 
viene á saber: si es lícito á su majestad hacer guerra á 
aquellos indios antes que se les predique la fe para suje- 
tarlos á su imperio, y que después de sujetarlos puedan 
más fácil y cómodamente ser enseñados y alumbrados 
por la doctrina evangélica, del conocimiento de sus erro- 
res y de la verdad cristiana. 

))E1 doctor Sepúlveda sustenta la parte afirmativa, afir- 
mando que la tal guerra no solamente es lícita sino ex- 
pediente. El señor obispo defiende la negativa, diciendo 
que no tan solamente no es expediente, sino inicua y 
contraria á nuestra cristiana religión.» 

Manifiesta en seguida fray Domingo de Soto, 
que Sepúlveda solamente hizo indicación de sus 
argumentos, pero que Las Gasas leyó todo su li- 
bro ; y además , que no habiendo oido el obispo 
de Chiapa lo que dijo el doctor Sepúlveda, hay 
razones entre las expuestas por el obispo, que se 
pueden omitir, considerándolas como digresio- 
nes. Después continúa así: 

«Fundó, pues, el dicho señor doctor Sepúlveda su 
sentencia brevemente, por cuatro razones: la primera, 
por la gravedad de los delitos de aquellas gentes , seña- 
ladamente por la idolatría y otros pecados que cometen 
contra la naturaleza. 

» La segunda , por la rudeza de sus ingenios , que son 
de su naturaleza gentil , servil y bárbara , y por ende. 



336 

obligados á servir á los de ingenio elevado , como son 
los españoles. 

»La tercera, por el fin de la fe, porque aquella suje- 
ción es más cómoda y expediente para su predicación y 
persuasión. 

»La cuarta, por la injuria que unos entre sí hacen á 
otros, matando hombres para sacrificarlos, y algunos 
para comerlos.» 

Reasume en seguida el padre Soto todos los 
argumentos de Sepúlveda para probar la prime- 
ra razón , y los argumentos y citas de Las Gasas 
para combatirla, llamando nuestra atención el 
siguiente período : 

«A la otra prueba que el doctor Sepúlveda trajo , fun- 
dada en la autoridad de los canonistas , que parecen de- 
cir ser lícita la guerra contra los idólatras , respondió el 
señor obispo , refiriendo seis casos , en los cuales la Igle- 
sia tiene autoridad de hacer la guerra á los tales. El pri- 
mero , si tienen ocupadas violentamente las tierras que 
antes fueron de cristianos , como por ejemplo, la Berbe- 
ría , y especialmente la Tierra Santa. El segundo , si con 
pecados graves de idolatría ensucian y contaminan 
nuestra fe, sacramentos, templos ó imágenes. El tercero, 
si blasfemasen el nombre de Jesucristo , ó de los santos 
ó de la Iglesia á sabiendas. El cuarto, si también á sa- 
biendas impidiesen la predicación, conociendo lo que 
impiden. El quinto , si ellos nos hacen guerra como los 
turcos. El sexto, para librar los inocentes, por ser los 
inocentes de ley divina encomendados á la Iglesia, y ella 
tener cuidado de su protección ; empero , que si esta de- 



337 

fensa no se puede hacer sino por guerra, mejor es disi- 
mular la tal protección , porque de dos males el menor se 
ha de escoger. » 



A la segunda razón del doctor Sepúlveda, y á 
los argumentos con que la sostenía, respondió 
Las Casas que en las Escrituras profanas y sa- 
gradas se hallan descritos tres linajes de bárba- 
ros, componiendo el primero las gentes que tie- 
nen opiniones ó costumbres raras , pero que no 
les falta policía ni prudencia para regirse ; el se- 
gundo las que no tienen lenguas aptas para que 
se puedan explicar por medio de caracteres y le- 
tras ; y el tercero las gentes que por sus perver- 
sas costumbres, rudeza de ingenio y brutal in- 
clinación son como fieras silvestres, que viven 
por los campos, sin tener ciudades ni casas, sin 
policía, sin leyes, sin ritos ni tratos que son de 
jure gentium, sino que smádin palanfes , como se 
dice en latin, que es lo mismo que decir roban- 
do y haciendo fuerza, como hicieron al principio 
en Europa los godos y los alanos. Y que de éstos 
se podría entender lo que dice Aristóteles, que 
€omo es lícito cazar las fieras, así es lícito ha- 
cerles la guerra, defendiéndonos de ellos que 
nos hacen daño. 

Impugnó Las Gasas la tercera razón de Sepúl- 
veda, con dos argumentos principales, diciendo 

22 



338 

que la fe no puede demostrarse por razones na- 
turales^ sino por sujeción del entendimiento, y 
que se requiere en los que han de recibirla una 
pía afición á los que la vienen á predicar é intro- 
ducir, para que el ejemplo de sus vidas les dé 
testimonio del verdadero Dios á quien sirven y 
de la verdad de la fe que predican, para que más 
fácilmente lo crean. A lo cual son contrarias las 
guerras que preceden á la predicación para suje- 
tarlos, por las cuales, no solamente no se aficio- 
nan á los cristianos, sino que los aborrecerán, y 
ultrajarán al Dios que tales gentes sufre, y exe- 
crarán la ley que tal permite, teniendo por falsa 
la fe que predican, asegurando qtie así lo ha de- 
mostrado la experiencia en las Indias. 

La cuarta razón de Sepúlveda la impugnó Las 
Gasas, admitiendo que á la Iglesia incumbía de- 
fender los inocentes, peto que ya habia dicho 
que no era cosa conveniente defenderlos por 
medio de guerras, apoyándose en que de dos 
males debe seguirse el menor, y que con las 
guerras, además de los robos, mueren muchos 
más inocentes que los que se pretenden defen- 
der, amén de que las tales guerras infaman la. 
fe, poniéndola en odio con los infieles, que es 
aún mayor mal. Dijo que tenemos un precepto 
negativo de ceno matarás,» él cual es más estrecho 
que el afirmativo de «defender los inocentes.» 



339 

Contó Las Gasas largamente la historia de los 
indios, mostrando que aunque tienen algunas 
costumbres de gente poco culta ^ no son bárba- 
ros en el verdadero sentido de la palabra; por lo 
contrario, son gentes sociables y civiles, que tie- 
nen pueblos grandes, casas, leyes, artes, seño- 
res y gobiernos, y castigan no sólo los pecados 
contra la naturaleza, sino también otros natura- 
les, con pena de muerte. 

Termina el sumario de esta contienda el padre 
Soto de la manera siguiente : 

« Preguntado á la postre el obispo de Ghiapa qué es lo 
que á su parecer sería lícito y expediente en las Indias, 
dijo: que en las partes que no hubiese peligro de la for- 
ma evangélica debían entrar solos los predicadores, los 
cuales pudiesen enseñar buenas costumbres conforme á 
nuestra fe, y pudiesen con ellos tratar de paz. Y donde 
se temiese algún peligro, convendría hacer algunas for- 
talezas en sus confínes , para que desde allí comenzasen 
á tratar con ellos , y poco á poco se fuese multiplicando 
nuestra religión y ganando tierra por paz , amor y buen 
ejemplo. Y esta dice que fué la intención de la Bula de 
Alejandro y no otra, según lo declara la otra de Paulo, 
para que después de ser cristianos fuesen subditos de su 
majestad. No cuanto ad dominiíim rerum partícula- 
rium^ ni para hacerlos esclavos, ni quitarles sus señoríos, 
sino solamente cuanto á la suprema jurisdicción, con al- 
gún razonable tributo, para la protección de la fe y en- 
señanza de buenas costumbres y buena gobernación.» 



340 

El doctor Sepúlveda, después de leer el resu- 
men de la discusión presentado por fray Domin- 
go de Soto, dedujo doce objeciones principales, 
puestas por el obispo de Chiapa contra la doctri- 
na de que « la guerra no solamente era lícita sino 
expediente, » para luego impugnarlas separada- 
mente, como lo hizo, con multitud de argu- 
mentos, citas y sutilezas. Pero Las Casas contes- 
tó á Sepúlveda con otras doce réplicas, llenas de 
lógica, energía y erudición, que dieron fin á esta 
célebre contienda. La extensión de este docu- 
mento, que forma un buen folleto ó casi un tra- 
tado, solamente nos permite citar de él algunos 
pasajes, para dar á conocer el carácter de Las 
Gasas, y muy particularmente la penetración 
profética que revela al fin, que desgraciadamente 
ha venido á confirmar el tiempo tal cual el após- 
tol habia previsto, en todos sus resultados y con- 
secuencias. 

Hé aquí el discurso de Las Casas, que sirve de 
prólogo á sus doce réplicas: 

« Muy ilustres y muy magníficos señores , muy reve- 
rendos y doctísimos Padres : hasta ahora yo en lo que 
he leido y presentado por escrito en esta ínclita Congre- 
gación , he hablado en común contra los adversarios de 
los indios de nuestras Indias del mar Occéano, sin nom- 
brar alguno , aunque algunos conocía que trabajan y se 



341 

desvelan en escribir tratados y tener por principal nego- 
cio el excusar y defender que las guerras que se les han 
hecho, y las que se les podian hacer, que tanta jactura 
y estragos , perdición de tantos y tan grandes reinos , in- 
mensos pueblos y infinitas almas han causado , sean jus- 
tas ; y antes que aquellas gentes oigan por la predicación 
de la fe el nombre de Jesucristo, guerreándolas para 
primero sujetarlas, se pueda sufrir según nuestra fe cris- 
tiana. 

» Ahora me parece que se ha manifestado y declarado 
por principal sustentador y aprobador de ellas el muy 
reverendo y egregio doctor Sepúlveda , respondiendo á 
las razones y autoridades y soluciones de las contrarias, 
que para demostración y detestación de la iniquidad y 
tiránica injusticia de las dichas guerras, que por otro 
nombre llaman conquistas , compilé en una Nueva Apor- 
logia , cuya parte leí ante vuestras excelencias y seño- 
rías; y pues ha querido descubrirse, y no temió ser te- 
nido por factor de tan execrables impiedades que resul- 
tan en tan gran infamia de la fe , deshonra del nombre 
cristiano , jactura espiritual y temporal de la mayor par- 
te del linaje humano; justa cosa me parece que es des- 
cubiertamente impugnarle, y para atajar el venenoso 
cáncer que en estos reinos para destrucción y aniquila- 
ción de aquéllos quiere derramar , irle á la mano. 

»Por ende, á vuestras ilustres señorías, mercedes y 
paternidades suplico que miren este tan importante y' 
peligroso negocio, no como mió, pues á mí no me va á 
más de defenderlo como cristiano, sino como á hacienda 
de Dios y de su honra y fe y de la universal Iglesia y 
del estado espiritual y temporal de los reyes de Castilla, 
á cuya cuenta está tanta perdición de ánimas como han 



342 

perecido y perecerán , si no se cierra la puerta á este ca- 
lamitoso camino de las guerras que quiere justificar el 
doctor Sepülveda. Y no admita esta excelente condición 
la falacia de que usa para encubrir y dorar su nociva y 
cruel opinión , por la cual muestra pretender, corrobo- 
rar ó defender la autoridad que dice apostólica , y el se- 
ñorío en aquellas Indias de los reyes de Castilla y de 
León ; porque con guerras injustas y con enchir los 
montes y campos de sangre inocente humana, con infa- 
mia y blasfemias de Cristo y de su fe , no puede algún 
cristiaiío, lícita ni honestamente, corroborar y defender 
la autoridad apostólica ni el señorío de cristiano rey. 
Antes se infama y desautoriza la Sede Apostólica, des- 
honrándose el verdadero Dios , aniquílase y piérdese el 
verdadero título y señorío del rey, como cada prudente 
y, cristiano fácilmente conocerá con lo que el doctor Se- 
pülveda inventa. 

«Este título y señorío no se funda entrando en aque- 
llas tierras y gentes robando y matando y tiranizando 
con color de predicar la fe, como han hecho y entrado los 
tiranos que han destruido aquel orbe con tan cruel y 
universal matanza de tan numerosa multitud de inocen- 
tes, sino en la pacífica, dulce y amorosa evangélica pre- 
dicación , introducción , fundación y asiento no fingido 
de la fe y del principado de Jesucristo. 

«Quien otro título á los reyes nuestros señores dar 
quiere para conseguir el principado supremo de aque- 
llas Indias, gran ceguedad es la suya; ofensor es de 
Dios; infiel á su rey; enemigo es de la nación española, 
porque perniciosamente la engaña , enchir quiere los in- 
fiernos de almas. Y porque no vayan á parar muchos en 
estas condenadísimas calidades , será propio de vuestras 



343 

«eñorías , mercedes y paternidades, como de cristianísi- 
mos y doctísimos , poner silencio á opinión tan nociva y 
nefanda , y aunque en nuestra Apología , copiosamente 
á todo lo que por ella se puede traer , creemos que está 
satisfecho y respondido; pero, pues, el doctor ha reno- 
vado las que piensa ser defensas para él , dividiendo el 
sumario della en doce objeciones, la razón recta dicta 
que yo replique contra él , mostrando ser frivolas y de 
ningún efecto ni valor cada una de sus soluciones.» 



No nos atrevemos á reseñar las doce réplicas 
de Las Casas ^ cariosísimas, atrevidas, eruditas é 
irrefutables, porque sería necesario casi el tras- 
cribirlas íntegras, y sólo nos fijaremos en la duo- 
décima y última, en la cual apura toda su ener- 
gía en defensa de sus indios y en contra de Se- 
púlveda. Dijo así : 

<c A la final objeción, son tan enormes los errores y 
proposiciones escandalosas contra toda verdad evangéli- 
ca y contra toda cristiandad, envueltas y pintadas cou 
falso celo del servicio real , dignísimas de señalado cas- 
tigo y durísima reprehensión las que acumula el doctor 
Sepúlveda, que nadie que fuese prudente cristiano se 
deberla maravillar si contra él, no solo con larga escri- 
tura , pero como á capital enemigo de la cristiana repú- 
blica, fautor de crueles tiranos, extirpador del linaje 
humano, sembrador de ceguedad mortalísima en estos 
reinos de España lo quisiéramos impugnar. Pero lo más 
modesto que pudiéramos según la ley de Dios nos obli- 



344 

ga respondiendo brevemente á cada partícula de las que- 
aquí toca, su gran confusión será confirmada. » 

Demuestra Las Casas en seguida que la inten- 
ción del papa Alejandro VI al conceder el seño- 
río de las Indias á los Reyes Católicos, fué para 
procurar la conversión y salvación de aquellas 
almas por medio de la predicación del Evangelia 
y no por medio de guerras de conquista; y que 
así lo entendieron los Reyes Católicos como se 
deduce de las instrucciones que dieron al primer 
Almirante la primera vez después que descubrió 
las Indias que lo enviaron con labradores y gente 
pacífica, no á conquistar, ni robar, ni matar las 
gentes, sino á poblar y edificar y cultivar la tier- 
ra, entre cuyas instrucciones se lee la siguiente: 

« Por ende sus Altezas , deseando que nuestra santa fe 
católica sea aumentada y acrecentada , mandan y encar- 
gan al dicho almirante visorey y governador que por 
todas las vias y maneras que pudiere procure y trabaje 
atraer á los moradores de las dichas Islas y Tierra Fir- 
me á que se conviertan á nuestra santa fe católica. Y 
para ayuda del los sus Altezas envían allá al devoto pa- 
dre fray Buyl, juntamente con otros religiosos que el 
dicho Almirante consigo ha de llevar, los cuales por 
mano é industria de los indios que acá vinieron procu- 
ren que sean bien informados de las cosas de nuestra 
santa fe , pues ellos sabrán y entenderán ya mucho de 
nuestra lengua , y procurando de los instruir en ella lo 



345 

mejor que ser pueda. Y porque esto mejor se pueda po- 
ner en obra después que en buena hora sea llegada allá 
la armada , procure y haga el dicho Almirante que todos 
los que en ella van y los más que fueren de aquí ade- 
lante traten muy bien y amorosamente á los dichos in- 
dios sin que les hagan enojo alguno, procurando que 
tengan los unos con los otros conversación y familiari- 
dad, haciéndose las mejores obras que hacer puedan. Y 
asi mismo el dicho Almirante les dé algunas dádivas 
graciosamente de las cosas de mercaduría de sus Altezas 
que lleva para el rescate, y los honre mucho. Y si caso 
fuere que alguna ó algunas personas trataren mal á los 
indios en cualquier manera que sea, el dicho Almirante 
como visorey y governador de sus Altezas lo castigue 
mucho por virtud de los poderes de sus Altezas que para 
ello lleva, etc. » 

Asimismo demuestra Las Gasas que los Reyes 
Católicos hablan interpretado perfectamente la 
Bula del papa Alejandro VI en el sentido indi- 
cado, citando una cláusula del testamento de la 
reina Isabel , que dice así : 

« ítem , por cuanto al tiempo que nos fueron concedi- 
das por la Santa Sede apostólica las islas y Tierra Firme 
del mar Océano descubiertas y por descubrir, nuestra 
principal intención fué al tiempo que lo suplicamos al 
papa Alejandro VI de buena memoria, que nos hizo la 
dicha concesión , de procurar de inducir y traer los pue- 
blos dellas y los convertir á nuestra santa fe católica y 
enviar á las dichas Islas y Tierra Firme prelados, reli- 



346 

giosos, clérigos y otras personas doctas y temerosas de 
Dios para instruir los vecinos y moradores de ellas en la 
fe católica ; y los enseñar y dotar de buenas costumbres 
y poner en ello la diligencia debida ; según más larga- 
mente en las letras de la dicha concesión se contiene; 
por ende suplico al Rey mi señor muy afectuosamente, 
y encargo y mando á la dicha princesa, mi hija, y al di- 
cho príncipe, su marido, que así lo hagan y cumplan y 
que éste sea su, principal ñn , y que en ello pongan mucha 
diligencia. Y no consientan ni den lugar que los indios, 
vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra Firme 
ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus per- 
sonas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente 
tratados. Y si algún agravio han recibido lo remedien y 
provean por manera que no excedan cosa alguna de lo 
que por las letras de la dicha concesión nos es injungido 
y mandado. » 

¡ H(BC illa in forma! exclama Las Gasas al 
terminar esta cita. 

Dirigiendo observaciones al doctor Sepúlveda, 
se expresa Las Gasas en uno de los últimos pe- 
ríodos finales de su réplica en los términos si- 
guientes : 

c( Debiera de saber el muy reverendo doctor que las 
tierras de todo aquel orbe son fértilísimas y útilísimas 
para ser ricos todos los que quisieran ayudarse sin deso- 
llar indios. Y la gente provechosa, labradora y no hol- 
gazana como la de guerra, es para allá; y esta basta 
para que los indios que no son aún apaciguados de las 



347 

tiranías que han padecido de los españoles no vengan á 
hacer á los religiosos daño. » 

Aquí se ve la perfecta idea que tenía Las Gasas 
de la fertilidad de América y de que la agricul- 
tura era la fuente inagotable de riqueza y porve- 
nir del Nuevo mundo. 

Hablando de la muerte de fray Luis Cáncer, 
que Sepúlveda habia citado como uno de los 
muchos asesinatos cometidos por los indios, que 
reclamaban venganza, se expresa Las Gasas con 
tal vigor y fruición evangélica, que sus palabras 
hubiesen sellado los labios, no diremos á Sepúl- 
veda , sino á todo un areópago de doctores cris- 
tianos al que se hubiese dirigido; helas aquí: 

« Y el primero que entró en ellas y las apaciguó fué el 
bienaventurado fray Luis que mataron en la Florida, de 
cuya muerte se quiere ayudar el reverendo doctor Se- 
púlveda. Pero aprovéchale poco, porque aunque mata- 
ran á todos los frailes de Santo Domingo y á San Pablo 
con ellos , no se adquiriera un punto de derecho más del 
que antes habia, que era ninguno contra los indios. La 
razón es , porque en el puerto á donde lo llevaron los pe- 
cadores marineros que debieran desviarse de allí como 
ivan avisados , han entrado y desembarcado cuatro ar- 
madas de crueles tiranos , que han perpetrado cruelda- 
des extrañas en los indios de aquellas tierras, y asom- 
brado, escandalizado é inficionado mil leguas de tierra. 
Por lo cual tienen justísima guerra hasta el dia del jui- 



¡48 



cío contra los de España y aun contra todos los cris- 
tianos. » 

Termina Las Casas su importantísima réplica 
contra Sepúlveda . con los dos períodos que Aba- 
mos á copiar casi íntegros, respecto á los cuales 
llamamos muy particularmente la atención de 
los lectores: 

«Dice (Sepúlveda) que la esperanza de las minas del 
oro y plata y de la ayuda de los indios los lleva allá (á 
los españoles). Y así lo creo yo bien y verdaderamente, 
porque siempre por sus obras lo han mostrado. Porque 
ni los lleva la honra de Dios, ni el celo de su fe, ni el 
socorrer y ayudar á salvar sus prójimos, ni tampoco el 
servir á su rey, de que ellos siempre con falsedad se 
jactan; sino sola su codicia y ambición por tiranizar, 
señoreando los indios que desean que los repartan, como 
si fuesen bestias , por repartimiento perpetuo , tiránico é 
infernal, que no es otra cosa, hablando en romance, 
sino despojar y echar ó desterrar los reyes de Castilla de 
todo aquel orbe, y quedarse ellos con él, usurpándoles 
y tiranizándoles por buen estilo su supremo y real prin- 
cipado. 

» Contra esta ceguedad y plaga y para estorbar estos y 
otros innumerables males , y porque los reyes de Casti- 
lla no pierdan las Indias, y porque la total perdición de 
tantas gentes y despoblación de tan luengas tierras no 
tenga efecto , como presto la tendrá ; y para impedir los 
azotes que Dios da y más crueles que ha de dar por ellos 
á toda España , como tengo experiencia dellos desde cin- 



349 

cuenta años atrás , pongo treinta y cinco años á tanta di- 
ligencia en esta corte.» 



Tal es el resumen de la célebre contienda en- 
tre Sepúlveda y Las Gasas, en la que ha quedado 
victorioso este último moralmente, pues la con- 
gregación, por razones de alta política que es 
fácil adivinar, no pronunció fallo definitivo. 

Considerando este episodio de' la vida de Las 
Casas como uno de los más ruidosos y trascen- 
dentales en favor de la causa que habia abraza- 
do, quisimos reunir en este capítulo las citas 
importantes que dejamos consignadas, que he- 
mos sacado de un libro impreso en Venecia, año 
de 1645, en el que se encuentran reimpresos en 
español y traducidos al italiano todos los docu- 
mentos referentes á la contienda, que fueron 
publicados primeramente en Sevilla el año de 
1552. 

Sentimos no poder entrar en consideracio- 
nes que nos han sugerido muchos de los argu- 
mentos y no pocas de las tesis de Las Casas en 
su controversia con Sepúlveda, porque para ello 
tendríamos que extendernos en otra porción de 
citas. Pero sí haremos notar que la libertad con 
que hablaba Las Casas en aquel tiempo censura- 
do de oscurantismo y encarcelador del pensa- 
miento, no tiene nada que desear de la libertad 



350 

tan decantada de los tribunos y oradores públi- 
cos de los tiempos actuales ;, aun en los países en 
que se da más libertad á la expresión de las 
ideas. 

Es también muy notable el observar que Las 
Casas manifiesta tendencias muy marcadas hacia 
la libertad de cultos, esto es, á respetar lo sufi- 
ciente cualquier religión que los hombres tengan 
de buena fe ó por ignorancia, para no imponer- 
les la religión católica por la fuerza, ni atacar y 
destruir sus templos, concediendo tan sólo el que 
se les debe de convertir con la predicación dulce 
y cariñosa y con ejemplos de virtud (1). 

Pero las más notables entre las citas que he- 
mos elegido son las dos últimas: en la primera 
describe Las Casas con inmejorable precisión, las 
virtudes cívicas y morales de los aventureros es- 
pañoles que con diversos pretextos iban entonces 



(1) Entre otras citas de Las Casas sobre este punto, 
mencionaremos las siguientes: 

— ce Qui sincera intentione extráñeos á Christiana religione 
adfidem cupiunt recta perducere , hlandimentis dehent 'non as- 
peritatihus studere: ne quorum mentem reddita ratio aplano 
poterat revocare , pellat procul adversitas y etc. San Gregorio, 
epist. 15, lib. II. 

dEos enim qui á Religione Chistiana discordant, mansue- 
tudine, henignitate, admonendo, suadendo, ad unitatem fidei 
necesse est congregare: ne quos dulcedo pra^dicationis , et prai- 



351 

á las Indias^ olvidándolo todo á su arribada á 
ellas, menos el saciar por cualquier medio la co- 
dicia que los devoraba. Es su descripción tan grá- 
fica, tan estereotipada, que hoy mismo encontra- 
mos ese tipo, cual lo ha descrito el obispo de 
Chiapa , en una gran parte de los empleados es- 
pañoles que envia la Metrópoli á sus Antillas, 
con instrucciones y órdenes de moralidad, justi- 
cia y equidad, de las que luego se olvidan para 
atender á su negocio. 

La otra cita es una completa profecía que al 
pié de la letra se ha cumplido. Los reyes de Gas- 
tilla han perdido en efecto todas las Américas, 
según lo ha previsto Las Casas ; los indios han 
sido casi en su totalidad exterminados , hasta el 
punto que en las Antillas no queda uno solo de 
los aborígenes; y España ha sufrido tanto, ha 
perdido tanto, ha disminuido tanto en grandeza 
y poderío, que bien puede admitirse que Dios ha 



tentusfuturijudicis terror acl credendum innitare poterat ; mi- 
nis et terrorihus repellantur. San Gregorio, epist. 34, lib. i. 

y>Ritus infidelium non sunt aliqualiter tollerandi^ ni si forte 
ad aliquod malum vitandum, scilicet ad vitandum scandalum 
vel decidium , quod ex hoc posset provenire: vel impedimentum 
salutis eorunif qui paulatim sic toUerati converter entur ad Ji- 
dem, Propter hoc enim etiam hcereticorum et paganoruní ritus 
aliquando Ecclesia tolleravit, quando erat magna infidelium 
multitudo. Santo Tomás. d 



352 

castigado á esa nación, tan poderosa en otro 
tiempo ; su falta de previsioii, de acierto y de 
energía en mandar cierta clase de hombres con 
poderes discrecionales al Nuevo mundo, y no 
castigar con un rigor ejemplar los abusos, depre- 
daciones, injusticias y tiranías que cometían. 



CAPITULO XÍII. 



Hesidencia de Las Casas en San Greg-orio de Val ladol id. — Carta del prín- 
cipe D. Felipe á los Padres.— Una Memoria titulada De la libertad de los 
indios que ?ían siUo reducidos á esclavitud. — Sus tres capítulos. — Algu- 
nas digresiones. —Síntesis del primer capítulo. — Tres proposiciones. 

— Principios de derecho público. — Lo que hacían los gobernadores y 
conquistadores. — Los diallos opresores de los indios.— Varios informes. 

— Ultrajes contra la raza humana. — Aquellos tiempos y los modernos. 

— Emancipados. — Abusos extraordinarios. — Anécdota histórica. — Su- 
plantación de vivos por muertos y al contrario. —Síntesis del segundo 
capítulo. — Razón primera. — Profecía cumplida. — Reflexiones respecto 
á ella. —Razón segunda. — La virtud es la base de una buena adminis- 
tración. — Razón tercera.— Deberes de los reyes cristianos con respecto 
ala religión y culto. — Síntesis del tercer capítulo. -Citas doctísimas 
de la Biblia y Santos Padres. — Termina la citada Memoria. 



La controversia con Sepúlveda fué uno de los 
trabajos en que se ocupó Las Gasas inmediata- 
mente después de su último retorno á España; 
pero siguió ejerciendo además sus deberes y obli- 
gaciones de protector de los indios, con su celo 
acostumbrado, y al mismo tiempo preparaba 
otras publicaciones muy importantes á las cuales 
fué dando fin sucesivamente. 

Residía en el Colegio dominico de San Grego- 
rio de Valladolid con su fiel amigo y compañero 

23 



354 

Ladrada; y se hallaba entonces en aquella ciudad 
el Real Consejo de Indias^ al cual dio Las Casas 
cuenta y noticia de las virtudes de los religiosos. 
que habia dejado en la provincia de Chiapa. 

Hallándose el príncipe D. Felipe en las Cortes 
de Aragón, fué allá el Apóstol, y le presentó una 
relación de las virtudes de los Padres, enco- 
miando su pobreza y menosprecio del mundo, su 
paciencia y sufrimiento en las necesidades, y su 
gran constancia en trabajar por el bien de las al- 
mas ; en vista de lo cual el príncipe les escribió' 
una carta autógrafa altamente honrosa y lison- 
jera. 

Repetidas veces y con vivo interés suplicaba 
Las Casas al Supremo Consejo de Indias que, por 
una declaración general, reconociese que los in- 
dios de los cuales se habían apoderado los es- 
pañoles, no eran esclavos, y por lo tanto que po- 
dían dichos indios disponer de sus personas sin 
temor de ser perseguidos por los que los hablan 
reducido á tan injusta condición. El Consejo en- 
cargó á Las Casas de exponer por escrito los mo- 
tivos de su opinión, y entonces el obispo com- 
puso una Memoria titulada Be la libertad de los 
indios que han sido reducidos á la esclavitud. 

En ella trata de demostrar la nulidad del de- 
recho en el que se pretendía fundar la esclavitud 
de los indios, y la obligación del rey, como ór- 



355 

gano supremo para administrar justicia en sus 
estados , de anunciarlo asi á todos sus pueblos. 
Con tal objeto su trabajo lo ha dividido en tres 
artículos ó capítulos : el primero trata De la nu- 
lidad del titulo en el cual se fundó la esclavitíid 
de los indios ; en el segundo trata De los deberes 
del soberano con respecto á la libertad de los in- 
dios; y en el tercero trata De las oblig acioiies de 
los obispos de las prooincias de A^nérica . 

Si las dimensiones que nos hemos propuesto 
dar á este libro nos lo permitieran , tendríamos 
que reproducir la mayor parte de esta Memoria, 
porque revela la justísima idea que Las Casas te- 
nía del derecho público y de los derechos del 
hombre, hasta tal punto que, aparte de sus 
teorías ultramontanas, en su época admitidas y 
establecidas sin que le fuese dado á él el comba- 
tirlas aun cuando las reconociese un tanto absur- 
das, por lo demás no hay principio fundamen- 
tal de derecho público e individual que Las Ca- 
sas haya presentado en sus escritos que no se en- 
cuentre hoy admitido como inconcuso en los más 
modernos tratados de derecho. 

Esto lo veremos muy claramente cuando de- 
mos cuenta del precioso librito de Derecho pú- 
blico, que escribió Las Casas, otra de las obras 
de ese grande hombre que más nos ha llamado 
la atención , y que por lo tanto describiremos 



356 

luego con toda la extensión que nos sea posible 
Pero no podemos prescindir de citar algunos pe- 
ríodos también de la antedicha Memoria De la li- 
lertad de los indios, por más que las citas sal- 
teadas que podemos elegir den del conjunto una 
idea imperfecta y escasísima. 

Principia el primer artículo de su Memoria di- 
ciendo : « Me propongo demostrar en este ar- 
)) tículo tres proposiciones: la primera, que to- 
)) dos los indios hechos esclavos después del des- 
)) cubrimiento del Nuevo mundo, fueron reduci- 
)) dos á esa triste condición sin razón y sin dere- 
» cho; la segunda, que la mayor parte de los es- 
)) pañoles que hoy tienen esclavos indios son po- 
» seedores de mala fe; la tercera, que esta cali- 
)) ficacion puede aplicarse también á aquellos es- 
» panoles que son dueños de esclavos, que no 
)) los han adquirido por vía de repartimiento, sino 
» que les han sido entregados por otros indios. » 

Dice luego que es incontestable, aun en el caso 
de una guerra justa, que la conquista de un país 
no da al vencedor derecho de esclavizar los habi- 
tantes. A los que no tomaron parte activa en la 
guerra, ni están en ella directamente interesa- 
dos, la sola ley que se les puede imponer es que 
reconozcan como gobernador del país al vence- 
dor, aun cuando sea su enemigo; que paguen los 
tributos que se les pidan y que se sometan á 



357 

cualquier otra carga mientras los vencedores ocu- 
pen el territorio. Ninguna dificultad puede ocur- 
rir sino la referente á los soldados vencidos que 
fuesen hechos prisioneros^ que pueden ser can- 
jeados^ retenidos hasta la paz ó hasta que se sa- 
tisfagan los desembolsos que hayan originado. 

Guando la guerra es injusta, dice Las Gasas ^ no 
hay derecho^ ni motivo, ni razón para condenar 
í'i la esclavitud ^ no ya á los habitantes, mas ni si- 
quiera á los soldados prisioneros, porque una in- 
justicia no puede establecer un derecho. La 
guerra puede ser injusta de dos maneras : cuando 
se hace sin autoridad legítima, y cuando, aunque 
ordenada por autoridad legítima, no hay motivo 
para ella. Según esto, la guerra hecha á los in- 
dios de América presenta este doble carácter de 
■injusticia, pues los españoles atacaron los indios 
sin estar autorizados, ni por los Reyes Gatólicos, 
ni por Garlos V, pues estos monarcas nunca per- 
mitieron, ni á los gobernadores, ni á sus capita- 
nes, que la hiciesen sino en el caso de justa de- 
fensa, y por el contrario, todas las instrucciones 
que llevaban para tratar los indios eran pacíficas, 
suaves, justas y altamente políticas. 

Describe Las Gasas extensamente en el primer 
artículo de su Memoria lo que hacían los goberr 
nadores y conquistadores de América para reunir 
esclavos y evadir las leyes venidas de España que 



353 

lo prohibían ; y con tal motivo entra en los más 
interesantes comentarios y relata la rapacidad 
y la mala fe con que se imponia la esclavitud á 
los indios^ refiriendo episodios que son en verdad 
extraordinarios. 

Tales eran los abusos, injusticias y crueldades 
que se cometían para esclavizar los indios, que 
los caciques llamaban diablo al español á quien 
pertenecía la encomienda; y aquellos caciques, 
para librarse de la muerte ó de la esclavitud con 
que estaban á cada paso amenazados, discurrían 
una porción de expedientes para satisfacer la ava- 
ricia de sus tiranos. En Nicaragua sucedía con 
frecuencia que un español encomendero llamaba 
al cacique de su encomienda para decirle : « Pro- 
» porcióname tantos jóvenes indios de gran fuerza; 
» pero en vez de recogerlos en tu país, hazlos ve- 
)) nir de más lejos; tómalos como mejor te pa- 
» rezca; eso á mí no me importa. » El cacique iba 
á hablar con alguno de. los caciques de otra enco- 
mienda vecina, y le decía: « El diaUo que me 
» tiene en su poder, me ha dicho tal cosa; yo 
)) creo que tu diablo te dirá otro tanto; arreglé- 
)) monos y- tratemos de salvar nuestra vida. Per- 
)) mí teme tomar aquí los hombres que me hacen 
)) falta, y tú tomarás de los míos los que necesi- 
)) tes.» El otro cacique respondía: (( Tienes razón; 
y) estoy en el mismo caso, porque mi diablo me 



359 

í) pide tantos, y los tomaré de los tuyos.» Este 
convenio se efectuaba: cada uno declaraba bajo 
juramento que los hombres que traia no eran de 
su distrito; los encomenderos quedaban servidos, 
y los caciques escapaban, al menos por entonces, 
de sufrir la pena de muerte. Todos los indios se 
vendían como esclavos , y este tráfico , en pocos 
años, arruinó la población de Nicaragua. Esta 
manera de buscar hombres empezó cuando el 
gobernador, observando que el país se despo- 
blaba, dejó de hacer repartimientos y concesio- 
nes de esclavos á título de recompensa, si no era 
con la condición de que aquellos que los necesi- 
tasen los fuesen á buscar lejos de su gobierno. Tal 
€ra la intención de los gobernadores ; pero en vez 
de ir á tomarlos á otra provincia, se contentaban 
de pedirlos en otra población inmediata. 

Hé aquí cómo pinta Las Casas en esa Memoria 
algunos de los medios de que se vallan los espa- 
ñoles para el reclutamiento de esclavos : 

(( Algunas veces los gobernadores enviaban sus 
D capitanes á hacer el reconocimiento de las po- 
» blaciones; antes de llegar al lugar indicado, so- 
» lian ver venir á los habitantes á su encuentro 
» con frutas, aves y otros comestibles. En vez de 
)) recibirlos con amistad, los soldados los abru- 
)) maban á golpes, acusándolos de haberse rebe- 
» lado contra el Gobierno. Guando entraban en 



360 

)) el pueblo, los otros indios permanecían sumi- 
)) sos y tranquilos en sus casas; sin embargo^ ma-. 
» taban á unos , herian á otros , saqueaban á to- 
)) dos, y volvían á sus cuarteles con los indios más 
)) robustos que guardaban como esclavos. Infor- 
» maban luego al gobernador que hablan hallado 
» la población en estado de insurrección ; que ha- 
)) bia sido necesario someterla militarmente, y 
)) que los habitantes que habían tomado eran dig- 
)) nos, por su resistencia, de ser detenidos como 
)) esclavos. El gobernador no ignoraba la falsedad 
)) de este aserto , porque él conocía exactamente 
)) el carácter y conducta de sus capitanes; sin 
)) embargo, él no testificaba nada, dejaba al jefe 
)) de Ja expedición los prisioneros en toda propie- 
)) dad, y no rehusaba el recibir la mitad del pre- 
)) ció á título de presente. Otro motivo también 
)) le hacía tomar el partido de callarse; preveía que 
)) su administración tal vez sería algún dia objeto 
» de serio examen, y trataba de granjear testigos 
)) de descargo en todos aquellos que eran cóm- 
)) plices del mismo crimen. » 

Cuenta Las Gasas que uno de aquellos jueces 
que conocía estas fraudulentas maniobras, á las 
cuales él mismo no era extraño, toleraba los ro- 
bos y los engaños, encontrando de esa manera 
un medio fácil de aumentar su fortuna. Los go- 
bernadores todo lo aprobaban por motivos seme« 



361 

jantes. Uno de ellos jago un dia á una carta y 
perdió quinientos esclavos, y permitió luego al 
que los liabia ganado que fuese á apoderarse de 
ellos en una parte de su distrito. 

Otro gobernador qüie residía en Méjico á dos- 
cientas leguas de distancia de su distrito, jugaba 
doscientos ó cuatrocientos esclavos á la vez. 
Cuando los perdia mandaba decir á su lugarte- 
niente que necesitaba fondos para pagar una 
deuda equivalente al precio de tantos indios; y 
le ordenaba el apoderarse de un número sufi- 
ciente de los más jóvenes y robustos; y con estos 
esclavos, ó con el producto de su precio en venta, 
cubria sus compromisos de honor. 

Dice que el gobernador de Honduras llegó á 
tomar y vender tal número de esclavos, que tuvo 
que pagar al rey más de quinientos castellanos 
por el quinto de sus beneficios, á pesar de que al- 
gunas veces daba un indio en cambio de un queso. 
Y exclama Las Gasas: « ¡Cuántos no serian ne- 
)) cesarlos para que el quinto de su venta su- 
)) biese á quinientos castellanos ! ¡Cuántas vícti- 
)) mas de la codicia de los tiranos españoles, 
)) puesto que cada europeo podia entregarse al 
í) mismo género de especulación ! 

)) Cuando se recibió en el país, continúa Las 
» Casas, la cédula imperial que prohibía en lo 
)) sucesivo marcar ningún indio como esclavo, el 



362 

)) infame tirano de que hablo , que debia mucho 
)) á los mercaderes de esclavos, hizo poner con 
» un hierro candente en la frente de una multi- 
)) tud de indios la palabra desterrados , como si 
)) hubiesen sido condenados al ostracismo por los 
» tribunales. Los comerciantes los recibian en 
y) cambio de sus géneros, y los iban á vender á 
» Cuba. )) 

Este género de comercio se hizo durante cua- 
tro años con cinco ó seis buques, y aniquiló por 
completo la población de Guatemala y Nicaragua, 
arrancando á Méjico, á Tabasco y otras provin- 
cias una multitud de habitantes. Según escribió 
al Consejo Real de Indias el arzobispo de Méjico, 
el gobernador de Panuco solamente cargó con es- 
clavos por su cuenta hasta veintiocho buques. 

Los mismos ultrajes contra la especie humana 
denuncia Las Casas como cometidos en la provin- 
cia de Jalisco y en el Yucatán y en Venezuela 
por los alemanes, de los cuales dice que sabian 
todavía mejor que los españoles el arte de robar 
los indios y hacerlos esclavos. 

((Vuestra Majestad, continúa, verá que no 
)) exagero al asegurar que más de cuatro millones 
» de hombres han sido reducidos á la esclavitud, 
y) y que todo esto ha acontecido contra las órde- 
)) nes é instrucciones reales de Vuestra Majestad. 

)) Todos estos hechos son la prueba la más 



363 

)) cierta y más completa de lo que establecí en mi 
» primer proposición, á saber, que los indios que 
» fueron reducidos á la esclavitud después de des- 
)) cubiertas las Indias occidentales, han sufrido tan 
» desgraciada suerte sin razón y sin derecho.» 

Para demostrar la segunda proposición dice que 
los españoles conocían el origen de la posesión 
de aquellos esclavos; que sabian cómo se adqui- 
rían; que conocían las órdenes del rey y sabian 
lo que se hacía para eludirlas; y que con tales 
circunstancias es incompatible la buena fe de la 
posesión. 

La tercera proposición la demuestra dando mi- 
nuciosa cuenta de una multitud de prácticas in- 
justas y absurdas por medio de las cuales los in- 
dios en Méjico venian á ser esclavos unos de otros, 
y después de los españoles; y de esto deduce que 
€S casi imposible que los españoles comprasen de 
buena fe, esclavos indios de los mismos indios; 
y en vista de todos los hechos que acumula, 
afirma que, legalmente hecho y adquirido, no 
habia un solo esclavo indio en las Américas , ni 
un solo español residente en América ó en Es- 
paña, poseedor de esclavos, que ignorase que 
hablan sido robados por alguno de los sistemas 
indicados. 

En esta primera parte de la Memoria de Las 
Casas, de que venimos dando cuenta, llaman mu- 



364 

chísimo la atención la avidez y las extraordina- 
rias y cínicas estratajemas que describe, con las 
que los conquistadores se dedicaban al reproduc- 
tivo tráfico de esclavos indios ; cómo se burlaban 
de las leyes, y hasta qué punto llevaban sus- 
crueldades para llegar á saciar su insaciable codi- 
cia, de tal suerte que no se puede prescindir de 
que vengan á la memoria los recuerdos de algu- 
nos episodios bastante parecidos que tenian lu- 
gar en tiempos no lejanos en América, cuando 
se efectuaba todavía la trata de negros para las 
Antillas españolas, el Brasil y los Estados-Uni- 
dos, y muy recientemente para la isla de Cuba, 
aun después que se organizó el sistema de eman- 
cipados. 

Los negros bozales africanos que caian en po- 
der de los buques de guerra españoles ó de las- 
autoridades de Cuba antes ó después del alijo 
subrepticio en la isla, no sabiendo qué hacer con 
ellos el Gobierno, ordenó que quedasen bajo su 
protección ó patronato, con la denominación de 
emaiicijoados , distribuyéndolos después entre los 
que podían necesitarlos y los solicitasen como al- 
quilados para trabajar por cierto número de años, 
mediante el pago al Gobierno de cierta suma al 
entregar cada uno,- y el pago de un jornal al ne- 
gro emancipado, con otras obligaciones y condi- - 
clones para que -pudiese tenerlo en su poder. 



365 

Esta disposición, dictada sin duda con el me- 
jor deseo y buena fe por parte del gobierno de 
España, pronto dio lugar á las mayores injusti- 
cias y abusos en la práctica. Las condiciones con 
que el Gobierno habia dispuesto dar en alquiler 
estos emancipados, eran demasiado ventajosas 
para los que necesitaban jornaleros para sus tra- 
bajos; y por otro lado, la escasez de brazos abria un 
campo inmenso á especular con los que así ofrecía 
el Gobierno. Cuando habia quinientos negros 
emancipados para alquilar, los pedidos eran diez 
ó veinte veces mayores, ofreciendo cuantiosas pri- 
mas para obtenerlos; de manera que muy pronto 
la concesión de esos negros se hacía únicamente 
por favoritismo á personas que después traspasa- 
ban sus contratos á los que los necesitaban, obte- 
niendo una considerable suma como prima del 
traspaso. 

Cualquiera que allá por los años de 1860 
á 1866 obtenía del Gobierno en la Habana veinte 
ó treinta emancipados, era lo mismo que si re- 
cibiese en efectivo un regalo de diez á quince mil 
duros, pues á tanto subía la prima que le darían 
por ellos al traspasar los contratos. Esta era la 
primera operación inmoral que se verificaba, ha- 
biendo muchas personas que en pocos meses han 
hecho una grande é inesperada fortuna en la 
gran Antilla, contando únicamente con el espe- 



366 

cial favor para que les concediesen preferente- 
mente los emancipados. 

Estos negros en su casi totalidad iban á parar 
á los ingenios y á trabajar con los otros esclavos 
de su dotación. iVlgunos de los dueños de esas 
grandes plantaciones y establecimientos azucare- 
ros inventaron el sistema, y se dieron maña para 
ejecutarlo, de retener en propiedad como esclavos, 
si no todos de una vez, poco á poco, un gran nú- 
mero de los emancipados que caian en sus ma- 
nos, burlando así la ley y la vigilancia de las 
autoridades. Cuando moria un negro que real- 
mente era esclavo del ingenio, al enterrarlo te- 
nía lugar un verdadero y original escamoteo, le- 
vantando acta de que era el muerto el negro 
emancipado Fulano ó Zutano, cancelando de este 
modo el contrato, y haciendo ó simulando una 
venta á otro ingenio del negro emancipado que 
estaba vivo, bautizado con el verdadero nombre 
del esclavo muerto, para que así no pudiese des- 
cubrirse el fraude; á cuyo buen éxito de la ope- 
ración ayudaba la circunstancia de que el negro 
no sabía hablar español, ni tenía á quién que- 
jarse. Pero como para este amaño se necesitaba 
que ocurriese la muerte de algún esclavo, lo cual 
por otro lado anulaba la ganancia y sólo cance- 
laba la pérdida, inventaron algunos fingir de vez 
en cuando la muerte de alguno de sus emancipa- 



367 

dos, haciendo un formal entierro á un tosco fé- 
retro que ningiin cadáver contenia ^ y tomando la 
necesaria acta de defunción para cancelar el con- 
trato de alquiler con el Gobierno y redondear la 
operación, acta que á veces se obtenía, si la fic- 
ción fracasaba, por cohecho. 

Gomo no hay muchas personas fuera de la isla 
de Cuba que conozcan esta estratajema que se 
puso en práctica con éxito por algunos codiciosos 
muy pocos años hace, nos pareció muy pertinente 
mencionarla en este lugar, porque ella confirma 
los abusos que describe Las Casas tan gráfica- 
mente cuando menciona los medios de que se 
vallan los españoles de sus tiempos para aumen- 
tar el número de sus esclavos indios. 

En el capítulo segundo, fundándose en las Sa- 
gradas Escrituras y en los Santos Padres, dice que 
por derecho divino el rey está obligado á declarar 
libres de toda servidumbre á los indios occiden- 
tales, aplicando esta palabra servidumbre, no tan 
sólo á la esclavitud propiamente dicha, sino tam- 
bién al régimen conocido con el nombre de en- 
comiendas ó depósitos. Esto lo demuestra con 
tres razones, cuya síntesis es la siguiente:. 

Razón 1.* — La ley de Dios impone á los reyes 
la obligación de administrar sus reinos de manera 
que el pequeño y el grande, el pobre y el rico, 
el desgraciado y el poderoso, sean tratados con 



368 

igual justicia, en cuyo apoyo cita el Deuterono- 
mio y el Levitico. Dice que á los reyes dirige 
Isaias su exhortación y consejo de ser justos con 
los oprimidos, los huérfanos y las viudas; y San 
Jerónimo les anuncia que si olvidan este gran de- 
ber, la cólera de Dios se inflamará como un fuego 
devorador que nadie podrá apagar. Cita igual- 
mente á Santiago el Menor, cuando se dirige á 
los ricos injustos, con su epístola canónica, anun- 
ciándoles que ni su oro ni su plata podrán librar- 
les de las desgracias que les amenazan por haber 
cometido injusticia con los pobres obreros, cuyos 
lamentos han subido al cielo y han sido escucha- 
dos por el Dios de las venganzas. «En efecto, 
)) añade, la historia nos presenta á Dios castigando 
)) los pueblos y los reinos que han rehusado jus- 
))ticia á los pobres y á los huérfanos. ¿Quién se 
» atreverá á decir que tal no sea la suerte de Es- 
)) paña, si el rey niega á los pobres indios lo que 
))se les debe, y nt) se les da la libertad, á la que 
)) tienen incontestable derecho?» 

En efecto, si Las Casas resucitase; si viese que 
de todo aquel inmenso Continente descubierto y 
conquistado en su tiempo por los españoles no 
queda un palmo de terreno que actualmente les 
pertenezca; si viese que solamente ha podido 
conservar la metrópoli á fuerza de patriotismo, 
sacrificios inmensos y arroyos de sangre, las dos 



369 

Antillas, que dan testimonio á las generaciones 
de quiénes fueron los descubridores y conquista- 
dores del Nuevo mundo; si recorriese las páginas 
de la historia desde su época hasta nuestros dias 
y parase mientes en tal cúmulo de trastornos y 
<;ambios efectuados, en tantos dramas y catás- 
trofes acontecidas en aquellos países, y en la de- 
cadencia pertinaz y funesta del poder de aquella 
nación, en cuyos Estados jamás dejaba de alum- 
brar el sol, diria el Apóstol de los indios : — « ¡ Mi 
predicción se ha cumplido! ¡El cielo tomó ven- 
ganza de las injusticias que denuncié tantas veces; 
los males que causaron á los indios algunos am- 
biciosos é inhumanos, los está espiando todavía 
en la duodécima generación esa España, digna 
por muchos conceptos de mejor suerte! » 

Male hwperando summum imperium amittitur. 
...Forsam et hcec olim meminisse juvabit ; 
Durate^ et vosmet rebiis sérvate secundis. 

Razón 2.' — Dice Las Gasas que no solamente 
están obligados los reyes personalmente á ser jus- 
tos administrando justicia en todos los casos par- 
ticulares que se presenten, sino también de obli- 
gar ú sus subditos á que lo sean los unos con los 
otros y que vivan según las reglas del orden civil 
y de la moral pública, para que observando estas 
reglas todos los habitantes de un país sean felices 

24 



370 

en proporción á su estado, fortuna y otras cir- 
cunstancias. El objeto de la sociedad y de los je- 
fes que la gobiernan es el de sostener la felicidad 
común. Pero sin la virtud no se puede realizar tal 
fin, y cualquier príncipe que no tenga establecida 
la virtud como base de su administración, gober- 
nará siempre mal. De esto deduce nuestro ilus- 
trado Las Gasas que el rey de España debia de 
ordenar la libertad de los indios, no tan sola- 
mente para bacerles justicia, sino para que los 
españoles cesasen de disfrutar de un derecbo 
usurpado. 

Razón 3." — Los reyes cristianos tienen que 
llenar, no solamente los mismos deberes que los 
reyes idólatras ó heréticos, sino también prote- 
ger la religión, su culto y ministros, para que las 
funciones sagradas de su ministerio apostólico 
sean ejercidas regularmente; que el culto inspire 
edificación y piedad y que la religión pueda ex- 
tenderse y edificar el mundo con la santidad de 
sus dogmas ó de su moral. Dando la libertad á 
los indios se aseguraría entre ellos el triunfo de 
la religión, y aquellos habitantes, no teniendo 
más motivos de odio contra los españoles, acoge- 
rían sus misioneros y éstos tendrían completa 
libertad para convertir y bautizar. 

En el capítulo tercero establece que la ley di- 
vina, los cánones y la doctrina de los Santos Pa- 



O / I 

dres; ordenan á los obispos establecidos por Es- 
paña en América que se interesen cerca del mo- 
narca en favor de los indios, para que aquél les 
devuelva su antigua libertad. Están obligados, 
bajo pena de prevaricación, de ejercer plena- 
mente las funciones que dependen de su minis- 
terio pastoral, no solamente gobernando á sus 
diocesanos y enseñándoles la palabra de Dios, 
sino también defendiéndolos y preservándolos de 
todas las desgracias y opresiones, particular- 
mente en todo lo que interesa á su salud espiri- 
tual. Es también un deber d^ los obispos el ad- 
ministrar los socorros temporales á los que los 
necesitan. Por esto, dice Las Casas, los obispos 
de Indias, en virtud de ley divina y bajo pena de 
condenación, deben insistir cerca del rey y del 
Consejo de Indias para que los indios reducidos 
tan injustamente á la esclavitud sean puestos in- 
mediatamente en libertad. 

Se extiende demostrando su tesis en citas muy 
á propósito del Evangelio, San Jerónimo, San Gre- 
gorio, Santo Tomás, el Deuteronomio , el Éxodo, 
Jos Proverbios, el Eclesicistico \ otros varios; y 
concluye afirmando que los obispos de las Indias 
Occidentales deben de sufrir con valor y pacien- 
cia cuantas persecuciones les sobrevengan y per- 
der la vida si es necesario, abogando por ese in- 
contestable derecho que los indios tienen de 



372 

gozar de su libertad é independencia primitivas. 

San Pablo ordenó á un obispo que anunciase 
la verdad^ no tan sólo á tiempo^ sino fuera de 
tiempo; rogar, suplicar y hasta reprender y ame- 
nazar. Porque el obispo, conociendo el peligro de 
su rebaño, no podrá justificarse cuando haya sido 
destruido si tenía medios hábiles para evitar el 
peligro ó la catástrofe ad virtiéndolo á tiempo. 

Tal es, en resumen, el conjunto de ideas que 
abraza esta Memoria de Las Gasas respecto á la 
libertad de los indios. 



CAPITULO XIV. 



Derecho público. — Sn título original en latín. — Publícasela obra en Spira. 
— Dedicatoria. — Diversas ediciones. — Observaciones de Llórente. — El 
exordio déla obra. — Libertad natural del liombre.— Opinión notable 
respecto al juramento de fidelidad. — Una nota con tal motivo. — La li- 
bertad original de las cosas. — Algunos comentarios.— Derecho de los 
reyes en cuanto á las tierras propias de personas particulares. — Pacto 
constitucional sobre contribuciones. — Nulidad de las Ordenanzas rea- 
les gravosas al pueblo.— Sujeción del rey á las leyes. — De lo que se 
trata en los párrafos siguientes. — Juicio imparcial del conjunto de la 
obra. 



Pero sin duda alguna que no existe trabajo li- 
terario de Las Casas tan importante y digno de 
llamar la atención, en los tiempos modernos, 
como el que se titula Derecho público, que ape- 
nas tiene las dimensiones de un folleto de 40 pá- 
ginas en 8.*" 

Ni su Historia de las Indias, recientemente 
publicada en 5 volúmenes, con unas 3.000 pági- 
nas de impresión; ni su celebérrima Brevísima 
relación de la destrucción de las Iridias-, ni su di- 
dáctica Conquista de las Indias, que contiene 
los pormenores de la doctísima controversia con 
el doctor Sepúlveda, en la cual lo pulveriza con 



o 74 



magníficas citas sagradas y comentarios filosófi- 
cos y teológicos de grande ingenio; ni ninguna 
de sus restantes obras encierran para nosotros el 
mérito, la profundidad, la justicia equitativa, las 
fundamentales máximas de derecho público, de 
derecho de gentes, de derecho individual y cons- 
titucional como ese pequeño tratado, del que va- 
mos á ocuparnos; tratado que puede servir de só- 
lido fundamento para la más espléndida Consti- 
tución democrática de una moderna república 
que quiera imperar, para bien de las gentes, con 
las puras y sublimes máximas morales estable- 
cidas por el Divino Mártir del Gólgota. 

El título original de esta obra, que fué escrita 
en latin, es el siguiente : ¿QucesHo de imperatoria 
reí regid potestate\ an videlicei reges vel pi^incipes , 
jure aliquo vel titulo, et salva constientid, cives 
ac subditos suos a regid corond alienare, et alte- 
rius domini particular is ditioni subjicere possint? 

Guando se publicaron en Sevilla algunas de las 
obras de Las Casas, en 1552, estaba ya escrito el 
tratado antedicho; sin embargo, no se dio á luz, 
indudablemente por falta de resolución de su au- 
tor. Pero en 1571, esto es, cinco años después de 
muerto el obispo de Chiapa, se publicó en Spira 
por Wolfango Griesstetter, quien lo dedicó « al 
» noble y magnífico señor Adán de Dietrichstein, 
» barón libre v hereditario de Hollemburg, Fin- 



» kestein y Talberg y gran chambelán del empe- 
» rador; embajador del imperio cerca de la corte 
» de España ; presidente supremo de la corte de 
)■) los ilustrísimos archiduques de Austria^ Rodolfo 
» y Ernesto^ hijos muy augustos del emperador.» 

El editor Wolfango acompañó á España al barón 
tileman, siendo agregado á la embajada durante 
cinco años, lo cual le facilitó el conocimiento de 
muchas obras eruditas y de sabios, entre ellas, 
dice él mismo, tm tratado del muy ilustre y muy 
docto Bartolomé de Las Casas ^ que tiene por ob- 
jeto examinar si los reyes y principes tienen dere- 
cJio de enajenar las cosas del reino. 

Un sabio obispo de Blois, M. Gregoire, cita en 
su Apología del obispo de Cliiapa una edición de 
esta obra en 4.", publicada en Tubingen en 1625; 
otra edición fué publicada en Jena en 1678; otra 
fué publicada en P>ancfort s-m en 1701, en 
una colección de tratados de derecho público, con 
el título de Jus Bomaniale. Nosotros tenemos á 
la vista la publicada por Llórente en francés, y la 
publicada en español en 1843, en Madrid, por 
H. V., que aparece como editor. 

Llórente hace las siguientes ó parecidas obser- 
vaciones: c(No he creido deber sujetarme á tra- 
0) ducir cada palabra ni siquiera cada frase de mi 
» autor , porque el estado actual de las luces y el 
» buen gusto dominante hubieran perjudicado la 



376 

.)) estimación que en si merecen los conceptos ex- 
» presadas en anticuada y cansada prosa. El fondo 
)) de la doctrina de Las Casas es especialmente 
)) notable; no puede haber un espíritu ilustrado 
)) que pueda rechazarla. Desgraciadamente este 
)) hombre célebre paga un tributo al mal gusto 
» escolástico, común á la mayor parte de los es- 
)) critores de su tiempo, particularmente á los que 
)) estudiaban en las Universidades de España la 
)) íilosofia y teología según los principios de Aris- 
)) tételes. 

» Vivia en un siglo en el cual se recurría ciega- 
)) mente á la autoridad nominal de escritores fa- 
» mosos ; de ahí las numerosas citas de Barthole, 
))Baldus, Ciño, Azon, Oldrad, Juan Andrés, el 
» Panormitano, y otra multitud que hoy no con- 
)) vencen á persona alguna, porque el espíritu 
» metódico que distingue a nuestro siglo, todo lo 
)) somete al análisis y á las consecuencias dedu- 
)) cidas rigurosamente. » 

Después de otras observaciones, añade: «Por 
» último, publico una traducción libre de esta 
» obra de Las Casas con la intención de que su 
» lectura pueda ser tolerable en nuestros dias; 
» pero garantizo la fidelidad, porque he tenido el 
)) mayor cuidado en conservar las proposiciones 
)j del autor, y nada altero que sea ajeno ó des- 
» figure sus opiniones. » 



377 

El referido Llórente termina sus observaciones 
respecto á este tratado de Derecho público, di- 
ciendo que no es necesaria esta obra para con- 
vencernos actualmente de las verdades que en-^ 
cierra; pero que no deja por eso de ser muy pre- 
ciosa, porque es honroso para la misma verdad 
el haber sido defendida por un personaje tan dis- 
tinguido por su sabiduría y santidad como Las 
Casas, en una época y en un reino en el que, con 
Carlos V y Felipe II por monarcas, servía de cen- 
tro al despotismo y á la autoridad absoluta más 
independiente. 

En el exordio de la obra establece Las Gasas 
quince motivos ó causas de necesidad urgente en 
que se fundan algunos políticos para sostener 
que, concurriendo algunas de ellas, pueden los 
reyes y otros soberanos enajenar ciudades, villas 
y lugares con el vasallaje de sus habitantes y la 
jurisdicción para la mejor administración de jus- 
ticia, no obstante el juramento, que al tiempo de 
su primera posesión suelen prestar, de conservar 
íntegro su reino y de no enajenar parte de él; 
pues esta promesa se interpreta prestada con- 
forme á derecho, esto es, si no interviene causa 
justa para lo contrario. 

Esos mismos pohticos, dice, limitan siempre 
su doctrina de manera que los reyes y demás so- 
beranos no pueden usar de tales facultades^ 



378 

cuando el uso sea capaz de producir daño consi- 
derable al reino, impidiendo el bien común ó de 
cualquiera otra manera; y esta limitación basta 
por sí sola para reducir á la clase de dudosa cada 
una de las enajenaciones que se hicieren. 

Propónese las Gasas quitar esas dudas negando 
la existencia de semejante facultad, para cuyo fin 
establece el supuesto de algunas verdades incon- 
testables, deduciendo de ellas consecuencias im- 
portantes y satisfaciendo finalmente los funda- 
mentos de la opinión contraria. 

Trata el párrafo primero de La libertad natu- 
ral del liomhre, y dice: 

«En el principio del mundo todos los hombres, las 
tierras y las otras cosas eran libres , alodiales , francas y 
sin sujeción á servidumbre por derecho natural y de 
gentes. 

Con respecto al hombre, está reconocida y confesada 
esta verdad en las leyes del derecho civil, y con razón; 
porque siendo todos los hombres de una misma natura- 
leza racional, Dios no quiso disponer que un hombre na- 
ciese siervo de otro, sino al contrario, que todos fuesen 
iguales; porque la naturaleza de la racionalidad no es 
cosa relativa de un hombre para con otro, sino absoluta, 
esencial y totalmente propia de cada individuo (1); y así 
la libertad individual es un derecho concedido por Dios 



(1) Santo Tomás, libro i r , Setüentiarum^ discrt. 44, cues- 
tión 1 , art. 8. 



379 

como atributo esencial del hombre, que es el principio y 
fundamento del derecho natural (1). 

La servidumbre no es un don de Dios, ni un atributo 
natural del hombre; su existencia la debe á causas acci- 
dentales, sin las cuales la especie humana no hubiese 
visto esclavos en su seno: por lo cual se supone que la li- 
bertad es un atributo esencial y la esclavitud tiene lugar 
por accidente (2). 

De aquí resulta que, si se ofrecen dudas prácticas 
acerca de la libertad ó servidumbre de un individuo, éste 
se presume libre mientras claramente no se pruebe que 
ha sido, es y debe ser esclavo; pues la interpretación en 
caso de duda es á favor de lo que dispuso el derecho na- 
tural acerca del atributo esencial del hombre, que es la 
primitiva libertad. 

El juramento de fidelidad y la fidelidad misma son una 
especie de servidumbre, según varias leyes, en cuyo sen- 
tido el derecho de posesión de exigir fidelidad es contra- 
rio á la libertad (3) ; por lo cual ninguno se presume ser 



(1) Can. Jus naturale, disert. 1. 

(2) Aristóteles, libro ii, Phisicorum. — Santo Tomás, 12, 
cuestión 72, art. 1. 

(3) Después de la llamada « Revolución de Setiembre » en 
España, en 1868, se pusieron entela de juicio, y ampliamente 
se discutieron, votaron y establecieron en la Ley fundamental 
del Estado los derechos individuales, imprescriptibles é inalie- 
nables del hombre. Fueron presentados á la faz de la nación 
como una conquista de la moderna democracia en el terreno 
revolucionario. No recordamos un solo padre de la patria en 
aquellas discusiones que haya mencionado el derecho público de 
Las Casas, que en el párrafo I que queda citado encierra cuanto 
puede caber entre la base y la cúspide de los más amplios de- 



380 

vasallo ni fiel al servicio de otro hombre , mientras tanto 
que no se pruebe claramente la calidad del vasallaje por 
hecho y conforme á derecho. Entiéndese por hombre li- 
bre aquel que goza de la facultad de usar de su libre al- 
bedrío conforme quiera, disponiendo de su persona, co- 
sas, acciones y derechos sin necesidad de sujetar sus dis- 
posiciones á la voluntad de otro hombre. 

Toda prohibición , sea perpetua ó temporal, se opone 
á la libertad; por eso nada se presume prohibido mien- 
tras no consta, y por eso se dijo que el hombre bueno na 
perdia su libertad hasta que moria, porque para el justo 
no hay impuesta ninguna ley, como decia San Pablo.» 

Trata el párrafo II de La libertad original de 
las cosas, y dice: 

«Todas las cosas eran libres al principio del mundo, 
las tierras, los campos y cuanto producían, porque todo 
participaba del derecho común de la ley natural. La 
Santa Escritura indica esta verdad cuando enseña que 
José, siendo ministro de Faraón en el Egipto, hizo tri- 
butaria la tierra, lo cual presupone que antes no lo era. 



rechos del hombre. Pero sí recordamos que después de procla- 
mados los susodichos derechos individuales en España, es- 
tando vigentes en la Ley fundamental, y hallándose en el po- 
<ler un Gobierno que se cahficaba de esencialmente democrá- 
tico puro, impuso al clero un juramento de fidelidad, bajo pena 
de negarle los emolumentos del Estado, encaso de no some- 
terse á él , que por cierto está en directa oposición con los de- 
rechos que da la libertad individual bajo el punto de vista que 
los proclamaba Las Casas hace más de tres siglos. 



« 



381 

Por lo tanto , las tierras y las demás cosas no estaban 
sujetas á tributo ni á servidumbre alguna de otra espe- 
cie; y quien intente persuadir que le pertenece alguna, 
necesita probar su derecho, atendiendo á que tal preten- 
sión no es de aquellas que pueden admitirse á título gra- 
tuito. 

Las cosas libres fueron comunes en cuanto á su uso, 
porque Dios lo dispuso así en favor de los hombres. La 
propiedad particular empezó por la ocupación , y las co- 
sas propias ó personales eran alodiales, esto es, libres, 
francas , exentas de toda obligación á favor de personas 
diversas que su dueño, por cuanto sólo Dios tenía dere- 
cho á ellas y lo concedió á los hombres que las ocupa- 
sen (1). 

Según esto , la libertad es de naturaleza tan elevada 
que no puede jamás perderse por prescripción : al con- 
trario la servidumbre tiene un carácter tan diferente, 
que aunque llegue á ser ocasionalmente legal, pierde 
este carácter por la interrupción del derecho de uso, 
por ser propio de la naturaleza de las cosas el volver 
á su primitivo estado de libertad. » 

En este párrafo se encuentra resuelta la cues- 
tión respecto al origen del derecho de propiedad 
de los terrenos, que niegan los socialistas. 

La célebre frase revolucionaria y anti-social de 

que (da propiedad es un robo» no tiene más 

"fundamento ni razón de ser, planteada en abso- 



(1 ) Deuteronomio , cap. iv. 



38-2 

luto, que cualquier otro sofisma de efecto mo- 
mentáneo entre gentes inconscientes, como si 
dijésemos (cel hombre es una metáfora,» (da 
materia y las ideas son congónitas , » (da justicia 
autoritativa es incompatible con la libertad indi- 
vidual, )) ú otros absurdos semejantes; y, sin em- 
bargo, esos absurdos pueden servir de tema para 
escribir eruditas disertaciones que no dejarían de 
tener prosélitos fervientes, como los han tenido 
siempre cuantas aberraciones ha producido la 
imaginación extraviada de algunos hombres. 

Las Casas establece perfectamente la base del 
derecho de propiedad tal como debe considerarse 
para los efectos sociales; pero deja entrever el 
derecho de revisión de los títulos de propiedad y 
lo mismo la preeminencia que se adquiere por la 
posesión legalmente trasmitida en tanto no se 
prueba una usurpación. 

En el párrafo III trata del Derecho de los reyes 
en cuanto á las tierras propias de ¡lersonas par- 
ticulares , mxno úgwQ : 

«Los emperadores y los reyes no tienen enqné fundar 
derecho alguno para ser ni titularse señores de las pro- 
vincias , pueblos y tierras del reino , ni tampoco de las 
cosas pertenecientes al dominio particular de los habi- 
tantes. Según este principio, los habitantes, como po- 
seedores de ellas, no son vasallos de los reyes, sino úni- 
camente subditos; pues los reyes sólo tienen jurisdicción 



383 

ó potestad sin señorío, y los particulares están sujetos á 
la autoridad real, no precisamente como poseedores de 
tierras, sino conforme á la ley y nada más. 

Hay ana distinción esencial entre la propiedad de las. 
cosas y la jurisdicción ó potestad sobre ellas. Aquélla 
puede ser alodial^ franca, libre y exenta de servidumbre 
y de tributos en manos del propiet¿irio particular, sin 
(]ue deje por eso de estar sujeta legalmente al poder gu- 
bernativo, autoridad y jurisdicción soberana. 

La sujeción de las cosas al poder que gobierna es la 
causa que generalizó la máxima política de que un em- 
perador es señor de todo el mundo , y que un rey es el 
soberano de todas las cosas en su reino. 

Pero no puede entenderse esto sino en cuanto al ejer- 
cicio de la potestad soberana, y no en lo tocante á la pro- 
piedad particular alodial de las tierras. 

Las frases que usan los emperadores y reyes al decir 
m¿ imperio^ mi reino, etc., que parecen indicar propie- 
dad del Reino ó del Imperio, tan sólo significan sobera- 
nía, potestad, jurisdicción y autoridad, soberana para 
gobernar , pero no derecho de dominio , señorío ó de pro- 
j)iedad de las cosas de que se trata. 

Quien pretenda persuadir que tiene sobre una tierra 
poseída por otra persona derechos de propiedad, necesita 
probarlos, porque tales derechos no pueden reconocerse 
sin pruebas, sea que se trate de servidumbre, censo, 
feudo, tributo ó de otra clase. Para establecer tal preten- 
sión no bastan los títulos de emperador , rey ó soberano, 
porque los derechos de tal naturaleza no son incompati- 
bles con la libertad alodial, franca y exenta del propie- 
tario particular. 

La soberanía y la propiedad son dos cosas distintas: 



384 

la soberanía no supone propiedad, ni la propiedad im- 
plica soberanía; cada una tiene su esencia y particular 
objeto. A la primera pertenece el derecho de gobernar; la 
segunda dispone y goza libremente, aunque sometida á 
las leyes vigentes. 

El poseedor es considerado propietario si contra él no 
hay pruebas de usurpación. Nadie le puede exigir cen- 
so, derecho de enfitéusis, impuesto, pensión ó carga al- 
guna sin haber probado su título; la condición de sobe- 
rano no es bastante, porque la potestad de establecer 
impuesto sobre la propiedad no puede ser consecuencia 
de la soberanía. 

Las cosas que constituyen propiedad particular no 
pueden someterse á la soberanía directa y disponente de 
los emperadores :, reyes y príncipes; su derecho no es 
otro que la facultad y obligación de proteger y defender 
al propietario contra cualquier invasor, usurpador ó 
raptor, sea por fraude ó por violencia. 

Hay en algunos estados ciertos habitantes que son 
vasallos y hombres ligados al rey , esto es , que están so- 
metidos á una dependencia más particular hacia la per- 
sona del rey, con obligación más positiva de servirle, de 
seguir y ejecutar su voluntad; tales suelen ser los con- 
des palatinos, los duques y otros dignatarios. Pero el 
poder que ejercen los soberanos sobre estos hombres no 
cambia la naturaleza de la soberanía con respecto á los 
demás hal)itantes del reino, los cuales, aunque sujetos á 
la soberanía para las cosas de administración , bajo nin- 
gún concepto están sujetos al dominio particular del 
príncipe. » 

Tal es la doctrina que sienta en este párrafo 



385 

Las Casas, combatiendo en seguida la contraria 
opinión del Hostiense (1) como errónea, perni- 
ciosa, subversiva contra las Santas Escrituras, 
opuesta á la opinión de los Padres y á la pia cos- 
tumbre de la Iglesia y que conduce á rapiñas, 
guerras injustas y todo género de crímenes. 

El párrafo IV se titula Pacto constitucional sohre 
contribuciones. En él dice : 

«Ninguna carga, ni servidumbre, ni irabajo, puede 
imponerse al pueblo si éste no lo consiente de antemano 
y voluntariamente. 

Habiendo participado el hom])re, desde el principio, 
de la libertad común á todos los seres , se sigue que toda 
subordinación de los hombres á un príncipe, y todo gra- 
vamen impuesto sobre las cosas, debió de haber comen- 
zado por un pacto voluntario entre gobernantes y gober- 
nados. De una suposición contraria resultaría que lapo- 
testad gubernativa del soberano y la imposición de tri- 
butos sobre las cosas estarían establecidos tiránicamente 
por medios violentos y opuestos al derecho natural, aten- 
diendo á que nada hay más contrario á la razón , á la 
justicia y á la equidad, que privar al poseedor sin su 
consentimiento, ó de una manera arbitraría, del todo ó 
parte de sus cosas. 



(1) En el siglo xiii floreció Enriqne de Sucé, que fué ar- 
zobispo de Hombrunm y obispo de Hostia , por lo cual le lla- 
man el Hostiense. Escribió una suma de derecho canónico y 
civil que los teólogos de su tiempo llamaban La Suma de oro. 

25 



386 

Asi es que las leyes antiguas y sus comentadores 
están de acuerdo en este punto , á saber , que la elección 
de los reyes , príncipes y magistrados , y la autoridad de 
que están investidos para gobernar y para imponer con- 
diciones , deben su origen á una determinación libre de 
los pueblos que quisieron su establecimiento para procu- 
rarse por ese medio su felicidad. » 

Después de otras varias explicaciones y razoi:tes 
apoyando la doctrina de este párrafo, continúa así: 

«Hubo pueblos antes que reyes y que magistrados. 
Eran entonces libres y se gobernaban de un modo ó á& 
otro. Esto supone la necesidad de gastos comunes y de 
bienes asignados á la producción de las sumas para 
atender aquéllos. Cuando dispusieron ser gobernados por 
reyes, les cedieron aquellos mismos bienes ú otros. Con 
ellos debian los reyes suplir los gastos , y si no bastaban 
pedir más; pero no tomarlos, pues el pueblo no les dio 
semejante poder contra los derechos de su antigua li- 
bertad. 

El aumento de las sumas para tales objetos es uu 
gravamen de la comunidad , y una de las reglas del de- 
recho natural es que debe aprobarse por todos los que 
tienen relación al daño ó provecho de todos, lo cual es 
otra razón más para creer que los pueblos no traspasaron 
al rey la potestad de imponer cargas. » 

No necesitan comentarios ni alabanzas los an- 
teriores principios de derecho constitucional, 
porque están reconocidos y establecidos en todas 
las naciones civilizadas, lo cual no impide^ sin 



387 

embargo, que con demasiada frecuencia se esta- 
blezcan en algunos países, por sus gobernantes, 
contribuciones onerosas para el pueblo, sin que 
éste, haya autorizado ni directamente ni por de- 
legación su imposición. 

En los párrafos V, VI y VII trata Las Casas de 
Los limites de la potestad jurisdiccional de los 
reyes, de las Obligaciones de una ciudad para con 
otras del reino y de las Olligaciones de un reino 
para con otro, siempre con el mismo criterio de 
justicia y elevación de miras que en los anterio- 
res párrafos. 

El párrafo VIII contiene una doctrina consti- 
tucional tan importante, que vamos á reprodu- 
cirlo íntegro. Se iiiuld, JVulidad de las ordenanzas 
reales gravosas al pueblo, y dice así : 

«No es permitido á un rey (3 príncipe soberano, sea 
cualquiera la extensión de su soberanía, que ordene ni 
establezca cosa alguna relativa al interés general del 
reino, en perjuicio y contra los intereses del pueblo, sin 
obtener de antemano la autorización del mismo pueblo: 
si algo se estableciere sin este indispensable requisito, 
deberá considerarse como nulo por derecho. 

Hemos visto que el pueblo es la causa eficiente de los 
reyes , y que el provecho del pueblo fué la causa final de 
su existencia. Los pueblos no crearon reyes para que 
éstos los gobernasen, haciendo daño, sino precisamente 
buscando el bien común. Todo cuanto hagan los reyes 
con daño de los subditos se opone al derecho natural, 



388 

porque los pueblos no dieron poderes para regir dañando ^ 
sino aumentando la felicidad. 

El objeto que se propusieron los hombres fué ser 
mantenidos en paz y justicia entre sí mismos, ser exci- 
tados á la virtud y al aumento de felicidades por medio 
de las luces del Gobierno , ser defendidos de los enemi- 
gos exteriores y también de los interiores si los hu- 
biese. 

Las órdenes digiridas á estos fines con prudencia, no 
contienen exceso de las facultades concedidas álos reyes. 
Las que produzcan gravámenes de cualquier naturaleza 
que fuesen , son dadas sin autoridad legítima contra la 
intención de los que constituyeron un rey. 

La libertad es el mayor de los bienes de un pueblo. 

Ella es violada, siempre que un rey manda por sí 
mismo sin el consentimiento de los subditos , lo que les 
ha de ser gravoso. Y como no se dieron poderes para 
tanto, se sigue que obra el rey contra justicia y con po- 
sitiva nulidad. » 

No es de menos importancia el párrafo IX, que 
trata de la Sujeción del rey á las leyes. Citaremos 
algunos periodos. 

«Un rey, príncipe ó rector de un reino, ó de cualquier 
otra comunidad, por más soberano que sea, no tiene 
libertad ni poder para mandar á los ciudadanos á su 
gusto, sino sólo de acuerdo con las leyes políticas. Estas 
no pueden ser hechas para el interés particular de los 
gobernantes , sino que deben tener por base la utilidad 
general de los gobernados. Los legisladores solamente 
pueden establecerlas para que sirvan á la preparación y 



389 

establecimiento de las naciones , no para que los hombres 
se esclavicen vilmente á las leyes. 

Todo cuanto haga un rey contra la utilidad común 
del pueblo, es hecho contra el orden natural establecido 
por Dios para la felicidad de los hombres ; y si el pueblo 
cumple lo mandado sufriendo perjuicios, será por miedo 
de la fuerza que le amenaza, pero no por voluntad libre, 
pues nadie consiente con gusto su propio daño. Así, este 
miedo del pueblo y la fuerza amenazante del príncipe, 
imprimen un carácter de nulidad á todo aquello que pa- 
rece consentido , de modo que los resultados pueden ser 
funestos según aquel texto del profeta Ezequiel, que dice: 
« Absténgase el príncipe de apropiarse por violencia la 
» heredad del pueblo ó los bienes que están en sus manos, 
»no sea que se disperse y perezca el pueblo alejándose de 
»su morada cada vecino. » 



En los párrafos siguientes, hasta el XXV inclu- 
sive, trata de la falta de autoridad en el rey para 
disponer de los bienes del pueblo, de las enaje- 
naciones de pueblos y su jurisdicción, de la venta 
de los empleos, exención de contribuciones, nom- 
bramientos gratuitos, bienes patrimoniales del 
rey y de personas particulares, enajenación del 
reino, consentimiento de la nación y enfeudacio- 
nes, aduciendo los fundamentos de su doctrina, 
y combatiendo, por último, en otros doce párra- 
fos más todos los argumentos que pueden pre- 
sentarse en contrario. 

Sin necesidad de introducir otras citas de este 



3.90 

Derecho público de Las Casas, bastarán, sin duda, 
las que quedan hechas para juzgar favorablemente 
su sana doctrina y la profundidad de ideas, de 
principios sociales y máximas de derecho público 
que establece, con un valor y una convicción tal, 
que causan admiración, dadas las creencias domi- 
nantes de los tiempos en que escribía y la au- 
toridad absoluta que era patrimonio de hecho en 
los monarcas sus coetáneos. 

Nada más liberal, más democrático, más esen- 
cialmenie popular y equitativo, ni más coercitivo 
en principio de las facultades de los príncipes y 
gobernantes, se ha escrito ni establecido en las 
Constituciones modernas de los pueblos; y bajo 
este punto de vista creemos que esta obra de Las 
Casas es una preciosa compilación de derecho pú- 
blico basada en la innegable libertad del hombre 
y de las cosas desde el principio, en el verdadero 
pacto social establecido por ellos para su propia 
conveniencia y felicidad, y modificable única- 
mente por ellos con los mismos fines. 



CAPITULO XV. 



Las Casas escribe á D. Bartolomé Carranza de Miranda. —Lo que le 
recomienda en dicha carta. — Libro de Las Casas respecto á los asun- 
tos del Perú.— Revocación del decreto de venta perpetua de encomien- 
das.— Consigue Las Casas restituir la Audiencia délos confines.- 
Gran enfermedad de Las Casas.— Su muerte en Julio de 1566 á la edad 
de 92 años. —Otros amigos y protectores de los indios que secundaron 
á Las Casas. —Concilios y sínodos en Méjico y Lima. •-Cuatro rei- 
nados.- Enemigos del Apóstol. —Su verdadero carácter. — Una acusa- 
ción respecto á la tentativa de colonizar la costa de Cumaná. — Otra 
acusación respecto á la esclavitud africana en América. — Inocencia de 
Las Casas.— El ciudadano Grégoire.— Datos curiosos.— El Doctor don 
Servando Mier. — Lo que dice respecto al historiador Pau.— Principales 
acontecimientos en la vida de Las Casas.— Zí? Destrucción de las Indias 
y sus traducciones.- El napolitano Roselli. — Conclusión. 



A pesar de la edad avanzada que Las Gasas iba 
alcanzando; á pesar de los sufrimientos que habia 
experimentado y de sus múltiples desengaños y 
contrariedades, no por eso desmayó aquel hom- 
bre de privilegiado carácter en aprovechar todas 
las oportunidades y circunstancias para insistir 
en su idea favorita de proteger y libertar los in- 
dios que quedaban todavía en América. 

En el año de 1555 escribió, en forma de carta, 
un interesante documento dirigido á D. Barto- 



392 

lomé Carranza de Miranda, que fué más tarde ar- 
zobispo de Toledo y que residía en Inglaterra con 
el rey D. Felipe. Se referia en este escrito al pro- 
yecto que tenía en mientes el Gobierno de decla- 
rar perpetuas las encomiendas de los indios. 

Recomienda Las Gasas á D. Bartolomé Garranza 
que interponga su influjo con~ la Majestad real 
para que se corrijan los abusos que en Indias se 
cometían ; y con tal motivo entra en las más pro- 
fundas consideraciones y reflexiones, y presenta 
en el orden más sintético todos los argumentos 
para convencer á Garranza de Miranda, que es un 
deber imprescindible en su posición el abogar 
con fe y entusiasmo por los derechos de los infe- 
lices indios, oponiéndose á cuantas medidas se 
quisiesen tomar que fuesen en su perjuicio. 

Esta carta, como todos los escritos de Las Ga- 
sas, revelan su fe evangélica, el convencimiento 
que tenia en la justicia de la causa que defendia, 
el profundo estudio que de ella habla hecho, y la 
inquebrantable constancia y valor heroico con que 
insistía en el mismo asunto sin temor de nadie 
ni de nada, ni darse por vencido de las dificulta- 
des, contrariedades y punzantes espinas que tanto 
lo maltrataron en sus dias de existencia. 

También es de un mérito extraordinario un 
tratado ó Memoria que escribió Las Gasas res- 
pondiendo á las cuestiones que le fueron pro- 



393 

puestas referentes á los asuntos del Perú en 1564. 
Contiene doce capítulos ó dudas ^ que titula Los 
tesoros de Caxamalca, Resjpecto á los f7Íbutos exi- 
gidos d los indios , El tiempo de los primeros tri- 
butos, Zas contribuciones que existeíi todavía en el 
Perú, Las personas relacionadas con los encomen- 
deros, Las minas de oro y plata. Los tesoros ha- 
llados en las sepulturas , Cosas ofrecidas en luga- 
res consagrados por la superstición de los indios. 
Chacras de los indios, Toma del Cuzco , Soberayiia 
del Lnca y Si habia buena fe en algunos soldados 
españoles. En estos capítulos refiere las miserias, 
rapiñas y maldades que tenían lugar en aquellas 
ricas comarcas, causadas por la avaricia de los 
conquistadores. Establece después ocho princi- 
pios que desarrolla en otros tantos capítulos , y 
últimamente deduce las conclusiones necesarias 
á su tesis, todas ellas fundadas en los mismos 
principios de moral cristiana y filosófica, y con 
una inducción tan lógica que destruye toda posi- 
bilidad de seria refutación. 

Con respecto á la venta perpetua de las enco- 
miendas y lugares de repartimiento que se pro- 
yectaba en Indias, tanto supo trabajar y diligen- 
ciar Las Casas, que fué revocado el decreto, y 
concretóse el Gobierno á pedir algún servicio vo- 
luntario á Méjico y al Perú. Algún tiempo des- 
pués, habiéndose dado la orden para la traslación 



394 

de la Audiencia de los confines^ las provincias 
limítrofes se quejaron amargamente, viéndose asi 
privadas de su tribunal superior; y Las Casas, sin 
acordarse de su edad nonagenaria, sé puso en ca- 
mino para la corte y no descansó hasta que la 
Audiencia fué restituida á Guatemala. 

Pero en este tiempo cayó gravemente enfermo, 
y esta enfermedad en su avanzada edad y con 
una constitución física que liabia sufrido terribles 
pruebas durante su larga y trabajosa existencia, 
debia necesariamente serle fatal. 

El virtuosísimo obispo de Cliiapa, el sublime y 
heroico Apóstol de los indios, falleció en el con- 
vento de Atocha á fines de Julio de 1566 á la 
edad de 92 años próximamente. Aunque Las Ca- 
sas liabia mandado con la humildad y modestia 
que jamás le abandonaron, que se le enterrase 
con el báculo de palo y el pontifical pobre, sus 
exequias se celebraron por orden del prior con la 
mayor pompa y solemnidad y fueron sus restos 
sepultados en la capilla de la Virgen. 

Tal fué, descrita sucintamente, cual lo permi- 
ten los escasos recursos de nuestras aptitudes, la 
larga y fructuosa carrera del patriarca ínclito de 
los indios, del venerable y enérgico Las Casas. 

En la época en que vivió al* lado de aquellos 
feroces conquistadores, contemplamos algunas 
personas dignas, que, igualmente que Las Casas, 



395 

fueron amigos y protectores de los indios. Ade- 
más de los religiosos cuyas diligencias y trabajos 
hemos podido reconocer en el curso de esta nar- 
ración, no faltaron seglares que tomasen un pro- 
fundo interés en la suerte de las poblaciones in- 
dígenas. Entre éstos debemos notar á un oidor 
de la Audiencia de Méjico y Guatemala, llamado 
Zurita. Este magistrado informó al emperador 
respecto á los tributos excesivos que pesaban so- 
bre los indios, y declaró que constituían estos 
impuestos una de las causas de la despoblación 
del Nuevo mundo, siendo otra muy prominente 
la obligación en que se hallaban de trabajar en 
los grandes edificios que se construían en las ciu- 
dades. 

También deben ser asociados á la gloria de Las 
Casas el dominico Francisco de Victoria y el 
obispo de Segovia D. Antonio Ramírez, que re- 
futaron al doctor Sepúlveda. El obispo de Tlas- 
cala, Garcés, dirigió á Paulo III una elocuente 
carta en favor de los indios, en ocasión en que 
el Pontífice publicaba una bula contra sus opre- 
sores. El jesuíta Avendano escribió valientemente 
contra la trata, y también se constituyó defensor 
de los americanos. Con muy pocas excepciones 
eran de las mismas ideas de Las Gasas la mayor 
parte de los religiosos misioneros en el Nuevo 
mundo, muy particularmente los dominicos. Su 



396 

celo secundaba perfectamente al de Las Casas, 
debiendo citar con especialidad á Pedro de Gór- 
dova y Antonio de Montesino, que no solamente 
predicaban en Santo Domingo contra los tiranos 
de los indios^ sino que emprendieron viaje á Es- 
paña para venir á defenderlos delante del Prín- 
cipe y su Consejo. Los elogios tributados á estos 
misioneros y repetidos por Montesquieu, Buffon, 
Robertson y otros , han recibido ya la sanción de 
la posteridad. 

También se han tomado medidas en favor de 
los indios en los sínodos y concilios que hubo en 
Méjico y en Lima en el siglo xvi, cuyos detalles 
pueden leerse en la colección del sabio cardenal 
Aguirre. Las actas de estas asambleas, sobre todo 
del primer Concilio de Lima en 1582, llevan el 
sello de la más santa benevolencia y paternal ca- 
riño en favor de los indios, fruto sin duda de la 
setnilla que el infatigable Las Gasas habia sem- 
brado en todo el mundo, repitiendo los lamentos 
de aquellos infelices y haciendo pública la injus- 
ticia de sus tiranos. 

Pero es sabido que entre todos los protectores 
y amigos de los indios sobresale Las Gasas como 
un coloso en el centro de un limitado número 'de 
hombres simpáticos, sí, pereque distan muchí- 
simo de ser comparables á la gigantesca y severa 
figura de nuestro héroe. 



397 

Su longevidad extraordinaria no es tampoco 
extraña á su sobresaliente preeminencia. Figuró 
y se hizo notable en todo lo concerniente á las 
Indias durante los reinados de Fernando el Cató- 
lico, Felipe el Hermoso, Carlos I y Felipe II. Su 
nombre está unido íntimamente con la historia 
del Nuevo mundo hasta tal punto que sacando 
lo que Las Casas dijo, hizo, escribió, enseñó y 
.predicó, se quita á la historia de la conquista 
una parte irreparable de sus más preciosos de- 
talles. 

Innumerables fueron los enemigos que durante 
su azarosa y agitada vida persiguieron y atacaron 
á Las Casas con acerba acrimonia; pero sus ata- 
ques se han deshecho como las olas que azotan 
con furia insana los inmóviles peñascos de la 
costa. Esos enemigos mezquinos y maliciosos no 
consiguieron destruir los efectos producidos por 
la actividad febril , el celo inagotable, la elocuen- 
cia vehemente y calurosa del Apóstol. Las Casas 
supo multiplicarse y acudir en el momento opor- 
tuno precisamente al lugar que más necesario 
era que acudiese para favorecer la causa de los 
indios , pareciéndose en esto á un hábil general 
que durante una gran batalla recorriese sucesi- 
vamente con el mayor tacto y prudencia los lu- 
gares más flacos de sus divisiones, infundiendo 
ánimo, esperanza y entusiasmo allí donde el 



398 

ánimo, La esperanza y el entusiasmo" iban deca- 
yendo y se hubiesen extinguido del todo á no 
ser verificándose un fenómeno de vivificación 
magnética. 

No podremos negar que en medio de su ar- 
diente celo, su vehemencia traspasase los límites 
de la circunspección , creciendo en ciertos casos 
hasta la violencia y la injusticia; pero creemos 
que bien se pueden dispensar estas excitaciones, 
cuando se consideran las circunstancias en que 
se hallaba colocado y la misión especial de la que 
se habia hecho cargo y que era el oxígeno de su 
vida y la savia de su existencia. Tan solamente 
un hombre del acerado temple de Las Gasas hu- 
biese podido emprender una predicación seme- 
jante en Lavor de los indios, predicación en 
abierta lucha con los intereses de los conquista- 
dores, pobladores y aventureros que del vieja 
mundo se lanzaban á tierras nuevas y casi igno- 
tas, desafiando los elementos, las privaciones, la 
miseria, los sufrimientos y toda clase de pehgros, 
tan solamente en cambio de una remota espe- 
ranza de hacer fortuna , para retornar un dia á su 
patria á contar las aventuras fabulosas que leív 
hubiese costado el amasar para sus viejos años 
recursos suficientes para vivir holgadamente. 

La exageración y la vehemencia de Las Casas, 
aun cuando fuesen mavores, descenderían á un 



399 

nivel normal teniendo en cuenta su noble entu- 
siasmo^ sus sublimes impulsos, su caridad evan- 
gélica, su ilustrada filantropía tan sin límites en 
su ideal benevolencia , y aquel su propósito ge- 
- neroso y santo al que consagró toda su vida, to- 
das sus fuerzas, toda su inteligencia y todo su 
corazón. 

Según ya llevamos dicho, no faltaron en aquel 
tiempo religiosos y seglares que simpatizasen ar- 
dientemente con los indios y deseasen su alivio y 
su bien con sinceridad. Pero ninguno tenía el va- 
* lor, el arrojo, la audacia indescriptible de Las 
Casas, y sobre todo, su infatigable actividad. To- 
dos los buenos deseos de los demás amigos de los 
indios, reunidos, no hubiesen producido siquiera 
una mínima parte de los resultados que dieron 
por sí solas las diligencias de aquel humilde 
fraile y venturoso prelado. 

Una de las acusaciones que pueden parecer 
mejor fundadas contra Las Casas, es la que se re- 
fiere á la desgraciada tentativa de colonización en 
la costa de Cumaná. Pero los que de esta tenta- 
tiva fustrada han hecho un motivo de inculpa- 
ción, no reflexionaron que Jo que impidió el fe- 
liz éxito del proyecto fué la rapacidad y crueldad 
de los conquistadores que exasperaron á los in- 
dios con excesos y desmanes de todos géneros, 
fomentando de este modo su sublevación. Sin 



400 

estos obstáculos, el cumplimiento de tan vasto y 
bien meditado plan, parece probable que hubiese 
alcanzado un favorable, éxito , y que Las Gasas 
hubiese convertido y civilizado á los habitantes 
de la Costa de las Perlas con la misma facilidad 
con que después logró civilizar á los hasta enton- 
ces indómitos de la tierra de guerra. 

No es menos injusto el echar la culpa á Las Ca- 
sas de la introducción de la esclavitud de los ne- 
gros en América. Hemos visto que él mismo se 
lamentó de esta medida de la cual nunca fué el 
verdadero iniciador, según ampliamente lo de- 
muestra la historia. Fueron los portugueses espe- 
cialmente los que hicieron esclavos á los negros 
desde sus conquistas en África. Ya hemos con- 
signado en una cita anterior, extractada de la 
Historia de las Indias, que no ad virtiendo Las 
Casas la injusticia de los portugueses en hacer 
esclavos á los negros, dice habia sido el primero 
en dar aviso de que se permitiese llevar á Amé- 
rica esclavos de África. Pero en esta confesión 
quiere Las Casas, con su habitual humildad, ha- 
cerse aparecer más culpable de lo que verdade- 
ramente era, y no se puede hacer un uso excesivo 
de las confesiones de aquel espíritu noble y ge- 
neroso, ni apurar semejantes admisiones. Sería 
un error gravísimo el deducir de las palabras de 
Las Casas que la esclavitud de los negros fué por 



4QI 

él introducida en América. Desde los primeros 
tiempos del descubrimiento del Nuevo mundo se 
habían mandado allá negros esclavos, y el joven 
rey Carlos I , durante su estancia en Flandes^ ha- 
bla concedido licencias á sus cortesanos para im- 
portar negros en la Española. 

Los mismos Padres Jerónimos, y esto tal vez 
no lo supiese Las Casas, eran de opinión que se 
introdujesen negros en las nuevas posesiones. Es- 
cribiendo en 1518^ cuando no era fácil que su- 
piesen lo que pasaba en España tocante á este 
punto, aconsejaron que se concediesen licencias 
á los habitantes de la Española para llevar negros, 
y es de creer que no era la vez primera que da- 
ban este consejo. 

El gran jurisconsulto Alonso de Zuazo era de 
la misma opinión, igualmente que fray Bernar- 
dino de Manzanedo, monje Jerónimo, que acon- 
sejaba además que se mandasen más mujeres que 
hombres. 

Los Jerónimos que así pensaban eran precisa- 
mente los que más altas pruebas de ilustración é 
inteligencia tenian dado en la importante y tras- 
cendental misión que se les habia confiado ; los 
que hablan llevado al Nuevo mundo el mismo 
espíritu y tendencias de Las Casas en lo tocante 
al sistema de colonización. 

Pero además tenemos á la vista dos eruditísi- 

2Í 



402 

mos documentos en favor de Las Gasas, con refe- 
rencia á esta controvertida cuestión , que estable- 
cen y ponen fuera de toda duda la inocencia com- 
pleta de Las Casas en la introducción de negros 
africanos como esclavos en las Américas. La pri- 
mera está escrita por el ciudadano Grégoire, an- 
tiguo obispo de Blois, miembro del Instituto de 
Francia, y leida en él el 22 floreal del año 8- 
(12 de Mayo de 1804). 

Dice este sabio en su apología: « No pudiendcv. 
)) la maledicencia encontrar cosa alguna que cen- 
)) surar en Las Casas, se ha valido de la impos- 
)) tura para atacarlo, y después de dos siglos gra- 
)) vita todavía la calumnia sobre su tumba. » 

Los historiadores' Bryant, Edouard, Gentil, 
Frossard Marmontel, Raynald, Nuix y Roucher 
aseguran que Las Casas propuso al Gobierno es- 
pañol reemplazar el trabajo de los indios con el 
de negros esclavos; pero todos ellos se apoyan en 
un texto del historiador Herrera, interpretado» 
torcidamente. 

En 1443, según Anderson, y un año más tarde, 
según Freirá, los portugueses, en el reinado del 
infante D. Enrique, empezaron á robar negros 
en Guinea, que vendían á los españoles. Siendo 
lucrativo este repugnante comercio, se formaron 
compañías en Lagos para extenderlo al Senegal y 
Cabo Verde. En esto están contextes los historia- 



403 

dores; y queda por lo tanto establecido que la 
trata de negros entre África y Portugal existia 
treinta años antes de nacer Las Gasas, que fué 
en 1474. En ese mismo año precisamente^ según 
el historiador de Sevilla Ortiz de Zúñiga, los pro- 
pios españoles empezaron á navegar á la costa de 
Guinea para traer negros ellos mismos. 

Después de la despoblación de la Española fue- 
ron llevados á la Isla algunos negros en J 508 se- 
gún Hargrave; en 1503, según otros historiadores; 
en 1498, según Herrera; en tanto que el pro- 
yecto que atribuyen á Las Gasas sus inculpadores 
respecto á los negros, lo fijan en 1517; de ma- 
nera que según los mismos historiadores, la trata 
de negros en América fué anterior en catorce 
años al proyecto de Las Gasas, y en diez y nueve 
años según Herrera, que fué uno de los acusa- 
dores de Las Gasas. Estos hechos prueban que 
no fué el Apóstol de los indios el causante de la 
introducción de los negros esclavos en América, 
puesto que existían de muchos años antes. Además 
muchos historiadores de aquella época, como 
son Zarate, Gumilla, Tomás Gage, Alvaro Nu- 
ñez y otros , hablan de los negros esclavos sin 
decir nada de Las Gasas; en tanto que Solís, 
Sandoval, Solorzano, Dávila Padilla, Torque- 
mada y muchos más, unos amigos y otros ene- 
migos de Las Gasas, hablan de él largamente. 



404 

pero sin acusarlo respecto á los esclavos negros. 
Remesal;, tantas veces citado, habla de varias 
memorias presentadas por Las Casas al rey, pero 
no dice una palabra respecto á los negros. 

Pedro Mártir, del Consejo de Indias, Oviedo, 
Gomara, Benzoni de Milán, Bernal Diaz del Cas- 
tillo y hasta el mismo Sepúlveda, todos enemi- 
gos de Las Casas, no tienen una sola palabra 
para acusarlo con respecto á la esclavitud de 
los negros. Y, por último, solamente Herrera, 
que habia leido los manuscritos de la Historia 
de Indias de Las Casas, interpretando torcida- 
mente un período que hemos citado en la pá- 
gina 109, y todos los que posteriormente copia- 
ron ó glosaron á Herrera, son los que han soste- 
nido la inculpación infundada contra el virtuoso 
Apóstol. 

El antiguo obispo de Blois, autor de la apología 
citada, termina su interesante trabajo con los 
siguientes períodos: 

((Herrera, su único acusador, escritor recono- 
)) cido como poco verídico y que demuestra pre- 
)) vención contra Las Casas, no cita ninguna 
)) prueba de su aserción. El publicó las primeras 
)) décadas de su historia treinta años después de 
» la muerte de Las Casas. Todos los escritores 
yy contemporáneos de Herrera , y los que le fue- 
» ron anteriores, guardan silencio respecto ala 



405 

:» inculpación de los negros^ aun cuando muchos 
)) eran enemigos declarados de Las Casas.» 

Más adelante continúa como sigue: 

«Las obras de Las Gasas, lejos de presentar 
i> alguna indicación contra él, reclaman en todas 
)) partes los derechos de la libertad, y enseñan 
)) los deberes de la benevolencia eñ favor de to- 
)) dos los hombres sin distinción de color ni de 
)) país; así, los principios que siempre profesa y 
)) su invariable conducta, desmienten esa acusá- 
is cion cuyo valor pueden actualmente apreciar 
)) los espíritus imparciales. 

))Muy pocos hombres han gozado de la ven- 
)) taja de ocupar una vida tan larga como la suya 
)) con servicios tan brillantes en favor de la hu- 
í)manidad. Los amigos de la religión, délas cos- 
» tumbres, de la libertad y de las letras, deben 
)) un tributo de respeto á la memoria de aquel 
)) que Eguiara (1) llamó ornamento de la Amé- 
iiHca, y que perteneciendo á España por su na- 
» cimiento, y á Francia por su origen, puede con 
)) justo título ser nombrado el Ornamento de am- 
)) hos mundos, 

)) Los grandes hombres, casi siempre perse-^ 



(1) Escritor de Méjico en sn Biblioteca Mejicana^ art. 6^ 
De Las Casas. 



406 

»gLiidos, desean que se les recuerde en el por- 
)) venir: colocados por su genio adelante de su 
» siglo, apelan al tribunal de la posteridad; 
» y éste, heredero de sus virtudes y de sus talen- 
)) tos, debe cancelar la deuda de sus contempo- 
))ráneos. ¿Quién podrá quejarse de haber sido 
)) calumniado si á ese precio puede enjugar las 
)) lágrimas de la humanidad? Pero, al mismo 
» tiempo, es penoso obtener justicia cuando se ha 
)) dejado de existir!)^ 

La segunda apología de Las Gasas , referente á 
la misma cuestión, es una larga y eruditísi- 
ma carta escrita en 1806 por el doctor don 
Servando Mier, de Méjico, y dirigida á M. Gré- 
goire, apoyando la apología de nuestro Apóstol, 
que dejamos mencionada, publicada por aquel 
prelado. Este escritor mejicano defiende á Las 
Gasas con espíritu varonil y elocuente lenguaje, 
acumulando pruebas convincentes sobre las adu- 
cidas por M. Grégoire, que son más que sufi- 
cientes para hacer desaparecer toda duda, si al- 
guna quedase, respecto de la calumniosa acusa- 
ción, inventada contra Las Gasas. Podrá formarse 
un aproximado juicio de esta enérgica apología 
del Apóstol, escrita por Mier, por los períodos sal- 
teados que vamos á trascribir: 

(( Puesto que ningún historiador de América 
)) ha escrito cosa alguna que pueda empañar el 



407 

» noble carácter de D. Bartolomé de Las Gasas, 
)) ¿de dónde ha salido entonces y quién "ha puesto 
)) en boga la opinión de que este venerable obispo 
)) ha introducido el comercio de negros? Yo pien- 
» so que los dos autores principales ó propaga- 
)) dores de esta fábula durante el último siglo, 
)) han sido el fabulista Pau, y su acólito Robert- 
)) son : yo digo el fabulista Pau porque Sánchez 
)) Valverde , en su Historia de Santo Domingo y 
í) en una Disertación sobre el mal venéreo ; Moli- 
)) na, en su Historia de Chile; Carli, en sus Car- 
)) tas americanas, y Glavisen en sus disertaciones 
))para su Historia de líéjico han demostrado 
)) hasta la evidencia que Pau, dominado por una 
.)) especie de manía atrabiliaria contra la América 
)) y sus habitantes, tan sólo ha publicado, con el 
» tituló de Investigaciones filosóficas, un tejido de 
j) absurdas paradojas, de mentiras y de calum- 
)) nias que indican la más grosera ignorancia de 
» la verdadera historia del Nuevo mundo. La con- 
)) ñanza con que manifiesta al público que em- 
)) pleó años en investigaciones para la perfección 
» de su obra, la afectación de una sabiduría in- 
» mensa, aunque enteramente falsa y el carácter 
» absoluto y doctoral de sus decisiones, han im- 
)) puesto, no solamente á sus lectores, sino tam- 
»bien á Raynal y Robertson; pero al leer sus 
:» obras con profundidad se ve uno sorprendido 



408 

)j con tal cúmulo de errores y tan inútil elo- 
)j cuencia. 

)) Si el lector se asombra que trate yo á Pau tan 
» severamente, no tendré trabajo en justificarme; 
)) me bastará poner delante de sus ojos una nota 
)) que lanza contra Las Gasas, página 2 de su Pri- 
)) mera parte. Se ve que se habia ya declarado 
)) enemigo de los americanos, y que no podia per- 
» donar al que fué su padre y defensor. Pretenda 
)) fijar la época de la introducción del comercia 
)) de negros en América : 

« Es constante , dice , que durante los trece primeros 
años del descubrimiento de América los españoles no 
desembarcaron ningún negro. No fué hasta 1517 que se 
hizo la primer expedición regular. El plan de este co- 
mercio, desde un principio prohibido por el cardenal 
Ximenez, pero aprobado por el cardenal Adriano, habia 
sido concebido y redactado por un clérigo llamado Las 
Casas que, por la mayor extravagancia de que pueda ser 
culpable el espíritu humano , compuso un gran número 
de Memorias para probar que la conquista de América 
era una atroz injusticia, y al mismo tiempo imaginó re- 
ducir los africanos á la esclavitud para hacerles trabajar 
en un país tan injustamente conquistado, en el cual él 
mismo consintió en poseer el rico obispado de Ghiapa. 

El ministro español concedió en 1516 un privilegio ex- 
clusivo á Chievres para la compra y venta de negros, el 
cual, no hallándose en posición de sacar partido de la 
concesión, la revendió en 43.000 ducados á unos nego- 
ciantes genoveses , cuya sociedad por mucho tiempo se 



409 

llamó la Compañía Grilles. Ella debía proporcionar el 
primer año 4.000 negros de ambos sexos; pero conocía 
demasiado bien sus intereses para no eludir una parte 
de su contrato, y solamente proporcionó 1.000 esclavos á 
las Indias, la mitad hombres y la mitad mujeres, que 
desembarcaron á principios de 1517 en la isla de Santo 
Domingo. Al momento se envió la mitad á Méjico, en 
donde la despoblación era extremada. 

Estos primeros negros llegaron á valer un precio exor- 
bitante; en efecto, no se comprende por qué se permitió 
á Chievres revender una concesión que él mismo no po- 
día ejecutar, lo cual aumentaba inútilmente los gastos 
de la trata. Los genoveses, que retuvieron largo tiempo 
entre sus manos el comercio de negros para los españo- 
les, ganaron sumas considerables. 

Este tráfico odioso que ha hecho estremecer la humani- 
dad había sido autorizado, sin embargo, y concedido á los 
portugueses por una Bula del Papa en el año de 1440. El 
infante Enrique de Portugal fué el primer príncipe cris- 
tiano que se sirvió de esclavos negros, y Fernando el Cató- 
lico hizo enviar algunos á América en el año 1510 sin pe- 
dir permiso al Pontífice. En 1539 había en Lisboa un mer- 
cado público de negros y morenos, y lo que es más nota- 
ble es que se vendían también brasileros. Se encuentra en 
una carta del caballero Goes que se negociaban en aquel 
tiempo de 10 á 12.000 negros por año en Lisboa, y que 
se compraban desde 10, 12, 20, 30 hasta 50 ducados cada 
uno. En otra carta á Pablo Jove dice que los africanos 
merecían bien ser tratados como bestias , pues hablaban 
árabe y estaban circuncidados. » 

c( ¡Hé aquí una buena garantía! exclama el 



410 

)) doctor Mier. Y yo declaro que casi la totalidad 
» de este párrafo es de una falsedad absurda y 
)) una prueba perentoria de la impudencia con la 
» cual se impone este hombre. » 

Después combate uno por uno los puntos prin- 
cipales déla cita de Pau^ haciendo notar sus con- 
tradicciones^ sus anacronismos y sus imposturas 
históricas, para deducir que cuanto ha dicho res- 
pecto á Las Casas, de haber aconsejado la intro- 
ducción de esclavos negros en América, es igual- 
mente falso. 

Pau se contradice diciendo que Las Casas pro- 
puso en 1517 un plan para la trata de negros, 
que fué rechazado por el cardenal Cisneros, y 
luego añade que el ministerio español concedió 
en 1516 á Chievres un privilegio exclusivo para 
la compra y venta de negros. Pero además, Fer- 
nando el Católico murió el 23 de tínero de 1516, 
gobernando como regente Cisneros hasta fin de 
Julio de 1517 en que murió. Las Casas llegó á 
Yalladolid poco tiempo antes de la muerte de 
Cisneros, y luego aconteció lo que queda dicho 
en la página 100 á 103 y en la 108 á 110 de esta 
relación. 

También falta Pau á la verdad histórica, come- 
tiendo un inexcusable anacronismo, al decir que 
de los primeros mil negros esclavos enviados á 
las Antillas en 1517 se destinaron la mitad á Mé- 



411 

jico, puesto que Méjico fué descubierto en 151Í) 
y su capital sometida á los españoles en 1521. 

Es igualmente infundado lo que dice Pau que 
^1 Papa hubiese autorizado con una Bula á los 
portugueses para la trata de negros africanos en 
1440. No solamente no dio Pontífice alguno se- 
mejante Bula, sino que la Santa Sede ha conde- 
nado siempre la esclavitud. Esta, sin embargo, 
existía en Portugal y en España antes del descu- 
brimiento de América, y continuó por mucho 
tiempo después del descubrimiento. Pero no hay 
la menor duda que antes de 1517, en que se atri- 
buye á Las Gasas la iniciativa de introducir los 
negros esclavos en el Nuevo mundo, hablan ido 
varias expediciones y se habia legislado sobre la 
materia. Ya en 1501 ordenaron los Reyes Católi- 
cos que se permitiese enviar á América los escla- 
vos negros en poder de cristianos, y que se co- 
brasen por la Hacienda los derechos establecidos 
para este comercio. 

En 1503 el gobernador de Santo Domingo, 
Ovando, escribía al Gobierno oponiéndose á que 
enviasen más negros á la Golonia, porque se es- 
capaban con los indios , los hacían tan malos co- 
mo ellos y era imposible hacerlos volver. 

En 1^06 se mandó que los negros en América 
observasen los dias de fiesta y se prohibiese á sus 
dueños hacerles trabajar. Estas y otras muchas 



412 

citas, tomadas de las Décadas del propio Herrera,, 
prueban incontestablemente que se habian esta- 
do enviando á las Indias esclavos negros diez y 
seis años cuando menos antes de la iniciativa 
atribuida á Las Casas. 

El antiguo obispo de Blois y el doctor Mier rin^ 
den á Las Gasas la más completa justicia y lo vin- 
dican en sus respectivos escritos de la calumnio- 
sa acusación respecto á la esclavitud de los ne- 
gros, con la que han tratado sus enemigos de 
eclipsar sus virtudes y servicios eminentes á la 
causa de la humanidad. 

El éxito de los trabajos y predicaciones de Las 
Casas y de los frailes dominicos en la Tierra de 
Guerra, que habia llegado á ser el terror de los 
conquistadores, es una prueba indudable de la 
eficacia del método aconsejado por Las Gasas y 
adoptado por los misioneros. 

Cuando la rebelión del indomable cacique don 
Enrique, vemos la elocuencia y el talento per- 
suasivo del Apóstol conseguir en corto tiempo y 
sin grandes dificultades lo que repetidas y bien 
organizadas expediciones no habian podido lo- 
grar. 

Nos da también una alta idea de su arrojo el 
considerar cuan poca impresión le hacian la aver- 
sión y antipatía de que era objeto entre los pobla- 
dores del Nuevo mundo. Es raro el encontrar un 



413 

hombre dotado de tanta fe y conñanza en sí mis- 
mo que resista y no desmaye ante la reprobación 
y él odio general. 

Pero el mayor triunfo que obtuvo Las Casas 
durante su larga carrera fué , como hemos visto^ 
la proclamación de las nuevas ordenanzas de In- 
dias, verdadera recompensa á sus innumerables 
diligencias y prolongados afanes. Los conquista- 
dores, dice Robertson, representaban á los in- 
dios como á una especie imperfecta de hombres 
que la naturaleza habia marcado con el sello de 
la servidumbre, incapaces de educarse para la 
vida social y de comprender los principios de la 
religión. 

Fray Tomás Ortiz, consultado por el Consejo 
en dictamen que trascribe Herrera, á estilo de los 
fatalistas y maniqueos, califica los indios de na- 
turalmente malos sin mezcla de bien. El obispo 
Quevedo, según testimonio de Remesal, los re- 
putó ante el rey de siervos por naturaleza. Los 
castellanos de la Española , reprendidos de tantas 
crueldades como usaban con los indios, para que 
no hubiese como argüirles, llegaron á negar que 
los indios fuesen hombres, y con esto respondían 
á los que les censuraban que robasen sus perso- 
nas, hijos y haciendas, dando á entender que no 
tenian más dominio sobre lo uno y lo otro que 
las fieras del monte. 



414 

La Corte de España/ que podía restablecer at 
indígena en sus derechos, no tomaba interés 
en contradecir siquiera semejantes ideas. Pero 
en 1511 el religioso dominico Montesino levantó 
la voz en la Española contra el mal tratamienta 
que los indios recibían en los repartimientos; y 
aunque al momento una multitud de poderosos 
enemigos se levantó contra él, acusándolo de 
que predicaba contra el servicio del rey, cuan- 
do esperaban que se retractase para desvanecer 
el escándalo en el pueblo, repitió sus declama- 
ciones con más energía asegurando que en ello 
servía á Dios y al rey. 

A pesar de todo, se despacharon ciertas Orde- 
nanzas que contenían treinta y tres capítulos 
concernientes á la cantidad y calidad de trabajo^ 
alimento, castigos y demás de que hacen mención, 
y éstas fueron las primeras leyes que se dictaron 
en alivio de los indígenas. Después continuaron 
las providencias legislativas, tanto con respecto- 
á esclavos, como en orden á repartimientos, 
hasta que al fin consiguió Las Casas del Consejo 
de Indias un remedio eficaz para tantos males. 

Lamentando el barón de Humboldt en sus via- 
jes la condición de los indígenas, exclama: «Me 
;; complazco en decir que en . medio de aquellas 
)) crueldades ejercidas por los conquistadores, no 
)) faltaron algunos hombres valerosos que hacían 



)) oir algunos acentos de humanidad y de justicia: 
y) en un siglo en que no era de esperar se fundase 
)) la libertad pública sobre instituciones civiles, 
)) se trataba al menos de defender la libertad in- 
)) vidual. Las Casas, que en esta ocasión se apre- 
j) sura á dar su parecer, no pudo fundar la liber- 
)) tad pública de los indígenas en instituciones 
aciviles, porque las coloniales hasta entonces 
)) dadas no merecían este nombre: debiendo pues, 
)) reclamar la libertad indígena, acude á los prin- 
)) cipios de la moral, al derecho natural y de gen- 
)) tes, al derecho canónico y al civil de los ro- 
» manos. » 

En uno de sus tratados solicitó Las Casas la 
libertad de los esclavos, poniendo de manifiesto 
los medios viciosos con que han sido hechos, la 
injusticia y crueldad de las guerras en que han 
sido tomados y la obligación del príncipe y de los 
particulares de restituírsela. En otro aboga por la 
abolición de las encomiendas que otra vez habia 
pedido, proponiendo varias razones con que prue- 
ba que son una servidumbre equivalente á la es- 
clavitud, la cual ni la potestad real podia auto- 
rizar ni los indios soportar, ni semejante señorío 
ser confiado á los españoles, sus mortales ene- 
migos. En un tercero confiésalos afanes y angus- 
tias de los conquistadores, pero no su mérito, 
demostrando que menos habrían aventurado tra- 



416 

bajando en el país en cosas útiles, que salteando, 
robando, matando y quemando sus babi tantos: 
que lejos de servir á su Alteza Real adquiriéndole 
el imperio de aquellas innumerables gentes á su 
costa, se lo hablan quitado, destruyéndolas y to- 
mando de ellas sus tesoros : que en vez de haber- 
le granjeado las riquezas de un Nuevo mundo, 
las hablan usurpado ellos mismos; y en fin, que 
todas sus inmensas poblaciones en el espacio de 
cuarenta años, habian sido aniquiladas por los 
españoles. 

En el último periodo de la vida de Las Gasas 
vemos al Apóstol trabajar para la restitución á 
Guatemala de la Audiencia de los confines, tri- 
bunal á cuyo establecimiento liabia él tan pode- 
rosamente contribuido. 

Dotado de una constitución robusta y de una 
alma superior á las injurias, sobrevivió á todas 
sus contiendas y gozó las ventajas del triunfo. 
Vio cambiadas en aplausos las prevenciones con- 
tra sus reglas penitenciales, que fueron observa- 
das no sólo en las Indias, sino también en Es- 
paña mismo, donde muchos confesores negaban 
la absolución á los que volvían de América ó eran 
culpables de los malos tratamientos á los indios; 
y después de ser escuchado y complacido por el 
Gobierno en todo lo perteneciente á indígenas, 
llegó á ser el oráculo de los particulares intere- 



417 

sados en ellos, que le consultaban. Ya dejamos 
dicho que de todas las obras de Las Casas, la Des- 
trucción de las Indias es la más conocida en el ex- 
tranjero y de la que mayor número de traduccio- 
nes se han Hecho en diversos idiomas euro- 
peos (1). 



(1) Citaremos las siguientes ediciones en italiano, latin, 
holandés, flamenco, alemán, francés é inglés existentes en la 
Biblioteca del Museo Británico. 

Istoria^ ó brevissima relazione della distruzione deW Indie 
Occidentali... con la traduzíone in italiano di F. Bersahita. 
Venezia, 1626, en 4." 

Otra edición de la misma. Venecia, 1643, en 4.° 

Conquista delV Indie Occidentali,., tradotta in italiano ^)ér 
opera di M. Ginammi. Venezia, 1645, en 4.° 

Otro ejemplar de la misma. Venecia, 1645, en 4.° 

Narratio regionum Indicarum per Hispanos quosdam devas- 
tatarum verissima per B, Casaum. Anno 1551. 

Hispanice', anno vero hoc Latine' excusa. Francofurti, 1551, 
en 4.° 

Regionum Indicarum per Hispanos olim devastatarum accu- 
ratissima descriptio. Editio nova, correctior... Heidelbergas, 
1664, en 4.'' 

The tears ofthe Indians, being an historical and true account 
of tlie cruel massacres and slaughters of above twenty millions 
of innocent people, committed by the spaniards in tlie islands 
of Hispaniola, Cuba, Jamaica , etc. , as also in the continent 
of México, Perú, and other places of the "West Indies to the 
total destruction of those countries. Written in Spanish by 
Casaus, an madeenglish by J. Phillips. London, 1656, en 8." 

Seer cort Verhael van de destructie van d''Indienf etc. In 
Brabantsche tale... nyte Spaensche overgeset. Bruselas, 1578, 
en 4.° 

27 



418 

El napolitano Roselli^ que deseaba congra« 
ciarse con los españoles para que adoptasen su 
Suma filosófica aristotélica, intentó probar que la 
Brevísima relación de la destmccion de las Indias 
no era obra de Las Casas, sino inventada poste- 



Spieghel der Spaenscher tyrannye, in West Lidien, Waer 
inne verhaelt wort de... groiieselijcke feyten die de... Spanjaer- 
den ghebrioyct hebten. Mitsgaders de Beschryvinghe van der 
ghelegentheyt, zeden ende aert vande selve Landen ende 
Volcshen. In Spaenscher talen beschreven , etc. Amstelredam, 
1596, en 4." 

Otra edición de la misma. 1596, en 4.'* 

Otra id., id. 1607, en 4.° 

Den Spieghel van de Spaensche Tyrannie, beeldelijeken 
afgemaelt, leest breederen inliout, door hetschrijven van... 
Bartolomé de Las Casas. Amstelredam, 1609, en 8." 

Otra edición. 1621 , en 4." 

Tyrannies et cruantés des Espagnols perpetrées aux Indes 
Occidentales... diQ^criiQ?, en languecastillane par Bartolomé de 
Las Casas, traduites par J. de Miggrode. Anvers, 1579, 
en8.« 

Le Miroir de la Tirannie Espagnole perpetrée aux Indes Oc- 
cidentales. Amsterdam, 1620, en 4.^ 

Histoire des Indes Occidentales, fidelement traduite. Lyon, 
1642, en 8." 

Umhstándige warhafftige Beschreihung der Indianischen 
Landeim, so voz diesem von den Spaniern eingenommen und 
verwiist coorden, durchgehends mits scbonen Kupfferstück... 
aussgerisret, erst in Lateinischer Sprach aussgeben... Yetzt 
aher in das Tentsche übersetzt, etc. Frankfort Sur Maine, 
1645, en 4.** 

Relation des voyages et des découvertes que les espagnols ont 
Jaitdans les Indes Occidentales. Amsterdam, 1698, en 12.® 



419 

riormente por algún francés; extravagancia que 
han abrazado con gusto algunos españoles, pero 
que no se funda sino en ciertas equivocaciones 
que desaparecen desde que se lee la Vida de Las 
Gasas en Remesal y las demás obras literarias de 
este hombre célebre; mucho probar sería, con- 
tra el testimonio unánime de todos los coetáneos, 
amigos y enemigos ( que estos últimos fueron in- 
finitos) , pues todos reconocieron la obra Destruc- 
ción de las Indias como escrita por Las Gasas. 
Basta haber leido, como dice Muñoz, sus demás 
obras, para convencerse que en todas ellas hay la 
misma energía, el mismo lenguaje, el mismo es- 
píritu que anima esa relación célebre llamada 
La destrucción de las Indias. 

En la vida del venerable Las Gasas es imposi- 
ble encontrar la más pequeña causa ó motivo 
justificado para atacar acto alguno de su existen- 
cia; todo, por el contrario, demuestra que su 
conducta personal ha sido sin mancha ni repro- 
che, y sus virtudes eminentemente evangélicas 
y desinteresadas. 

No solamente ha defendido la libertad de los 
indios, sino también la libertad de todos los pue- 
blos y de todas las naciones, pues, como dice 
Llórente , sin embargo de ser subdito de un sobe- 
rano tan absoluto y poderoso como Carlos V, 
tuvo la fuerza de carácter necesaria para estable- 



420 

cer y demostrar que los reyes reinan por la vo- 
luntad de las naciones^ que no son señores de 
las tierras^ de los pueblos ni de los hombres, 
sino solamente superiores y rectores para gober- 
narlos en paz y en justicia, y defenderlos de sus 
enemigos exteriores, sin facultad para enajenar 
poblaciones ni personas, ni para imponerles tri- 
butos sin consentimiento de los habitantes. De- 
fender esas doctrinas en el sigjo xvi, fué un he- 
roísmo digno del gran Apóstol de los indios, que 
no tuvo imitadores en aquella centuria, y son 
muy contados los que con tan buena fe y espíritu 
elevado é independiente han seguido sus huellas 
en épocas posteriores. 

Una inmensa porción del género humano re- 
conoce en Las Casas su defensor constante é im- 
pertérrito; su elocuente tribuno, abogando por 
la libertad y derechos del hombre; su padre ca- 
riñoso, su consejero espiritual, su gran maestro 
y ejemplo de virtudes; y España, madre fecunda 
de tantos hombres grandes y de tantos héroes, 
puede enorgullecerse de haber dado tierra en 
donde nacer á uno de los más beneméritos de sus 
ilustres hijos, y tierra en donde descansen sus 
cenizas, aun cuando la ingratitud las tenga en el 
olvido. 

La constancia de Las Casas, su energía, su 
benevolencia y sus virtudes, forman un conjunto 



421 

magnífico^ digno por cierto de que tenga en to- 
das las edades fieles imitadores. Sus obras lite- 
rarias, encaminadas á defender la más justa de 
las causas y á generalizar la más noble y simpá- 
tica de las ideas, merecen ocupar un puesto 
preeminente en toda biblioteca, en toda librería 
popular ó clásica, en todo estudio del filósofo, 
del filántropo, del hombre público que consagre 
su existencia al alivio de las desgracias y de las 
grandes injusticias que afligen á los hombres. Y 
finalmente, España, que puede tener justa satis- 
facción en consagrar recuerdos de gratitud na- 
cional y patriótica á sus hijos más ilustres, debe- 
ría elevar un monumento digno á varón tan 
grande, que diese testimonio á las generaciones 
de que las virtudes y mérito acrisolado de los 
grandes hombres resplandece al fin al través de 
los siglos como un faro de luz inextinguible, aun 
cuando la negra envidia, el vil interés ó la ras- 
trera calumnia hayan conseguido eclipsar por 
mucho tiempo las vibraciones luminosas de sus 
destellos.' 

El viajero que penetra en España con entu- 
siasta deseo de estudiar sus recuerdos históricos, 
de visitar slis monumentos célebres, de saludar 
con admiración y respeto sus granitos, mármo- 
les y bronces consagrados á los grandes hombres 
que produjo la península Ibérica, y han llenado 



422 

el mundo con su nombre^ preguntará en todas 
las capitales por una estatua consagrada al céle- 
bre Apóstol de los indios, al infatigable propa- 
gandista de la libertad, al inmortal Bartolomé de 
las Casas, clérigo, fraile dominico y obispo de 
Ghiapa... ¡Pregunta vana! ¡Triste desengaño! Los 
historiadores, los eruditos, los contados amantes 
de las glorias nacionales le conocen y le admi- 
ran. Pero la nación no le ha hecho justicia toda- 
vía : el fervoroso Apóstol de los indios, el virtuoso 
obispo de Ghiapa, el célebre fray Bartolomé de 
las Gasas, no tiene hasta ahora un monumento 
consagrado á su ilustre memoria en la patria que 
le dio el ser. Tal es la triste recompensa que la 
ingratitud depara á los más grandes bienhechores 
de la humanidad. 



FIN 



APÉNDICE 



CON VARIOS DOCUMENTOS REFERENTES Á LA HISTORIA 

DE 

FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS 

sus TIEMPOS Y SU APOSTOLADO 



APÉNDICE A. 



BULA DE SU SANTIDAD PAULO III 



EN FAVOR DE LOS INDIOS. 



TEXTO. 

« Paiihis Papa tertius 
wiiversis Ghristi fídeliMs 
prmsenies litteras inspec- 
turis sahítem et Apostoli- 
cam denedictionem. Subli- 
mis Deus sic dilexit huma- 
?iiim gemís, ut Jiominem 
talem condiderit qui non 
soliim loni sicút cmterce 
creatuTcB particeps ' esset, 
sed ipsum Summum Bonum 
in accesibile el invisibile 
attíngere et facie ad fa- 
ciem mdere posset : et cum 
homo ad mtam et leatitu- 
dinem ceternam oieundam, 
etiam sacrarum literarum 



TRADUCCIÓN. 

« A todos los fieles Cris- 
tianos que de estas letras 
tuvieren noticia. Paulo III, 
Papa, les desea salud en 
Cristo nuestro Señor, y les 
envia su bendición apostó- 
lica. Amó con tanto extre- 
mo al género humano el 
excelente Dios, que hizo de 
tal suerte al hombre, que 
no sólo participase del bien 
como las demás criaturas, 
sino que le dio capacidad 
para que al mismo Sumo 
Bien le pudiese mirar de 
hito en hito, y gozarle sien- 
do en sí invisible, y que 



426 



testimonio, creatus sit, et 
hanc mtam et leatitudi- 
nem ceternam, nemo con- 
sequi 'caleat, nisi per fidem 
Domini nosiri Jesu Chrisii 
fateri necessé est, hominem 
talis conditio7iis etnatiirce 
esse, ut Fidem Christi red- 
perepossity et quemqunque; 
qui naturam hominis for- 
iitus est ad ipsam Fidem 
recipiendam halilem esse. 
Neo enim quisque adeo 
desipere creditur, ut se 
secredat Fidem oMinere 
possey et médium summé 
necessarium , nequáquam 
attingere. Hinc neritas ip- 
sdy quce neo falli, nec /at- 
iere potesty cumprcedicato' 
resfidei adoffitium prcedi- 
cationis destinaret, dixis- 
se dignoscitur, Euntes, do- 

CETE OMNES GENTES. OmneS 

dixit, adsqué omni deletu» 
cum omnes fldei disciplina 
capaces existant. Quód vi- 
dens et invidens ipsius hu- 
mani generis emulus qui 
bonis operibus, ut pereant 
semper adversatur, modum 
excogavit ac temis in au- 



nadie le puede dar alcance; 
y como el hombre haya 
sido criado, según refieren 
las divinas letras , para go- 
zar de la vida y bienaven- 
turanza eterna, la cual nin- 
guno puede alcanzar sino 
es mediante la Fe de Jesu- 
cristo , es forzoso que con- 
fesemos ser el hombre de 
tal condición que la puede 
recibir en sí , y que cual- 
quiera que tenga la natu- 
raleza de hombre es capaz 
de recibir la Fe. Porque no 
es creíble que alguno sea 
de tan poco juicio que crea 
que puede alcanzar la Fe, 
y no el medio precisamente 
necesario para ella. De aquí 
procede que Cristo , que es 
la misma verdad, que ni 
puede engañar ni ser enga- 
ñado, dijo á los predicado- 
res de la fe cuando los es- 
cogió para este oficio: /d, 
enseñad d todas las gentes. 
A todos dijo, sin ninguna 
excepción , porque todos 
son capaces de la doctrina 
de la fe. Lo cual como fue- 
se visto y envidiado por el 



427 



diturUy quo impedir et, ne 
verhim Dei gentihis salve 
fiereni, predicaretur ^ ac 
quosdam suos satélites com- 
movitf qui suam cupidita- 
tem ad implere cupientes 
occidentales, et meridiona- 
les Indos, et alias gentes, 
que temporibus istis ad 
nostram noiitiam pervene- 
runt, sub prcetextu, qudd 
Fidei Ca to Ucee exper tes 
existant^ uti muta anima- 
lia ad nostra obsequia re- 
digendos esse passim asse- 
rere prasumat, 

» Nos igitur qui eiusdem 
Domini Nostri vices, licét 
immeriti, gerimus in ter- 
ris, et oves gregis sui no- 
dis commissas, qum extra 
eius ovile sunt, ad ipsum 
ovile toto nixu exquiri- 
mus. A ttendentes Indos ip- 
sos, utpoté veros homines, 
non soliim Christiance Fi- 
dei capaces existere, sed ut 
nodis innotuit, ad fidem 
ipsam promptissimé curre- 
re. Ac volentes super Jiis 
<:ongruis remediis provide- 
re, pr ¿edictos Indos et om- 



enemigo del género huma- 
no, opuesto á todas las 
buenas obras, para que no 
lleguen las gentes á su fin, 
inventó un modo hasta aho- 
ra jamás oido , con el cual 
impidiese la predicación de 
la palabra de Dios á las 
gentes porque no se salva- 
sen, induciendo á algunos 
de sus allegados que con 
deseo de darle gusto no du- 
dan de publicar que los In- 
dios occidentales y meri- 
dionales y otras gentes que 
en estos tiempos á nuestra 
noticia han venido, se ha 
de usar de ellos como si 
fuesen animales mudos pa- 
ra nuestro servicio, bajo 
pretexto de que no son aptos 
para recibir la Fe Católica. 
« Pero NoS:, que aunque 
indignos tenernos en la tier- 
ra el poder de nuestro Se- 
ñor y con todas nuestras 
fuerzas buscamos para traer 
á su rebaño por estar fuera 
del, las ovejas que nos es- 
tán encomendadas, consi- 
derando que los indios, 
como verdaderos hombres, 



428 



nes alias gentes ad 7idti- 
ciam Chnstianoní7íi im- 
posterum deventuras , licét 
extra Fidem Christi exis- 
tant sua libértate he renim 
siianim dominio privatos, 
seü privandos non esse. 
Jmd libértate et dominio 
Jiuiusmodi, titi et potiri, et 
gaudere, liberé et licité 
posse, 7iec in servitutem 
redigi deberé. Ac si secüs 
fieri contigerit irritum et 
imiane. Ipsosqiie Indos et 
alias gentes mrbi Beiprce- 
dicatione et exemplo bonm 
mt(B ad dictam Fidem 
Christos invit andas fore, 
et prcesentium literarum 
transumptis manu aliciiius 
Notarii publici subscrip- 
tis^ de sigillo alicuius per 
soné in dig^iitate Eclesiás- 
tica constitiitm munitis, 
eamdem fidem adkiben- 
dam esse, que originalibiis 
adhi bere tur au tliori ta te 
Apostólica per presentes 
litteras decernimus et de- 
claramus. Non osbtanti- 
bus premissis, ceterisque 
contrariis qtiibuscumqiie. 



no sólo son capaces de la 
Fe Cristiana, sino que la 
apetecen con deseo, según 
estamos informados. Que- 
riendo evitar con suficien- 
tes remedios tales inconve- 
nientes , por estas nuestras 
letras ó por su traslado fir- 
mado de algún notario pú- 
blico y sellado con el sello 
de alguna persona que ten- 
ga dignidad eclesiástica , al 
que se dé el mismo crédito 
que al original, determina- 
mos y declaramos, no obs- 
tante lo dicho ó lo que ha- 
ya en contrario, que los 
dichos indios y todas las 
demás gentes que en lo 
adelante vinieren á noticia 
de los cristianos, aunque 
más están fuera de la Fe de 
Jesucristo, que en ninguna 
manera han de ser privados 
de libertad y del dominio 
de sus bienes , y que libre 
y lícitamente pueden y de- 
ben usar de su libertad y 
gozar de ella y del dominio 
de sus bienes, y en ningún 
modo se deben hacer escla- 
vos. V si lo contrario suce- 



429 



Batum RomcB Anno Domi- 
ni millessimo quing entes- 
simo trigessimo séptimo. 
Quarto nonas Junii, Ponti- 
ficattis nosiri, Anno ter- 
tio.» 



diera no tenga valor ni 
fuerza. Determinamos y de- 
claramos todo por autori- 
dad apostólica , que los di- 
chos indios y otras gentes 
sus semejantes , han de ser 
llamados á la Fe de Jesu- 
cristo con la predicación de 
la palabra de Dios, y con 
el ejemplo de la buena y 
santa vida. Dado en Roma 
año del Señor 1537, el ter- 
cero de nuestro Pontifi- 
cado. « 



430 



APÉNDICE B. 



PROVISIÓN OBTENIDA POR FRAY BARTOLOMÉ DE LAS GASAS, del 
REY Don Carlos V, para lmpedir que entrasen los 
ESPAÑOLES en LA LLAMADA Tierra de guerra. 

« Don Carlos, &c. A vos los nuestros Governadores de 
las Provincias de Guatemala , Chiapa , Honduras , é á 
vuestros Lugartenientes , é á otros qualesquier nuestras 
justicias de las dichas Provincias, é á otros cualesquier 
personas de cualquier estado y condición que sean, ó á 
quien lo contenido en esta nuestra carta toca é atañe, é 
á cada uno é cualquier de vos, á quien esta nuestra carta 
fuere mostrada, ó su traslado firmado de escribano pú- 
blico ó della supiéredes en cualquier manera. Salud é 
gracia. Sepades , que frey Bartolomé de Las Casas, de la 
orden de Santo Domingo nos ha hecho relación, que el, 
y frey Pedro de Ángulo, y otros Religiosos de su orden- 
han entendido, por via de paz, é persuasión de traer en 
nuestro servicio é conocimiento de nuestra Santa Fé Ca- 
tólica á los naturales de las Provincias que por la parte 
de esa Provincia de Guatemala se'llamanTuzutlutlan, y 
han trabajado en ello, hasta que ciertos principales de 
las Provincias vinieron á verse con ellos en un pueblo de 
paz, que él, y los dichos Religiosos, con celo de servir á 



431 

nuestro Señor, ofreciendo fé á todo martirio, quieren 
proseguirlo que han comenzado, y procurar con per- 
suasión é predicación convertir á los Indios de las dichas 
Provincias, é de otras que confinan con ellas , é Iraellas 
á nuestro servicio é conversión de los Ghristianos: con 
tanto , que lo que en ellos así entendieren en atraer de paz 
ninguna persona entre en ella por via de guerra, ni otra 
manera, ni contratación ninguna, ni envien negro, ni 
indio, ni español , por mar ni por tierra por tiempo de 
cinco años ; é nos suplicó le mandásemos así proveer, é 
vos mandásemos que vosotros no les pusiesedes en ello 
impedimento alguno, antes los favoreciésedes é ayuda- 
sedes para ello so graves penas que para ello vos man- 
dásemos poner, ó como la mi merced fuese. » 

« Lo qual visto por los del nuestro Consejo de Indias, 
considerando el gran servicio que en esto se puede hacer 
á nuestro Señor, é bien á los naturales de essas Provin- 
cias, fué acordado que debiamos de mandar dar esta 
nuestra carta en la dicha razón, é nos tuvímoslo por 
bien. Por lo cual queremos é mandamos, que en lo que 
pacificaren el dicho frey- Bartolomé de Las Gasas é frey 
Pedro de Ángulo, é los otros religiosos de su orden es- 
tando en ello, y en lo que trataren de pacificar en los lí- 
mites é confines de esas Provincias por término de cinco 
años no entre ninguna, ni alguna persona á hacer guerra, 
ni á saltear ni á escandalizar ni alborotar los dichos In- 
dios, ni por via de comercio, ni otra manera alguna den- 
tro de los dichos límites de vuestras gobernaciones, en 
todo lo que estuviere de guerra, so pena que el que lo 
contrario hiciere sea perpetuamente desterrado de la 
Provincia donde viviere, é de todas las Indias é Islas del 
mar Océano, é de perdimiento de la mitad de todos sus 



432 

])ienes para la nuestra Cámara, las guales vos las dichas 
nuestras justicias executad en sus personas (3 bienes.» 
«E si antes de los dichos cinco años, frey Bartolomé 
de Las Casas é frey Pedro de Ángulo 6 los dichos Reli- 
giosos de la dicha orden, vieren que se debe imponer al- 
gún tributo en algunos de los Indios que trageren de 
paz, é les pareciere que conviene que se envié persona 
que los coja, proveeréis vos los dichos Gobernadores, ó 
cualquier de vos en cuyo límite estuviere la Provincia 
que ansi hubieren conquistado, de enviar persona cuál 
convenga, para que los cobre y tenga cuenta y razón de- 
llos. E porque lo susodicho sea público é notorio á todos, 
é ninguno dello pueda pretender ignorancia , mandamos 
(jue esta nuestra carta sea pregonada en las gradas de la 
ciudad de Sevilla, y en las ciudades de Méjico y San- 
tiago de Guatemala y en la ciudad de Ciuda(Jreal de 
Ghiapa , y en la villa de Tabasco, y en la ciudad de Gra- 
cias á Dios, y en la villa de San Pedro y en la ciudad de 
Trujillo, por pregonero, é ante escribano público. Dada 
en Madrid á 17 dias del mes de Octubre de 1540 años. 
Frater Garcías Cardinalis Hispalensis. Yo Pedro de los 
Cohos Secretario de su Cesárea e Católicas Magestades lo 
fice escribir, por sumandado. El Gobernador en su nom- 
bre, El Doctor Beltran Episcopus Lucensis, El Doctor 
Bernal. El Licenciado Gutierre Velazquez. Registrada, 
Ochoa de Luyando. Por CJuinciller Blas de Sayahedra.» 



433 



APÉNDICE C. 



ۃDULA REAL para que se castiguen las personas que nq 

GUARDEN LAS VARL\S CÉDULAS Á FAVOR DE LOS INDIOS. 

« El Rey, Presidente é Oidores de la nuestra Audiencia 
é Ghancillería real de la Nueva España, é nuestros Go- 
hernaderos de las Provincias de Guatemala é Ghiapa , é 
Honduras , é á cada uno 6 gualquier de vos á quien esta 
mi cédula fuere mostrada, ó su traslado signado de Es- 
cribano público. Sabed que frey Bartolomé de Las Gasas 
y frey Rodrigo de Ladrada é frey Pedro de Ángulo , y 
otros Religiosos de su Orden, con celo de servir á nuestro 
Señor, quieren procurar con predicación é persuasión de 
traer de paz y á nuestro servicio y obediencia y en cono- 
cimiento de nuestra santa fé católica los Indios de las 
Provincias de Tezulutlan é de otras á ellas comarcanas. 
E Nos para que esta buena obra se consiga les hemos 
dado ciertas provisiones é cédulas nuestras. E ahora por 
parte de los dichos religiosos me ha sido hecha relación, 
que podria ser que algunas personas no quisiesen guar- 
dar é cumplirlo en las dichas provisiones é cédulas con- 
tenido. Lo cual sería causa de que cesase de se efectuar 
la dicha pacificación é conversión, de que Dios nuestro 
Señor é Nos seriamos deservidos. Por ende, que me su- 

28 



plicaban vos mandase que á los que fuesen y pasasen 
contra nuestras provisiones los castigásedes conforme á 
justicia , ó como la mi Merced fuese. É yo túvelo por 
bien. Porende yo vos mando que veáis lo susodicho é á 
las personas que os constare que han ido ó pasado, o fue- 
ren ó pasaren contra nuestras provisiones é cédulas, los 
castiguéis como vieredes que sea justicia, é non fagades 
ende al por alguna manera. Fecha en la Villa de Madrid 
á 17 dias del mes de Octubre de 1540 años. Frater Gar- 
das^ Cardinalü Hispalensis. Por mandado de S. M. El 
Gobernador en su nombre. Pedro de los Cobos.» 



435 



APÉNDICE D 



CARTA QUE SU MAGESTAD CARLOS V escribe al Cacique 
Don Jorje de Tegpanatitan , agradeciéndole los 

SERVICIOS PRESTADOS Á LaS CaSAS Y Á OTROS RELIGIOSOS. 

« El Rey. Don Jorje Principal del pueblo de Tegpana- 
titan que es en la Provincia de Guatemala. Por relación 
de fray Bartolomé de Las Gasas he sido informado, que 
haveis trabajado en pacificar, y traer de paz los naturales 
de las provincias de Tezulutlan que estaban de guerra, 
y el favor y ayuda que para ello habéis dado al dicho 
fray Bartolomé de Las Gasas y fray Pedro de Ángulo y 
á los otros Religiosos que en ello han entendido. Lo qual 
os agradezco y tengo en servicio, y ansi os encargo lo 
continuéis, hasta que del todo los naturales de las dichas 
Provincias vengan en conocimiento de nuestra Santa Fé 
Gatolica, y estén debajo de nuestro yugo y servicio como 
vasallos nuestros, y quando los dichos fray Bartolomé 
de Las Casas, y fray Pedro de Ángulo, ó qualquiera 
dellos, ó sus compañeros hubieren de entrar en las.dichas 
Provincias, que asi están de guerra , entréis juntamente 
con ellos, é llevéis con vos las personas, é principales con 
quien habéis entendido hasta ahora en la dicha pacifica- 
ción. Teniendo por cierto , que así de lo que me habéis 



436 

servido , como de lo que de aqui adelante me sirviéredes, 
tendré memoria para os hacer la merced que hubiere 
lugar, y asi enviamos á mandar á nuestro Gobernador 
de esta Provincia , y al Obispo de ella que os favorezca ó 
no consientan ni den lugar que se os impongan servicios 
inmoderados. De Madrid á 17 dias del mes de Octubre 
de 1540 años. Frater Gardas Cardinalis Hispalensis. Por 
mandado de S. M. El Gobernador en su nombre. Juan 
de Samano. » 



437 



APÉNDICE E. 



CÉDULA DEL REY DON CARLOS V al Provincial de la orden 
DE San Francisco en la Nueva España , para que per- 
mitan Á FRAY Bartolomé de Las Gasas y otros llevar 
algunos indios músicos. 

«El Rey. Venerable Provincial de la Orden de San 
Francisco en la Nueva España, ó á vuestro Vicario gene- 
ral. Sabed, que fray Bartolomé de Las Casas, y fray 
Rodrigo de Ladrada, y fray Pedro de Ángulo y otros re- 
ligiosos de su orden , con celo de servir á nuestro Señor, 
quieren procurar con predicación y persuasión , de traer 
de paz y á nuestro servicio y obediencia , y en conoci- 
miento de nuestra santa fé católica , los Indios de las 
provincias de Tezulutlan , que son en la provincia de 
Guatemala, y de otras á ellas comarcanas. Los cuales nos 
han hecho relación, que por poder mejor efectuar la 
susodicho, habrían menester algunos Indios que supiesen 
tañer ministriles, altos, é chirimías, é sacabuches, é flau- 
tas, é algunos cantores de los que hay en los monasterios 
de vuestra orden de esa provincia ; porque con la música 
podrían mas brevemente atraer á los Indios de las dichas 
provincias al conocimiento de nuestra santa fé. Y me su- 
plicaron vos mandase escribir para que se los diésedes 6 



438 

como la mi¿i merced fuese. E porque como veis , si lo 
susodicho se efectuase. Dios nuestro Señor, é nos seria- 
mos dello muy servidos. Por ende yo vos encargo y 
mando que de los Indios cantores y que supieren tañer 
ministriles é chirimías , y sacabuches y flautas que hu- 
biere en los monasterios de vuestra orden deesa Provin- 
cia, deis á los dichos fray Bartolomé y fray Rodrigo de 
Ladrada é fray Pedro Ángulo ó cualquiera dellos, los que 
os pareciere que pueden aprovechar, para que vayan con 
ellos á entender en la dicha pacificación , que en ello me 
serviréis. Fecha en la Villa de Madrid á 17 dias del mes 
de Octubre de 1540 años. Frater Garcías, Cardinalis 
Hispalensis. Por mandado de S. M. El Gobernador en su 
nombre. Juan de Samano.» 



4:i9 



APÉNDICE F. 



CARTA DEL REY DON CARLOS V al virey Don Antonio de 
Mendoza para que permita á fray Bartolomé de las 
Casas y otros, llevar indios de Nueva España á Te- 

ZüLUTLAN. 

«Don Antonio de Mendoza , nuestro Visorey ó Gober- 
nador de la Nueva España, ó Presidente de la Chancille- 
ría Real que en ella reside. Fray Bartolomé de Las 
Casas, y fray Rodrigo de Ladrada, y fray Pedro de Án- 
gulo, de la Orden de Santo Domingo, me han hecho re- 
lación que para entender en la pacificación y conversión 
de los naturales de las Provincias de Tezulutlan , que son 
en la Provincia de Guatemala, ó de otras á ella comar- 
canas, de que se han encargado, tienen necesidad de 
algunos Endios de los de esa tierra. E me suplicaron vos 
mandase que les dejasedes llevar consigo todos los Indios 
que se quisiesen ir con ellos, ó con alguno dellos de su 
voluntad, aunque estuviesen en Iglesia, ó Monasterio, ó 
casa de Religión, y aunque fuesen oficiales de cualquier 
oficio que fuese, ó como la mi merced fuese. Porende yo 
vos encargo c mando, que veáis lo susodicho, é proveáis 
lo que conviene al servicio de Dios nuestro Señor, ó 
nuestro, é bien de los naturales de esa tierra. Fecha en 
Madrid á 17 dias del mes de Octubre de 1540. Frater 
Gargias^ Cardinalis Hispáleyísis. Por mandado de S. M. 
El Gobernador en su nombre. Pedro de los Cobos. » 



440 



APÉNDICE G. 



CARTA DEL REY DON CARLOS V al Gobernador de la Pro- 
vincia DE Guatemala, para que no impidan que los Ca- 
ciques ACOMPAÑEN Á LOS FRAILES DE SaNTO DOMINGO EN 
SUS PREDICACIONES POR LA TiERRA DE GUERRA. 

«El Rey. Nuestro Gobernador de La Provincia de Gua- 
temala, ó vuestro Lugarteniente en el dicho oficio, ó á 
otras qualesquiera justicias della, á quien esta mi cédula 
fuere mostrada. Sabed, que yo he sido informado, que 
don Juan, gobernador del pueblo de Atitan, y don Jorje 
Principal , del pueblo de Tecpanatitan, y don Miguel 
Principal, del pueblo de Zizicaztenango, y don Gaspar 
Principal, del pueblo de Tquizistlan, juntamente con 
fray Bartolomé de Las Casas, é fray Pedro de Ángulo, 
han trabajado en traer de paz los naturales de las Pro- 
vincias de Tezutlan, que están de guerra. A los quales 
dichos Principales he mandado escribir, encargándoles 
(jue juntamente con los dichos religiosos, ó con cual- 
quiera dellos entren en las dichas Provincias que asi 
están de guerra , y procuren de traer de paz á los natu- 
rales dellas. E porque podria ser que alguno de vosotros- 
quisiese impedir ó impidiese á los dichos Caciques que 
no fuesen á entender en lo susodicho : lo cual seria 



441 

causa que se dejase de efectuar una obra tan buena. Ya 
vos mando, que si los dichosPrincipales de su voluntad 
quisieren ir á entender en la dicha pacificación, los de- 
jéis y consintáis ir libremente, sin que en ello les pon- 
gáis ni consintáis poner embarazo ni impedimento al- 
guno, antes los ayudéis y favorezcáis en lo que se les 
ofreciere para el viaje, que en ello me serviréis. Fecha 
en Talavera ;í 28 dias del mes de Enero de 1541. Frater 
Gfarcias. Cardinalis Hispalensis. Por mandado de S. M. 
El gobernador en su nombre. Juan de Samano. » 



442 



APÉNDICE H. 



CARTA DEL PRINCIPE DON FELIPE á los religiosos de 
Santo Dommingo en Chiapa. animándolos á 
perseverar en sus predicaciones en favor de los 
Indios. 

«El Principe. Devotos Padres religiosos de la orden de 
Santo Domingo, que entendéis en la predicación y con- 
versión de los Indios del Obispado de Ghiapa. Por rela- 
ción del Reverendo en Cristo P. Don F. Bartolomé de 
Las Casas, Obispo de ese Obispado, he sido informado 
de lo mucho que habéis trabajado y trabajáis en esa 
santa y buena obra en que entendéis. En lo cual habéis 
mostrado y mostráis bien vuestra religión y el celo que 
tenéis al servicio de Dios N. S. y ampliación de nuestra 
íe católica y bien de esas gentes, y pues la obra es tal y 
el premio de ella os será tan grande , mucho os encargo 
continuéis lo que habéis comenzado y os animéis y ex- 
forceis á ello sin que os sean contrarias las vejaciones y 
molestias que en ello se ofrecieren, que con brevedad se 
dará orden de enviar mas religiosos, para que os ayuden 
y tomen parte de esos trabajos que en servicio de N. S. 
tomáis. De los cuales yo mandaré tener memoria para 
que recibáis siempre merced y favor en lo que hubiere 
lugar. Fecha en Moncon á 22 dias de Julio de 1547. Yo 
el Principe. » 



443 



APÉNDICE I. 



«ARTA DEL PRINCIPE DON FELIPE á Don Pedro, Cacique 

de Chiapa, dándole gracias por sus servicios y co- 
municándole QUE será desagraviado de las vejaciones 
Y molestias sufridas. 

«Por el Principe. A Don Pedro Cacique de Chiapa. El 
Principe. Don Pedro Cacique del pueljlo de Chiapa del 
Obispado de Ciudad Real. Por relación de don fray 
Bartolomé de Las Casas, Obispo de ese Obispado, he sido 
informado de lo que habéis trabajado en ayudar á los 
religiosos de la orden de Santo Domingo, para que los 
Indios de ese pueblo y provincia sean instruidos y en- 
señados en las cosas de nuestra santa fé Católica, y el 
fav.or y ayuda que para ello habéis dado. Lo cual os 
agradezco y tengo en servicio, y asi os encargo y mando 
lo continuéis, hasta que del todo los naturales de esa 
provincia vengan á conocimiento de nuestra santa fé 
■católica, que de lo que en ello habéis servido y sirviére- 
des yo mandaré tener memoria para vos hacer la mer- 
ced que hubiere lugar. » 

» Y asi mismo he sido informado del dicho Obispo de 
las vejaciones y molestias que los españoles os han he- 
cho á causa de haber ayudado á los dichos religiosos en 



444 

lo susodicho, y que por ello y por otras cosas que se im- 
pusieron, un Alcalde ordinario de esa ciudad real de 
Chiapa os privó de vuestro cacicazgo, é vos puso otras 
penas, sobre lo cual yo he mandado que brevemente se 
os haga justicia, y asi se hará de manera que vos seáis 
desagraviado del daño que habéis recibido, como alia 
veréis. Fecha en Moncon á 22 dias del mes de Julio 
de 1547 años. Yo el Príncipe. Por mandado de su Al- 
teza. Francisco de Ledesma. » 



445 



APÉNDIGP] J. 



CARTA DEL PRINCIPE DON FELIPE á Don Miguel y otros 
Caciques de Tuzulutlan , felicitándolos por su 

CONVERSIÓN AL CRISTIANISMO, Y MANDÁNDOLES SE REÚNAN 
EN PUEBLOS. 

« Por el Principe. A Don Miguel , y á los otros Caci- 
ques de Tuzulutlan. El Principe. D. Miguel y los otros 
caciques de Tuzulutlan. Por relación de don fray Barto- 
lomé de Las Gasas Obispo de la Provincia de Ghiapa ó de 
los religiosos de la orden de Santo Domingo, que resi- 
den en esas provincias , he sido informado de la voluntad 
con que habéis venido en el conocimiento de Dios nues- 
tro Señor y recibido su santa fé católica, y desecho los 
templos, y quemados los ídolos que teniades con que vi- 
viades engañados, idolatrando íi los demonios, quitando 
la honra al verdadero Dios , á quien todos debemos ado- 
rar y servir, y hémenos mucho holgado dello por vues- 
tro bien y salvación, porque perseverando en lo que ha- 
béis comenzado en servicio de nuestro Señor, el os alum- 
brará guiará en vuestras cosas, para que alcancéis el 
fin para que todos fuimos criados que es gozar de su di- 
vina Magostad para siempre en su reino que á todos nos 
está aparejado sirviéndole como somos obligados, y pues 



. 446 

el premio que Dios os promete por un pequeño servicio, 
es tan grande , yo os encargo que continuéis lo que ha- 
béis cortienzado, é con todo cuidado y diligencia os des- 
veléis en recibir la doctrina cristiana y en procurar que 
la reciban todos los vecinos de esas Provincias vuestros 
sugetos, y en ayudar y favorecer á los dichos religiosos. 
Que demás de hacer vosotros lo que os conviene para, 
vuestra salvación, yo tendré memoria de lo que habréis 
hecho é servido, y de lo que sirviéredes en trabajar que 
los otros Caciques y pueblos que no han venido hasta 
ahora á nuestra santa fé vengan á ella, para os hacer 
merced en lo que hubiere lugar. Y porque una de las 
cosas que parece que mas convienen para vuestra doc- 
trina y cristiandad y de los otros vecinos de esas otras 
provincias, es juntaros y hacer pueblos de las casas que 
estén derramadas y esparcidas, yo os mando que con- 
forme á lo que acerca dello os dirán los dichos religiosos 
procuréis de juntaros y haceros poblaciones juntas por 
la orden que dichos religiosos os dieren. Fecha en Mon- 
con de Aragón á 11 dias del mes de Octubre de 1547 
años. Yo el Príncipe. Por mandado de su Alteza, Juan 
de Samano. » Está señalada del Consejo. 



447 



APÉNDICE K. 



EXTRACTOS DE ÜN\ REPRESENTACIÓN INÉDITA CONTRA FRAY BAR- 
TOLOMÉ DE LAS CASAS, escrita en 1555 al emperador por 

FRAY TORIBIO MOTOLINIA. (GOLECCION DEL Sr. U&UINA.) 

Empieza diciendo que no debia tenerse por injusto el 
haber quitado á los mejicanos el señorío de aquella 
tierra, pues ellos no eran sino usurpadores de ella, ha- 
biéndosela ganado á los culüas , los cuales hablan á su 
vez dominado á los chichimecas y otomies sus primeros 
pobladores; mucho más cuando recibían tantos bienes 
de la predicación del Evangelio y su conversión al cris- 
tianismo. Después entra en materia contra Las Gasas. 



« Dice el de Las Gasas que todo lo que aquí tienen los 
españoles , todo es mal ganado aunque lo hayan habida 
por grangerías; y acá hay muchos labradores y oficiales, 
y otros muchos que por su industria y sudor tienen que 
comer. Y para que mejor se entienda como lo dice ó im- 
prime, sepa Y. M. que puede haber cinco ó seis años, 
que por mandado de Y. M., y de vuestro consejo de In- 
dias , me fué mandado que recogiese ciertos confisiona- 
rios que el de Las Gasas dejaba acá en esta Nueva Es- 



448 

paña escritos de mano entre los frailes, é yo busque to- 
dos los que había entre los frailes menores , y los di á 
don Antonio de Mendoza vuestro visorey , y él los quemó, 
porque en ellos se contenían dichos y sentencias falsas 
y escandalosas. Agora en los postreros navios que apor- 
taron á esta Nueva España, han venido los ya dichos 
confesionarios impresos , que no pequeño alboroto y es- 
cándalo han puesto en toda esta tierra, porque á los con- 
quistadores y encomenderos y á los mercaderes los llama 
muchas veces tiranos, robadores, violentadores, rapto- 
res, predones; dice que siempre ó cada dia están tirani- 
zando los indios. Así mismo dice, que todos los tributos 
de indios son y han sido mal llevados injusta y tiránica- 
mente. Si así fuese buena estaba la conciencia de V. M., 
pues tiene y lleva V. M. la mitad ó mas de todas las pro- 
vincias y pueblos mas principales de esta Nueva España, 
y los encomenderos y conquistadores no tienen mas de 
lo que V. M. les manda dar, y que los indios que tuvie- 
ren sean tasados moderadamente , y que sean bien tra- 
tados y mirados , como por la bondad de Dios el dia de 
hoy lo son casi todos , y que les sea administrada doc- 
trina y justicia. Así so hace, y con todo esto el de Las 
Gasas dice lo ya dicho y mas, de manera que la princi- 
pal injuria ó injurias hace á V. M. y condena á los le- 
trados de vuestros consejos, llamándolos muchas veces 
injustos y tiranos, y también injuria y condena á todos 
los letrados que hay y ha habido en toda esta Nueva 
España, así eclesiásticos como seculares, y á los presi- 
dentes y abdiencias de V. M., porque ciertamente el 
marqués del Valle y don Sebastian Ramírez Obispo , y 
^on Antonio de Mendoza , y don Luis de Velasco que 
agora gobierna con los oidores , han regido y gobernado 



449 

y gobiernan muy bien ambas repúblicas de españoles é 
indios...» 



«Por cierto para unos poquillos cánones que el de 
Casas oyó , él se atreve á mucho , y muy grande parece 
su desorden ; y peca su humildad : y piensa que todos 
yerran , y aquel solo acierta , porque también dice estas 
palabras que se siguen á la letra: «Todos los conquista- 
» dores han sido robadores, raptores, y los mas califica- 
»dos en mal y crueldad que nunca jamas fueron, como 
)) es á todo el mundo ya manifiesto.» Todos los conquis- 
tadores, dice, sin sacar ninguno : ya sabe V. M. las ins- 
trucciones y mandamientos que llevan y han llevado los 
que van á nuevas conquistas, y como las trabajan de 
guardar , y son de tan buena vida y conciencia como el 
de Las Gasas, y de mas recato y santo celo. Yo me ma- 
ravillo como V. M. y los vuestros consejos han podido 
sufrir tanto tiempo á un hombre tan pesado, inquieto é 
importuno y bullicioso y pleitista en hábito de religión; 
tan desasosegado , tan mal criado, y tan injuriador y 
perjudicial, y tan sin reposo. Yo ha que conozco al de 
Las Gasas quince años , primero que á esta tierra viniese; 
y él iba á la tierra del Perú , y no pudiendo alia pasar, 
estuvo en Nicaragua y no sosegó allí mucho tiempo , y 
de allí vino á Guatemala , y menos paró allí , y después 
estuvo en la nación de Guaj acá , y tampoco reposo tuvo 
allí como en las otras partes , y después que aportó á Mé- 
jico, estuvo en el Monasterio de Santo Domingo, y en él 
luego se hartó y tornó á vaguear y andar en sus bullicios 
y desasosiegos , y siempre escribiendo procesos y vidas 
agenas, buscando los males y delitos que por toda esta 

29 



450 

tierra habían cometido los españoles para agraviar y en- 
carecerlos males y pecados que han acontecido; y en 
esto parece que tomaba el oficio de nuestro adversario, 
aunque pensaba ser mas celoso y mas justo que los otros 
cristianos, y mas que los religiosos, y el acá apenas 
tuvo cosa de religión... » 



«Después de esto acá siempre anduvo desasosegado 
procurando negocios de personas principales , y lo que 
allá negoció fué venir obispo de Ghiapa , y como no cum- 
plió lo que acá prometió negociar , el padre fray Domin- 
go de Betanzos, que lo tenia bien conocido, le escribió 
una carta bien larga, y fué muy pública, en la cual le 
declaraba su vida y sus desasosiegos y bullicios , y los 
perjuicios y daños que con sus informaciones y celos 
indiscretos habia cabsado por do quiera que andaba es- 
pecialmente como en la tierra del Perú habia sido cabsa 
de muchos escándalos y muertes , y agora no cesa allá 
do está de hacer lo mismo , mostrándose que lo hace con 
celo que tiene á los indios , y por una 'carta que de acá 
alguno le escribe, y no todas veces verdadera, mués- 
trala á V. M. ó á los de su consejo, y por una cosa par- 
ticular que le escriben , procura una cédula general , y 
así turba y destruye acá la gobernación y la república, 
y en esto para su celo. Guando vino obispo y llegó á 
•Ghiapa, cabeza de su Obispado, los de aquella cibdad 
le recibieron por envialle V. M. con mucho amor, y con 
toda humildad, y con palio le metieron en su Iglesia, y 
le prestaron dineros para pagar debdas que de España 
traia: y dende á muy pocos dias descomúlgalos y jjóne- 
les quince ó diez y seis leyes y las condiciones del confi- 



451 

sionario, y déjalos y vase adelante. A esto le escribía el 
de Betanzos que las ovejas había vuelto cabrones , y de 
buen carretero echó el carro delante y los bueyes detrás. 
Entonces fué al reino de Verapaz , del cual allá ha di- 
cho ques grandísima cosa y de gente infinita: esta tierra 
es cerca de Guatemala , é yo he andado visitando y en- 
señando por allí, y llegué muy cerca porque estaba dos 
jornadas della , y no es de diez partes la una de lo que 
allá han dicho y significado. » 



(í Después el de Las Gasas tornó á sus desasosiegos , y. 
vino á Méjico y pidió licencia al visorey , para volver allá 
á España, y aunque no se la dio, no dejó de ir allá sin 
ella, dejando acá muy desamparadas y muy sin reme- 
dio las ovejas y ánimas á él encomendadas , así españo- 
les como indios. Fuera razón , si con él bastase razón, 
de hacerle luego dar vuelta , para que si quisiera perse- 
verara con sus ovejas dos ó tres años, pues como mas 
santo y mas sabio es este que todos cuantos obispos hay 
y han habido,- y así los españoles dice que son incorre- 
gibles, trabajará con los indios, y no lo dejará todo per- 
dido y desamparado. Habrá cuatro años que pasaron por 
Ghiapa y su tierra dos religiosos , y vieron como por 
mandado del de Las Gasas, aun en el artículo de la 
muerte, no absolvían álos españoles que pedíanla con- 
fesión, ni había quien bautízase los niños hijos de los 
indios que por los pueblos buscaban el bautismo, y es- 
tos frailes que digo, bautizaron muy muchos. Dice, en 
aquel su confisionario que los encomenderos son obliga- 
dos á enseñar á los indios que les son encargados, y así 
es la verdad: mas decir adelante que nunca ni por entre 



452 

sueños lo han hecho, en esto no tiene razón, porque 
muchos españoles por sí y por sus criados los han ense- 
ñado según su posibilidad, y otros muchos á do no al- 
canzan frailes , han puesto clérigos en sus pueblos, y 
casi todos los encomenderos han procurado frailes ansí 
para los llevar a sus pueblos , como para que los vayan 
á enseñar, y á les administrar los santos sacramentos. 
Tiempo hubo que algunos españoles ni quisieran ver 
clérigo , ni fraile por sus pueblos , mas dias ha que mu- 
chos españoles procuran frailes , y sus indios han he- 
cho monasterios y los tienen en sus pueblos, y los enco- 
menderos proveen á los frailes de mantenimientos y ves- 
tuarios y ornamentos, y no es maravilla quel de Las 
Casas no lo sepa porquel no procuró saber sino lo malo 
y no lo bueno, ni tuvo sosiego en esta Nueva España, 
ni deprendió lengua de indios , ni se humilló ni aplicó á 
les enseñar. Su oficio fué escribir procesos y pecados 
que por todas partes han hecho los españoles , y esto es 
lo que mucho encarece , y ciertamente solo este oficio no 
le llevará al cielo , y lo que así escribe no es todo cierto 
ni muy averiguado...» 



«V. M. le debia mandar encerrar en un monasterio, 
para que no sea cabsa de mayores males , que si no yo 
tengo temor que ha de ir á Roma , y será cabsa de tur- 
bación en la corto romana. A los estancieros , calpisques 
y mineros , llámalos verdugos desalmados , inhumanos 
y crueles ; y dado caso que algunos haya habido codi- 
ciosos y mal mirados, ciertamente hay otros muchos 
buenos cristianos y piadosos o limosneros , y muchos de 
ellos^ casados viven bien. » 



453 

«Dice en aquel confisionario que ningún español en 
esta tierra ha tenido buena fé cerca de las guerras , ni 
los mercaderes en llevarles á vender mercaderías ; y en 
esto juzga los corazones: asimismo dice que ninguno 
tuvo buena fé en el comprar y vender esclavos ; y no 
tuvo razón , pues muchos años se vendieron por las pla- 
zas con el hierro de V. M. y algunos años estuvieron 
muchos cristianos hona fide y en ignorancia invencible. 
Más dice, que siempre é hoy dia están tiranizados los 
indios: también esto va contra V. M... » 



«También dice que de todo cuanto los españoles tienen, 
cosa ninguna hay que no fuere robada, y en esto inju- 
ria á V. M. y á todos los que acá pasaron , así á los que 
trujeron haciendas como á otros muchos que las han 
comprado y adquirido justamente, y el de Las Gasas los 
deshonra por escrito y por impreso. Pues ¿cómo así se 
ha de infamar por un atrevido una nación española con 
su príncipe, que mañana lo leerán los indios y las otras 
naciones?...» 



«Después de lo arriba dicho , vi y leí un tratado que el 
de Las Gasas compuso sobre la materia de los esclavos 
hechos en esta Nueva España y en las Islas , y otro so- 
bre el parecer que dio sobre si habría repartimiento de 
indios : el primero dice haber compuesto por comisión 
del Gonsejo de las Indias, y el segundo por mandado de 
V. M., que no hay hombre humano de cualquier nas- 
cion, ley ó condición que sea, que los lea, que no co- 
bre aborrecimiento y odio mortal , y tenga á todos los 
moradores desta Nueva España por la mas cruel y mas 



454 

abominable y más infiel y detestable gente de cuantas 
naciones hay debajo del cielo... » 

«Y Dios perdone al de Las Casas que tan gravísima- 
mente deshonra y disfama, y tan terriblemente injuria 
y afrenta una y muchas comunidades y una nación es- 
pañola y á su príncipe y consejos, con todos los que en 
nombre de V. M. administran justicia en estos reinos; 
y si el de Las Gasas quiere confesar verdad , á él quiero 
por testigo de cuantas y cuan largas limosnas halló acá, 
y con cuanta humildad soportaron su recia condición, y 
como muchas personas de calidad confiaron del muchos 
ó importantes negocios , y ofreciéndose guardar fideli- 
dad diéronle mucho interese, y apenas en cosa alguna 
guardó lo que prometió... » 



ce Cuando yo supe lo que escribía el de Las Casas te- 
nía queja délos del Consejo, porque consintian que tal 
cota se imprimiere : después bien mirado, vi que la im- 
presión era echa en Sevilla al tiempo que los navios se 
querían partir; como cosa de hurto y mal hecho ; y creo 
ha sido cosa permitida por Dios , y para que se sepan y 
respondan á las cosas del de Las Casas , aunque será con 
otra templanza y caridad , y más de los que sus escritu- 
ras merecen , por quel se convierta á Dios y satisfaga á 
tantos como ha dañado y falsamente infamado , y para 
que en esta vida pueda hacer penitencia... » 



Motolinia impugna después el tratado de Las Casas 
sobre esclavos , y termina su iracunda representación 
contra Las Gasas con un elogio de Hernán Cortés. 



435 



APÉNDICE L. 



(Véase la página 2"3. 



Con referencia al asesinato perpetrado en ia persona 
del Presidente, Capitán General D. Santos Guardiola, 
se puede asegurar que es uno de los más bárbaros y 
horrorosos que registran los anales de nuestra infor- 
tunada patria. Este trágico suceso tuvo lugar en Coma- 
yagua, capital de Honduras, en la mañana del 11 de 
Febrero de 1862. Hé aquí los principales detalles de tan 
funesto drama. El General Guardiola dormia tranquila- 
mente en su lecho, cuando á las cinco de la mañana de 
aquel dia una turba de malvados, capitaneada por el Co- 
ronel Pablo Agurcia , á quien habia agraciado el mismo 
Presidente con la mayoría de la plaza de Gomayagua, 
le atacó con las mismas armas que confiaba á su honor 
militar y de la manera más aleve, cobarde y traidora. 
Á dicha hora el citado Agurcia, que era también el jefe 
de la guardia de honor, llamó á la puerta del dormitorio 
del Presidente, anunciándole que acababan de llegar 
unas comunicaciones de sumo interés. El General Guar- 
diola se levantó, fué en persona á abrir la puerta, y al 
hacerlo recibió en su pecho una mortal descarga de 
fusilería. 



456 

Sa joven, cuanto desdichada esposa, presintiendo tal 
vez alguna traición y el cruento sacrificio que se iba á 
consumar, se habia también levantado del lecho y siguió 
trémula á Guardiola hacia la puerta, á la cual llegó la 
desventurada á tiempo para poder ver caer al suelo el en- 
sangrentado cuerpo de su marido traspasado por las balas 
de sus enemigos, y el cual espiró casi instantáneamente 
en sus brazos sin haber podido proferir ni una sola pala- 
bra. Tal fué el trágico fin de este militar que ocupó du- 
rante muchos años la Presidencia de Honduras en uno de 
sus más tristes y borrascosos períodos. 

Durante diez y nueve dias los asesinos de Guardiola 
dominaron completamente la capital, cuyos honrados y 
pacíficos moradores quedaron aterrados ante tan inicuo 
atentado. Pero Gomayagua no pudo soportar por muchos 
dias el baldón de contener en su recinto á esos hombres 
criminales, y en la noche del 30 de Enero, el valiente y 
decidido General D. Gasto Al varado, competentemente 
autorizado por el Senador Presidente, el probo D. Fran- 
cisco Montes, secundado por el inteligente y honrado 
ciudadano D. Teodoro Aguiluz, que por fortuna ocupaba 
á la sazón el Ministerio de Relaciones, y ayudado además 
por la mayor parte de la oficialidad de la plaza, pudo por 
medio de un habilísimo y atrevido golpe de mano apo- 
derarse del traidor Agurcia y de sus cómplices. Todos 
fueron reducidos á prisión, juzgados sumariamente y 
acto continuo pasados por las armas, sin que uno solo 
de ellos siquiera lograse salvar la vida. Así la celeridad 
de su castigo correspondió á la enormidad del crimen que 
habían perpetrado. 

El pueblo hondureno debe, en verdad, consagrar un 
voto de gratitud á la memoria del impertérrito General 



457 

Al varado, así como al Senador Presidente Montes y al 
ilustrado ciudadano D. Teodoro Aguiluz por su heroica 
cooperación en aquel acto de ejemplar castigo. 

Los anteriores pormenores, en cuya exactitud tenemos 
plena confianza, nos han sido suministrados por nuestro 
hermano el General D. Enrique Gutiérrez, y concuerdan 
en todo con los datos oficiales que tenemos á la vista. 

Por lo demás, no es ésta una ocasión oportuna para 
entrar en reflexiones y comentarios sobre estos tristes 
episodios y sobre el influjo que tuvieron en la marcha 
política de nuestro país; pero de todo^esto daremos ex- 
tensa cuenta en una obra que estamos preparando para 
la prensa relativa á la historia política de Centro-Amé- 
rica. 



30 



458 



APÉNDICE M. 



OBRAS ESCRITAS POR FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS, 

PUBLICADAS É INÉDITAS. 



Brevísima relación de la destrucción de las Indias. 

Disputa ó controversia entre fray Bartolomé de Las 
Casas y el doctor Sepúlveda. 

Treinta proposiciones jurídicas sobre el título y señorío 
supremo y universal que los reyes de Castilla y de 
León tienen al orbe de las Indias Occidentales. 

Tratado que fray Bartolomé de Las Casas compuso por 
comisión del Consejo real de las Indias, respecto á 
los indios que se hicieron en ellas esclavos. 

Avisos para los confesores de Indias. 

Un extracto de la representación que hizo al emperador 
en 1542 proponiéndole diez y seis remedios para la 
reformación de las Indias. 

Tratado comprobatorio de las treinta proposiciones ju- 
rídicas , antes mencionadas, sobre el derecho de los 
reyes de Castilla al Imperio de las Indias. 



459 

Diario del almirante D. G. Colon en su primer viaje á 

ese continente. 

Historia general de las Indias, 5 vols. 

Derecho público , escrito por fray Bartolomé de Las Ga- 
sas, obispo de Ghiapa y religioso español del si- 
glo XV. 

Garta de fray Bartolomé de Las Gasas á D. Bartolomé 
Garranza de Miranda, más tarde arzobispo de Bur- 
gos, sobre el proyecto del Gobierno de perpetuar las 
encomiendas de los indios. 

Respuesta de fray Bartolomé de Las Gasas á las cuestio- 
nes que le fueron propuestas respecto á los negocios 
del Perú en 1564. 

Garta de fray Bartolomé délas Gasas, obispo de Ghiapa, 
y de fray Antonio de Valdivieso , obispo de Nicara- 
gua, al príncipe D. Felipe, sobre asuntos tempora- 
les y espirituales de sus obispados y de la audiencia 
de los confines. Fecha 25 de Octubre de 1545. 

Garta de fray Bartolomé de Las Gasas , obispo de Ghia- 
pa, al príncipe D. Felipe, sobre asuntos do su dió- 
cesis y otros generales de Indias. Fecha 9 de No- 
viembre de 1545. (Estos dos documentos han sido 
publicados por primera vez en 1877 en la célebre co- 
lección de Cartas de Indias que dio á la estampa en 
España el Ministerio de Fomento.) 

De único vogationis modo ad veram religionem. 

Los esclavos, hechos en la segunda guerra de Jalisco, 
por el virey D. Antonio de Mendoza en 1541. 

De Thesauris. (Tal vez es el mismo que ha traducido 



460 

Llórente con el título de Respuesta á algunas cuestio-' 
nes sobre los negocios del Perü.J 

Diferentes tratados latinos y castellanos relativos á 
la misma materia sobre indios , sus males y reme- 
dios, y disputas tenidas en su razón, citadas por 
Nicolás Antonio en el artículo « Gasas de su Biblio- 
teca. » 

Un gran Tratado sobre socorrer y fomentar indios , del 
que hace mención Dávila Padilla en su Historia de 
la orden dominicana de la provincia de Méjico. 

Apologética Historia, sumaria cuanto á las calidades, 
descripción , disposición , cielo y suelo de estas tier- 
ras; y condiciones naturales, políticas, repúblicas, 
maneras de vivir y costumbres de estas gentes de las 
Indias occidentales y meridionales , cuyo Imperio 
pertenece á los reyes de Castilla. 



fin. 




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